Follow by Email

sábado, 18 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 61



Capítulo 61: Desborde



Lunes, 4 de mayo de 2015.

—¿Por qué tardan tanto? —pregunté, sacando un cigarrillo y asegurándome de que no fuera el de la "suerte". Ese estaba reservado. 

—Estas cosas llevan su tiempo —Juan María se pasó una mano nerviosa por pelo y se apoyó en la pared, junto a mí. Martín estaba cruzado de brazos, algo más alejado, silencioso como una tumba. Era la mejor compañía en un momento como ese.  

Estaba furioso. Lucrecia estaba sola, rodeada de una jauría de hienas con malas intenciones.

No esperaba que me dejaran entrar al despacho, y tampoco lo hubiera hecho; eso sería como usar combustible para intentar apagar un fuego. A Lisandro no le haría mucha gracia verme ahí; y provocarlo era peligroso para Lucrecia. Pero al menos esperaba poder esperarla, estar cerca de alguna manera. Aunque fuera en el pasillo... pero cerca. La orden fue no dejar que me acercara. Y la culpa era mía, nada más que mía. Había armado tremendo escándalo en mi última visita al juzgado, no podía esperar cortesía alguna.

Lucrecia estaba sola. Aun con Adela presente, estaba sola. 

Juan María tampoco tenía permitido participar. ¿El argumento? El acuerdo, valga la redudancia, ya estaba acordado. Lo leerían como un acto meramente protocolar y firmarían en presencia del Juez y los abogados. "Es un trámite", dijo Juan María. Entonces, ¡¿por qué mierda tardaban tanto?! Amablemente, se lo pregunté al secretario del Juez.... como unas diez veces, quizás algunas más. Amablemente, uno de los guardias me invitó a salir del edificio. 

¡Hijos de puta!!

—¿Ya tienen todo listo? —preguntó Juan María, seguramente en un intento por distraerme. 

—Casi —contesté. Le di una pitada al cigarrillo y paseé frente a la puerta del juzgado, esquivando a la gente que entraba y salía del edificio. 

—¿Cuándo se van?

—No sé... —regresé a apoyarme en la pared, sin saber qué más hacer. Esperar no era lo mío. 

Juan María abrió la boca para seguir con la charla vacía, pero sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Lisandro salió del edificio a grandes zancadas, con el semblante oscurecido y la mirada perdida. Pasó frente a nosotros como un viento helado y devastador, seguido de cerca por uno de sus abogados, que daba pasos rápidos y cortos para poder alcanzarlo. Mi primer pensamiento fue ir tras él y romperle todos los huesos... pero esto no se trataba de mí. 

—Mauro, pará —escuché la voz de Juan María, pero mis piernas ya se estaban moviendo. 

Arrojé el cigarrillo a cualquier parte y la presentí antes de efectivamente ver su carita de muñeca. La gente que entraba y salía del edificio pasaba a mi lado como si no me viera, pero yo tampoco estaba viendo a nadie. Sólo tenía ojos para ella. Sus ojitos grandes y redondos pegados a los escalones que descendían hacia la salida, sus dedos nerviosos acomodando un mechón de cabello detrás de su oreja, una carpeta amarilla con papeles que asomaban desacomodados bajo su brazo. Se veía cansada. Extremadamente cansada. Y triste. Tan triste que se me formó un nudo en la garganta. 

Algo no estaba bien. Nada estaba bien, en realidad. No alzó la mirada del suelo ni una sola vez, y chocó con una de las personas que entraba. 

—Perdón —no escuché su voz, y tampoco el desconsiderado que la chocó, pero sus labios delinearon la palabra con la dulzura de siempre. 

Llegó hasta la vereda y se quedó unos segundos congelada, con la mirada igual de perdida que Lisandro. Inspiró profundo y dejó escapar el aire muy despacio, agotada. Desorientada incluso. Estaba parada casi frente a mí y no me había visto. No estaba viendo nada en realidad, parecía sumergida en las profundidades de su pensamiento.

—Lucre... —cauteloso, me acerqué hasta ella. Al escuchar mi voz, su semblante cambió de repente, como si despertara de algún trance. 

—Mauro —sonrió una sonrisa pequeña y me miró a los ojos—. Perdón, no te vi. 

Pestañeó un par de veces, inmóvil y silenciosa. Igual que yo. 

En ese momento, no supe cómo reaccionar. Había imaginado la escena muchas veces... Lucrecia bajando las escaleras al trote, saliendo del juzgado con una sonrisa enorme, feliz de haber firmado el dichoso acuerdo y ansiosa por dejar todo atrás para empezar una nueva vida. Mi mente incluso había agregado algunos detalles coloridos, como rodearla en un abrazo y hacerla girar como en una mala película romántica, besándola hasta que nos faltara el aire... la fantasía había ido lo suficientemente lejos como para agregar fuegos artificiales explotando a nuestro alrededor.

Sí. Era un boludo. La fantasía no se parecía en nada a la realidad. 

—Lucrecia, ¿todo bien? ¿Cómo estás? —Juan María se acercó, preocupado, y le dio un beso en la mejilla. 

—Ya está —levantó la carpeta amarilla como prueba. 

—Vimos salir a Lisandro —dijo Martín—. No estaba nada contento. ¿Todo bien ahí adentro?

—Lo normal, supongo —se alzó de hombros. 

Yo seguía congelado en mi lugar, sin saber qué hacer o qué decir, pero con una pesadez extraña en el estómago. Lucrecia contestaba a las preguntas con relativa normalidad, pero algo en ella estaba apagado. 

—Después te llamo y te cuento bien los detalles —se dirigió a Juan María—. Ahora estoy un poco cansada. Lo importante es que ya firmamos.

—Te llevo a tu casa —dijo Martín. 

—No.

Tres pares de ojos se pegaron a mi cara y sólo entonces me di cuenta de que la negativa había brotado de mi boca sin intención. Tragué saliva con dificultad, porque el nudo en la garganta seguía estrangulándome. 

—Yo te llevo —murmuré, nervioso—. Gómez no me necesita, tengo el día libre —mentí. Después llamaría a Pablo para disculparme, eso era un mero detalle. Lo primordial era dejar de comportarme como un idiota y contener a Lucrecia, que obviamente se estaba esforzando por mostrarse entera. "Cansada" en su idioma se traducía como "destrozada".

—Es mi trabajo. Tengo que asegurarme de que llegue a su casa —insistió Martín.

—Perfecto. Seguinos con el auto, entonces —extendí una mano y Lucrecia la tomó al instante. Pasé mi brazo sobre sus hombros y rodeó mi cintura. Cuando su frente estuvo a mi alcance, puse mis labios sobre ella y la sentí apretarse sobre mí, más y más cada vez, con una fuerza aplastante.

Juan María con su preocupación y Martín con su firmeza desaparecieron cuando escondió su cabeza en mi pecho y la carpeta amarilla cayó al suelo. 

Lucrecia se quebró, ya sin reserva alguna, y la protegí en un abrazo cuando su cuerpo empezó a temblar. La había visto llorar muchas veces. Pero esto era completamente diferente. Era como si oleada tras oleada de angustia contenida en una vida entera estuviera fluyendo de su interior, como un río caudaloso e incontrolable. La abracé con tanta fuerza que ya no supe si era ella o yo quien temblaba. Su temblor era el mío. Su angustia también.

Alcancé a ver la seña que Martín me hizo con la cabeza y no lo dudé un instante. Pasé un brazo debajo de sus rodillas y la cargué, siguiéndolo hasta el auto. Abrió la puerta del asiento trasero y entramos. La privacidad me importaba una mierda... No iba a soltarla justo ahora, mucho menos para manejar. Martín tendría que llevarnos. No podía concentrarme en nada más que en sostenerla.   

—Ya nos vamos, mi amor —susurré en su oído. Aferró los puños en mi camisa y se hundió en mí. 

Me sobresalté al escuchar los golpes en la ventana, pero volví a respirar al ver a Juan María enarbolando la carpeta amarilla. En medio de toda aquella angustia, la había olvidado por completo. Martín, mucho más lúcido que yo, bajó su ventanilla y lo apuró con una mano en alto. 

—Gracias —dijo al recibirla. 

—Llamame cuando lleguen —le pidió Juan María, visiblemente apesadumbrado. 

—Ok.

Capital era el típico caos de tránsito vehicular de cualquier lunes por la mañana, y por más que Martín fuera un experto al volante, el viaje se estaba tornando demasiado largo. 

—Ya falta poco —pasaba una mano frenética por su espalda, tratando de calmarla de alguna forma, pero el llanto no hacía más que intensificarse a cada segundo. Temblaba tanto que estaba comenzando a asustarme. 

—Voy a poner un poco de música —dijo Martín, mirándome por el espejo retrovisor. Asentí, creo—. Lucrecia, no te contengas —giró el volante con una tranquilidad admirable, como si nos llevara de paseo—. Es mejor sacar todo afuera, haceme caso. 

El consejo era para ella, pero estaba mirándome a mí. La sugerencia era clara. No tenía que tratar de contenerla; al contrario, era preciso dejar que todo fluyera. Aunque doliera. Lucrecia había callado su dolor durante muchísimo tiempo; sellar ese acuerdo la había liberado en más de un sentido. 

Dejé de apretarla, de asfixiarla en un abrazo, e incluso me relajé un poco. Gradualmente, la presión de sus puños en mi camisa cedió, conforme su llanto descontrolado se convertía en una serie de suspiros profundos. Su mejilla buscó mi cuello y acaricié su cabello, con suavidad y sin demanda, sintiendo la humedad de sus lágrimas en mi piel. No le demandaría que se calmara, no le demandaría nada. La dejaría ser. 

Mi cuerpo estaba en completa sintonía con el suyo. Mi pecho se expandía con la entrada del aire y era ella quien respiraba más tranquila. Su mano se aferró a mi antebrazo con suavidad y la mía descansó en su mejilla, dando el consuelo de una caricia. 

Cuando el auto se detuvo frente al edificio de Lucrecia, unas diez canciones habían pasado ya y las lágrimas se habían secado sobre sus mejillas. Su respiración era profunda y acompasada, y sin mirarla, supe que estaba dormida.     

—¿Tenés la llave a mano? —preguntó Martín, moderando el tono de voz. 

—En mi bolsillo —asentí.

Martín se bajó del auto y se apresuró a abrir la puerta del asiento trasero. Cargué a Lucrecia otra vez, sin temor a despertarla. Era igual que Alejo, dormía como un tronco; no se enteraba de nada. En unos minutos, estábamos entrando a su departamento. La dejé sobre la cama y fui a despedir a Martín. 

—Gracias —estreché su mano. 

—Cuidala —dijo, casi en un tono amenazante. 

—Dalo por hecho.



Giré y, aún dormido, toqué el espacio vacío a mi lado y me sobresalté. Abrí los ojos y me senté en la cama, confundido al principio, consciente segundos después. Lucrecia no estaba a la vista, pero su ropa estaba tirada cerca de la puerta. 

—Dale... —la escuché en el baño, del otro lado del pasillo, y me levanté—. Gracias, Lucho. Hablamos más tarde. 

La puerta del baño estaba entreabierta y una nube de vapor se precipitaba desde el interior. Me asomé apenas y la vi de pie frente al espejo, envuelta en una toalla. No se sentía cómoda con su desnudez ni siquiera estando sola. Pasó una mano sobre el espejo y mis ojos se pegaron a la marca en su antebrazo. Una marca enrojecida que amenazaba con transformarse en un hematoma. Una marca que no estaba ahí antes. Se giró un poco frente al espejo y exploró su espalda, rozando sus dedos sobre una marca bastante parecida a la de su brazo.

No se había atrevido... No era posible. ¡Hijo de puta!!

Mis puños se cerraron automáticamente, de pura impotencia. Me planteé salir del departamento, ir a buscarlo y llenarlo de marcas que no se borrarían en un par de días. ¡Quería matarlo! 

—Lucre... —contuve el temblor en mi voz. 

Apretó la toalla más a su alrededor, como si quisiera protegerse. ¿De mí? 

—¿Estás bien? —pregunté, sin atreverme a entrar, ni a mirarla. 

—Ya salgo. 

Me retiré de la puerta, para darle espacio, y regresé a la habitación. 

¿Cómo pasó? ¡¿Cuándo?! ¡En pleno juzgado! Se había atrevido a tocarla, ¡otra vez! Cerré los ojos con fuerza y mastiqué mi furia, aunque fuera imposible de digerir. 

—Mauro... —cuando los abrí, la descubrí de pie en el umbral de la puerta—. Hablé con Lucho. Fue a buscar a Alejo y lo van a llevar a dar una vuelta al shopping. No creo que sea conveniente que me vea así —se señaló, casi con desdén. Su carita de muñeca todavía estaba colorada de tanto llorar, un rastro de angustia le empañaba el semblante. 

—Vení —estiré una mano y aparté mi arrebato de furia. Porque no se trataba de mí, sino de ella. Yo no era el centro de su mundo, pero ella era el centro del mío. Dudó unos segundos, con un puño apretado sobre el borde de la toalla,  y luego se acercó. 

Tomé su mano, siempre cálida y suave, como sus caricias, como toda ella. No podía comprender que alguien quisiera lastimarla, que alguien pudiera tocarla de una forma inapropiada. Cuando estuvo frente a mí, rodeé su cuerpo en un abrazo y apoyé mi cabeza en su vientre. Quería confortarla, pero ella en su infinita misericordia, me confortaba a mí. Me inundé de su aroma a vanilla y coco y su mano acarició mi nuca.

—Lo quiero matar —confesé, sin tapujos. Ella sabía que yo lo sabía... Lo sucedido estaba allí, suspendido en el aire.

—Yo también —murmuró sobre mi cabeza. Alcé la mirada de inmediato y apoyó sus cálidas manos en mis mejillas, asintiendo—. En serio, lo quiero matar —sonrió, amargamente—. Pero después pienso en Alejo, en cómo lo miraría a la cara si hiciera algo así, y se me van las ganas. Es el padre de mi hijo, Mauro. Siempre va a ser el padre de Alejo. 

¿Qué decir a eso? ¿Cómo rebatir ese argumento? Podría decirle lo que un padre como Lisandro podría hacerle a un hijo. Lo había vivido en carne propia. Pero la historia, aunque con costados parecidos, era completamente diferente. Lucrecia había tenido la valentía que mi mamá no... dejó a su marido. 

Me perdí en la profundidad de sus ojos, grandes y redondos, infinitos y amables como ningunos, y acaricié su brazo, en busca de esa marca de odio. Creí que me lo impediría, pero me dejó hacer. La descubrí en su antebrazo, un área enrojecida que delataba la violencia de un tipo que ni siquiera podía llamarse hombre. No era nada más que un cobarde, un canalla sin escrúpulos. Cerré los ojos y quise reemplazar una marca de odio por una de amor, dejando un beso sobre su piel. Quería que sus marcas fueran otras.

Su cuerpo debía ser amado. Adorado. No lastimado. 

Tomé el borde de la toalla húmeda, en un pedido silencioso que halló su respuesta cuando la prenda cayó al suelo. Le gustaba ser acariciada con suavidad y yo lo sabía. Jamás pedía nada, siempre lo daba todo. Sin reservas. Pero esto no se trataba de mí, sino de ella. 

Mis manos rozaron la generosidad de sus caderas, memorizaron la delicada curva de su cintura, recorrieron el perfecto trayecto desde su vientre hasta sus pechos, tiernos y dulces como una manjar de los dioses. El pulso en su cuello, el símbolo de su vitalidad, las perfectas proporciones de su carita de muñeca. Acaricié su mejilla y mi pulgar delineó su boca, apenas entreabierta, deleitándose con el calor de su aliento. Sus ojos jamás abandonaron los míos. El recorrido siguió desde sus hombros, descendió por sus brazos hasta llegar a sus manos y besé cada uno de sus dedos. Sus manos siempre olían increíblemente bien; a hogar.

La hice girar y mi boca buscó esos dos perfectos hoyuelos que adornaban su coxis mientras mis manos descendían por sus piernas, envolvían sus rodillas, para luego regresar a la redondeabas curvas que anulaban mi cordura. Me volvía loco y ella también lo sabía. Pero esto no se trataba de mí, se trataba de ella. Y aunque me hubiera demorado allí por unas treinta y cinco vidas, quizás algunas más, avancé hacia su espalda. Mis dedos caminaron toda la extensión de su columna y no tardé en encontrar esa segunda marca. Le hice espacio entre mis piernas, en una invitación a sentarse entre ellas. Cuando su cuerpo accedió, tuve que recordarme que esto se trataba de ella y no de mí, porque mi excitación era ya dolorosamente insorportable. Besé la marca de odio y mi boca siguió el recorrido hasta su cuello, deleitándome con el aroma de su pelo. Rocé un dedo sobre la curva de su cuello y encontré uno de mis tesoros. 

—Esto está mi lista —susurré sobre su espalda—. Este lunar... Antes, cuando tenías el pelo más largo, esperaba con ansias a que te lo ataras para poder verlo. Ahora, lo disfruto todo el tiempo. 

Su mano acarició mi rodilla y pasé un brazo por su cintura, para sentirla más cerca. 

—Y tu voz también está en mi lista. Me encanta, no me canso de escucharte... excepto cuando cantás —sonreí y escuché la música de su risa—. Tu risa también. Pero es tu sonrisa irónica la que me derrite, cuando pensás que soy un boludo pero no me lo decís. Amo tus argumentos implacables y cómo me dejás sin palabras; aprendo con vos... Todo el tiempo. Y me encanta la devoción con la que cuidás a Alejo, sos una mamá increíble. 

La escuché suspirar y la pegué un poco más a mi cuerpo, rodeando uno de sus pechos con mi mano, con un profundo y repentino deseo de que algún día amamantara a mis hijos. A nuestros hijos. El deseo fue tan abrumador e inesperado que mi boca acarició la curva de su cuello. 

—Admiro tu valentía, Lucre. Amo tu corazón, tu nobleza. Y adoro ese espíritu inquebrantable... —su mano acarició mi antebrazo—. Me encanta cada centímetro de tu cuerpo, mi amor —mis dedos rozaron la delicadeza de su piel y buscaron la cálida humedad entre sus piernas. Aunque se tratara de ella, solamente de ella, su placer era el mío—. Te amo, Lucrecia. No puedo explicarte cuánto... No me alcanzan las palabras.

El corazón me galopaba en el pecho y juro que estaba a punto de sucumbir como un adolescente inexperto, preso de los gemidos que escapaban de su boca. La sentía a punto de terminar, sus espasmos presionando mis dedos y... por Dios, era una tortura. La más deliciosa de las torturas. Su mano envolvió mi muñeca y la alejó que una rudeza que me sorprendió. 

Agitada, temblando aunque no de angustia, giró entre mis brazos y boca aprisionó a la mía en un beso tan demandante que dolía. Lucrecia brillaba, y era yo el que ardía. Ardíamos, los dos. Sus piernas me abrazaron y con una destreza fruto del deseo puro, desabrochó mi cinturón y metió una mano en mis pantalones. Mi Diosa era deliciosamente despiada... 

—Yo amo que estés dentro de mí, Mauro. No me hagas esperar más —demandó, con su boca pegada a la mía.

Incumplir con un pedido suyo era una blasfemia... ya había quedado claro, ¿no?

—Como vos digas, mi amor. 







"Donde sea que veo ahora, estoy rodeada por tu abrazo..." (Beyoncé - Halo)



 

No hay comentarios:

Publicar un comentario