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martes, 14 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 58

Capítulo 58: Pactando con el diablo - Tercera parte





Domingo, 19 de abril de 2015.

Me crucé de piernas y jugué un poco con el borde de mi vestido, repentinamente interesada en el césped, húmedo bajo mis pies. Era tan suave... Pablo y Gloria, su esposa, tenían un patio trasero envidiable. Me preguntaba cómo hacía Gloria para que su jazmín creciera con tanta fuerza. Yo no tenía afinidad con los jazmines, o con las rosas; se me daba mejor la huerta. Quizás podría ofrecerle ayuda a Gloria para que empezara su propia huerta, tenía un espacio fabuloso hacia el fondo de la propiedad, bajo unos árboles altos que proporcionaban una sombra deliciosa.  

Lucrecia... —Pablo reclamó mi atención, sabiendo que estaba retrasando mi respuesta. Mauro permanecía en silencio, codos en las rodillas y mirada fija en mí. Estaba más ansioso que Pablo por escuchar lo que pensaba. 

Nerviosa, mastiqué mi pulgar y busqué a Alejo. Mi hijo era siempre mi cable a tierra, quien me aclaraba el pensamiento. Gloria lo ayudaba a sostener una regadera que era demasiado grande para su pequeño cuerpo, pero a él no parecía importarle el inconveniente; estaba feliz de probar algo nuevo. Era feliz. A pesar del caos que nos rodeaba, mi hijo era feliz. Amaba ir a su jardín, estaba creciendo junto a sus compañeritos de siempre. Adoraba el tiempo compartido con su tío Lucho, la única conexión sana con sus raíces paternas. Disfrutaba incluso de los mimos de Clarita y de las peleas con Maxi. Aquí estaba toda su vida. Era injusto pensar en quitarle todo aquello que lo hacía feliz. No quería quitarle nada... quería dárselo todo. 

No tenía respuesta para la pregunta que Pablo me había hecho. 

—Necesito tiempo para pensar —dije con absoluta honestidad.

Pablo soltó un suspiro largo, desilusionado por mi evasiva respuesta, y Mauro se levantó del asiento.

—¿Dónde vas? ¡Vení para acá, pibe! —trató de detenerlo.

—Dejalo, Pablo —con un nudo en la garganta, lo vi desaparecer dentro de la casa. Necesitaba irse y yo comprendía—. Ya va a volver.

—¡Me revienta que haga eso! —refunfuñó, reclinándose en la reposera y apoyando las manos entrelazadas sobre la panza. 

—Es mi culpa —admití con amargura—. Soy tóxica. Le estoy haciendo pasar un día de mierda... Unos cuantos días de mierda, en realidad —fijé la mirada en las hojas de los árboles, que se mecían suavemente sobre nuestras cabezas. Era un minúsculo momento de paz, digno de apreciar, de esos que ya casi no teníamos. 

—¿Qué estás diciendo? —balbuceó Pablo, con un cigarrillo colgando de la comisura de sus labios.

—Lo que escuchás. Le estoy arruinando la vida... Creo que Mauro era más feliz cuando no estaba conmigo —me agaché y junté un puñado de pasto, ocultando las lágrimas.

—Vos estás chapita, piba —me miró con indignación, como si mi confesión lo hubiera ofendido—. ¿Más "feliz" cuando no estaba con vos? No tenés ni puta idea de lo que estás diciendo.

Pablo era un hombre adorable, la mayoría de las veces. Pero también estaban las otras veces, cuando dejaba de ser adorable para convertirse en una roca. Su mirada me anticipó que esta era una de "esas" veces.

—Mauro no es una criatura, no lo subestimes; bien sabe lo que le conviene y lo que no. Y no te confundas, "feliz" no es el calificativo que usaría para la vida que llevaba antes de conocerte. Más tranquila, obviamente que sí; no te voy a mentir. Pero, ¿feliz? No, piba. No aplica.

Cuando Pablo dejaba de ser adorable, era mejor mantenerse en silencio y escuchar. Así que, hice precisamente eso. Estiré una mano y me pasó su cigarrillo, con cara de muy pocos amigos. 

—Hace años que lo conozco. Desde que era un pibito, cuando el hijo de puta de Víctor trataba de destruirle la vida. Esos sí que eran días de mierda para Mauro. Menos mal que Diego y Ceci lo sacaron de ahí; quién sabe qué hubiera sido del pobre pibe si se quedaba en ese infierno...

Le di una pitada al cigarrillo y un Mauro más inocente me asaltó el pensamiento; tan inocente como Alejo. La pregunta se formuló en mi cabeza de forma instantánea. ¿Qué sería de mi hijo si permanecía en este infierno? Alejo y yo habíamos logrado escapar de casa, del centro mismo del infierno. Pero, ¿habíamos logrado escapar verdaderamente? El brazo de Lisandro se alargaba cada vez más, y no tardaría en alcanzarnos.

—No tenía propósito, Lucrecia —agregó Pablo, recuperando mi atención—. Siempre fue un pibe aplicado, a pesar de todo. Excelente en su trabajo. Pero era eso, nada más... excelente en su trabajo. No tenía un propósito propio, ¿entendés? Me partía el alma verlo crecer, porque veía que se estaba acorazando. No dejaba que nadie entrara. Estoy seguro de que tenía miedo de salir lastimado... Es lógico, ¿no? Cuando las personas que se supone tendrían que cuidarte por poco te destruyen, intuyo que tratar de protegerse es la consecuencia lógica. Mauro era una cáscara vacía... Excelente en su trabajo, pero una cáscara. 

Aplastó el cigarrillo en el pasto y se guardó la colilla en el bolsillo. Yo no podía ni siquiera pestañear, estaba absorta en su relato. Conmovida hasta el extremo. 

—Nunca lo vi sufrir tanto como cuando desapareciste, piba —disparó sin anestesia, dejándome sin respiración—. Fue terrible. Tuve que arrastrarlo hasta mi casa y se pasó tres meses durmiendo en el sillón del living... O intentando dormir, la verdad. Pocas veces lo conseguía. Estaba hecho una piltrafa.

—¿Esta es tu forma de convencerme de que no le estoy arruinando la vida? —detuve una lágrima justo a tiempo. Le había prometido a Alejo que no volvería a llorar.

—Esta es mi forma de decirte que Mauro tiene un propósito. Uno de verdad... —contestó, dejando de lado la dureza y dando paso a la ternura—. ¿Sabes qué? Agradecí mucho verlo sufrir de esa forma. Por lo menos, ya estaba sintiendo algo. Permitió que alguien entrara en su vida, piba. Que vos y Alejo entraran en su vida. ¿Tiene días de mierda? ¡Obviamente! ¿Sabés cuántos días de mierda tuvimos Gloria y yo en treinta y cinco años juntos? Probablemente, miles... Pero no los cuento. Cuento los días felices, que también son muchos. Son los que te ayudan a ir de un día de mierda al siguiente, superarlos, y después seguir adelante. 

—No es tan fácil como lo planteás, Pablo. No se trata de superar un día de mierda. Estamos hablando de dejar todo atrás. ¡Todo! —me obligué a sostenerle la mirada— No puedo pedirle a Mauro que deje su vida atrás por mí. 

—¡Ay, piba! ¿Pero qué tenés? ¿Un toscano en la oreja? —refunfuñó todavía más— A ver si me entendés, querida. ¡Mauro se muere por que le pidas que deje todo atrás por vos! ¿No te das cuenta? No tiene nada que dejar atrás, nada que le importe lo suficiente como para pensarlo dos veces. Quiere una vida con vos y con Alejo, eso es lo verdaderamente importante para él. Cuando encontrás a la mujer de tu vida, lo sabés. Es así de fácil. Mauro ya la encontró... Lo que hace que salga corriendo, como recién, es la impotencia. No te puede obligar a nada y no le queda otra alternativa más que esperar a que te entre en la cabeza que así no pueden seguir. ¿Necesitás tiempo para pensar? Date cuenta, piba. ¡No tenés tiempo! Mientras te decidís, el hijo de puta de tu ex se acerca cada vez más.

—¡Es injusto que tengamos que dejar nuestra vida atrás por un capricho de Lisandro!

—¡Sí! —alzó la voz, sobresaltándome— Sí... es injusto —trató de serenarse—. A veces, la vida es injusta. Pueden empezar de nuevo. Son jóvenes y están juntos. Acusás a Lisandro de caprichoso, pero empezá a mirarte un poquito al espejo. Estás convirtiendo esto en una venganza inútil y ahí es donde te equivocás, donde dejás que el tipo te siga manejando la vida. ¡No te enganches, piba! Firmá el bendito acuerdo ese y tómense el palo. 

—¿Qué me garantiza que no nos va a seguir? —pregunté, revelando parte de mis temores— ¿Si dejamos todo atrás y no funciona?

—Eso también forma parte de la vida. No tenés garantías, te toca tomar una decisión y vivir con las consecuencias. Puede salir como la mierda, es cierto. Pero, ¿y si sale bien? ¿Y si te estás perdiendo la posibilidad de algo mejor? Vas a tener que arriesgarte...Ya intentaste la via judicial y no está funcionando —apretó un puño, de pura frustración—. Con el material que tiene Juan María, Lisandro ya debería estar en cana. Pero, ya ves... sigue rompiendo las pelotas. No tenés tiempo para pensar, piba. Vas a tener que hacer lo necesario para sobrevivir.

—Tengo miedo, Pablo —confesé, con la voz estrangulada. 

—Qué bien... usalo como guía. El miedo es instinto. Dejá que te proteja, que te guíe hasta dónde tengas que ir para mantenerte a vos, a tu hijo y a Mauro a salvo. Hacé lo que sea necesario para sobrevivir. 



La conversación con Pablo me dio vueltas en la cabeza durante toda la tarde. Mauro regresó poco después, un poco más distendido. Mauro siempre regresaba, sin importar cuán difícil se presentara el panorama. Persistía, resistía, porque era mucho más fuerte que yo. No tenía miedo de mostrarse vulnerable y ahí radicaba su mayor fortaleza. 

Comencé a pensar que Pablo tenía razón. Lisandro seguía manejando mi vida, desde las sombras y encarnando una amenaza constante. Se las había arreglado para robar mi paz mental, para mantenerme prisionera de mis propios miedos. 

Definitivamente, Pablo tenía razón. Podía hacer uso de ese miedo, permitir que el instinto tomara las riendas. El instinto de supervivencia, ese eco interior que me gritaba que corriera lo más rápido y lo más lejos posible de Lisandro y de su locura. No podía seguir esperando a que Juan María convenciera al juez de la necesidad de tomar una medida más contundente. Juan María se movía acorde a los lentos tiempos judiciales, seguramente retrasado por Fusco, Elena o el mismísimo Lisandro. Ya ni siquiera me importaba. 

Tenía que proteger a mi familia, a Alejo y a Mauro; y haría lo que fuera necesario para sobrevivir. Aún si eso significaba pactar con el diablo. 

Luego de enviar el mensaje, dejé el celular sobre la mesa de la cocina y me senté tranquilamente a disfrutar del paisaje.

El atardecer citadino pintaba el interior del departamento de un naranja rojizo. La tele estaba encendida y el partido estaba a minutos de terminar; River le ganaba a Banfield cuatro a uno. ¡Qué bien! Mauro y Alejo roncaban al unísono, desparramados en el sillón, como si no tuvieran preocupación alguna. El paisaje de mi domingo no podía ser más perfecto... más prometedor. Quería vivir así, aunque tuviera que irme lejos para conseguirlo. Le pediría a Mauro que lo dejara todo por mí, le daría la opción, porque lo amaba lo suficiente como para mostrarle mis miedos, mi vulnerabilidad. Quería que supiera que lo necesitaba y que ya no quería estar sola. No quería ser una cáscara vacía. Cumpliría con mi promesa, éramos una pareja. 

El celular vibró sobre la mesa y abrí el mensaje. Consignaba una dirección, no muy lejos de casa. Me guardé el celular en el bolsillo y traté de ser lo más silenciosa posible al salir del departamento.



Hice una parada táctica antes de llegar, lo que me generó un retraso de quince minutos. La parada era necesaria, así que poco me importaba la puntualidad. Dejé el auto de Mauro en un estacionamiento, frente al sitio pautado para el encuentro, y crucé la calle al trote. 

Al entrar al bar, lo descubrí sentado en una de las mesas de la esquina, remojando una medialuna dentro de un colosal submarino. 

—Perdón por la tardanza —me disculpé, con una sonrisa—. Y gracias por acceder a verme hoy. Es domingo. 

—Nada que agradecer, Lucrecia. Tomá asiento —Juan María se limpió la boca con una inútil servilleta de papel y me indicó la silla frente a él—. Asumo que es de importancia.

—Lo es —asentí. 

El mozo se acercó hasta la mesa y le pedí un café. A decir verdad, no estaba segura de poder pasar ni un trago, pero lo hice por pura costumbre. Resultó que Juan María también era de River, por lo que tuvimos un tema seguro e inofensivo para conversar mientras esperábamos por mi café.  

—Gracias —le dije al mozo, moviendo mi celular a un lado y haciéndole lugar a mi café. 

—Entonces... —dijo Juan María, dándome el pie para comenzar. 

—Entonces, no veo avances en mi causa —sonreí, para hacerle saber que no era un reclamo en su contra—. Asumo que te están poniendo trabas. No sé quien y tampoco me interesa saber... El asunto es que no veo avances, y temo por mi seguridad y por la de mi hijo. 

—La orden de restricción está vigente.

—¿La misma orden que Lisandro incumplió tantas veces? —le di un sorbito a mi café. Estaba espantoso. Típico café de domingo por la tarde, quemado y con gusto a sábado.

—Hace semanas que la está cumpliendo. 

—No es suficiente, Juan María... —negué con la cabeza y con el corazón. Sabía con absoluta certeza que cuando el monstruo dormía, era para despertar más enojado todavía. 

—Te aseguro que estoy haciendo todo cuanto está en mis manos, pero Lisandro es un tipo inteligente. Se está comportando como un señorito ingles, Lucrecia. Creo que hasta toma café con el juez Fonseca. 

—Sí, es encantador cuando se lo propone —acordé, sin atisbo de duda. Fue así como me conquistó a mí—. Entiendo todo lo que me decís, pero no puedo seguir esperando. No puedo quedarme de brazos cruzados hasta que Lisandro estalle de nuevo. Y tampoco me voy a arriesgar a que anulen la orden y me dejen desprotegida. 

—Eso no va a pasar.

—No tengo garantías, Juan María. ¿Me darías tu palabra, con absoluta certeza, de que Lisandro no se me va a volver a acercar? ¿O a mi hijo?

—Sabés que no puedo darte esa certeza. No es así como funcionan las cosas, este es un proceso largo. 

—No puedo esperar, Juan. Necesito que me des esa certeza —agarré el celular entre mis manos, y sólo entonces fui consciente de cuánto temblaba. Tenía miedo. Pero Pablo tenía razón, era necesario darle rienda suelta al miedo para que me guiara en la dirección correcta: lejos de Lisandro. Inspiré profundo y me armé de valor—. ¿Qué sabés de Fusco y de su vinculación con eso de dormir causas?

Juan María por poco se ahoga con el trago de chocolate, sorprendido por mi pregunta. 

—¿Cómo sabés eso? —bajó la voz y miró a ambos lados, en busca de algún oído curioso. 

—Puede que vos no tengas certezas, pero yo sí las tengo. Es más... —apoyé los codos sobre la mesa y me acerqué un poco más—. No solamente tengo certezas, también tengo pruebas. 

—¿Pruebas? ¿De qué estás hablando, Lucrecia? ¿Qué tiene que ver esto con tu causa?

—Nada... y todo —admití, dispuesta a proteger a mi familia a como diera lugar—. Supongo que recordás el robo de octubre. Creo que los tipos no buscaban plata, estoy segura de que buscaban un documento importantísimo. Un documento que mi suegro me confió a mí. ¿Sabés de lo que te estoy hablando?

—No tengo idea, Lucrecia —admitió. Evalué su expresión por unos segundos, pero su confusión parecía genuina. 

—Supongo que mi suegro no tenía a muchas personas de confianza a su alrededor, creo que tenía miedo. Sabés que sus negocios no eran del todo lícitos, ¿no?

Juan María asintió, mudo de la sorpresa. 

—Olvidate de mi causa, porque no veo avances —insistí con firmeza—. Si me das la certeza de que el estado me puede proteger, te voy a dar ese documento. Lisandro también está involucrado. Creo que ponerlo en evidencia es la única forma de que termine preso. 

—Lucrecia... —Juan María bajó la voz a niveles casi inaudiables—. Lo que me estás diciendo es muy grave. No puedo mover a la gente sin tener una prueba contundente. Ni siquiera sé qué contiene ese documento. 

—¿Lo querés ver?

Pensé que sus ojos no podían abrirse más, pero me equivocaba.

—¿Lo tenés acá? —preguntó, atónito. 

—No me tomes por idiota, Juan María. ¿Cómo se te ocurre que lo traería? ¿Lo querés ver o no?

—Por supuesto.

Tomé mi celular, desbloqueé la pantalla y busqué las fotos que había sacado. La parada en el departamento de Camilo había sido necesaria. 

—Acá está.

Deslicé el celular sobre la mesa y Juan María se puso los lentes, entrecerrando los ojos para poder ver mejor. A medida que avanzaba en la lectura, veía cómo cambiaba su expresión. De la sorpresa a la incredulidad, de la incredulidad a la indignación y, finalmente, de la indignación al enojo. 

—Hijo de puta... —susurró en silencio. 

—Sí, todos. Fusco, mi suegra y mi marido. Los tres. Si mi suegro estuviera vivo, seguramente caería también. 

—Lucrecia... esto es... —releyó una vez más, como si no pudiera creer lo que veía—. Esto es una bomba. La vinculación de Fusco en este asunto ya era un rumor instalado, pero esto es una prueba contundente. 

—Entonces, ¿vos creés que sirve? ¿Que si te doy ese documento, me podés proteger? —pregunté, desesperada por una certeza. 

—Yo no —medio sonrió—. Te va a proteger hasta el mismísimo presidente, Lucrecia. ¿Querías tu certeza? La tenés. 

—¿En serio? —quería llorar de la emoción— ¿Puedo confiar en vos?

—Mirá, Lucrecia... mi poder y mi alcance son limitados. Pero puedo ponerte en contacto con gente que está trabajando en esto desde hace mucho tiempo. Gente a la que de verdad le interesa terminar con esta porquería que hace Fusco y todos los de su calaña. Sé que pedirte que confíes en mí, después de todo lo que estás pasando, es algo difícil. Pero vas a tener que arriesgarte. Prometo que te voy a respaldar. Puede que no haya sido posible hacer demasiados avances con tu causa, pero te aseguro que con esto que ofrecés, te van a dar todas las garantías necesarias. 

—Juan María... —lo tomé de las manos—. Te estoy confiando mi vida, la de mi hijo. Esta es la última carta que me queda, por favor no me abandones. 

—Te voy a ayudar. Esta también es mi última carta. No te voy a dejar sola. 

—Voy a pactar con el diablo. Voy a tener que firmar el acuerdo con Lisandro y, después de eso, si no tengo un plan B... —la voz se me atoró en la garganta—. Si no tengo un plan B, voy a terminar muerta. 

—Esto no es un plan B, Lucrecia. ¡Es una A gigante! Estás haciendo lo correcto, esto no puede fallar. Te voy a salvar, a vos y a tu hijo. Te lo prometo. 



Tan silenciosa como había salido, y luego de sólo cuarenta minutos de ausencia, el paisaje en casa no había variado demasiado. El último partido de la fecha había comenzado, pero Mauro y Alejo no parecían interesados. Seguían durmiendo.

Mi domingo no podía ser más perfecto. Me descalcé y moví a Alejo un poco más cerca de Mauro, para poder acostarme con ellos. Mi hijo dormía como un tronco, así que ni se enteró. Mauro tenía el sueño más liviano. 

—¿Qué hora es? —preguntó, confundido. Era adorable cuando se despertaba, siempre parecía asustado. No bajaba la guardia ni siquiera cuando dormía. 

—Ganó River —le informé con una sonrisa, sorteando a mi hijo con dificultad para llegar hasta su boca—. Cuatro a uno. Un partidazo. 

—Sí... me imagino. ¿Dónde fuiste? —preguntó, buscando mis ojos. No se le escapaba una. 

—A tomar un café con Juan María —metí una mano debajo de su remera y busqué el calor de su piel para sentirme más fuerte—. Le mostré el documento, Mauro... Nos va a ayudar. 

Si todavía estaba un poco adormilado, la nueva información terminó de despertarlo. 

—¿Me estás hablando en serio?

—Muy en serio. 

—Lucre... ¿Por qué? ¿Estás segura de esto? ¿Podemos confiar en él?

—Ya no importa —acaricié su mejilla y traté de sonar segura—. No necesito confiar en él. Si nos ayuda, mucho mejor... Pero si no, ya no me importa. Confío en vos, en nosotros. El resto no importa. 

Lo que me costaba que comprendiera con palabras, traté de transmitírselo con un beso, con una caricia de aceptación, con una vulnerabilidad al desnudo. 

—Creo que ya estamos un poco adelantados en el paso a paso, ¿no te parece? —lo miré a los ojos— Me cansé de hacerme la dura, Mauro. Quiero que vivamos juntos... lejos. Donde quieras. No me importa el código postal, pero quiero que estemos juntos. Sé que te estoy pidiendo mucho... 

—¿Me estás jodiendo? ¡Pedime todo! —sonrió, eufórico, aplastando a Alejo entre nosotros (que, por cierto, ni se enteró)—. Pedime todo, mi amor. Ya lo tenés. Ya es tuyo...


 


"Entonces te veo parado ahí, esperando más de mí... Y todo lo que puedo hacer es intentar" (Nelly Furtado - Try)


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