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miércoles, 22 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 65



Capítulo 65: Miércoles negro.



Miércoles, 19 de octubre de 2016.

El cielo estaba gris y una llovizna tenue pero constante se precipitaba sobre la ciudad. Salí al balcón y apoyé los brazos sobre la baranda, extendiendo las manos y atajando algunas gotas de lluvia. Era un día raro. Yo me sentía raro.  Estar en mi viejo departamento, con el Obelisco alzándose imponente hacia mi derecha, era doblemente raro.

Regresar a Capital nunca había estado en los planes. Rosario se había transformado en nuestro lugar en el mundo, en nuestro hogar; pero luego de lo que pasó con Lucrecia, no podíamos seguir ahí. Era como vivir dentro de una pesadilla que se repetía en un eco interminable. Los recuerdos eran en extremo dolorosos. Intolerables.

Lisandro desbarató nuestra vida en quince minutos de locura. Apenas quince minutos... Había transcurrido un año completo, pero los recuerdos permanecían intactos.

Perdonarme por no haber llegado a casa a tiempo, era algo en lo que todavía estaba trabajando. Mi cabeza estuvo en lugares muy oscuros después del episodio. La sensación de fracaso por poco me aplasta. Mi prioridad número uno era cuidar de mi familia y les fallé de la peor manera. Seguía fallando. Primero con mi mamá y después con Lucrecia... No podía salvar a nadie. Ni siquiera a mí mismo. Había hecho de la protección de otros una profesión, un estilo de vida, una forma de ver el mundo. Estaba siempre parado en la vereda segura, en la del control. Quince minutos le bastaron a Lisandro para tirarme a la cara una verdad imposible de digerir: el control no era más que una ilusión. Cuando de emociones humanas se trataba, no había control alguno.

Todo aquello en lo que creía se vino abajo como una estructura de naipes. No tenía cimientos para reconstruirme. Me tocó estar parado en la vereda del frente, en un lugar que no me resultaba nada cómodo. El lugar de la víctima.

Víctor había intentado convertirme en una víctima, haciéndome pasar un infierno durante la niñez y buena parte de la adolescencia. Pero lo que sentí al ver a Lucrecia rota en esa cocina, no se comparaba con nada. Podía esconderme de Víctor, enfrentarlo, conservar un precario control sobre esa situación. Pero no podía esconderme del dolor, ni enfrentar la sensación de indefensión al verla así. No tenía control alguno y eso me aterraba. No había nada que me sujetara a la cordura, ningún punto de referencia que me indicara el camino para salir del laberinto en el que me encontraba.

Mi prioridad número uno era proteger a mi familia y seguía fallando. Alejo me necesitaba más que nunca y mi cabeza no estaba en el lugar correcto. Mi pequeña familia tambaleaba otra vez y no sabía qué carajo hacer. Hasta que Pablo y Gloria fueron a instalarse con nosotros a Rosario para aclarar un poco el panorama... Y luego Lucho y Camila, que dejaron todo para acudir en nuestra ayuda. Diego se comunicaba conmigo a diario pero tenía menos estómago que yo para digerir el dolor. Cecilia, en cambio, era una guerrera. Cada vez que el trabajo se lo permitía, se tomaba un colectivo y traía a Clarita para que mimara a Alejo, y a Maxi para que peleara con él. Victoria y Electra también fueron de gran ayuda; hicieron de tripas corazón y no nos dejaron solos en ningún momento; gastaron buena parte de sus "ahorritos" en viajes y hoteles. Camilo interrumpió su paseo por el mundo y su ayuda fue invaluable para aportar el control que a mí me faltaba. Juan María llamó una vez, para disculparse por no haber podido hacer más por Lucrecia y para ponerse a disposición en caso de que lo necesitáramos. Él no pudo hacer frente a su impotencia y yo no pude con mi rabia. No lo llamé nunca más, ¿para qué? Era un inútil. Ya no lo necesitábamos.

Mi pequeña familia tenía una gran familia en la que apoyarse, un refugio en medio de tanta vulnerabilidad. Me tomé de ellos para salir del laberinto en el que me encontraba y me sentí más entero para ser el apoyo que Alejo necesitaba.

El enano era el más fuerte de todos. Había visto al monstruo a la cara y salió victorioso de la contienda; aunque con cicatrices, claro está. Recuperó la sonrisa y la frescura que lo caracterizaban, pero muchas veces lo descubría silencioso y pensativo, con la mirada puesta en un recuerdo que estaba marcado a fuego en su memoria: Lucrecia rota en el piso de la cocina. Ningún hijo debería ver a su mamá en ese estado. Me enfrentaba con una nueva frustración; nada podía hacer para borrar ese recuerdo. Me restaba abrazarlo y acompañarlo en su dolor. Porque su dolor también era el mío.

Mi pequeña familia tenía que aprender a convivir con lo que había sucedido. No lo superaríamos nunca, estaba seguro de eso, pero era preciso seguir adelante. Dejamos de atenernos a los planes absurdos y a la falsa ilusión de control y nos dejamos llevar por lo que sentíamos. Y sentíamos la necesidad de volver a casa, dónde estaba la gente que amábamos.

Así que, aquí estaba una vez más, donde todo había comenzado. En el balcón de mi viejo departamento, bajo un gris cielo porteño. Me sentí raro. Encendí un cigarrillo y me recargué en la baranda.

—¿Sigue lloviznando? —escuché su voz detrás de mí y asentí.

—Una llovizna molesta, nada más —contesté. 

—Parece que el clima no desalienta a nadie… —se apoyó en la baranda y miró hacia el Obelisco.

La imagen era impresionante. Emocionante... Los paraguas llegaban desde los cuatro puntos cardinales. Muchos eran negros, pero otros tantos descataban coloridos entre la marea oscura. No tenía idea de cuánta gente había, pero seguían llegando a un ritmo constante. Las banderas y los carteles se alzaban en busca de reconocimiento, en un ruego por que el mensaje llegara a quien quisiera escuchar. Mujeres, hombres y niños. Familias completas. Familias rotas. Cada uno con un motivo propio para estar allí, pero todos unidos por el mismo dolor. Un dolor que era el mismo que el nuestro. Que debería ser el de todos.

¿La consigna convocante? #NiUnaMenos.

Le di una pitada al cigarrillo, avergonzado por quienes no lo estaban. Había tantas víctimas congregadas como monstruos sueltos. Y las víctimas que ya no estaban, las que habían muerto en manos de tantos hijos de puta, dolían todavía más. ¿Qué estaba pasando con los hombres? ¿Por qué no podían ver la atrocidad y la cobardía de sus actos?

—Son muchas...

—Sí —suspiró largamente—. "Somos" muchas.

Sorprendido de escuchar semejante frase brotando de su boca, desvié la atención de la calle y la concentré en su mirada. Sus ojos conservaban la pesadez de años y años de silencio, de sometimiento, de maltrato, pero había cierta paz en ellos. Esa paz que deviene de la aceptación. Pasé un brazo sobre sus hombros y besé su cabeza.

—Estoy muy orgulloso de vos, mamá.

—Gracias, Maurito —besó mi mejilla—. Necesitaba escuchar eso. 

Lucrecia no había sufrido en vano... Yo no había podido hacer nada para sacar a mi mamá de la casa de Víctor, pero Lucrecia lo consiguió. Después de escuchar lo sucedido en Rosario, mamá metió toda su ropa en un bolso y llamó a mi celular. "Maurito, voy a dejar a tu papá. ¿Podrías prestarme tu departamento por un tiempo?", dijo con una firmeza que no le conocía. Mamá jamás regresó a casa de Víctor. Y Víctor jamás la buscó, gracias a Dios. Aún así, Diego y yo nos manteníamos alerta. Cecilia la visitaba a diario y, aunque ya no fueran suegra y nuera, eran buenas amigas. Clarita, Maxi y Alejo no podían estar más felices, tenían a una abuela que no se cansaba de consentirlos. 

—¿Tenemos tiempo para unos mates? —no tenía el celular encima para ver la hora.

—Creo que sí. Pero los preparo yo... —contestó, con una pizca de ironía.

—Si no me dan la oportunidad de practicar, no voy a aprender nunca.

—Si te doy la oportunidad de prácticar, nos vas a intoxicar a todos.

—¡Mamá!

—¿Qué? Es cierto, hijo. Tenés muchos talentos, pero cebar mate no es uno. Vas a tener que empezar a aceptarlo.

—Me hablás como si no me conocieras. ¿Alguna vez viste que me rindiera?

—Tenés razón... —me miró a los ojos con tal intensidad que me temblaron las rodillas—. No te rendís nunca —acarició mi mejilla con la ternura que sólo una madre podía lograr. Y yo me sentía raro ese día, así que necesitaba esa ternura—. Vamos adentro. Yo pongo la pava.

Mi viejo departamento no se parecía en nada a mi viejo departamento. Era la casa de mi mamá ahora. La dejé en la cocina y fui a explorar a la pieza. Alejo estaba muy misterioso ese día, igual de raro que yo. Trataba de darle su espacio, pero ya era la hora de la merienda.

Había crecido muchísimo, no solamente en altura sino también en inteligencia, en carácter. Era una luz, igual que Lucrecia. Pensé que adaptarse al primer grado, sobre todo después de todo lo que había sucedido, le resultaría difícil. Pero no. El inicio de la primaria lo reencontró con algunos de sus compañeros del jardín y eso obró como magia.

Espié un poco a través del resquicio de la puerta y lo descubrí tumbado sobre su estómago, sumamente concentrado en lo que hacía, y sospechosamente silencioso.

—Enano, ¿qué estás haciendo? —abrí la puerta y se sobresaltó.

—Nada... —se sentó de repente y escondió algo detrás, sonriendo con exagerada inocencia. La sonrisa hubiera bastado para delatarlo, pero fueron sus dedos cubiertos de pintura y el desparramo de témperas a su alrededor los que confirmaron mis sospechas. Había heredado el arte de su tío y la dulzura de su mamá. Una combinación poderosa.

Me apoyé en el marco de la puerta y crucé los brazos.

—¿Seguro?

—Es una sorpresa.

—Ya veo...

La indiferencia siempre era buena con Alejo. No tenía que insistir demasiado con él, era más impaciente que yo. E incapaz de guardar un secreto, igual que Lucho.

—Bueno, te la muestro y listo. ¡Pero no la toques! Todavía no se seca —me advirtió, serio.

—No toco nada, te lo prometo —alcé las manos y me acerqué.

—Ay... —pensó por un momento—. Tengo pintura —mostró las manos.

—Yo te ayudo. 

Se deslizó sobre el suelo para darme espacio y, al ver la sorpresa, se me calentaron los ojos. Estaba teniendo un día muy raro, pero ponerme a llorar frente a Alejo no era buena idea. Era un día raro para él también.

—¿Y? —preguntó, aguardando el veredicto.

Tomé los bordes de la remera con cuidado (porque todavía no estaba seca) y la levanté para apreciarla mejor. Sin dudas, mi hijo era un artista.

—Me encanta... —esperaba que mis ojos transmitieran lo que mis palabras no podían, porque tenía un nudo en la garganta.

—¿En serio? —sonrió complacido.

—En serio.

—El tío Lucho me ayudó con las letras, pero la pinté yo solo. Es que... toda esa gente lleva carteles que dicen #NiUnaMenos, pero yo quería uno con el nombre mamá. ¿Ves? —sus dedos pintados delinearon las letras en el aire, cerca de la obra de arte plasmada en el centro de su remera.  

#UnaLucrecia, entre un infinito de colores que solamente Alejo podría haber combinado con tanta perfección.

—¿”Una” Lucrecia? —pregunté.

—Capaz que hay otras —contestó con solemnidad.

Su sagacidad me sorprendía. Siempre me sorprendía.

—Es posible —asentí—. Si hubiera sabido lo que estabas haciendo, te hubiera pedido que me pintaras una.

Con esa sonrisa inocente que me derretía, apuntó el tatuaje en mi antebrazo izquierdo.

—Vos ya tenés el nombre de mamá, Mauro.

—Sí... es cierto —sonreí y le acaricié los rulos—. Está buenísima, enano. En serio —levanté la mano para que chocáramos los cinco, acorde a nuestro pequeño ritual, pero Alejo se quedó mirando mi mano con aire pensativo. Tenía los mismos ojos de su mamá, grandes y redondos. Transparentes como ningunos.

El nudo en mi garganta se ajustó un poco más cuando se acercó. Sus brazos se enroscaron en mi cuello con fuerza y sus rulos rebotaron sobre mi cara. Le devolví el abrazo igual de fuerte, porque estábamos teniendo un día raro y los dos lo necesitábamos.

—Te quiero mucho, Mauro —escuché cerca de mi oído.

—Yo te quiero más, hijo.

Dejamos la remera secándose cerca de un ventilador y lo llevé a merendar. Recibí un mate de mi mamá, robando una cucharada de dulce de leche antes de pasarle la tostada a Alejo. El celular vibró sobre la mesa y abrí el mensaje. Vamos retrasados. No nos esperen.

Los mensajes no dejaban de llegar al grupo de WhatsApp que compartíamos con la familia. Habíamos acordado encontrarnos en la puerta del edificio, para ir todos juntos, pero era miércoles y el mundo no se detenía, a pesar de la importancia de la convocatoria. Contesté el mensaje y le devolví el mate a mi mamá. 

—La tostada es para llevar, enano. Ya es hora de bajar.

—¡La remera no se secó! —dijo alarmado. 

—Es la humedad, mi amor. No creo que se seque —mamá le limpió un rastro de dulce de leche en la comisura de sus labios. 

—¿Puedo usarla igual? —preguntó, suplicante. ¿Cómo negarme a un pedido suyo? ¡Imposible!

—¡Obvio que sí! Pero apurate...

Alejo salió disparado para la pieza y yo aproveché para robarme otra cucharada de dulce de leche.



—¡Que buena quedó la remera, Alejo! —se agachó para verla. 

—¡No la toques, tío! Todavía no se secó —lo detuvo, alarmado. 

—No la toqué... quería verla más de cerca, nada más —Lucho me miró con un gesto de preocupación. Alejo solía ponerse más obsesivo cuando estaba nervioso. Y estaba nervioso. 

Había mucha gente alrededor. Mucho enojo e indignación, llanto y amargura, cánticos y gritos. Lo pegué a mis piernas y puse las manos sobre sus hombros, para que se sintiera más protegido. Automáticamente, encerró su mano sobre uno de mis dedos. 

—Está teniendo un día raro —le susurré a Lucho. 

—¿Y quién no? —Pablo puso una mano sobre mi hombro—. ¿Tenés un pucho, pibe? 

—Acá tenés —Lucho le dio uno. 

—No fumes, querido. Estamos todos muy pegados acá —lo reprendió Gloria. Pablo revoleó los ojos. Cuando Gloria se volvió para conversar con mi mamá y con Cecilia, lo encendió—. Vos cubrime, pibe —dijo en voz baja. 

—Siempre, señor —sonreí.

—¡Ay, por fin! ¿Llegamos tarde? —Victoria se colgó de mi cuello y apoyó su monumental escote en mi espalda.

—Victoria, ubicate —Electra entrelazó su brazo con ella y la mantuvo cerca. Seguía sin aceptar que el coqueteo era una segunda naturaleza para Vicky—. ¡Qué linda remera, Alejo! ¿A ver?

—¡No la toques! —ambas se retiraron ante la advertencia de Lucho y Alejo, al unísono. Eran tan parecidos que daba miedo. 

—Bueno, ¿estamos todos? —Camila se asomó para contar cabezas. 

—Camilo avisó que no los esperemos —contestó Clarita—. ¡Me encanta tu pelo! —dijo, acariciando un mechón de Electra. Era turquesa esta semana. 

Gloria, Cecilia y mamá se refugiaron bajo un mismo paraguas. Alcé a Alejo, que ya pesaba como una tonelada, y Lucho pasó un brazo sobre los hombros de Camila antes de abrir un paraguas sobre nuestras cabezas. Pablo abrió un tercer paraguas y protegió a Electra y a Victoria. Clarita sonrió, cerró los ojos y abrió los brazos en alto, recibiendo a la lluvia como si fuera una bendición. Y mi pequeña gran familia comenzó a caminar junto a otras y otros miles que pedían lo mismo que nosotros. Vida... nada más y nada menos. 

La lluvia comenzó a caer más copiosa, golpeando contra los paraguas y haciendo que nos amucháramos cada vez más. Pero nadie dejaba de caminar, nadie dejaba de confiar en que las cosas podían ser mejores. Porque sólo podíamos hacer eso, confiar. El control era nada más que una ilusión. Si de emociones humanas se trataba, sólo podíamos confiar y creer, soñar y desear. A pesar de las incertidumbres, de las dudas y de los miedos. Sólo nos quedaba confiar. 

Yo confiaba, creía, soñaba y deseaba. A pesar de todo.

Caminábamos junto a miles, pero cuando se recogió el pelo y ese lunar oscuro en su nuca hizo su popular despliegue de sensualidad, la reconocí de inmediato. 

—Tenelo un ratito, Lucho —sin apartar la mirada, temiendo perderla entre la multitud, dejé a Alejo en brazos de su tío y poco importó que la lluvia me empapara.

Aparté gente y apresuré el paso, desesperado por alcanzarla, porque estaba teniendo un día raro y necesitaba el alivio que sólo encontraba entre sus brazos.

Estaba de luto. Remera negra, calza del mismo color. Vestía de luto porque, aunque ella había sobrevivido, muchas mujeres sucumbían casi a diario bajo el puño de hierro de sus asesinos. A pocos metros de alcanzarla, tan perceptiva como siempre, se dio media vuelta y sus ojos buscaron entre la multitud. No tardó en encontrarme. A pesar de que la marcha seguía avanzando, apartó gente con la dulzura que la caracterizaba y llegó hasta mí. 

—Por fin, mi amor —mis brazos la recibieron como la bendición que era. El alivio tan ansiado vino de la mano del aroma a coco y vainilla que despedía su piel, del calor de su abrazo, de la certeza de que su corazón seguía latiendo. Había estado a punto de perderla, más de una vez, pero Lucrecia siempre me sorprendía.

—¡Hola! —se separó apenas de mí y sonrió—. Perdí a Camilo... nos separamos y no lo encuentro. 

—No importa. Ya va a aparecer.

Mis manos se posaron sobre sus mejillas y mis ojos bebieron centímetro a centímetro de su carita de muñeca. Sus ojos, grandes y redondos. El derecho, oscuro y profundo como un infinito; el izquierdo, tan grisáceo y nebuloso como el clima. Besé cada una de las pequeñas cicatrices pálidas que nacían en su sien y descendían por su mejilla, y su boca me recibió cálida y dulce. No me cansaría de besarla, jamás. 

—Te amo, Lucre —murmuré, sin poder despegarme de su boca. 

—Yo también... —acarició mi mejilla y atajó una lágrima delatora—. ¿Qué pasa, mi amor? —preguntó, preocupada—. ¿Estás bien? 

—Mejor que nunca —la abracé—. Mejor que nunca, mi amor. Pero estoy teniendo un día rarísimo... y estoy feliz de que estés viva, nada más. 

—¡Mamiiii!!! —el llamado de Alejo nos separó y ella lo recibió con los brazos abiertos— ¡Mirá, mami! Mirá lo que hice... —señaló su remera con orgullo—. ¿Te gusta?

Su reacción fue bastante parecida a la mía, pero ella dejó que su emoción se tradujera en lágrimas, porque ya no tenía miedo de mostrarse vulnerable. Ese era otro ítem en la larguísima lista de cosas que amaba de ella.

—Me encanta, hijo —besó su mejilla y lo apretó en un abrazo. Alejo no emitió queja alguna cuando tocó la remera.

—¡Por fin apareciste, “Highlander”! —gritó Lucho, sumándose al abrazo. 

Mi Diosa fue pasando de abrazo en abrazo, de beso en beso, y de corazón a corazón. Levanté a Alejo, pasé un brazo sobre los hombros de Lucrecia y seguimos caminando entre miles. Mi pequeña familia de tres seguiría caminando; con cicatrices y con heridas de guerra, pero más vivos que nunca.



Mauro tenía razón. Había sido un día rarísimo. Intenso como muchos otros, pero único en el abanico de emociones desplegado. Llevé a Alejo a la cama, más temprano de lo habitual, porque estaba exhausto. Me acosté a su lado y le susurré canciones al oído, saboreando cada invaluable segundo que la vida me regalaba a su lado. 

—Que descanses, mi amor —besé su frente y me levanté de la cama despacio, aún sabiendo que no había riesgo de que se despertara. 

Con la plata de la venta de la casa de Belgrano, compramos una casa menos ostentosa y más confortable en el mismo barrio. Queríamos que Alejo sintiera la estabilidad de un entorno que conocía. Y además, quedaba cerca del centro de rehabilitación en el que Camilo trabajaba.

Luego de que despertara en una fría cama de hospital, desorientada y sin poder creer que estaba viva, vino el lento y engorroso proceso de sanar a mi maltratado cuerpo.  

Según los paramédicos, estuve muerta dos minutos completos. No tuve ninguna experiencia extrasensorial, y tampoco vi el famoso túnel de luz.

El primer balazo me destrozó el bazo y tuvieron que practicarme una cirugía de emergencia para extirparlo. El segundo, impactó en mi pecho izquierdo. Más allá del daño estético, de milagro no tocó un órgano vital. El tercero atravesó mi antebrazo derecho, orificio de entrada y de salida. El cuarto ni siquiera me tocó, impactó en el último cajón de la cocina.

La ropa cubría la mayor parte de mis cicatrices, pero las de mi cara eran otro asunto. Perdí la visión de mi ojo y tenía muy poca sensibilidad en la porción izquierda de mi rostro. Mi médico insistió en que realizáramos una segunda cirugía, que llamó "reconstructiva" por no decir estética, pero me negué. Estaba viva... las cicatrices sólo eran un recordatorio de una etapa de mi vida que jamás superaría, pero que tampoco regresaría. Cada mañana al despertar, me miraba al espejo y agradecía a Dios por darme una segunda oportunidad. Una que aprovecharía al máximo.

Salí al patio y lo encontré fumando, pensativo y esplendoroso. Caminé hacia él y apoyé la mejilla en su espalda.

—¡La puta madre! —se llevó tremendo susto.

—Perdón —sonreí, tomando el cigarrillo de sus dedos.

—Es usted muy silenciosa, Srta. Ayala —sonrió su sonrisa cálida—. Un día de estos me vas a dar un ataque cardiaco. 

—O vos estabas muy distraído...

—Puede ser —asintió—. Pero tus habilidades de súper ninja son asombrosas, eso también es cierto —trató de distraerme.  

—¿Qué estabas pensando con tanta concentración?

—En vos... —contestó con la dulzura de siempre—. En nosotros, en realidad.

—¿Y qué pensabas?

—En que deberíamos tener cuatro hijos.

Me ahogué, ¡obviamente!, y le devolví el cigarrillo tosiendo como una deshauseada.

—Me alegra que te guste la idea —soltó una de sus risas nasales y explosivas.

—¡¿Cuatro?! —me tomé la garganta.

—Sí, cuatro... Así tenemos nuestro propio mini equipo de fútbol cinco. Ya estoy entrenando a Alejo para que sea el capitán —me estaba tomando el pelo, como siempre, pero lo hacía con mucha seriedad.

—¿Vos le estás enseñando a Alejo a jugar al fútbol? Estamos destinados al fracaso.

—¡Qué poca fe me tenés, mujer! Me ofende —se llevó una mano al pecho, indignadísimo.

—No vamos a tener cuatro hijos —me negué de plano.

—Entonces, tres... e incorporamos a Maxi en el equipo.

—¿Cerramos en dos? —propuse con solemnidad— Que Mateo se sume a Maxi y Alejo, así vas a tener tu propio equipo de fútbol cinco para llevar al fracaso. 

—Hecho —estrechó mi mano—. Empecemos ahora. ¿Qué te parece?

—Excelente idea.

Mi boca fue al encuentro de ese beso que había codiciado durante todo el día, de esos que me hacían temblar las rodillas y el alma. El preludio perfecto para una noche de insomnio y de caricias que eran más restauradoras que cualquier cirugía. Mauro resignificaba mis cicatrices y reescribía una historia nueva para mi cuerpo. Ya no tenía vergüenza de mostrarme desnuda, no con él. Desnudaba mi alma sin reserva alguna, porque confiaba en que no me lastimaría. Confiaba en él, desde el primer momento


—Espere un minuto. Mi marido ya lo recibe —me di media vuelta y empecé a caminar hacia la entrada.

—¿Sra. Echagüe? —escuché detrás de mí.

—¿Sí?

—La reja… ¿la va a dejar abierta? Ni siquiera le mostré mi identificación.

—Confío en usted —contesté sin una pizca de duda.


Si alguien volviera a preguntarme si creía en el amor a primera vista, le diría que no. Le contestaría que el amor se construye día a día y que nunca debe darse por sentado, que se alimenta de respeto y aceptación de las diferencias, que se nutre de besos, caricias y palabras de afecto, que se basa en la fe de que merecemos ser felices… y que un solo golpe alcanza para matarlo. 

Si alguien volviera a preguntarme si creía en el amor a primera vista, le diría que prefería creer en mí misma. 




#Fin...





El 19 de octubre de 2016, miles de personas se congregaron en el centro porteño bajo la consigna de #NiUnaMenos, en repudio a la violencia de género y en apoyo a víctimas y familiares.
Esta novela está dedicada a todos quienes se animan a alzar la voz por encima del grito de la violencia. 
 


"Si te caes, te levantas. Si te arrimas, te espero... Llegaremos a tiempo" (Rosana - Llegaremos a tiempo)



3 comentarios:

  1. Cómo lloré! Cuánto me gustó! Me movilizó y emocionó hasta el extremo. Gracias inmensas Mariela por esta NOVELA! Te mando un abrazo y deseo de todo corazón que tengas muchísimo éxito!

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  2. Hermosa novela.. Excelente presentación del tema, todo el momento llevando a la reflexión me encantó! Lloré y lloré estos tres últimos capítulos fueron más que intensos!

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  3. Hola Marie:
    Me gusto muchísimo. MUCHÍSIMAS GRACIAS.
    Es una novela desgarradora y dolorosa (violencia de género) pero vos narra la historia de una manera tan tierna, con personajes muy queribles, bondadosos y de buen corazón que llega al corazón.
    No tendremos que olvidar a #UnaLucrecia!”. DEBEMOS APOYAR #UnaLucrecia!!!
    Tu granito de arena para ayudar a concientizar sobre este tema que nos afecta a todos. Les invito a leerla de manera gratuita en su blog
    Besotes y abrazos enormes.
    Estefi

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