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martes, 14 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 57

Capítulo 57: Pactando con el diablo - Segunda parte



Sábado, 18 de abril de 2015.


Lucrecia quería un día para olvidarlo todo, para fingir que la locura que nos rodeaba no existía. Quería creer que para nosotros, como para cualquier ser humano normal, era posible bajar la guardia al menos por veinticuatro horas y tener un sábado común y corriente. Un día sin responsabilidades, sin horarios y, sobre todo, sin miedos. Podía intentar cumplirle tan austero deseo, ¿no es así? Cumpliría todos sus deseos de ser posible. 

Así que, ¿cómo lo resolví? Fingiendo para ella. Por ella. 

Interpreté mi rol y compuse un mini personaje de novio despreocupado para que su sábado fuera perfecto. Hasta me esforcé por no hervir el agua para el mate. Casi lo consigo. Casi. De todos modos, Lucrecia valoraba todos mis intentos, por inútiles que fueran. Y, últimamente, cada uno de mis intentos resultaba ser un fracaso. Así me sentía. Un fracasado, un inútil. Pero no se lo decía, porque había resuelto que todo sería perfecto. Al menos por veinticuatro horas.

El panorama iba de mal en peor. Sin importar cuánto intentara fingir, no podía mentirme a mí mismo. La procesión iba por dentro; era un peregrinaje lento, denso y difícil, hacia un destino incierto y poco esperanzador. Sentía que el círculo se cerraba sobre nosotros, comprimiéndonos, dejándonos sin aire. Las personas en las que necesitábamos confiar para seguir adelante, no eran quienes decían ser. Mentían. También fingían. Interpretaban un papel... Fusco, Adela, Lisandro, Elena. ¿Juan María? Nuestra pequeña causa se quedaba cada vez con menos adeptos. 

Era un juego de ajedrez en el que perdíamos cada vez más piezas, un juego en el que mi Reina estaba cada vez más desprotegida.

Habíamos tenido varias bajas. No podíamos contar con Camilo, ni las chicas, porque Lucrecia no quería involucrarlos más de la cuenta. Habían acordado no contactarse, por tiempo indeterminado, hasta que las cosas se calmaran. El asunto era que las cosas no parecían ir en camino a calmarse. Al menos no por los próximos... veinte años, quizás. Lo mismo sucedía con Diego, Ramiro y Sergio; opté por mantenerlos al margen. A Diego, porque no comprendía mi compromiso con Lucrecia; a mis amigos, porque comprendían mi compromiso con Lucrecia y harían cualquier cosa por allanarnos el camino. No quería que se arriesgaran.

De nuestro lado del tablero, algunas piezas se mantenían estoicamente de pie. Lucho era invaluable para sostener el juego, un cómplice necesario pero inocente. Estaba ahí, respaldándonos, sin siquiera darse cuenta de cuán apreciada y necesaria era su ayuda. Desde entretener a Alejo hasta hacer reír a Lucrecia, todo pequeño gesto era un regalo invaluable. Gómez, un caballo de batalla. Un mal necesario. Duro cuando la situación lo ameritaba y una mano en el hombro cuando sentía que las fuerzas se me escapaban. Sin dudas, el padre que hubiera deseado tener.

Nuestras piezas eran escasas, era consciente de eso. Razón de más para no bajar la guardia y planificar cada una de las jugadas con inteligencia. De ser posible, adelantarse a las jugadas del rival. 

¿Las piezas del contrincante? Fusco, Adela, Lisandro, Elena... Era imposible anticiparse a la jugada si se desconocía el Rey al que protegían. ¿Fusco? ¿Elena? ¿Lisandro era sólo un peón? Descubrir la jugarreta de Adela la había sacado de juego, pero todavía la necesitábamos para que cerrara el acuerdo entre Lucrecia y Lisandro; un acuerdo inevitable. Yo temía por Alejo, porque no era una pieza negociable. ¿Qué vendría después del acuerdo? ¿Visitas períodicas? ¿Fines de semana con un nudo en la garganta hasta que lo tuviéramos nuevamente con nosotros? ¿Cómo seguir después de eso? ¿A qué piezas recurrir? ¿Cuál sería nuestra próxima movida? 

Preguntas que se abrían a más preguntas, y ni una respuesta a la que poder sujetarnos para mantenernos a flote. Nos estábamos hundiendo. Y tenía que hacer algo... no podía permitir que perdiéramos el juego. El precio era demasiado alto.

Haría algo. Aunque tuviera que salirme del estudiado papel de novio despreocupado, por al menos unas horas. 

Lucho y Camila, Dios los bendiga, habían decidido sumarse a nuestro sábado de normalidad. Alejo no podía estar más feliz; Lucrecia, otro tanto. Fingí estar en sintonía con la relajada conversación, metiendo una que otra palabra entre bocado y bocado, pero mi atención estaba repartida. La pantalla de mi celular se llevaba la mayor tajada, pero reservaba un mínimo necesario para poder seguir el curso de la conversación; por eso, cuando Lucho soltó la bomba, escuché la explosión con absoluta claridad.

—Dice que está estresada... Se va a recorrer Europa con una amiga. ¿Podés creer? ¡Estresada! Si no hace una goma... ¿qué estrés, ni qué ocho cuartos? Esta se va de joda —comentó a la pasada. 

Camila ni se mosqueó, pero Lucrecia y yo intercambiamos miradas significativas. Me preguntaba si pensaba lo mismo que yo. ¿Elena se estaba escapando? ¿De Fusco? ¿Qué tan peligroso era el tipo en realidad?

—¿Te dijo cuándo se va? —preguntó Lucrecia, jugando con la comida, fingiendo que teníamos un sábado normal.

—Creo que ya se fue... No tengo idea. No estamos hablando mucho últimamente. Pero podría preguntarle a Elvira, ella es la que sabe todos esos detalles; se queda siempre a cargo de la casa. ¿Por qué? ¿Querés desearle un buen viaje? —dijo con una ceja alzada. Lucrecia sonrió su sonrisa más irónica, la que solía reservar sólo para mí. 

—Ni en broma. Era curiosidad, nada más...

El celular vibró sobre mi pierna y capturó toda mi atención. El mensaje que había esperado durante todo el día, al fin había llegado. "Va en camino".

¡Voy a comprar helado! —anuncié, levantándome de la silla (con demasiada efusividad, quizás). Alejo aplaudió como si lo mío fuera una proeza, Camila ni siquiera pestañeó y Lucho siguió comiendo como si fuera la última cena. Lucrecia...

—Hay dos kilos de helado en el freezer —sonrió. 

Ay.

—Sí... pero no hay de pistacho. Voy y vuelvo. Quince minutos, veinte si hay mucho tráfico.

Si prolongaba mucho más las explicaciones mediocres, iba a perder mi oportunidad. Evadí sus ojitos grandes y redondos, llenos de preguntas que no pensaba responder, y me guardé el celular en el bolsillo antes de huir. 

—Ya vuelvo.

Cada vez que me quedaba en casa de Lucrecia, guardaba el auto en una cochera justo al lado de su edificio. Un laberinto que ya conocía de memoria. Un par de minutos fueron más que suficientes para encontrarme detrás del volante y esperando para incorporarme al tráfico de un sábado que nada tenía de normal.

Dos leves golpecitos en la ventanilla del asiento del acompañante y su sonriente carita de muñeca me dejaron en claro que, como siempre, no podía ocultarle jugadas a mi Diosa. Abrió la puerta y se sentó a mi lado. 

—Voy con vos. 

¡Ay, ay!

Inventar excusas no tenía sentido, porque además no se me ocurría ninguna y el tiempo era primordial. 

—Otro día. Quince minutos y estoy de vuelta... Bajate, Lucre. Por favor.

—No —se puso el cinturón de seguridad y se atrincheró en su lugar—. Lucho y Camila van a entretener a Alejo. Voy con vos. 

—Bajate, por favor —insistí, con tanta delicadeza como me fue posible. Quería sacar su lindo culito del auto, ¡pero ya!

—¿Desde cuándo te gusta el pistacho, Mauro? Sos un clásico... jamás te movés del helado de frutilla. ¿Dónde vas? Quedamos en decirnos la verdad, siempre. Cumplí con tu parte de la promesa, porque yo estoy cumpliendo con la mía. ¿Somos una pareja o no?

¡Re contra ay!

Me estaba tirando mi propio argumento a la cara. Pero antes de empezar a hablar con la verdad, tenía que moverme. El tiempo era primordial. Bajé la ventanilla y encendí un cigarrillo, estaba nervioso. No quería que Lucrecia viera esa faceta de mí... Todos teníamos nuestros monstruos, pero yo quería que el mío se mantuviera oculto a sus ojos. 

—Voy a charlar con Fusco —contesté, evasivo—. Y vos te vas a quedar en el auto, Lucrecia. 

—Quedamos en que estábamos juntos en esto. ¿Cómo me ocultás una cosa así?

—No te estoy ocultando nada. Te lo iba a decir... no ahora, obviamente. Pero te lo iba a decir. 

—¿Por qué no decírmelo ahora? —se cruzó de brazos, claramente molesta. 

—Porque no va a ser una charla amigable —la miré directo a los ojos—. Ya pasamos la etapa de la falsa cordialidad. Fusco no va a querer soltar palabra, así que lo voy a obligar. Y vos te vas a quedar en el auto, ¿está claro?

Se reacomodó en el asiento y mantuvo la mirada en la ventanilla. 

—¿Está claro? —repetí, sólo por si no había escuchado. 

¿Qué hizo? Me revoleó los ojos. ¡Me revoleó los ojos! Estábamos a unas cuadras del edificio que Fusco frecuentaba cada sábado para jugar al póquer con algunos amigos de la infancia y Lucrecia estaba complicándolo todo. Arruinaría mi jugada. Tenía que hablarle con la verdad, para mantenerla alejada. 

—No quiero que me veas así, Lucre. ¿Lo podés entender? No quiero. 

Detuve el auto y golpeé la guantera, era la única forma en que la porquería se abría. Lucrecia recogió las piernas, sorprendida quizás, asustada en el peor de los casos; y la nueve asomó desde el interior. No tenía permitido usarla cuando estaba fuera de servicio. Ese día, rompería las reglas a las que tan firmemente me aferraba.

—Voy a usarla de ser necesario y no quiero que estés ahí —arrojé el cigarrillo por la ventana—. ¿Ahora soy claro?

¿Qué hizo? No... no me revoleó los ojos. Sacó el arma de la guantera, liberó el cargador, comprobó que estuviera cargada, ajustó nuevamente el cargador con un golpe seco (aunque dulce), y le puso el seguro. Muñequita de mesa de luz con arma en la mano ingresó al ranking. 

—Camilo me enseñó a usar una igual a esta. Si no me mostrás quién sos, no esperes la misma cortesía de mi parte —levantó mi remera y acomodó el arma en la cintura de mis jeans—. Voy con vos. ¿Soy clara?

Me miró a los ojos con un fuego que derretía glaciares, y supe que me quemaría con ella hasta quedar reducido a cenizas, sin un atisbo de duda.

—Como vos digas, mi amor —acepté. Después de todo, negarme a cumplir con sus deseos era una blasfemia. 



Fusco no tardaría en llegar. La seguridad era mínima, sobre todo tratándose de un sábado normal (para el resto del mundo, no para nosotros). Había un guardia de seguridad en la entrada del edificio, pero la cochera estaba desprotegida. Cuando abrieran la puerta que daba ingreso al subsuelo, Fusco y yo tendríamos una charlita en la privacidad de una cochera oscura y solitaria. Sin cámaras... Marqué y aguardé a que contestara la llamada. 

—Lo veo doblando en la esquina —me apresuré a decirle a un muy, muy, útil contacto de Gómez—. Necesito que me des quince minutos. 

—Ok —sin agregar nada más, el cerebrito de Seguridad del Plata cortó la llamada.

Arrojé el teléfono al asiento trasero y seguí con la mirada el avance del auto de Fusco, que se detuvo frente a la entrada, esperando a que el portón automático se abriera. Mi atención estaba nuevamente repartida, entre mi objetivo entrando lentamente a la cochera y el amor de mi vida sentada en el asiento a mi lado. 

—Cinturón, Lucre... —le recordé, sin perder de vista a Fusco, y avanzando casualmente detrás de su auto.

Apagué las luces, esperando que el cerebrito hubiera hecho su parte y que no tuviéramos cámaras captando el encuentro, y esperé a que Fusco se bajara del auto. Lucrecia permanecía tan silenciosa como siempre, una característica suya que estaba valorando cada vez más. 

El hijo de puta no descendía de su actitud altanera ni siquiera en un sábado normal. Cerró su importadísimo y costosísimo auto y comenzó a caminar directo hacia el ascensor del subsuelo. 

No tomé la precaución de encender las luces del auto, no tenía mucho sentido. Cuando lo tuve justo al frente, presioné el acelerador. El cinturón sostuvo a Lucrecia perfectamente, pero Fusco terminó convenientemente desparramado frente al auto. Me saqué el cinturón y me bajé, azotando la puerta con fuerza. Sí, estaba exagerando... 

—Uy, ¿te lastimaste? —lo tomé de la elegante camisa y lo deposité (no tan cortésmente) sobre el auto—. ¿Estás bien? Perdón, estaba oscuro. No te vi —lo zamarreé, un poco para acomodarlo, otro poco para amputarle esa actitud altanera que ya me tenía podrido. A Fusco le llevó un par de segundos comprender lo que estaba pasando. 

—¿Qué hacés, Mauro? ¿Estás loco? —me alejó con el antebrazo, o intentó hacerlo... mi puño estaba cerrado sobre su camisa. 

—Lamentablemente para vos, sí. Hoy estoy un poco loco. Así que... voy a aprovechar esta feliz coincidencia para que me expliques a qué carajo estás jugando —solté su camisa y la acomodé con algo de rudeza. 

Fusco me miró a mí y luego al interior del auto. 

—A ella no la mires —sí, tuve que darle un correctivo, muy chiquito, pero lo suficientemente contundente como para que supiera que no estaba jugando. 

—Maurito, ¿a ésto te vas a reducir? ¿Te la das de matoncito de cuarta? ¿Creés que me asustás? —sonrió, tan frío como siempre. 

—En realidad, no. Vengo a charlar, nada más. A ver... contame. ¿Por qué le estás mandando florcitas a Adela? ¿Qué dice tu esposa de tan romántico gesto?

—Soy un caballero, Mauro. Ya me conocés. No puedo resistirme cuando de halagar a una dama se trata... —desvió la mirada hacia Lucrecia, con otra de esas agrias sonrisas suyas. 

¿No entendía castellano? Tuve que darle otro correctivo, un poquitín más fuerte esta vez. El motor todavía estaba caliente... retorcí su brazo detrás de su espalda y el ruido de su cara golpeando sobre el auto retumbó en las paredes de la solitaria cochera. 

—¿No entendés cuándo te hablo? Te dije que a ella no la mires. Ahora... ¿querés que usemos el motor para darle un bronceado a tu cara? Uno que parezca natural, para variar. No como esa cama solar que te hacés. 

—Soltame ahora, Mauro. Soy un fiscal de la Nación. Si no me soltás ahora mismo, te hun...

Correctivo tres. Mi rodilla impactó en la cara externa de su muslo izquierdo. Le cubrí la boca justo a tiempo, antes de que dejara escapar un alarido de dolor.

—Soy pésimo jugando al fútbol, "fiscal de la Nación". Pero dicen que una "paralítica" de las mías, te deja de cama un par de días. A ver si nos entendemos. Me vas a decir qué es lo que estás tramando y después te dejo ir, rengo... O no me decís lo que quiero saber —saqué la nueve y la apoyé (asegurada) sobre su columna— y no caminás nunca más. Ya te escuché las primeras dos veces, Andrés. Ya amenazaste con hundirme. ¿Me ves asustado? Porque, curiosamente, no soy yo el que está temblando. 

—¡No tenés idea de dónde te estás metiendo, Mauro! —apretó los dientes. No le quedaba ni una pizca de actitud altanera. 

—Ya estoy jugado. Y vos también. Decime, ¿en qué me estoy metiendo? —lo levanté y le permití sostenerse por sí mismo. A medias, claro. Una pierna no le funcionaba. 

—Sos un boludo, Mauro. Estás apuntando para el lado equivocado. ¿Creés que me importa seguir con esto? ¡Enterate! ¡Me importa nada tu Lucrecia! Me tiene rotas las pelotas esta situación... Lo único que quiero es que me dejen en paz. 

—¿En paz? Vos solito te metiste en este quilombo, Andrés. Desde el principio, me manipulaste para conseguir ese documento. El que te incrima. 

Me miró a los ojos, confundido en un principio, y cuando la comprensión llegó a su golpeado cerebro, estalló en una estruendosa carcajada. Una carcajada que nada tenía de alegre. 

—¡En serio! ¡Sos un boludo, Mauro! —su mano impactó en mi hombro, empujándome con escasa fuerza. El gesto tenía más de simbólico que de efectivo— En el mismo momento en que firmé ese documento, supe que estaba pactando con el diablo, jugándome mi carrera, mi prestigio, mi buen nombre. Me ganó la ambición, es cierto. Me cegó el poder... ¿Creés que no sé a lo que me enfrento? ¿Lo que puede pasar si eso llega a saberse? Sí... juicio, destitución, deshonra. Me lo banco todo. Es un riesgo que asumí. La jugada me salió mal; la pendeja me ganó —apuntó a Lucrecia con el pulgar, pero no la miró. Aprendía de sus errores—. Lo que no me banco, bajo ninguna circunstancia, es que Lisandro Echagüe apunte su locura hacia mí. O hacia mi familia... ¿Querés saber por qué hablé con Adela? ¿Por qué le pagué, y bien pagada, para que apurara el trámite con Lucrecia? Porque Lisandro me lo pidió y porque me lo quiero sacar de encima, Mauro. Quiero a ese psicópata fuera de mi órbita. El tipo está demente... No va a parar. Entre ella o yo, la voy a entregar a ella. Si Lisandro la quiere en bandeja de plata, se la voy entregar. Nada ni nadie lo va a frenar. Un tipo que le deja la cara a la madre como él se la dejó a Elena Echagüe no tiene compasión por nadie. La vieja salió rajando en el primer avión que encontró. A ese tipo no le queda una pizca de humanidad, Mauro. Alejate ahora, mientras puedas. Esto va a terminar mal.

—¿Me estás jodiendo? ¿Me estás diciendo que le tenés miedo al pelotudo ese?

—Mauro, no le tengo miedo. Le tengo terror...

Y no mentía. No había nada de altanería en el temblor de su cuerpo. Lisandro no era un peón. Lisandro era el monstruo. Fusco era el peón en este juego macabro. 

—¿Qué quiere? —pregunté, bajando la voz, sabiendo que a Lucrecia no se le escapaba una. 

Andrés alzó el pulgar y, sin mirarla, apuntó a mi Diosa. Miré a Lucrecia, a su carita de muñeca asustada, y me alejé de Fusco.

Lisandro quería a Lucrecia, a como diera lugar. No le importaba a quién tenía que amenazar, apretar, sobornar o atemorizar. ¿Cómo anticipar la jugada de un demente? No era esa la respuesta que quería escuchar, la mirada de terror en Andrés Fusco era demasiado auténtica.

—Ponete hielo en esa pierna... —entré en el auto, tratando de ocultar el mal sabor que me había dejado el encuentro, viendo a Andrés cojear hasta su costosísimo auto—. Cinturón, Lucre —le recordé. 

—¿Qué sentido tiene? —susurró, con voz temblorosa—. Me voy a morir igual...





"Ven a mí, solo en un sueño... Ven y rescátame..." (Muse - Madness)






 

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