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miércoles, 15 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 59

Capítulo 59: Un imprevisto.




Lunes, 4 de mayo de 2015.

Sobre la cama, la pila de ropa iba creciendo con rapidez; las prendas volaban una tras otra y se sumaban al desorden. No era capaz de decidirme por nada. Hacía frío afuera; el otoño estaba pisando fuerte en la ciudad. ¿Qué usar? ¿Jeans? ¿Algo más formal? Me senté en el borde de la cama y mastiqué mi pulgar, todavía embutida en una toalla húmeda.  

El recuerdo de mi "cazamiento" me asaltó de repente. Sí, "cazamiento", con "z". Me sentí "cazada" más que casada. 

Elena había insistido en que la boda se celebrara antes del nacimiento de Alejo, para que la gente no hablara pavadas. ¡Como si las habladurías me importaran! Lisandro no opinaba igual que mi futura suegra. Pero los chismes no le quitaban el sueño, su principal preocupación era que yo estaba gorda. "No vas a entrar en el vestido", me repetía hasta el cansancio. Quería que Alejo naciera de una vez para que recuperara la figura y entrara en el vestido que él había soñado para mí. 

Insisto, me sentí "cazada". Ni siquiera pude elegir qué usar el día de mi boda.

—¿Te falta mucho? —Mauro apareció en el umbral de la puerta y me dio un susto de muerte; apenas contuve el grito. Me llevé una mano al pecho y sostuve mi enloquecido corazón—. Perdón, ¿te asusté?

La expresión de su rostro era más o menos igual a la mía, una mezcla de estrés y nervios. 

—Sí... es que no sé qué ponerme —confesé, al borde de un ataque de pánico, estudiando el caos de ropa que me rodeaba.

—Lucre... —se sentó a mi lado y entrelazó sus dedos con los míos, con esa sonrisa cálida que me desarmaba—. ¿Querés una sugerencia? 

—Por favor —rogué. 

—No importa lo que elijas, todo te queda perfecto. Pero debería ser algo rápido de poner, porque Martín ya te está esperando abajo —besó mi mano y ocultó una sonrisa, una que yo conocía a la perfección. Estaba a punto de decir algo que me pondría colorada—. Y también que sea rápido de sacar, por favor. No veo la hora de que esto termine y vuelvas a casa.

Efectivamente, consiguió que me sonrojara. Siempre lo lograba. 

—Ya falta poco, mi amor —rozó sus dedos en mi hombro y besó mi mejilla antes de levantarse—. Te amo.

—Yo también —sonreí.

Seguí su recorrido hasta la puerta, embelesada. Todavía me parecía un sueño que estuviéramos juntos, una bendición inesperada en medio de tanto infierno. Nunca fui una persona creyente, pero era tentador pensar que Dios lo había puesto en mi camino por una razón. 

—Cualquier cosa, me llamás —se detuvo junto al marco de la puerta, reticente a salir. 

—No te preocupes, Mauro. Martín va a estar conmigo todo el tiempo —le aseguré. 

—Ya sé —asintió, no del todo convencido. 

Delegar el que había sido su trabajo en un desconocido, no era nada sencillo para él; aunque Martín ya había dado sobradas muestras de su capacidad. Era silencioso y un poco parco, pero me sentía segura con él. Y Alejo lo idolatraba.

—Nos vemos en unas horas. 

—Nos vemos.

Escuché sus pasos recorriendo el pasillo, llegando a la puerta, y sólo cuando lo supe afuera, me levanté de la cama y busqué algo que ponerme. Algo que fuera fácil de poner, y de sacar, porque yo tampoco podía esperar para regresar a casa como una mujer libre.

El acuerdo con Lisandro había tenido que ser nuevamente modificado. Aceptó poner la casa de Belgrano a mi nombre y la dejó de inmediato. No tenía idea de su nuevo paradero, Lucho tampoco, pero me importaba muy poco. Lo quería fuera de la casa para que el agente inmobiliario comenzara a mostrarla; quería venderla lo más rápido posible. Extrañaría muchísimo mi jardín pero no quería volver a pisar ese lugar jamás en la vida.

Puso objeciones con el monto de la cuota alimentaria, sobre todo cuando se le informó que tendría que depositar el dinero en una cuenta del estado. Era consciente de que los hilos que lo unían conmigo estaban cortándose uno a uno y perdía terreno. 

Estaba perdiendo muchísimo terreno.

Juan María cumplió con su promesa. El documento llegó a las manos indicadas y los engranajes comenzaron a girar a nuestro favor. Los peritos se tomaron tres días completos para allanar el estudio. Se movieron tan rápido que Lisandro no tuvo tiempo de tomar ningún tipo de recaudo. El documento que implicaba a Fusco y a Elena era solamente la punta de un iceberg de gigantescas proporciones. Sofía, su secretaria y amante de años, se convirtió en otra valiosísima testigo. Había visto entrar y salir a muchos clientes que no figuraban en los libros; y, entre sábanas, había escuchado muchas confesiones de Lisandro. Confesiones que lo incriminaban todavía más. Los clientes del estudio temblaban ante la lengua venenosa de una mujer con deseos de venganza. Yo la admiraba, a pesar de todo. Con la ayuda de Mauro y Diego, Sofía había tenido la valentía que yo no... cortó todo contacto con Lisandro ante las primeras señales de maltrato. 

A Fonseca no le quedó más alternativa que aceptar que Lisandro era un peligro para mi seguridad y para la de mi hijo. Ya no se trataba sólo de la acusación por violencia de género, ahora se sumaban carátulas que ellos consideraban más graves; como si golpear a una mujer no fuera suficiente. Lisandro tenía prohibido salir del país y monitoreaban cada uno de sus movimientos. Estaba cercado. 

Y un monstruo cercado era una bomba de tiempo. 

La Justicia, la de verdad, estaba de nuestro lado. Nos protegerían. Luego de que firmara el acuerdo, de que al fin cortara todo lazo legal con mi marido, nos ayudarían a desaparecer. Una nueva vida esperaba por nosotros, lejos del infierno que amenazaba con tragarnos. Seríamos libres, de verdad. Al fin.

Lisandro no me había permitido elegir qué usar el día de mi boda, pero era libre de decidir qué vestir el día de mi divorcio. 



Bajé la ventanilla y me saqué las chatitas antes de subir los pies al asiento. Al escuchar mi cambio de postura, Martín me observó por el espejo retrovisor. Tenía unos ojos tan celestes que parecían translúcidos, como dos cubos de hielo. Era escalofriante. Me sostuvo la mirada por unos segundos y me sentí incómoda de inmediato; no me gustaba que la gente me mirara tan fijo. 

—¿Estás nerviosa? 

No era muy habitual escucharlo hablar. Su vozarrón siempre me sorprendía.

—Un poco, sí —respondí, con una minúscula sonrisa. Mi pelo aún no estaba lo suficientemente largo como para atarlo, así que estaba abusando de mi tic; lo acomodaba detrás de mi oreja compulsivamente—. Martín, ¿te puedo hacer una pregunta rara?

Me miró por un segundo largo, decidiendo si admitiría salirse de su caracterísica sobriedad, y finalmente asintió. 

—No estoy segura de esto... —señalé mi remerita blanca (¡sin mangas!), mis jeans claritos, y sostuve en alto un cardigan celeste. 

Martín entrecerró los ojos, probablemente confundido por mi actitud. 

—Es que no estoy segura. ¿Te parece apropiado? ¿Qué usarías si te fueras a divorciar? —pregunté, más y más nerviosa a cada segundo. 

—Bueno... yo me puse la misma ropa de siempre —contestó, alzando los hombros. 

—¿Sos divorciado?—curioseé. 

—No, soy casado y tengo tres hijos. Pero sí... fui divorciado. Tres veces. Andrea es mi cuarta esposa. 

—Ah.

¿Quién lo diría? Así de calladito, Martín tenía una vida sentimental de lo más prolífica. 

—¿Y cómo se llaman tus hijos? —curioseé un poco más. 

Durante los veinte minutos que nos tomó llegar hasta la oficina de Adela, le disparé a Martín una pregunta tras otra. La conversación casual fue la mejor forma de pasar el tiempo. Dejé de acomodarme el cabello y escuché con atención cada una de sus respuestas, por escuetas que fueran. 

Cuando detuvo el auto frente al edificio, las mariposas en mi estómago batieron las alas sin piedad.

—Abrigate, que afuera hace frío —dijo al bajarse. 

El recuerdo de mi Nona me llegó como una caricia y me quedé congelada en mi lugar. Me preguntaba si Dios me estaba enviando señales esa mañana, si me hacía saber que tenía ángeles velando por mí. Martín abrió la puerta y esperó a que bajara. 

—Mi Nona siempre me decía eso... —susurré. 

—¿Qué? —preguntó, confundido. 

—Nada —tomé la mano que me ofrecía y me puse el cardigan con una sonrisa—. No me hagas caso. Estoy nerviosa, nada más. 

—No tenés nada de qué preocuparte, Lucrecia —caminó junto a mí hasta la entrada—. Va a estar todo bien. 

—Ya sé —asentí, esperanzada.  

La secretaria de Adela nos ofreció café dos veces en un intervalo de cinco minutos; esa mujer no aceptaba un "no" como respuesta. 

—¡Lucrecia, querida! ¿Cómo estás? —con la misma falsa efusividad de siempre, Adela me plantó un beso en cada mejilla— ¡Qué linda! —me recorrió de pies a cabeza y juro que vi a Martín revoleando los ojos. 

Me limpié la cara con las manos, para sacarme su escandaloso lápiz labial de las mejillas, y me mantuve en silencio. No tenía ganas de fingir que me caía bien. 

—Bueno, querida. El acuerdo ya está listo. Los abogados de Lisandro ya lo revisaron y están de acuerdo con todo. El juez Fonseca nos espera en... —consultó su elegante reloj— media hora.

—No comprendo —intervino, Martín—. Tenía entendido que firmaba acá y que después el juez validaba. 

—Eh... no —dijo Adela, claramente molesta por la intervención—. Firman en el juzgado. 

—¿Firman? —pregunté, al borde del desmayo. 

—Sí, por supuesto. Firman los dos. 

El mundo se me vino abajo. ¿"Firman los dos"? ¿Lisandro estaría ahí? Sentí que toda la sangre se escapaba de mi rostro y un escalofrío, ya muy conocido, me recorría de pies a cabeza.

—Imposible —Martín replicó automáticamente—. La orden de restricción establece con claridad que el Sr. Echagüe no tiene permitido estar en el mismo espacio que Lucrecia, sin importar las circuntancias. Usted lo sabe, abogada. 

—Si el juez lo ordena, nosotros acatamos, caballero. 

—Martín, ¿qué hago? —pregunté, asustada. 

—No te muevas de acá —me indicó, serio—. Voy a hacer una llamada. 

Atravesó a Adela con una gélida mirada y desapareció por un pasillo contiguo, con el celular pegado a su oído. 

—¿Quiere un café mientras espera, Sra. Echagüe? —preguntó la secretaria. 

Mala, mala idea.

—¡Ya te dije que no!! ¿No me escuchaste? ¡No quiero café! ¡No quiero nada! —le grité. 

La pobre mujer, que nada tenía que ver, fue a refugiarse detrás de su escritorio. 

—Perdón... —murmuré, avergonzada por el exabrupto—. Perdón, estoy muy nerviosa. ¿Cómo no me vas a decir esto, Adela? —la increpé.

—Lucrecia, vamos a estar en el juzgado. ¿Creés que Lisandro sería tan imprudente como para intentar algo ahí?

—¡Vos no lo conocés! No tenés idea de lo que es capaz... —me senté en una de las incómodas sillas y me tomé la cabeza con ambas manos. Quería desaparecer, que me tragara la tierra. No estaba lista para ver a Lisandro, jamás estaría lista para verlo. 

Martín regresó poco después y alcé la cabeza. No me gustó nada lo que vi en su rostro. 

—Es correcto, Lucrecia. Firman en el juzgado. Primero vos y después Lisandro. Es probable que no se crucen, pero no podemos asegurarlo. Dependemos de los tiempos del juez. 

—Ay, Martín... no me digas eso.

—No va a pasar nada. Confiá en mí —puso una mano en mi hombro y trató de confortarme con un apretón. No estaba funcionando. 

—¿Y Mauro? —pregunté.

—Ya le avisé —asintió, Martín—. Va en camino. 

—Perdón por la molestia... —interrumpió Adela—. Si no nos vamos ahora, vamos a llegar tarde. 

—No le perdonamos la molestia, abogada —Martín endureció el gesto—. Nos vamos a ir cuando Lucrecia esté lista. El juez va a esperar todo el tiempo que sea necesario, se lo aseguro.

El apretón en el hombro no funcionó, pero la frenada de carro a Adela me dio un poco más de confianza. No estaba sola. Martín no se separaría de mí, Mauro no tardaría en llegar y sí, Adela tenía razón, Lisandro no sería tan estúpido como para intentar algo en el juzgado. Estaba acorralado. 

—Creo que nunca voy a estar lista para esto, Martín —dije con voz temblorosa—. Mejor no hagamos esperar al juez.





"No me has vencido, aun estoy peleando por la paz... Tengo la piel gruesa y un corazón elástico, pero tu espada podría ser demasiado afilada" (Sia - Elastic heart)


 

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