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jueves, 16 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 60



Capítulo 60: Im-pacto.




 Lunes, 4 de mayo de 2015.

Sesenta y un días. Mil cuatrocientas sesenta y cuatro horas. Dos millones, ciento ocho mil, ciento sesenta y tantos segundos... Ese era el tiempo transcurrido desde la última vez que lo vi.

El recuerdo de ese encuentro en la oficina de Juan María me perseguía igual que una pesadilla recurrente. Aún me acosaba la furia de su tormentosa mirada, la frialdad de sus palabras hacía eco en mi mente. En el cuerpo, todavía me dolían las palizas recibidas en cuatro oscuros años de relación. Cada momento vivido a su lado era una navaja afilada, profundamente clavada en mi pecho. Era una pesadilla imposible de exorcizar.

Lisandro me dolía. Su monstruo había fijado su morada dentro de mi alma y lo sentía arañando mi interior, hincándome los dientes y masticando pedazos de mi corazón. Me estaba devorando muy lentamente, saboreando mis miedos con descaro.

En el aplastante silencio que reinaba dentro del auto, de camino al juzgado, trataba de concentrarme en moderar el temblor de mi cuerpo. Me crucé de brazos y sostuve los enloquecidos latidos de mi corazón, pero todo intento era inútil.

Adela, sentada a mi lado, revisaba el celular con una abstracción absoluta.

Martín conducía en silencio, con los ojos fijos en el espejo retrovisor, pegados a mí. En cualquier otro momento, le hubiera pedido que prestara atención y mirara al frente. Esa mañana, daría lo que no tenía para que su desatención provocara un accidente que nos impidiera llegar a destino. Prefería terminar debajo de un camión con acoplado a tener que chocar con Lisandro; estaba segura de que el daño sería menor.

Pero ya era tarde. Estábamos llegando.

Al ver el auto de Mauro, no del todo bien estacionado, me saqué el cinturón de seguridad y lo busqué con desesperación. Cuando Martín detuvo la marcha, y a pesar de su insistencia por que permaneciera en mi lugar, bajé del auto y crucé la calle a toda carrera.

—¡Lucrecia! —gritó Martín.

El chillido de los neumáticos contra el asfalto, el estruendoso bocinazo y la florida puteada del sorprendido conductor, me dejaron congelada en medio de la calle. Confundida. Asustada.

El tiempo quedó suspendido en un infinito con tintes de pesadilla, con una densidad asfixiante. Quería correr pero mis piernas no se movían; tampoco era posible gritar, porque mi voz había olvidado el camino.

Cuando me miraba de esa forma, el resto del mundo se desvanecía a mi alrededor. Sus ojos siempre habían sido igual de hipnóticos, vertiginosos. Una tormenta que me sacudía, me arrastraba y me dejaba a la deriva, naufragando sin destino. Seguía siendo tan arrebatadoramente atractivo como aquella tarde de primavera en el shopping, cuando yo todavía creía en los cuentos de hadas, cuando cometí el error más grande de mi vida. Ese fatídico día de primavera, cuando lo confundí con el Príncipe Azul y no vi al Lobo que ocultaba bajo el disfraz.

—Lucrecia.

El calor de su mano envolvió la mía y mi mundo se aclaró. Su mirada no era hipnótica, era real. Mauro no me volvía loca... él me devolvía la cordura. Me aferré a su mano para no naufragar y dejé que me guiara, que sus pasos fueran los míos.

Martín abrió la puerta del asiento trasero y, segundos después, estuvimos en la acogedora y silenciosa seguridad del auto.

—Él está acá, Mauro... —murmuré, en voz baja, temiendo que Lisandro pudiera oírme.

—Lucrecia, escuchame.

Quería escucharlo, mirarlo, besarlo hasta que me faltara el aire y mis pulmones colapsaran. Pero Lisandro estaba en la vereda, parado frente a la puerta del juzgado, con su fiel séquito de abogados.

—Mi amor —insistió, presionando mi mano.

—Sí, te estoy escuchando.

—No me dejan entrar —dijo, mortificado—. Ya lo intenté todo.

Lo observé confundida, a la espera de que comenzara a reírse... porque tenía que ser una broma. ¡Una de muy mal gusto! Pero no había nada de gracioso en su expresión.  

—No, Mauro. Eso no es posible. Tiene que haber algo que podamos hacer. ¿Hablaste con Juan María? Hablemos con él... —saqué mi celular del bolsillo pero mis manos temblaban tanto que ni siquiera podía sostenerlo apropiadamente—. Él va a saber qué hacer. Dijo que no me iba a dejar sola. 

—Ya lo llamé.

—Voy a probar yo. Capaz que...

—Te dije que ya lo llamé —insistió. 

—¡Ya te escuché, Mauro! —apreté el celular en un puño tan cerrado que dolía.

—Tranquilizate.

—¿Que me tranquilice? ¡¿Me estás hablando en serio?!

—No van a dejar entrar a nadie, Lucrecia —me miró directo a los ojos, en un inútil intento por que me concentrara—. El juez, los abogados, él y vos... son los únicos que tienen permitido estar ahí. 

—¿Y Juan María?

Para que la pesadilla fuera completa, Mauro negó con la cabeza. Estaba sola... Me habían dejado sola. Todos.

—No puede ser —inspiré profundo y me llevé una mano al pecho. Sentía que me iba a desmayar en cualquier momento—. Es una emboscada, Mauro. Todos ellos contra mí. Me van a destrozar.

—No —dijo con seguridad—. No tiene por qué ser así. No pueden hacerte nada... Estás acá para firmar y nada más. Adela es tu intermediaria; usala. No tenés que hablar con Lisandro, ni siquiera tenés que mirarlo. Firmás y nos vamos, mi amor. Nada más.

—Adela está de su lado.

—Y yo estoy del tuyo. Adentro o afuera de ese recinto, eso no importa. Estoy con vos y vamos a hacer esto juntos, como acordamos.

—Lisandro va a estar ahí, Mauro. ¿Qué hago? ¡No puedo enfrentarlo!

—Sí, podés... —sus manos rodearon mi rostro y su boca me acarició con un beso—. Podés hacer cualquier cosa que te propongas. Ya lo enfrentaste, ¿no te das cuenta? Y le ganaste —me retuvo en sus ojos—. ¡Mirá hasta dónde llegaste! Pensá en todo lo que hiciste, en lo que lograste. Lo hiciste todo vos, Lucrecia. Sos la mujer más valiente que conozco. Con esa carita de muñeca, con toda esa dulzura, sos una guerrera. Nunca te perdiste, Lisandro no fue capaz de destruir tu espíritu.

Sus palabras me abrazaron, me abrigaron, y las hice parte de mi armadura. Aunque mi cuerpo todavía temblara, Mauro estaba conmigo. Seguía salvándome. 

—Siento que tendría que decir algo más importante, pero no me sale —admití, apenas más tranquila—. Te amo.

—Siempre tenés las palabras justas, Lucre. Eso también está en la lista de cosas que amo de vos —sonrió su sonrisa más cálida.

—¿Tenés una lista?

—¡No tenés idea! Es larguísima —tomó mi mano y besó mis dedos—. Crece todos los días, igual que lo que siento por vos.

Nos tomamos unos minutos más de privacidad. Martín custodiaba nuestro espacio personal, manteniéndonos fuera de la órbita visual de mi futuro ex marido, y dándonos el tiempo necesario para reponer fuerzas. Adela ya no estaba a la vista; obviamente, había decidido entrar sin mí. 

Martín le dio unos golpecitos al vidrio y Mauro bajó la ventanilla.

—No hay Lisandros a la vista —anunció—. ¿Entramos?



Ni siquiera dejaron que Mauro subiera las escaleras hasta el segundo piso conmigo. Pensé que iba a hacer un escándalo, pero había aprendido su lección la primera vez. Aceptó la negativa con una altura formidable, aunque leí la puteada silenciosa que delineó su boca. Compartimos una sonrisa entre cómplice y solidaria, y se quedó al pie de las escaleras.

Esto iba a acabar exactamente como había empezado. Yo, sola, contra Lisandro y toda su artillería. Me moría de miedo, pero estaba tan cansada que quería que todo terminara de una vez. 

El pasillo era largo y frío. No conocía el despacho del Juez, pero no necesité más que seguir las risotadas de Adela para dar con el lugar preciso. Levanté la cabeza del suelo y la imagen me dio náuseas. 

Adela tenía un brazo entrelazado con uno de los abogados de Lisandro; se reía como una hiena y revoleaba su melena rubia a lo Susana Giménez. Era patética. Lisandro y el Juez Fonseca estaban un poco más alejados del grupo, conversando en voz baja. Los cómplices perfectos. Ni siquiera se molestaban en disimular.  

—¡Lucrecia, querida! —Adela soltó el brazo del abogado y flotó a mi encuentro— Te estábamos esperando, ¿estás lista?

Ni siquiera le contesté, caminé hasta el grupo congregado frente a la puerta del despacho y me concentré en el Juez.

—Perdón por la tardanza —les hablé a todos y a nadie en particular. 

—Incumplir con el horario es una descortesía, Sra. Echagüe. Tenemos otras causas que atender... el mundo no gira a su alrededor —dijo Fonseca, con cara de muy pocos amigos. 

—Le pido mil disculpas, Su Señoría. Mi defendida no se sentía del todo bien. Está bajo mucho estrés —Adela entrelazó su brazo con el mío. 

—Si se siente estresada, consulte a un psiquiatra —comentó uno de los abogados de Lisandro. 

—Le agradezco el consejo —sonreí tan falsamente que me dolió la cara. 

—Bueno, entremos de una vez. 

El Juez hizo su ingreso con paso pesado y fastidioso. Lo siguieron los abogados Uno, Dos y Tres. Adela soltó mi brazo y se aferró al abogado Cuatro, ¿o era el Cinco? Ya no podía distinguirlos. No podía distinguir nada… sólo el hecho de que Lisandro y yo habíamos quedado rezagados, que su brazo estaba demasiado cerca del mío y que su perfume me traía recuerdos aterradores. 

No tenía que hablarle, ni siquiera tenía que mirarlo, pero su presencia era implacable. Me quedé parada en la puerta, a la espera de que entrara de una vez.

—¿No me vas a saludar? —sonrió, tan encantador como en sus mejores momentos. ¡Hijo de puta! No le contesté, obviamente. Y tampoco lo miré. Él sonrió todavía más—. Ya sabés lo que pasa cuando te resistís. Las damas primero, linda... —me indicó el camino con una mano de la que me alejé rápidamente. Siempre se comportaba como un caballero, para ocultar al monstruo que era en realidad. 

Le di apenas una mirada de reojos y me pegué al marco de la puerta, para poner la mayor distancia posible entre su cuerpo y el mío.

El despacho era lo suficientemente grande como para que veinte personas entraran con absoluta comodidad. Olía a café, lustrador de muebles y libros viejos.

El Juez tomó su lugar, detrás del escritorio, y el resto de la comitiva se acomodó hacia la izquierda. Todos juntos. Todos. Mi abogada incluida. Retiré una silla hasta casi apoyarla en la pared opuesta, hacia la derecho, y me senté. Los bandos estaban dispuestos para la batalla y mi lado estaba bastante flaco. La contienda era injusta y desigual; básicamente, un calco de mi relación con Lisandro. 

—Bueno... entiendo que el acuerdo ya ha sido revisado y aprobado por ambas partes. Vamos a proceder a la lectura. Me detienen de ser necesario —el Juez Fonseca se colocó unos lentes y comenzó a leer.

Intenté atender al contenido que prácticamente conocía de memoria, solamente con el propósito de distraerme, pero era imposible. Los abogados asentían a cada frase como autómatas y Adela chequeaba su celular con absoluta abstracción. La voz del juez era aguda y molesta, igual que uñas sobre un pizarrón. Paseé la mirada por la biblioteca pero todos los títulos eran legales, no había nada que llamara mi atención. Me mastiqué el pulgar por unos segundos, mientras contaba una columna de libros, después las hileras que contenía la biblioteca y luego calculaba la cantidad de libros que había en el despacho. ¡Eran muchísimos! Pero la cuenta me fallaba... porque no podía concentrarme ni siquiera en una simplísima multiplicación. 

Lisandro no me sacaba los ojos de encima. Como si no hubiera nada ni nadie más que nosotros en ese despacho... Nerviosa, me cubrí con el cardigan celeste y me crucé de piernas.

—Bien —el Juez dejó el extenso acuerdo sobre el escritorio y se reclinó en su asiento, quitándose los lentes. Suspiré aliviada, pronto terminaría todo. Pronto regresaríamos a casa y le pediría a Mauro que me detallara cada ítem de su lista. Quizás, hasta le compartiría ítems de la mía—. Entiendo que estamos todos de acuerdo, ¿no es así?

Los abogados cabecearon un sí que yo acompañé. Lisandro seguía sin sacarme los ojos de encima. Lo estaba haciendo a propósito, para incomodarme. Y lo estaba logrando.

—Si quieren agregar algo, este es el momento —invitó el Juez.

Le clavé una mirada furibunda, en absoluto silencio.

—¿Algo para decir, Sra. Echagüe? —preguntó, con una ceja alzada.

No tenía que hablarle, ni siquiera tenía que mirarlo. Pero lo hice.

—Ayala —contesté.

—¿Disculpe? —preguntó, confundido.

—Que mi apellido es Ayala. Lucrecia Ayala.

—Todavía estamos casados.

Escuché su voz con claridad pero mantuve mi atención en el Juez.

—¿Podemos firmar, por favor? —rogué.

—Yo sí tengo algo que decir...

Cerré los ojos, como si me hubiera abofeteado una vez más, e inspiré profundo para no ponerme a gritar como una loca. Sabía que esto pasaría, no me sorprendía para nada. Me crucé de brazos y me preparé para otro golpe. Otro impacto antes del pacto.

—Adelante, Lisandro —concedió el Juez. 

Presentí su mirada, pero no accedería a mirarlo. No le daría el gusto de verme aterrada.

—Entiendo que mi situación personal y laboral está... agitada, por decirlo de alguna manera. Confío en la justicia y estoy seguro de que pronto se aclarará todo. Entiendo los recaudos que estás tomando, Darío... perdón, Sr. Juez; pero creo que privarme de ver a mi hijo no está dentro de los recaudos necesarios.

Comencé a removerme, incómoda en mi silla, incómoda en mi cuerpo. Me giré para ver a Adela, para rogarle que dijera algo, pero la muy desgraciada seguía chequeando su celular. Estaba sola. Sola y acorralada. Era mejor permanecer en silencio. El acuerdo ya estaba redactado, la orden de restricción seguía vigente, y mataría a Lisandro antes de permitir que se acercara a Alejo.

—Ese punto ya fue discutido, Lisandro. Tus abogados estuvieron de acuerdo. En seis meses, vamos a hacer una revisión de ese punto. Por el momento, las visitas están vedadas. El bienestar del menor es prioridad en este caso. Nos queda resolver la causa por violencia de género.

Quise ponerme de pie y aplaudir, pero me contuve.

—Eso es una calumnia.

—¡¿Qué?!!

Lo hice. No pude contenerme. Me levanté de la silla, ¡furiosa! ¿Había dicho lo que había escuchado?

—Tome asiento, Sra. Echagüe.

—¡Ayala! —volví a corregirlo. 

—¿Te das cuenta, Darío? Es imposible hablar con ella... Teníamos discusiones, por supuesto. Todas las parejas tienen desacuerdos.

—¿Desacuerdos? —me senté en la silla, sin poder creer lo que oía.

—Desacuerdos, linda. Exactamente —regresó la mirada al Juez—. Lo intenté todo, Darío. Se lo di todo de mí. Di mi mejor esfuerzo, pero nunca supo valorarlo. Estaba convencido de que era la mujer de mi vida, todavía lo creo así. A pesar de todo... A pesar de que mantuviera una relación extra matrimonial con uno de mis empleados bajo el techo que compartíamos; así de profundo es el amor que siento por ella. La gente no deja de decirme que hice bien en terminar con la relación, pero siento mucha pena por ella. Después de todo, es la madre de mi hijo. Vamos a estar unidos toda la vida.

Juro que estaba a punto de vomitar. Sentía que me transpiraban las manos y que un calor abrazador me subía desde el pecho hasta la cara. Me estaba hundiendo. 

—No tuvo ningún tipo de respeto por mí y por mi hijo, y ni siquiera por ella misma. Una mujer decente no se comporta de esa manera. Tiene el descaro de acusarme de violencia, pero ¿acaso no es violento lo que ella me hizo a mí? ¿Cómo reaccionarías si te sucediera algo así, Darío? ¡Se revolcaba con el tipo en mi propia casa!

—Lisandro... —uno de los abogados puso una mano sobre su antebrazo. El monstruo asomaba las garras y trataban de contenerlo.

Yo me ponía más y más colorada, más avergonzada con cada palabra que impactaba en mis oídos, pero no tenía nada que decirle. No por el momento.

—Comprendo, Lisandro. Pero no hay justificativo alguno para tener una reacción violenta con una mujer. No vamos a entrar en detalles que no nos competen hoy. Seguramente, tus abogados ya te habrán aconsejado al respecto. Tratemos de atenernos al asunto que nos convoca hoy.

Con total descaro, el Juez lo estaba instruyendo para no cometiera un exabrupto. Quería firmar el acuerdo de mierda y salir corriendo de ahí, ¡pero ya!

—¡El asunto que me convoca es mi hijo! —golpeó el apoyabrazos y me sobresalté.

—Lisandro... —repitió otro de los abogados.

Estaba a punto de estallar. No sería capaz de mantener al monstruo controlado por mucho tiempo más.

—¿Qué? —le clavó una mirada desafiante y el abogado retrocedió automáticamente—. No es justo, Darío. Yo se lo di todo y ella me lo sacó, con total impunidad. Mi familia se disolvió. Vos me detruiste, Lucrecia.

Pegué los ojos al piso y me mantuve en silencio. No tenía nada que decirle. No por el momento.

—¡Decime algo! ¡Lo que sea! ¿Podés ser tan hija de puta?

—¡Lisandro! —lo reprendió Fonseca.

—¿No me vas a mirar? ¿Después de todo lo que pasamos? ¡¿Ni siquiera me vas a mirar?!!

Cerré los ojos y los apreté con fuerza. Aguantá, aguantá, aguantá... me repetía.

—¿Ves, Darío? ¡Esto es lo que hace! Es un témpano de hielo. No le importa nada. ¡Ni siquiera su hijo! ¡Está metiendo al tipo ese en la casa! ¿Qué sé yo quién es? ¿Y si lastima a mi hijo?

—No te atrevas... ¿Lastimar a tu hijo? Mauro ama a tu hijo. Sos vos quien lastima a Alejo —me atreví a mirarlo, aun temblando.

—¿Qué decís, nena? ¡Jamás lo lastimaría!!

—Lo lastimaste y mucho —enseguida, me dirigí al Juez—. En el expediente de la causa, hay un informe de la psicopedagoga del jardín al que asiste mi hijo. Lo invito a leerlo, si es que todavía no lo hizo. Ahí está clarísimo cuánto lo lastimaste... —volví a Lisandro—. Puede que a él no lo golpearas como a mí, pero lo lastimaste. Para que sane, lo voy a mantener lejos de vos.

—¡Hija de puta!!! ¡No me lo vas a sacar! —gritó, fuera de sí, levantándose de la silla y sacudiéndose el brazo del pobre abogado, que ya no sabía cómo contenerlo.

—¡Sr. Echagüe! —intervino, Fonseca.

Yo me mantuve en mi lugar, temblando de pies a cabeza, pero firme. Adela me hacía señas desesperadas; ni siquiera la miré.

—Sos una mierda... —masticó entre dientes.

—Por favor, procedamos con la firma —sugirió uno de los abogados.

Sin mediar palabra, Lisandro salió del despacho como un demente y tres de sus secuaces le hicieron de sombra. Yo traté de serenarme y acerqué la silla hasta el escritorio. Era momento de firmar, para eso estaba allí.

Luciendo sorpresivamente apesadumbrado, Fonseca deslizó el papel hacia mí. Los abogados Cuatro y Cinco también lucían apesadumbrados. El monstruo de Lisandro solía generar esa reacción. Ellos lo vieron en acción por cinco minutos y sus semblantes cambiaron, yo lo soporté por más de cuatro años y por poco me mata. 

—Tiene que firmar en las marcas, Sra. Ayala —alcé la cabeza de inmediato—. Prefiere que la llame así, ¿no es cierto?

Asentí, mínimamente aliviada.

El trazo era errático e inseguro, casi un reflejo de mí misma, pero era el símbolo perfecto del miedo y el instinto de supervivencia dándose la mano para una causa común: salvarme la vida. Al salir del despacho, sería libre.

—Creo que ya está todo. ¿Revisaría, por favor? —le pedí, con una minúscula sonrisa.

—Permitame —se colocó nuevamente los lentes y recorrió el documento muy detenidamente. Al finalizar, asintió solemne—. Está correcto.

—Muchas gracias. ¿Tengo que esperar que mi ex marido vuelva o puedo retirarme?

—Yo le aconsejaría que aguarde. Es preferible que se vaya sabiendo que todas las firmas están plasmadas correctamente.

Esperamos alrededor de quince minutos, hasta que Lisandro se dignó a deleitarnos con su presencia una vez más. Sus ojos eran dos llamaradas de puro odio; tomó el documento y firmó con tanta fuerza que temí que rompiera las hojas.

—¿Contenta? —me dirigió una sonrisa totalmente irónica y le devolvió los papeles al juez.

—Está todo correcto, Lisandro. Ya pueden retirarse, todos.

Me mantuve lo más lejos posible de mi ex marido mientras estrechaba la mano del Juez y del resto de los abogados. Adela seguía revisando su celular, así que no me molesté en saludarla. De reojos, vi salir a Lisandro del despacho y me sentí más aliviada.

¡No podía esperar para volver a casa! ¡Era libre! ¡Al fin!!

—Gracias por todo —enrollé mi copia del acuerdo y salí hacia el pasillo.

Apenas caminé un par de metros antes de presentirlo a mis espaldas. No me dio tiempo a nada. Su mano de hierro aprisionó mi brazo y me obligó a girar para enfrentarlo. Trastabillé apenas pero logré recuperar el equilibrio, justo cuando mi espalda y mi cabeza rebotaron sobre la pared. A un latido de distancia, el monstruo respiraba sobre mi boca.

—¿Creés que ganaste? —cubrió mi boca y mi nariz con su mano, aprisionándome contra la pared. No podía respirar... tenía que calmarme. Sólo lo miré, a la espera de que alguien saliera del despacho— Te equivocás, linda —besó mi frente—. Hasta que la muerte nos separe, ¿te acordás?

Rodeé su muñeca con mis manos y los papeles cayeron al suelo; necesitaba sacármelo de encima. Ya casi no podía respirar, veía borroso y unos sospechosos puntos negros se agrandaban frente a mis ojos. Si me desmayaba, estaba perdida.

—Tranquila, linda. Ya está —retiró la mano de mi boca e inspiré en busca del preciado aire.

Lisandro aprovechó la oportunidad para sujetar mi cara e introducir su asquerosa lengua en mi boca. Esta vez, sí luché. Golpeé sus hombros con puños cerrados y lancé patadas con intención de darle a lo que fuera.

—Shh, shh... Ya sabés lo que pasa si te resistís. Me calentás más.

—¡Lisandro!

 Uno de los abogados salió del despacho y se apresuró a cerrar la puerta.

—¿Qué estás haciendo? —lo increpó.

—No te metas... —se alejó tan de repente que la falta de aire y la sensación de asco me dejaron de rodillas sobre el suelo, sobre el desparramo de papeles—. Siempre de rodillas, Lucrecia. No cambias más.

Todavía en el suelo, me limpié la boca con el dorso de la mano, para quitar cualquier rastro de su asalto (no podía llamarlo beso) y me quedé ahí hasta que lo vi desaparecer por el pasillo. El abogado trató de ayudar a levantarme, pero me lo sacudí sin pensar. Había cerrado la puerta para que no vieran a Lisandro atacándome. Era un cómplice. Todos ellos lo eran. Mientras mi respiración se regularizaba, junté los papeles y los acomodé lo mejor posible.

No podía esperar para volver a casa... Era libre.






"De vez en cuando, pienso en todas las veces en que me destrozabas. Pero me hacías creer que era siempre algo que yo había hecho. Y no quiero vivir de esa manera, pendiente de cada palabra que dices..." 

"Pero no tenías por qué cortarme. Hacer como si nada hubiera pasado. No, no, y no éramos nada. Y ni siquiera necesito tu amor, pero me tratas como a un extraño y eso es muy duro..."
 
(Gotye Ft. Kimbra - Someone that I used to know) 


4 comentarios:

  1. Lisandro Hijo de... Como lo odio!!
    Porfi Marielaaaa subí masss!

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  2. Lisandro Hijo de... Como lo odio!!
    Porfi Marielaaaa subí masss!

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  3. Es terrible como permiten que Lucrecia este en el mismo lugar que Lisandro!estoy indignada!
    Con la lluvia esta para leer dos capítulos más!

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  4. estoy ansiosa por leer los siguientes capítulos, actualizo 3 o 4 veces por día ja ja. Hermosa

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