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lunes, 20 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 63


Capítulo 63: Una imagen perfecta.



Miércoles, 14 de octubre de 2015.

Paseé un poco frente a la cama, espiando mi celular a intervalos cada vez más cortos. Iba a llegar tarde a la oficina, y odiaba llegar tarde. Esperar no era lo mío, definitivamente... pero no quería despertarla. Confieso que había hecho bastante ruido en la cocina, con la esperanza de que se despertara; obviamente, la estrategia había fallado. Dormía como un tronco, no se enteraba de nada. Tenía un desparramo de sábanas enredado entre las piernas y la camiseta de River un poco levantada, lo suficiente para que el paisaje fuera irresistible. Miré el celular una vez más, justo cuando escuché el cambio en el ritmo de su respiración. 

¡Al fin!

Me senté en el borde de la cama, con una perfecta panorámica de su carita de muñeca frente a mí. 

—Buenos días... —susurré en su oído. Se desperezó y despegó apenas la cabeza en la almohada.

—Hola... —delineó una sonrisa adormilada y abrió sólo un ojo—. ¿Qué hora es?

—Siete y treinta y tres. Y treinta y cuatro, probablemente. 

—Cuánta precisión —abrió el otro ojo y pestañeó un par de veces—. Vas a llegar tarde, ¿por qué?

—No quería irme sin decir "feliz aniversario"... Así que, feliz aniversario.

Si hubiera sabido que eso la despertaría tan rápido, hubiera empezado por ahí. Parecía incluso asustada. 

—¿Qué aniversario? Nosotros no tenemos aniversario... ¿Tenemos aniversario?

—No te estoy hablando a vos —sonreí.

Pasó de la sorpresa a la confusión con una rapidez admirable, pero no pensaba dejarla sufrir por mucho tiempo más. Moví las sábanas para que dejaran de estorbarme el camino y rodeé su cola con mis manos.

—¡Feliz aniversario, mi amor! —mi boca reemplazó a una de mis manos y su risa explotó de inmediato. Tenía unas cosquillas de muerte justo ahí—. Quedate quieta, Lucrecia. No nos interrumpas, que esto es muy importante... —apreté un poco y se retorció todavía más—. Hoy, hace exactamente un año que nos conocimos. ¿Te acordás? Porque yo sí. Lo mío fue amor a primera vista, te lo juro...

—¡Basta, Mauro! ¡Me hacés cosquillas! —se dio una vuelta completa, ¡como si eso la salvara!

Besé su cadera, donde sabía que las cosquillas eran todavía peores. Conocía cada secreto de su anatomía. Su cuerpo era un mapa que el mío había memorizado milímetro a milímetro, y un camino que no me cansaba de recorrer. Aproveché el cambio de postura y me acomodé entre sus piernas. La risa se detuvo cuando acaricié su mejilla, cuando su boca recibió a la mía con la misma calidez de siempre, y mis ojos se bebieron su carita de muñeca con una sed abrumadora. 

—Feliz aniversario, mi amor —la besé una vez más—. Hoy es 14 de octubre. Hace un año que nos conocemos... El mejor año de mi vida.

—Soy una pésima novia, ¿no? —sonrió esa sonrisa irónica que me volvía loco— Soy un desastre con las fechas.

—Sos la mejor y lo sabés. Las otras tres no te llegan ni a los talones. 

—Qué gracioso —golpeó mi hombro. 

—Hoy los voy a llevar a cenar... No cocines —la besé una última vez y, a regañadientes, abandoné nuestra cama—. Nos vemos más tarde, mi amor. 

Una mano demandante se cerró sobre mi camisa y me detuvo, y cuando su boca aprisionó a la mía, supe que iba a llegar a la oficina mucho más tarde de lo planeado. ¿Me importaba? ¡Por supuesto que no! ¡Esta era la manera correcta de decir "feliz aniversario"!



Unté dulce de leche en una tostada y me robé una cucharada a escondidas de Alejo.

—Acá tenés, mi amor —dejé la tostada frente a él y corrí a buscar su mochila, metiendo artículo tras artículo sin prestar demasiada atención. 

—Ma, ¿puedo invitar a jugar a...?

—Hoy no, hijo —colgué la mochila en el respaldar de su silla y besé sus rulos—. Perdón, pero mamá tiene un día complicadísimo. Julieta va a venir a cuidarte hoy, podés jugar con ella.

Su cara se iluminó como el mismísimo sol; era obvio que mi hijo estaba enamorado de su niñera. Creo que hasta yo estaba un poco enamorada de ella. Con tantas actividades que cubrir, tener a alguien de confianza para ocuparse de Alejo era una bendición muy apreciada en casa.  

—¿Otra tostada? —ofrecí, recogiendo los apuntes que habían quedado desparramados sobre la mesa desde la noche anterior y empujándolos dentro de mi mochila. Era una mamá pulpo esa mañana. 

—No, gracias —sonrió. Suspiré aliviada por ahorrar unos minutos más y me apresuré a ponerle el guardapolvo. 

Todos estábamos retrasados. Mauro había llegado tardísimo a la oficina (por mi culpa), Alejo llegaría con lo justo al jardín (si nos apresurábamos lo suficiente), y yo estaba segura de que me ganaría otra mirada reprobatoria del profesor de Sociología. ¡Juro que no lo hacía a propósito!, pero siempre llegaba a su clase con unos minutos de retraso. El tipo me tenía entre ceja y ceja, y estaba en todo su derecho. 

Mucho había cambiado en los últimos meses, pero estábamos adaptándonos. Alquilamos una casa lo suficientemente cómoda para los tres y la convivencia era el paraíso. 

¿Nuestro nuevo código postal? "2000".

Pablo decidió que Seguridad del Plata necesitaba expandirse y sugirió abrir una oficina en Rosario. ¿Casualidad? Por supuesto que no. Pablo era como un padre para Mauro y, como cualquier padre, quería ofrecerle una base en la que hacer pie. Mauro era excelente en su trabajo y valía la pena intentarlo; además, Rosario era un asiento perfecto para un negocio de esas características. La seguridad era un tema que requería de atención. Manejaba un equipo de veinte personas con total naturalidad; con Pablo cubriéndole la espalda desde Buenos Aires, claro está. ¿Un punto a favor? El trabajo era de coordinación, fuera de la línea de fuego. ¡Gracias a Dios!

Alejo tuvo algunas semanas difíciles al llegar a nuestro nuevo destino. Sintió mucho la ausencia de Lucho y Camila, el cambio de maestra y de compañeritos no le hizo mucha gracia, y me partía el alma cada vez que lo dejaba llorando en la salita. Cuando comenzó a tener dificultades para dormir, apareciéndose en nuestra habitación en medio de la noche, supe que no podría solucionar el problema sola. 

"Ansiedad de separación", dijo la psicóloga. Era preciso enseñarle a sentirse seguro en su nuevo ambiente, contenido a pesar de los cambios, pero no tenía idea de cómo hacer eso. 

Mauro fue de gran ayuda, como siempre. En lugar de permitir que Alejo y yo nos encerráramos en nuestra propia burbuja, fue firme en la necesidad de que cada uno conservara su espacio. Cuando Alejo se aparecía en la habitación a mitad de la noche, lo regresaba a su cama y esperaba con paciencia infinita hasta que volviera a dormirse. Yo me quedaba llorando desconsoladamente en la habitación, ardiendo de ira. 

Tuvimos nuestros primeros "desacuerdos" durante esa etapa. "¡Vos no sos el padre!", le grité una noche, a una distancia íntima. Para él, fue como una bofetada. ¿Su respuesta?: "Sé que no soy el padre, pero eso no quiere decir que no lo sienta como mi hijo". Me dejó congelada, sintiéndome como la peor persona sobre la faz del planteta. Siendo la cobarde que a menudo era, lo evité como a la peste por los siguientes días; como si hacerme la ofendida arreglara algo. 

Mauro no se rindió, por supuesto. Nunca lo hacía. 

Gradualmente, mi enojo cedió y mi hijo comenzó a sentirse más cómodo. El día que Mauro trajo a Julieta a casa (novia de uno de los custodios) para que cuidara a Alejo por un par de horas, todo terminó de acomodarse en su sitio. 

La inclusión de Julieta no fue sólo un beneficio para Alejo. Yo gané un espacio valioso para dedicarle a alguien que había ignorado por muchísimo tiempo: a Lucrecia. 

Podría haber optado por trabajar, retomando el plan que había dejado suspendido desde los dieciocho años; pero preferí respaldarme en mis "ahorritos" y dedicarme a estudiar. Sí, ¡a estudiar! Al momento de decidirme por una carrera, no tuve duda alguna. Sentía que si de verdad quería que algo cambiara, tenía que ser valiente e involucrarme. A pesar de ser una profesión no del todo rentable, me inscribí en la Escuela de Trabajo Social de la Universidad Nacional de Rosario. 

El año académico ya había comenzado, pero no quería perder el tiempo. Me incorporé a las clases como oyente y mi objetivo era rendir libres todas las materias de primer año; una tarea que prometía ser difícil pero no imposible. Había planeado mi propia muerte, ¿qué tan complicado podía ser aprobar algunos exámenes?

Lucrecia Ayala, a sus veinticuatro años, era una estudiante universitaria, una mamá pulpo y una mujer que amaba y era amada en igual medida. Por primera vez en años, me sentía orgullosa de mí misma. Mi vida tenía un nuevo horizonte.

Trataba de mantenerme concentrada en mis circunstancias actuales, pero el pasado seguía haciendo eco desde Buenos Aires. Las noticias llegaban en forma lenta pero constante. 

A Andrés Fusco le habían dado una salida demasiado digna para mi gusto; aduciendo "inconvenientes personales", renunció a su cargo en la fiscalía. Los rumores decían que su "lucha contra la corrupción" le había hecho ganar muchos enemigos y que su familia estaba amenazada. ¡Si supieran la clase de basura que era! En fin, se salió con la suya. No es que  me sorprendiera ese resultado, pero me sentía indignada. 

Elena regresó a Buenos Aires con la cola entre las patas e hizo lo impensable: colaboró con la justicia, aportando pruebas para ensuciar a su difunto marido, para terminar de hundir a Lisandro, y para salvar su propio pellejo. Siempre supe que era una harpía sin corazón, pero ¿incriminar a su hijo? No es que me molestara que Lisandro terminara en la cárcel (de hecho, me agradaba la idea), lo que no podía concebir era que una madre no protegiera a su hijo. Pero a Elena, siendo Elena, sólo le importaba una persona: Elena. 

A Lisandro se lo estaba tragando el mismo monstruo que él había alimentado por años, se hundía en su propia oscuridad. Sus vínculos con los negocios turbios de Santiago, confimados de boca de su propia madre, le valieron una orden de arresto de la que se libró pagando una fianza con dinero que algunos de sus ex socios accedieron a prestarle. La justicia había embargado todas sus cuentas, sus bienes, y hacía meses que no cubría la cuota alimentaria. No hice reclamo alguno, porque francamente no quería nada que viniera de Lisandro. Nada sabíamos de él desde la firma del divorcio. Ni una llamada, ni un mensaje, ni un suspiro. Absolutamente nada.  

Alcancé a dejar a Alejo en el jardín justo antes de que la maestra cerrara la puerta y me salté dos semáforos en rojo para llegar a la facultad a tiempo. 

No llegué, obviamente.  

Con la mochila al hombro, empujé la puerta del aula y entré con los hombros encogidos y la mirada en el suelo, esperando pasar desapercibida. 

—¡Bienvenida, Srta. Ayala! —me detuve en cuanto escuché su voz, colorada como un tomate— ¡Qué alegría que por fin nos honre con su presencia! —dijo el profesor, con marcada ironía.

—Perdón —susurré, apenada. 

—No pida perdón. Tome asiento y no vuelva a interrumpir mi clase. 

Asentí y vi de reojos a Paula, haciéndome señas para que me sentara a su lado. Esquivé asientos con algo de dificultad y al fin me senté. 

—¿Otra vez tarde? ¿Qué te pasó? —preguntó en voz baja. 

—Me demoré con Mauro —le guiñé un ojo—. Hoy es nuestro aniversario, tenía que darle su regalo.



Pese a ser un día de semana, Rosario hacía gala de una vida nocturna con un brillo esplendoroso. La gente paseaba por la costanera, en las inmediaciones del puerto, disfrutando de las particularidades del clima primaveral. Durante el día, el calor era difícil de sobrellevar, pero por las noches, la brisa que viajaba sobre el río Paraná era un aliciente. Hacía más tolerable la humedad, que se pegaba a los cuerpos como una segunda piel.   

El cielo estaba despejado y la luna se reflejaba en la superficie del agua. La imagen tenía algo entre poético y trágico. Era una luna que se rompía en pedazos entre los brazos de un río que, aunque aparentaba calma, la mecía sin piedad. 

La luna brillaba, las estrellas brillaban, las luces de la ciudad brillaban, pero no había nada que brillara más que ella. 

El mundo perdía su brillo cuando Lucrecia aparecía. Todo se volvía opaco, descolorido, nada en comparación con su implacable presencia. No era la mujer más hermosa que hubiera visto, ni por asomo; pero había algo especial en su simpleza, un "algo" innombrable y misterioso. Como el sabor que deja un buen vino en el paladar, aunque se desconozca la cepa; o como esas canciones que insisten en la cabeza por ningún motivo en particular. Lucrecia y su mundana simpleza se metían en la sangre y corrían por las venas como un virus que infectaba todo a su paso.  

No era consciente de su poder de atracción, de la fuerza invisible que la rodeaba y que actuaba como una gravedad que todo lo absorbía. Sin importar cuánto uno intentara escapar, una mirada bastaba para quedar amarrado para siempre. ¡Si tan solo fuera consciente de lo que provocaba! 

La brisa insistía en levantarle el vestido, igual que un amante lujurioso, y se robaba mechones de su cabello oscuro. Lo enredó con la misma habilidad de siempre y la perfecta columna de su cuello quedó al descubierto. Alejo la asistió para que no quedara semidesnuda en plena costanera, sosteniendo los bordes de su vestido, y provocó que una risa mágica explotara en su boca. Su risa era hipnótica. Toda ella era hipnótica. 

La imagen era incompleta. Una mujer luminosa, el hijo perfecto... sólo faltaba una pieza para que todo fuera perfecto. 

Faltaba yo. 

Me recliné en el asiento del auto y presioné el volante con fuerza al verlo acercarse a ella. Un brazo rodeó su cintura, su boca le rozó el cuello, y ella sonrió. La imagen parecía perfecta, pero no lo era. Mauro era un impostor, nada más que un pobre sustituto. 

Lucrecia era mi mujer, Alejo era mi hijo... y si yo no podía ocupar mi lugar en esa imagen perfecta, nadie lo haría.






"Eres tan jodidamente especial, yo desearía ser especial. Pero soy un cretino, un bicho raro. ¿Qué demonios estoy haciendo aquí? Yo no pertenezco aquí. 
Ella está huyendo de nuevo. Ella corre, corre, corre..." (Radiohead - Creep)



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