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domingo, 19 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 62



Capítulo 62: La despedida.



Viernes, 15 de mayo de 2015.

Me senté en una silla del comedor y miré alrededor. Había más cajas vacías que artículos para guardar.

Alejo y yo no habíamos tenido el tiempo suficiente para realmente vivir en el departamento; apenas dos meses. Solamente dos meses. A veces, tenía la sensación de vivir miles de vidas en una sola, como si el tiempo transcurriera diferente  para mí. Todo era demasiado intenso, muy abrumador. Años de vacío total y, de repente, nuestra vida daba una vuelta de timón completa y nuestro rumbo cambiaba vertiginosamente. Pero estaba dispuesta a emprender el viaje. 

Lo que quería llevarme, no podía empacarse en cajas. Esta vida me había dado mucho... mucho dolor, mucho silencio, mucho miedo, mucho fracaso y mucha impotencia; pero también mucho aprendizaje. Toneladas de experiencia, la capacidad de caerme y levantarme todas las veces que fueran necesarias, la fortaleza que deviene de pedir ayuda y tomar manos amigas cuando se ofrecen generosamente. La sabiduría de ver más allá de los disfraces y la fuerza para combatir a los monstruos sin más armas que la determinación pura. La entereza suficiente para no bajar los brazos y la certeza de que no estaba sola en esta lucha. Alejo estaba conmigo. Mauro estaba conmigo. 

Mi equipaje iba repleto, me llevaba mucho. Pero también dejaba demasiado. Tanto que dolía. Aunque dolorosas y difíciles, sabía que las despedidas eran necesarias.  

Tomé mi celular y consulté la hora. Faltaba más de una hora para que Alejo saliera del jardín, el tiempo suficiente para comenzar a despedirme. Marqué su número y aguardé. 

—¡Cuñada, ¿cómo va?! —contestó, tan efusivo como siempre.

—¡"Ex cuñada"! —lo corregí automáticamente.

—Un detalle, Luli... ¡No te exasperes! Decime, ¿a qué debo el honor de tu llamada en esta hermosísima mañana?

—¿Estás ocupado?

—Para vos, jamás. ¿Qué tenes ganas de hacer?

—¿Querés dar un paseo? ¿Vos y yo solos? Me saco de encima a Martín y nos vamos a dar una vuelta.

—¡Obviooooo! Dame diez minutos y te paso a buscar. 



Hacía un poco de frío, pero el sol proporcionaba el calor suficiente para que el paseo fuera agradable. Era su compañía la que convertía el momento en un tesoro; uno que quería guardar en mi memoria y llevar en mi equipaje. 

Lucho estaba inusualmente silencioso, como si comprendiera la profundidad de lo que estábamos compartiendo. Él era lo más parecido a un hermano, un faro en la oscuridad y un pilar que me había sostenido en infinidad de oportunidades. No podía ocultarle lo de nuestra partida; eso sería demasiado cruel. Además, me había pedido que "nunca más le hiciera una cosa así" y no podía volver a desilusionarlo. Temía perderlo esta vez. Lastimar de muerte a nuestra amistad.

Nos habían pedido que fuéramos reservados respecto a nuestra nueva localización, hasta que estuvieran seguros de que el peligro había pasado; traducción: "no se lo digan a nadie". Las autoridades estaban sobre Fusco, Elena vacacionaba en algún lujoso lugar de Europa por tiempo indefinido, y Lisandro estaba más complicado que nunca. Sus clientes, otro tanto. Me preguntaba cuándo se decidirían a ordenar los arrestos. ¿Cuántas más pruebas necesitaban? En fin, ellos estaban libres y éramos nosotros los que teníamos que escondernos. 

Para empeorarlo todo un poco más, la amenaza de Lisandro todavía hacía eco en mi pensamiento: "hasta que la muerte nos separe". Si tenía que cambiar de código postal para sobrevivir, lo haría. Pagaría un precio alto por mi libertad, pero estaba dispuesta a todo.   

Mauro tampoco estaba de acuerdo con guardar el secreto, pero por motivos completamente diferentes a los míos. No confiaba en nadie, y no lo culpaba. El hecho de que ninguno de nuestros seres queridos supiera de nuestro destino, no le hacía nada de gracia. En su opinión, compartir nuestro plan era la mejor forma de protegernos. No lo decía en voz alta, pero el subtexto estaba allí para quien quisiera leerlo: "si algo nos pasa, van a saber por dónde empezar a buscar culpables". Nuestra situación seguía siendo precaria.

Yo estaba harta del silencio y no admitiría a huir como una criminal. Iba a decirle la verdad a Lucho. Me aferré a su brazo y apoyé la cabeza en su hombro cuando nos detuvimos frente al puesto. 

—¿Qué te parece? —preguntó, mirando hacia todos lados, probablemente abrumado con tantas opciones— No tengo idea de qué le gustaría. 

—Yo optaría por algo simple. Crisantemos, por ejemplo... Son lindos y duran mucho. 

—Sí, me gustan. 

—Bárbaro, elegí vos. Tenés mejor ojo que yo.

Después de elegir dos de los ramos más coloridos, brazo en brazo, caminamos hacia el mausoleo. Era la primera vez que veníamos juntos. Me avergonzaba no haber venido a visitarlo antes, pero pensarlo dentro de un frío cajón me resultaba sumamente doloroso. Era una realidad que debía enfrentar, una despedida que ya no podía postergar. 

—¿Vos tenés llave? —preguntó, dudando frente a la imponente puerta oscura. 

—No sé por qué hacen estos lugares así de tenebrosos —pensé en voz alta, sacando el llavero de mi bolsillo trasero—. Deberías pintarle un graffiti... Estoy segura de que a tu papá le hubiera encantado tener algo de tu arte acá. Era tu fan número dos. 

—¿El dos? —entornó la mirada. 

—La número uno soy yo. Nadie me va a quitar ese puesto —sonreí.

—Sos una dulce, ¿sabías? —pellizcó mi mejilla—. La verdad, no estaría nada mal. ¿Pero no lo tomarían como vandalismo? —dijo pensativo. Lo estaba considerando, de verdad. Y, de verdad, era algo a considerar. 

—El mausoleo es de ustedes, Lucho. Capaz que no puedas alterar la fachada, pero no creo que haya problemas con modificar el interior. 

—Es cierto... podría ser. 

Los dos estábamos retrasando el momento, era obvio. Acaricié la pequeña llave plateada y, sin ningún atisbo de duda, la saqué de mi llavero. 

—Es tuya —se la entregué. 

—Pero, ¿y vos? 

—Quiero que la tengas. Es tuya. 

Sin muchas más excusas a las que echar mano, Lucho me dio las flores e hizo girar la llave. El sonido metálico precedió a la apertura de la puerta y un frío de ultratumba le ganó al calor del sol. Se me formó un nudo en la garganta y apreté el ramo de flores sin darme cuenta. 

—Las flores no alcanzan para darle color a esto, Luli —Lucho dio un paso hacia el interior y me agarré de su campera para seguirlo—. Es horrible. 

La luz del sol asomaba tímida por una ventanita de mínimas proporciones, dando a todo un aspecto todavía más escalofriante. Los abuelos paternos de Lucho estaban en el piso inferior; su único hijo, justo arriba. Una fría cubierta de mármol oscuro indicaba su lugar de reposo; una simple cruz plateada ocupaba el centro de la escena y su nombre destacaba un poco más abajo. Santiago Echagüe. 

—No puedo creer que esté ahí adentro —murmuró Lucho—. Parece mentira. 

Sí. Es muy raro.

¿Vos creés que lo que dicen es verdad? —buscó compasión en mi mirada— ¿Que estaba implicado en todo eso?

Él conocía la respuesta, todos la conocíamos, pero buscaba compasión y yo se la daría. 

Sí, Lucho. Creo que es verdad —suspiré, cada palabra doliendo como una puñalada—. Y también creo que fue por eso que tomó esa decisión. No lo soportó... No soportó convertirse en una persona así —entrelacé mi mano con la suya. Los dos con lágrimas en los ojos, los dos compartiendo la misma tristeza—. No me importa lo que digan, Lucho. Santiago siempre va a ser como un padre para mí. 

—Me cuesta perdonarlo por lo que hizo —se limpió las lágrimas con rudeza—. No lo entiendo. 

—Yo tampoco —admití—. Solamente él sabe por qué lo hizo y no puedo juzgarlo cuando no lo entiendo. Prefiero quedarme con la persona que fue conmigo y con la gente que quiero. Con vos, por ejemplo... Siempre te apoyó, Lucho —sonreí, recordando las incontables veces en que lo escuché hablar con orgullo del artista de la familia. 

—Si algún día tengo un hijo, no va a conocer a su abuelo.

—Cuando algún día tengas un hijo, podés contarle lo buen tipo que era tu papá —presioné su mano—. Igual que yo, que me voy a encargar de que Alejo nunca se olvide de su abuelo. 

—Lo extraño un montón. 

—Sí, yo también.

No había muchas más palabras que agregar. Acomodamos las flores y nos acompañamos en silencio. Siempre recordaría a Santiago por el hombre que había sido conmigo; cariñoso y amable. El mejor abuelo para mi hijo. Elevé una plegaria silenciosa, rogando a Dios que lo recibiera como el ángel que era, pidiendo que me acompañara en el próximo tramo de mi viaje y despidiéndome del hombre al que amaba como a un padre.

—Se está haciendo tarde —interrumpí el silencio—. Tengo que ir a buscar a Alejo. 

—No te preocupes —pasó un brazo sobre mis hombros y besó mi mejilla—. Le mandé un mensaje a Mauro para que lo vaya a buscar. Nos encontramos en casa y vamos a almorzar todos juntos —sonrió.  

Los ángeles no solamente estaban en el cielo, también te sonreían con un rostro terrenal y amoroso.



No encontraba la forma de decirle que nos íbamos. Lo intenté en varias oportunidades en la privacidad del auto, de camino a su casa, pero no hallaba las palabras adecuadas. Santiago había forzado una despedida, pero decirle adiós a Lucho era doloroso. No verlo a diario, no tener que aguantar sus pavadas, sería muy raro. 

Llegamos al departamento y auto de Mauro ya estaba estacionado afuera. La música y la conversación ligera nos había restaurado el humor, nuestra tristeza había quedado dentro del mausoleo. 

—¡Maaaaaaaa!!!!! —apenas abrimos la puerta, Alejo emprendió una carrera entusiasta hacia mí. 

—¡Hola, mi amor! —lo levanté con algo de dificultad, estaba cada vez más pesado. Crecía a pasos agigantados. 

Camila estaba destrozando a Mauro en la PlayStation, y esas contiendas eran tan serias que el mundo podría estar cayéndose a su alrededor y ninguno de los dos se enteraría. 

—¿Cómo te fue en el jardín? —pregunté, acomodándole los rulos.

—Bien... —pasó sus brazos por mi cuello y me dio un sonoro beso en la mejilla—. Tengo hambre. 

—Sí, yo también. ¿Qué hacemos? ¿Comemos afuera o tenés algo digerible en tu cocina? —le dije a Lucho. 

—¿No vamos a comer de Pablo? 

—¡Lucho!!! —Camila y Mauro salieron de su auto inducido trance casi al unísono. 

—¡¿Qué?! —se alzó de hombros— ¿No era hoy la despedida?

—¿Qué despedida? —pregunté, confundida. 

—¡Perdiste! Pagame —Camila extendió una mano frente a Mauro.

—Te aprovechaste de la distracción, eso es trampa —se metió la mano en el bolsillo, con cara de muy pocos amigos, y puso la plata en la mano de una muy sonriente Camila. 

—¡¿Qué despedida?! —volví a preguntar.  



Mauro resolvió fácilmente eso de "no se lo digan a nadie"; se lo dijo a todos y hasta organizó una "despedida sorpresa". Era una pena que Lucho desconociera lo que implicaban los términos "despedida" y "sorpresa" en una misma frase. 

La mesa era un caos, literal. 

Pablo a la cabecera, por supuesto, tratando de organizar lo imposible y gritando órdenes que nadie escuchaba, como si estuviera en la oficina. Gloria, siendo la santa que era, soportaba con una sonrisa y un "no pasa nada" cada copa de vino derramada sobre su perfectísimo mantel blanco. Vicky coqueteaba con Ramiro y Sergio al mismo tiempo, con un descaro que tenía a Electra revoleando los ojos cada medio microsegundo. Diego escuchaba fascinado las anécdotas de viaje de Camilo, que había regresado solamente para rendir unos exámenes, mientras Cecilia y Camila debatían con Juan María; el tema: violencia de género. Martín estaba sentado a mi lado, cruzado de brazos y silencioso como una tumba; pero parecía estar disfrutando del espectáculo. Mauro y Lucho fumaban en el patio, dentro de su propia burbuja; la estrecha relación que habían desarrollado me conmovía en extremo. Lucho había perdido a un hermano, pero había ganado a otro. Eran dos de los hombres más importantes de mi vida. Pero tenía a muchos más ahora.

Me sorprendió ver a todos los hombres y las mujeres de mi vida congregados en un mismo lugar. Las mujeres me inspiraban y los hombres, que eran muchos, me llenaban de esperanza. Los hombres de mi vida no me lastimaban. Ya no.

—¡Lucre! —Clarita, con mechas rosadas esta semana, corrió alarmada hacia mí. 

—¿Qué pasa?

—Alejo y Maxi están peleando otra vez. 

—¡Yo me ocupo! —gritó Pablo, desde el extremo opuesto de la mesa. Por mucho que quisiera ocultarlo, le encantaban los chicos. Era un hombre adorable. 

Los extrañaría a todos, muchísimo. Cada uno de ellos había dado mucho de sí para ayudarme, y algunos de ellos ni siquiera me conocían. Algunos ayudaron por amor, otros por amistad, muchos por lealtad, y todos por principios. No estaba todo perdido. Por más oscuro que pudiera ser el panorama, siempre había alguien dispuesto a aportar luz.    

Camilo bebió un sorbo de su copa y me sonrió, haciéndome una minúscula seña con la cabeza para que nos apartáramos. Me levanté de mi silla y comencé a recoger algunos platos. 

—Yo te ayudo —dijo, siguiéndome la corriente. 

Cargados de platos, buscamos la privacidad de la cocina. 

—Te traje lo que me pediste, muñeca. ¿Dónde querés ponerlo? 

—¿En el baúl del auto de Mauro?

—Genial. ¿Llave? —extendió la mano, con una sonrisa. Las saqué de mi bolsillo y se las entregué— ¿Y cómo es que vos tenés la llave de su auto?

—Le pedí manejar hasta acá —sonreí. 

—Obviamente, ¿cómo no se me ocurrió?

La mesa estaba demasiado entretenida como para notar la repentina ausencia de Camilo, así que no tuve que inventar ningún tipo de excusa por él. Fui hasta el patio como si nada hubiera pasado.

—¿Te queda uno? —le pregunté a Mauro. 

—El último. Lo tenía reservado.  

El cigarrillo de la "suerte", por supuesto. Tenía que agradecerle a Mario por aquel pequeño ritual que había hecho propio. 

—¿Cuándo puedo ir a visitarlos? —Lucho me ofreció fuego de su encendedor. 

—Cuando quieras... Apenas estemos instalados, te aviso.

—¿Me das una pitada, muñeca? —Camilo pasó un brazo sobre mis hombros, con total descaro, y Lucho y Mauro se lo comieron con la mirada. Era un provocador por naturaleza. Afortunadamente, ninguno de los dos lo vio meter la llave en mi bolsillo trasero. 

—Vos no fumás —le recordé.

—Vos tampoco —me sacó el cigarrillo de la mano. 

El día trancurrió rápido, tan intenso y abrumador como los últimos meses. Mis días ya no estaban vacíos, y tampoco eran silenciosos. El timón había girado bruscamente y mi vida había tomado otro rumbo. Uno con un destino esperanzador. Creí que la despedida sería dolorosa, porque los extrañaría a todos, pero era nada más que un "hasta luego". Ellos estaban en mi vida, cada uno a su manera, y yo estaba en la de ellos, para siempre y de la forma que necesitaran. No hubo lágrimas ni nudos en la garganta, sí muchos besos y abrazos. 

Fuimos los últimos en irnos. Pablo prolongó un sentido abrazo con Mauro y Gloria incluso derramó algunas lágrimas. Al atardecer, dijimos el último "hasta luego".



Alejo dormía como un tronco en el asiento trasero, agotadísimo luego de una tarde juegos y peleas con Maxi.

—Gracias por lo de hoy, Mauro. Fue perfecto —solté una mano del volante y busqué la suya.

—Gracias a vos, mi amor. Me alegra mucho que lo disfrutaras... —sonrió, tan cálido como siempre—. Nos merecíamos una tarde así —fijó la mirada en el camino, confundido—. ¿Qué hacemos acá?

—Tengo que hacer una parada —contesté, sin dar más detalles al respecto—. Ya vuelvo. Cinco minutos... —me bajé, ante la mirada perpleja de Mauro, y fui hasta el baúl. En el interior, Camilo había dejado mi equipaje. Abrí el cierre con cuidado y sonreí al ver el paquete alargado, envuelto en un colorido papel de regalo, con moño y todo—. Sos un genio, Camilo —suspiré, agradecida por el gesto. Cerré el baúl y caminé directo hacia la puerta. 

Era una casa alta, antigua y algo venida abajo, una de las últimas sobrevivientes de su especie en esta zona de Belgrano. Toqué el timbre y aguardé. 

Un par de minutos después, salió con una expresión de sorpresa que rápidamente fue reemplazada por una entuasiasta sonrisa. 

—¡Lucrecia! ¡Tanto tiempo!! —me encerró en un abrazo algo tosco, pero que respondí con la misma efusividad—. Me alegra tanto verte... —puso las manos en mis mejillas y vi la emoción brillando en sus ojos, seguramente un espejo de la mía—. Estaba muy, muy preocupada por vos y por Alejo. No puedo creer todo lo que pasó. ¿Estás bien? Ay, qué tonta... por favor, pasá. 

—Estoy apurada, Alicia. Es un segundo nada más, quería pasar a saludarte —tomé su mano—. Me voy de la ciudad, Alicia. Me mudo... y no quería irme sin agradecerte. 

—¿A mí? ¡Pero no, querida! —negó con la cabeza—. No tenés nada que agradecer, si yo no hice nada. Si hubiera sabido lo que estaba pasando... No sé qué decirte, la verdad —comentó, visiblemente apenada. 

—Hiciste mucho, Alicia. Más de lo que vos pensás. ¡No tenés idea de cuánto me ayudaste! —la abracé una vez más, con fuerza, conmovida—. Cada vez que recibiste a Alejo en tu casa, que lo cuidaste con tanto cariño, como si fuera tu propio hijo... no me va a alcanzar la vida para agradecerte. 

—¡Ay, Lucrecia! ¡Lo hice de todo corazón! 

—Ya sé... —me costó una enormidad separarme de ella, pero era momento de una última despedida—. Sé que lo hiciste de corazón, porque sos un ángel —tomé su mano y le di mi regalo. Dos fajos de billetes verdes parecían un chiste de mal gusto frente a tantísima ayuda, pero estaba segura de que le serían de utilidad. Alicia me miró confundida, emocionada—. Este es mi regalo... No acepto devoluciones y tampoco un "no" como respuesta. Es mi agradecimiento por tu ayuda. Porque donde vaya, te voy a llevar conmigo, y no me voy a olvidar nunca de lo que hiciste por nosotros. 

—No tenías por qué, Lucrecia —rasgó una esquina del paquete y la detuve. 

—Abrilo cuando me vaya —sonreí. Besé cada una de sus mejillas y me permití un último abrazo—. Te quiero mucho, Alicia. 

—Yo también —murmuró con voz temblorosa. 

—Estoy segura de que vamos a volver a vernos. Dale un beso a Mateo de mi parte. 

—Mucha suerte, querida mía. 

—Gracias, Alicia. 

Sintiéndome liviana como una pluma, la saludé con una mano en alto y regresé al auto. Mauro me miraba embelesado. 

—¿Qué? —le pregunté, poniendo el auto en marcha.

—¿Hiciste lo que creo que hiciste? 

—Puede que sí —sonreí. 

—No dejás de sorprenderme, Lucre —dijo, sin dejar de mirarme—. Siempre me sorprendés. 

—Qué bueno... porque parece que vamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos, así que espero que no te aburras. 






"Me tienes a tu lado. Y en cualquier momento que quieras, podemos tomar un tren y encontrar un mejor lugar... porque no dejaremos que nada ni nadie nos tire abajo. Tal vez tú y y yo podemos hacer nuestras valijas y apuntar al cielo" (Aerosmith - Fly away from here)



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