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martes, 21 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 64

Capítulo 64: Irreparable.



Viernes, 16 de octubre de 2015.

 —¡Lucre!!! ¿Cómo estás? —una de las mamás del jardín me interceptó cerca de la puerta y me acercó un beso que nunca llegó a tocar mi mejilla.

—Todo bien, Virginia. ¿Vos? —sonreí con la mayor naturalidad posible.

—¡Feliz de que sea viernes! ¡Al fin! Pienso pasar todo el fin de semana en la pileta. 

—Excelente plan. La mejor forma de combatir el calor... —el clima siempre era un tema seguro. 

—¡La humedad, querida! ¡La humedad! ¡Insoportable!! ¿Y los mosquitos? Se están dando una panzada con nosotros.

Con cada palabra que salía de su boca, me sentía más y más deprimida. ¿Cómo sobrevivía con tanta negatividad encima? Por el bien de mi hijo, estaba tratando de integrarme al grupo de mamás, pero era dificilísimo... como remar en dulce de leche respostero con un par de escarbadientes.

—¡Ay! ¡Se me acaba de ocurrir una idea fantástica! Alejo y vos pueden venir a nuestra pileta este fin de semana, ¿qué te parece? ¡A Lautarito le encantaría!

Bikini. Frente a desconocidos. No, todavía no me sentía lista para eso. 

—Muchas gracias por la invitación, pero tenemos un compromiso este fin de semana. No va a poder ser. Estoy segura de que no faltará oportunidad —no decir que "no", pero tampoco apresurar un "sí". Eso también era seguro en una conversación cordial. 

Afortunadamente, las puertas se abrieron y un repiquetear de presurosos pasitos se precipitó hacia la vereda. 

—¡Maaaa!!! —gritó Alejo, con rulos rebotando para todos lados. Lo atajé en un abrazo y poco me importó que pesara una tonelada. 

—¿Cómo estás, mi amor? ¿Cómo te fue?

—Hicimos una "estulcura" de plastilina —sonrió orgulloso. 

—¿Una escultura? ¡Qué lindo! —lo dejé sobre sus propios pies y tomé su mano—. Nos vemos el lunes, Virginia —la saludé con una mano en alto.

—¿Podemos comprar plastilina para hacer una "estulcura" en casa? —Alejo tironeó de mi mano de camino al auto. 

—Podemos, claro. Pero a la tarde, ahora tenemos que volver a casa y cocinar algo rico. ¿Qué tenés ganas de comer? —abrí la puerta del asiento trasero y lo ubiqué en su sillita. 

—Mmmm... papas fritas con puré.

—Papa con papa —sonreí con ironía— ¿Por qué no me sorprende esa elección? Te propongo un trato. Puré "o" papas fritas, vos elegís... y yo elijo con qué lo acompañamos. 

—Bueno —se alzó de hombros, no del todo convencido. 

—Bien —terminé de abrocharle el cinturón de seguridad. 

De regreso a casa, luego de que Alejo hiciera un muy detallado relato hablado de su "estulcura", arruinamos canciones de María Elena Walsh a dúo. 

—Llegamos —le sonreí a través del espejo retrovisor. 

Estábamos en épocas extrañas y yo le tenía muchísimo miedo a las "entraderas". Mauro era quien sacaba el auto por las mañanas, antes de irse a la oficina, y al finalizar el día lo guardaba en la cochera. En mi opinión, toda precaución era poca. Estacioné donde siempre, justo frente a casa, y ayudé a Alejo a bajar. 

—¿Y? —me colgué su mochila al hombro y lo tomé de la mano para cruzar la calle—. ¿Ya te decidiste? ¿Puré o papas fritas?

—¡Papas fritas!! —pegó un saltito. 

—Papas fritas, entonces —solté su mano y saqué las llaves del bolsillo de mis jeans. 

—¡Papiiiiiii!!!

No fue el grito de mi hijo el que provocó que las llaves resbalaran de mis manos, fue el escalofrío que me recorrió el cuerpo. El sacudón del instinto. El miedo en estado puro. En mi opinión, toda precaución era poca... pero cometí un error. Un error que pagaría muy caro. Había soltado la mano de mi hijo. 

Sucedió en una milésima de segundo, pero lo experimenté como un oscuro infinito. 

Alejó estiró los bracitos en un entusiasta pedido de "upa" y un par de manos, cuya fuerza yo conocía demasiado bien, lo alzaron del suelo. Se aferró con brazos, piernas y corazón a su papá, con una alegría tal que me sentí morir. Él sostenía su cabecita sobre su hombro y le devolvía el abrazo con igual intensidad, meciéndolo de un lado al otro, mientras sus tormentosos ojos me atravesaban como un par de afilados cuchillos.

—¡Papi! ¡Viniste!!

—Por supuesto que sí, hijo —Lisandro besó su mejilla con medida delicadeza, con frialdad incluso, y mi corazón se disparó en incontrables pulsaciones—. ¿Cómo no iba a venir? Somos una familia, ¿no?

—¿Vas a almorzar con nosotros? Mami va a preparar papas fritas con puré —ofreció con alegría. 

—No... —la negativa temblorosa abandonó mis labios antes de que pudiera detenerla, y Lisandro presionó a Alejo sobre su pecho. Mi estómago dio un vuelco—. Mejor otro día, mi amor —le sonreí a mi hijo—. Mauro no tarda en llegar. Es mejor que te vayas, Lisandro.

Sonrió, con un millón de emociones contenidas en su expresión. Todas ellas oscuras. 

—Nunca fuiste capaz de mentirme a la cara, linda. Mauro nunca llega antes de las seis de la tarde.

La mínima llama de esperanza se extinguió, como si no hubiera existido siquiera.

—¿Entramos? 

—¡Sí!!! —festejó Alejo.

—Levantá la llave y abrí la puerta, linda —ordenó, sin molestarse en fingir cortesía.  

Yo estaba paralizada, sin saber qué hacer o qué decir, espiando de reojos hacia la calle en busca de alguien que pudiera ayudarme. 

—¡Levantá la llave! —me sobresalté cuando pateó el llavero en mi dirección—. Dale. 

Una mujer caminaba por la vereda justo en ese momento y supliqué ayuda con la mirada. Me miró un breve segundo, luego a Lisandro, y al pasar a nuestro lado, bajó la cabeza y siguió caminando. Se fue... Nos dejó solos. Estábamos solos. Alejo y yo estábamos solos, a merced del monstruo. 

Mi respiración se agitó y sentí el calor de las lágrimas acumulándose en mis ojos, pero no lloraría frente a Alejo. Le prometí que no volvería a llorar.

—¡Las llaves, Lucrecia! ¡Dale! —gritó Lisandro. Confundido y asustado en igual medida, mi hijo comenzó a pucherear. 

—Lo estás asustando... —susurré, contenida. 

—Apurate —apretó los dientes con fuerza. 

Sin despegar mis ojos de los suyos, me agaché y tanteé el suelo hasta encontrar el llavero. Las manos me temblaban tanto que tuve que hacer varios intentos antes de poder encajar la llave en la cerradura. 

—Entrá —me tomó del brazo apenas atravesamos la puerta y deslizó a Alejo hasta el suelo sin una pizca de delicadeza. 

—Mami... —las primeras lágrimas brotaron de los ojos de mi hijo y quise acercarme a consolarlo, pero Lisandro me lo impidió con otro sacudón a mi brazo. 

Mis pies casi no tocaban el piso mientras me tironeaba hacia el living. Yo espiaba sobre mi hombro, desesperada, viendo a Alejo seguirnos con pasitos cortos y lágrimas en las mejillas. 

—Por favor, Lisandro —rogué, por piedad a mi hijo—. Dejá que llame a su niñera. Que se lo lleve... por favor. 

—¿Me estás tomando el pelo? —presionó mi brazo— ¿Llamar a la niñera? ¿Para qué medio segundo después llame a ese hijo de puta con el que te revolcás? 

—¡Mamiiii!!   

—¡Callate la boca! 

Lisandro me arrojó sobre el sillón y me apresuré a tomar a Alejo entre mis brazos, protegiéndolo con mi cuerpo. Puse una mano sobre su cabeza y pegué mi boca a su frente. 

—Shh, mi amor —susurré despacio, tratando de detener el temblor de mi cuerpo, cerrando los ojos para no ver a Lisandro paseándose frente al sillón con las manos en la cabeza, tirando de su cabello como si quisiera arrancárselo de raíz—. Tranquilo... no llores que mamá está con vos —acaricié su espalda con fuerza y lo balanceé de un lado al otro. 

Lisandro se sentó sobre la mesita ratona frente a nosotros, tan cerca que su rodilla tocó la mía y dí un respingo. 

—Shh... —sus manos hicieron un escalofriante recorrido desde mis rodillas hasta mis caderas, arriba y abajo, cada vez más enérgicamente. No me importaba que me tocara; mi única preocupación era mi hijo—. Perdoname, linda. Es que hace tanto que no los veo... Los extrañé muchísimo —presionó mi rodilla y puso una mano sobre la cabeza de Alejo—. Perdoname, hijo. Va a estar todo bien. Ya vas a ver. 

Mientras sus manos seguían su recorrido por mis piernas, lo miré. Lo miré de verdad. Y me costó reconocerlo. Parecía no haberse afeitado en días, semanas tal vez, y profundas ojeras le ahuecaban la mirada. Nada quedaba del hombre imponente de meses atrás. Tenía la expresión vacía y el alma extinta. El Lobo había dejado de lado los disfraces y asomaba las garras sin miramientos. 

En ese instante, tuve la certeza absoluta de que la contienda sería a muerte. Él o yo. Y tenía pensado dar batalla, "hasta que la muerte nos separe". Pero antes...

—Por favor... —tragándome el orgullo, tomé una de sus manos y la acaricié—. Por favor, Lisandro. Dejá que lleve a Alejo a su habitación, para que vos y yo podamos charlar tranquilos. 

—No —negó con su cabeza. 

—Por favor. Voy a hacer lo que quieras —entrelacé mis dedos con los suyos—. Te lo ruego. 

Me miró a los ojos y sonrió. 

—A ver... —abrió los brazos.

—¿Qué? —pregunté, confundida y asustada en igual medida. 

—A ver cómo me rogás. Convenceme. 

No tendría piedad alguna, estaba decidido a todo. Sostenía a su hijo entre mis brazos, sangre de su sangre, lo único bueno y puro en su vida de oscuridad y, aún así, no se perdería la oportunidad de humillarme. A ese nivel de monstruosidad había descendido. 

—Estoy esperando —insistió. 

Alejo no movía ni una pestaña, la sabiduría del instinto dominando la escena. Estábamos frente a una fiera salvaje y cualquier movimiento en falso podía resultar fatal. Con movimientos lentos y estudiados, intentando transmitirle seguridad, lo despegué de mi cuerpo y le sequé las lágrimas con mis pulgares. Lo alcé con lentitud y lo senté en la esquina más alejada del sillón, indicándole silencio con un dedo. Siempre silencio. 

Me incorporé y acaricié su mejilla una vez más antes de girarme hacia Lisandro, que aguardaba con un entusiasmo que rozaba lo infantil. Había perdido la cabeza, era un hombre desquiciado.

La seguridad de mi hijo era prioridad, la lucha podía esperar. Rogaría, fingiría, mentiría, y haría cuanto fuera necesario para protegerlo.

Acerqué una rodilla hasta la mano de Lisandro y me tragué el sabor amargo de la vergüenza.

—Por favor... —susurré en voz baja. 

—¿En serio? —dijo con ironía— Ese es un intento patético, linda. Vas a tener que ser un poco más convincente. 

Inspiré profundo para no vomitar y, contra todo lo que me gritaba el instinto, usé mi rodilla para separar las suyas y me arrodillé entre sus piernas, mis manos sobre sus muslos. 

—Ahora nos estamos entendiendo —su pulgar acarició mi mentón y alzó una ceja, a la espera de mi próximo movimiento. 

—Por favor —intenté una vez más, acercándome un poco más mi boca y mis manos. 

—Mmm... no sé. No estoy del todo convencido. 

Tuve que contenerme para no enterrarle las uñas hasta los huesos, porque sacar a mi hijo de ahí era la prioridad. 

—Te lo ruego, Lisandro. Por favor... —mi boca hizo un peligroso recorrido hasta la suya y justo antes de que llegara a destino, apartó la cara y encerró mis mejillas con una mano poderosa. 

—¿Qué hacés? ¿Estás loca? —me miró con desdén— ¿Te creés que no sé lo que te metés a la boca? Me das asco, Lucrecia... —empujó mi cara y se levantó, apartándome con una rodilla. Alcancé a tomarme del sillón para no terminar en el suelo y Alejo comenzó a llorar otra vez. 

—Llevatelo de acá, haceme el favor... No lo aguanto más. 

Sin esperar un segundo, tomé a Alejo en brazos y Lisandro me siguió a medio latido de distancia, con el borde de mi remera en un puño. 

—Y nada de boludeces, ¿me escuchaste? —advirtió. 

Alejo lloraba a moco tendido, pero no tenía tiempo de consolarlo. Lo senté sobre la cama y exploré cada centímetro de su carita, para que me diera fuerzas para lo que se venía.

—Hace un tiempo, te pedí que no te olvidaras de que mamá hace todo por vos. ¿Te acordás? —acomodé sus rulos. 

—No —lloriqueó. 

—Bueno... entonces, te lo repito. Mamá hace todo por vos. Y vos tenés que hacer lo mismo por mí. ¿Me vas a ayudar? 

—Ajá —asintió, pasando el dorso de la mano sobre la nariz. Usé mis dedos para terminar de limpiarlo y sonreí.

—Así me gusta, siempre fuiste un nene muy obediente. Ahora, mamá va a cerrar la puerta y te vas a quedar acá adentro hasta que yo te diga, ¿me entendiste?

—Noooo —lloró todavía más. 

—¡Alejo! —dije con más firmeza—. Dijiste que me ibas a ayudar. Ayudame. No quiero que salgas de esta habitación por ningún motivo, hasta que yo venga a buscarte. ¿Está claro? Prometelo.

A desgano, asintió. 

—Lucrecia —escuché la voz de Lisandro, una clara advertencia. 

Me permití un último abrazo a mi hijo, una última caricia a sus mejillas de seda, un último beso en la calidez de su frente. 

—Vamos... —tiró de mi brazo y me arrastró hacia la puerta. 

—¡Mamiiiii!!! ¡Nooo!! —Alejo se bajó de la cama y corrió hasta nosotros, pero alcancé a cerrar la puerta justo a tiempo—. ¡Mamiiii!!! —gritaba del otro lado, desesperado. Apoyé la frente sobre la madera y sostuve el picaporte con todas mis fuerzas—. ¡Mamitaaaa!!!

—Alejo, lo prometiste —traté de moderar el temblor en mi voz—. Por favor, hijito. Ayudame. 

—¡Te quedas ahí o la mato, Alejo! ¿Me escuchaste? ¡La mato! —gritó Lisandro, golpeando la puerta con las palmas de las manos. 

—Basta. Basta, por favor —puse una mano sobre su pecho y lo alejé con toda la fuerza que pude—. Basta. Esto es entre vos y yo —le clavé la mirada. 

No sé qué fue lo que sucedió, pero le dio una última mirada a la puerta y su mano regresó a mi brazo. 

—Tenés razón —me arrastró nuevamente hacia el living—. Esto es entre vos y yo... —me arrojó en el sillón. 

Ring... Ring... Ring...

Lisandro se quedó paralizado al escuchar el celular. Yo no moví ni un músculo. 

—Entregamelo —estiró una mano. 

Sin dejar de mirarlo, saqué el celular de mi bolsillo y lo puse sobre su mano. Me lo arrebató con rudeza y miró la pantalla. 

—¡Qué sorpresa! Es tu noviecito... —sostuvo el celular frente a mis ojos y vi el nombre de Mauro en la pantalla—. Que se joda —arrojó el aparato al suelo y lo aplastó de un pisotón. 

La oportunidad que tanto ansiaba no tardaría en llegar. Lisandro no lo sabía, pero yo no tenía intención alguna de contestar a esa llamada. Mauro y yo teníamos nuestros propios códigos, una forma única de comunicarnos. No necesitaba nada más que ignorar una llamada para que Mauro captara el mensaje. "Vení ya".

—¿Por qué tenés esa cara de pelotuda? —preguntó Lisandro, confundido. 

Quince minutos. Ese era el tiempo que tardaría en subirse al auto y llegar a casa. Tendría que entretener a Lisandro sólo por quince minutos y todo acabaría. Esta vez, no detendría a Mauro. Dejaría que lo matara. 



Ring... Ring... Ring... Ring... Ring... El número con el que intenta comuni...

—La puta madre —sólo por si acaso, lo intenté una vez más.  

El número con el...

Rastreé las llaves del auto y salí corriendo de la oficina. 

—¡Marina! —grité al pasar frente a la recepción. 

—¿Qué paso? —preguntó, alerta. 

—Llamá a la policía y mandalos a mi casa. Es una emergencia. ¿Tenemos a alguien cerca de ahí?

—No. ¿Qué pasó? —insistió. 

—Hacé lo que te digo. ¡Pero ya!

No me detuve a esperar el ascensor, bajé las escaleras de dos en dos, con el corazón a punto de salir disparado de mi boca. En pocos segundos, estaba detrás del volante, saliendo de la semipenunbra de la cochera al sol del mediodía. 

Marqué el 911 y aguardé impaciente, esquivando autos como un desquiciado y sin prestar atención alguna a los bocinazos y a las puteadas. 

—¡Atiendan! —golpeé el volante con fuerza. 

Quince minutos. Ese era el tiempo que me llevaría llegar a casa. Arrojé el celular al asiento contiguo luego de dos inútiles intentos más y comenzó a sonar de inmediato. Miré de reojos y me apresuré a contestar. 

—¿Lograste comunicarte? —le pregunté a Marina. 

—Sí, dijeron que van a mandar a un patrullero. 

—¿Te dijeron en cuánto tiempo? 

—No... 

—Ok —corté la llamada y volví a concentrarme en manejar. 

La nueve de repuesto estaba en una de las alacenas de la cocina, detrás de la yerba, lista para ser disparada. Lucrecia sabía disparar, yo misma la había llevado al polígono. 

—Ya voy en camino, mi amor... Esperame.



Le di una mirada de reojos a la alacena de la cocina, sabiendo que la nueve de repuesto estaba detrás de la yerba, lista para ser disparada. Sólo tenía que quitarle el seguro y acabaría con él. 

—Lo arruinaste todo... —Lisandro se paseó frente a mí, errático y confundido, fuera de sí—. Me cagaste la vida, Lucrecia. 

Apoyé las manos sobre el sillón y permanecí en silencio. La cocina estaba a unos diez metros de distancia. Si me apresuraba, en veinte pasos podría llegar hasta la alacena. Habían pasado cuatro minutos... Mauro no tardaría en llegar. 

—¡¿Me estás escuchando?! —gritó, sobresaltándome—. Te di todo, Lucrecia. ¿Por qué me mentiste así? Dijiste que nunca me ibas a abandonar, que siempre me ibas a amar. ¿Te acordás? Lo prometiste —se arrodilló y se arrastró hacia mí, sus brazos serpenteando alrededor de mi cuerpo y su cabeza presionada sobre mis piernas. Yo seguía inmóvil—. ¡Me hiciste mierda! —sus dedos se enterraron en mis caderas y me aguanté el dolor— ¿Por qué? ¡Decime por qué, carajo! —un puño cerrado y pesado cayó sobre una de mis piernas y me hizo ver estrellitas de colores. 

Cinco minutos. Ya habían pasado cinco minutos. Descontaba segundos en mi mente. Una cuenta regresiva para salvar mi vida. Tenía mucho miedo. No quería morir, tenía muchas cosas por hacer aún. 

—¡Contestáme! —su mano se enredó en mi pelo, en la base de mi nuca, y cerré los ojos con fuerza— ¡Contestáme!! —sacudió mi cabeza. 

—¿Qué es lo que querés que te diga? —pregunté, al borde de las lágrimas pero sin darle el gusto de derramarlas. Lucharía con entereza, hasta que la muerte nos separe— ¿Qué es lo que podría decirte, Lisandro? Vos no querés escucharme. Vos querés lastimarme, nada más. Es lo que quisiste todo este tiempo. Lo único que querés de mí, es usarme como un trapo de piso... Humillarme. Eso es lo que querés —lo miré directo a los ojos—. Yo no te hice nada. Vos te cagaste la vida solito. 

El dorso de su mano impactó en mi labio inferior, con fuerza esta vez, y sentí el sabor metálico de la sangre inundando mi boca. Eso no hizo más que alimentar mi odio todavía más. Me volví a mirarlo, con la cabeza en alto y la voluntad intacta. 

—Sos una basura —susurró, cerca de mi boca.

—No... la basura sos vos —le clavé la mirada—. ¿Y sabés qué es lo más triste de todo, Lisandro? Que te amé. Te amé de verdad, profundamente. Y te lo hubiera dado todo. Lo único que tenías que hacer era amarme bien.

—¡Mentirosa! ¡Sos una mentirosa! ¡Vos nunca me quisiste! —se alejó de mí como si mi cercanía lo quemara. 

Seis minutos. Sólo nueve antes de que Mauro atravesara la puerta. 

—Fuiste vos, Lisandro. Destruiste lo nuestro, lo que podríamos haber sido. Mataste todo lo que sentía por vos. 

—¡A vos te voy a matar! ¿Me escuchaste? ¡A vos! —gritó desaforado.

Estaba a punto de seguir con su discurso delirante cuando comenzaron a oírse las sirenas a lo lejos. La policía. ¡Mauro había llamado a la policía! Lisandro empalideció hasta parecer un fantasma y se llevó las manos a la cabeza, confundido y asustado. Tan asustado como yo. 

Era mi oportunidad. 

Me impulsé del sillón y corrí desaforadamente hacia la cocina, llegué en menos de veinte pasos y arrojé todo el contenido de la alacena al piso. Cuando mis dedos acariciaron el frío metal del arma, aferré la empuñadura con fuerza y le quité el seguro. 

Cuando me di vuelta, Lisandro estaba justo detrás de mí. Una de las lámparas de la sala se precipitó sobre el costado izquierdo de mi cara y caí al piso, mareada y desorientada, sobre un desaparramo de vidrios rotos que se me clavaban en la mejilla. Escuchaba el sonido de las sirenas a los lejos, acercándose cada vez más, y sentía el frío de la nueve oculta bajo mi estómago. 

Apoyé una mano sobre el suelo y los vidrios se enterraron en mi palma. Casi no los sentí. ¿Cuántos minutos faltaban para que Mauro atravesara la puerta? Ya no lo recordaba. No podía pensar con claridad. Usé la otra mano para recuperar el arma, pero el pie de Lisandro impactó sobre mis costillas y me regresó al suelo.

Lucharía hasta el último suspiro, hasta que la muerte nos separe. Tomé su pie con una fuerza de la que no me creía capaz y terminó de espaldas junto a mí, con su cabeza rebotando violentamente sobre el suelo. Las sirenas se acercaban, Mauro se acercaba. Sólo tenía que resistir unos minutos más. 

Lisandro se tomó la cabeza en un gesto de dolor y tomé la empuñadura del arma con pulso tembloroso. No veía nada con el ojo izquierdo y estaba mareada, pero lo intenté de todas formas. La nueve tembló frente a mí y Lisandro se giró repentinamente. 

No tuve la fuerza para hacerlo. Quise, pero no pude. Mi dedo acarició en gatillo pero no fui capaz de jalarlo.

Todo sucedió tan rápido que no tuve tiempo de pestañear siquiera. El arma abandonó mi mano y apareció mágicamente en la mano de Lisandro. 

Sus ojos temblaron, pero su monstruo no dudó. 

Bang.

La explosión me obligó a cerrar los ojos y, cuando los abrí, vi el terror en los suyos. Seguí el recorrido de su mirada hasta mi vientre, donde una profusa mancha oscura se extendía sobre mi remera blanca. No sentí el impacto, pero supe que era mi sangre. 

Bang.

El segundo impacto me dio justo sobre el pecho izquierdo. Me dolió. Mucho. Tanto que escuché el grito antes de comprender que había brotado de mi boca. Me ahogaba. Me ahogaba en mi propia sangre.

Bang. 

Recosté la cabeza sobre el colchón de vidrios y cerré los ojos por un momento. Estaba tan cansada. Quería dormir hasta que el sol me despertara con una caricia en la mejilla, envuelta en el calor de los generosos brazos de Mauro. Untar una tostada con dulce de leche para Alejo y luego llevarlo al jardín; quizás, comprarle plastilina para que hiciéramos "estulcuras". Quería verlo crecer, enamorarse, convertirse en padre y acompañarlo en cada paso de su vida. Quería envejecer junto a Mauro. Tomar litro tras litro de sus espantosos mates amargos, que me hiciera reír hasta que me doliera la cara y que sostuviera mi mano hasta mi último suspiro.  

Bang. 

—Linda, perdón. ¡Perdoname! —sabía que estaba junto a mí, sentía sus manos sobre mi cuerpo, casi como si quisiera reparar el daño que había hecho. 

Pero el daño era irreparable. 

No quería morir, todavía me quedaban muchas cosas que hacer... Pero estaba muriendo. Sobre el suelo de la cocina, sobre un colchón de vidrios, con cuatro disparos ejecutados por quien fuera mi marido, estaba muriendo. 

Ya no sería estudiante universitaria, ni una mamá pulpo, ni una mujer que amaba y era amada en la misma medida. No era más que un amasijo de carne y sangre que el monstruo había masticado y escupido sin piedad.

Lucrecia Ayala no era más que otra víctima. 



La escena era una repetición exacta de la vivida pocos meses atrás. Tan sólo el diciembre pasado. Otro escenario, la misma escena. Un patrullero atravesado en medio de la calle, impidiendo el paso. Me bajé del auto y corrí.

—No puede pasar, señor —un policía puso una mano sobre mi pecho.

—¡Es mi casa! —me lo saqué de encima de un empujón, esperando poder llegar. Todavía tenía dos minutos de gracia. 

La escena parecía una repetición de la vivida pocos meses atrás, pero no lo era. Mis piernas se detuvieron por sí mismas, obedeciendo a alguna arcaica porción de mi cerebro. 

—¡Suelte el arma, ahora! —gritó uno de los policías, apuntando a Lisandro. 

Su camisa estaba cubierta de sangre, su cara estaba cubierta de sangre, y la nueve colgaba de su mano derecha. Lucía desorientado y confundido, mirando hacia todos lados. Di un paso hacia adelante sin proponérmelo y sus ojos se clavaron en los míos. Rompió en un llanto amargo, desconsolado, igual que aquella vez en la casa de huéspedes. 

—¡No quise hacerlo, Mauro! —gritó, fuera de sí, el arma temblando en su mano—. ¡Te juro que no quise!! —sin despegar mis ojos de los suyos, me llevé la mano a la espalda y tanteé la funda oculta bajo mi saco—. ¡Vos tenés la culpa! ¡Vos!!!! ¡Vos me la sacaste!!! ¡Te dije que la iba a matar! ¡Te lo dije! —liberé la nueve y apreté la empuñadura—. Primero a ella... y después a vos.

Todo sucedió tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de pestañear. Lisandro apuntó tembloroso hacia mí, saqué la nueve de su funda y...

Bang.

Bang.

Bang. 

Bang. 

El policía descargó cuatro disparos certeros sobre el pecho de Lisandro. Mientras caía de espaldas al suelo, yo corría hacia el interior de la casa, ignorando la voz de alto de los policías que habían acudido a la escena. 

Entré a la casa. A mi casa. Nuestra. La casa que tan amorosamente habíamos convertido en un hogar para nuestra pequeña familia de tres. El olor a pólvora y sangre me provocó náuseas, igual que el desparramo de cosas que encontré en el camino. 

Me asomé al living y seguí el rastro de lucha hasta la cocina. 

—Mami... 

Vi sus rulos antes que cualquier otra cosa, luego sus manitos tirando de su remera, sacudiéndola con delicadeza. 

—Mami... —retiró un mechón de pelo ensangrentado de su cara y acarició su mejilla. 

No sé cómo llegué hasta él, sólo sé que me arrodillé a su lado y lo levanté. 

—Hay vidrios en el piso, te vas a lastimar —sacudí sus pantalones con aire ausente y pasé un brazo sobre sus hombros, pegándolo a mi cuerpo, sin poder despegar los ojos de su carita de muñeca. No había sonrisa irónica para mí esta vez. El daño era irreparable. Lisandro la había roto.

—¿Te sabés alguna canción, Mauro? —preguntó, apoyando su cabeza en mi hombro.

—No, enano. No sé ninguna... —lo miré a los ojos, iguales a los de su mamá, y supe que era lo único que conservaría de ella. Abracé a Alejo. Abracé a mi hijo. Porque ahora sólo seríamos una familia de dos—. Perdoname, enano —mi voz tembló entre sus rulos.






"Lo perdimos todo... el amor se ha ido. Teníamos magia. Y esto es trágico" (Christina Aguilera - You lost me)


 

1 comentario:

  1. Aunque soñamos con un final feliz pasó lo evitable si la justicia trabajara como es necesario. No podía ser de otra manera en honor a cientos de mujeres que mueren en manos de locos cada año. Mi respeto a todas esas Lucrecias y a vos Mariela por haberles prestado tu voz. Impecable trabajo.

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