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viernes, 10 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 56

Capítulo 56: Pactando con el diablo - Primera Parte.



Viernes, 17 de abril de 2015.

Descrucé las piernas y volví a cruzarlas, reposicionándome en la incómoda silla luego de una larga media hora de espera. La secretaria de Adela ya me había ofrecido café en tres oportunidades, pero rechacé el ofrecimiento sin pensarlo siquiera. Esto no se trataba de una visita de cortesía. Estaba allí para recibir la propuesta de Lisandro y mirar a la cara a la mujer que decía actuar en mi defensa, cuidando mis intereses, cuando en realidad me estaba traicionando. 

Adela, Andrés y Lisandro estaban tendiéndome una trampa, y cada uno cuidaba sus propios intereses. Cooperaban con un objetivo en común: arruinarme la vida. Desconocía los motivos de Adela, pero me importaban muy poco. Fusco, por su parte, había dejado en claro sus intenciones desde el principio y su propósito era cumplir con su amenaza. Me quería fuera del mapa. "Ni siquiera tengo que ensuciarme las manos", había dicho. ¿Su arma de ejecución? Lisandro, obviamente. Le estaba despejando el camino para llegar hasta mí.

Si cada uno cuidaba sus propios intereses, a mí me tocaría cuidar de los míos... Alejo y Mauro. Y ellos cuidarían de mí.

Me levanté de la incómoda silla y paseé un poco, observando de reojos a la secretaria. La pobre estaba casi tan aburrida como yo, fingía estar atenta a su trabajo pero había un juego de solitario a medio terminar en la pantalla de su computadora.

—¿No quiere un café, Sra. Echagüe? —preguntó una vez más. 

—No, gracias —reprimí una revoleada de ojos.

Escuché el taconeo dentro de la oficina y, segundos después, Adela apareció tras la puerta. 

—Lucre, ¿cómo estás? 

Una sonrisa tiró de su boca perfectamente maquillada. Flotó hasta mí como una modelo de pasarela, con un exagerado contoneo de caderas, y la cabellera rubia acompañó su andar. Me sentí fuera de lugar con jeans y chatitas. Adela era una mujer hermosa, distinguida... y una traidora.

—Perdón por no haber venido ayer, se me complicó —me excusé, sin demasiadas explicaciones. 

—No pasa nada —me tomó de los hombros y me plantó un beso en cada mejilla—. Se te ve cansada, ¿estás durmiendo bien?

—Hace meses que no duermo bien, Adela.

Para qué detenerme a contarle que Mauro y yo habíamos pasado la noche en vela, hablando con la verdad. No tenía sentido. La verdad era un concepto que a mi abogada no le entraba en la cabeza. 

—Quedate tranquila. Una vez que soluciones todo esto, vas a descansar en paz —sonrió.

¿En serio? ¿"Descansar en paz"? Reprimí otra revoleada de ojos.

—Pasemos a la oficina —me tomó del brazo y me guió, como si no conociera el camino ya—. ¿Podrías traernos café, por favor? —le pidió a su secretaria. Aparentemente, querían hacerme beber café a toda costa. ¡Ni siquiera lo tocaría! Hasta ese punto llegaba mi paranoia.

La oficina era preciosa. Con muy buena luz natural, bibliotecas repletas de libros de piso a techo, y un escritorio que se veía costosísimo. Sobre el escritorio, un arreglo de rosas rojas y blancas. Junto a las flores, una tarjeta. La leyenda en la tarjeta, perfectamente visible. "Felicitaciones por otro trabajo bien hecho. A. F". 

Desvié la mirada de la tarjeta y me crucé de piernas. Esta mujer era estúpida con mayúsculas o pensaba que la estúpida era yo. Inspiré profundo y traté de serenarme, porque cualquiera de las dos opciones era un punto a mi favor. 

—Bueno, acá estamos. ¡Finalmente! Después de tanto camino recorrido, al fin parece que estamos llegando a la meta, ¿no es así? —se acomodó el cabello a un lado y se cruzó de piernas, triunfal. Sí. Adela estaba segura de haber triunfado. Otro punto a mi favor. 

—Contame... —le pedí, moderando el tono de voz. Honestamente, quería cruzar por encima del escritorio y arrancarle los pelos uno por uno. 

—El tema es así —buscó entre una pila de papeles, prolijamente acomodados a su lado, y retiró uno—. Estoy segura de que tu ex sabe que tiene muy pocas opciones de ganar esta contienda. Con la denuncia por violencia de género, no me sorprende que sus abogados le aconsejen que demuestre buena voluntad. Ofrece poner la casa de Belgrano a tu nombre, para que dispongas de ese bien en nombre de tu hijo. 

—¿La puedo vender? —pregunté, antes de que continuara. 

—Entiendo que no. Pero es algo que se puede conversar. 

—O sea que ponen la casa a mi nombre, para que "disponga", pero no puedo disponer nada —me crucé de brazos. 

—La casa es para Alejo, Lucre. Una vivienda digna para él, acorde al estilo de vida que llevaban cuando tu marido y vos compartían el techo. El interés del menor está por encima de cualquier...

—Vos no tenés idea del estilo de vida que mi marido y yo llevábamos cuando compartíamos el techo —interrumpí—. Decile a sus abogados que quiero la opción de vender la casa. Quiero la plata... no sé si me entendés.

Los ojos de Adela se abrieron tanto que por poco se le sale una de las pestañas postizas. Sorprendida, buscó una lapicera y tomó nota. 

—Podemos conversarlo —asintió. 

—Buenísimo —sonreí, con un poco más confianza—. ¿Qué más?

—Bueno... —retomó—. Con respecto a la cuota alimentaria, creo que vas a estar más que satisfecha con el monto ofrecido. Tomaron en cuenta cada uno de los ítems que les expusimos... el colegio, la obra social...

—¿Cuánto? —la detuve, una vez más.

Molesta por la nueva interrupción, o quizás por mi falta de simpatía, Adela dejó la lapicera a un lado y me miró directo a los ojos, como si así pudiera intimidarme. Lo que ella no sabía, era que yo ya estaba jugada. Si quería arrojarme a las fauces del Lobo, al menos trataría de salir bien recompensada del incordio. 

—Treinta mil. 

¿Treinta? Bueno, Lisandro estaba siendo muy generoso. De todos modos...

—¿Nada más? No me alcanza —porfié. 

La cara de Adela pasó de un rosa bebé a un rojo tomate podrido en menos de un suspiro. Estaba a punto de retrucar algo cuando se escucharon un par de tenues golpecitos a la puerta. 

—¡¿Qué?! —preguntó, claramente molesta. 

—Le traigo el café, doctora —dijo la pobre secretaria. 

—¡Pasá!

Luego de que la secretaria se fuera, Adela se tomó su tiempo para endulzar el café. Yo ni siquiera toqué el mío. 

—Es una suma importantísima, Lucrecia. No comprendo la actitud que estás teniendo. Lo que tu marido te ofrece, es más que justo. 

—¿Justo? —le clavé la mirada— Puede que mi concepto de justicia varíe del tuyo, Adela. Lisandro no puede pagar por lo que me hizo durante todos estos años, pero puedo hacer que lo intente. Es lo mínimo que mi hijo y yo merecemos. Quiero lo que corresponde, nada más y nada menos. 

—No creo que tengas inconveniente alguno con esta suma, Lucrecia. Además, te está dando la casa. 

—Ya te dije, quiero lo que corresponde. Esa suma no es signficativa en relación a lo que ingresa en el estudio de Lisandro todos los meses. Que no piense que me puede tomar por idiota... Quiero entre un veinte y un treinta por ciento de sus ingresos mensuales. Es lo que aconseja la ley. 

—¿Lucrecia, qué es lo que te está pasando? ¿Perdiste la cabeza? Te aseguro que cualquier juez validaría la suma que se te ofrece. 

—¿Vos de qué lado estás, Adela? —disparé, notando el leve cambio en la expresión de su rostro. ¡Era una traidora!— Si Lisandro quiere arreglar, éstas son mis condiciones. Quiero la casa a mi nombre, con libertad para hacer lo que se me antoje. Empezá pidiéndole un treinta por ciento de sus ingresos para la cuota alimentaria... capaz que hasta un veinte me puedo bajar. Y que firme el divorcio, por supuesto.

Adela se tomó el café de un sólo sorbo largo y tomó nota con tal furia que por poco traspasa la hoja con la lapicera. 

—Estás siendo insensata, Lucrecia. Parece que no quisieras arreglar... —tiró la lapicera dentro del portalápices con más impulso del necesario. 

—No tengo apuro —contesté con simpleza—. Trabajá tranquila.

Sin nada más que agregar, me levanté del asiento y Adela me imitó. Estaba echando humo por las orejas.

—Si no nos queda ningún temita por tratar, es mejor que me vaya. Mauro me está esperando abajo —sonreí. 

—Sí, eso es todo —se cruzó de brazos. 

Ya que no parecía tener intenciones de acompañarme a la puerta, o de despedirme con un efusivo beso en cada mejilla, me dispuse a salir con la sensación de una pequeña victoria en el bolsillo.

—¡Ah, me olvidaba! —me frené cerca de la puerta—. Felicitaciones por otro trabajo bien hecho, Adela. 



Una vez en la calle, fuera del nido de esa víbora, volví a respirar tranquila. Mauro esperaba por mí junto al auto, tan irresistible como la primera vez que lo vi, cuando todavía no sabía las miles de formas en las que me salvaría. Incluso de mí misma. 

Confieso que me aterró escuchar su ultimátum: "¿Querés estar conmigo, sí o no?" La pregunta parecía simple, pero lo cambiaba todo. Era otro punto de quiebre. El momento de decidir si realmente lo quería en mi vida o seguiría compartiendo con él pobres retazos de mi existencia. Mauro lo quería todo, mis luces y mis sombras, mis mejores cartas y mis partidas perdidas. Quería que fuéramos una pareja, a pesar de lo dañada que estaba. 

Me aferré a su valentía para que fuera un poco mía y contesté que sí. Estaba dispuesta a intentarlo. Darlo todo otra vez, aún a riesgo de perder. Porque Mauro valía el intento. Lo nuestro lo valía. 

—¿Y? —preguntó, arrojando el cigarrillo al suelo. 

Fue algo en la calidez de sus ojos, o quizás la certeza de saberlo a mi lado. O las dos cosas. Por la razón que fuera o por ninguna en lo absoluto, lo aprisioné desvergonzadamente sobre la puerta del auto, sin tener en cuenta que estábamos en la calle, y lo besé como si fuera la primera vez... o la última. Mauro era más instinto que razón, una de las cosas que más amaba de él, así que poco le importó que estuviéramos dando un espectáculo público. Sus manos terminaron en los bolsillos de mis jeans y sentí la potencia de su deseo, tan intenso como el mío. 

Sonreí sobre su boca cuando el bocinazo de un auto nos devolvió a la realidad. Me sentía acalorada y con un poco de taquicardia. En resumen, más viva que nunca. 

—Entonces, te fue bien... —uno de sus dedos acarició mi ombligo y juro que estuve a punto de meterlo al asiento trasero del auto y hacer un desastre. Pero me contuve. 

—Podría decirse que sí. Adela no se tomó muy bien mis exigencias, pero no le queda otra que seguirme la corriente. ¿Podés creer que tenía una tarjeta de Fusco encima del escritorio?

—Qué caradura... Pero, la verdad, ya no me sorprende nada.

—Sí, es cierto —acordé—. Para resumir, solamente tenemos que esperar la contestación de los abogados de Lisandro.

—Va a aceptar lo que sea que le pidas —aseguró.

—Ya sé —susurré, todavía un poco asustada. 

—Vamos a estar bien —tomó mi mano y besó mis dedos—. Estamos juntos, ¿no?

—Sí... —lo abracé y apoyé mi cabeza en su pecho, escuchando su corazón. Necesitaba que su valentía fuera un poco la mía—. ¿Podemos olvidarnos de todo por unos días? Hasta que el acuerdo esté listo.

—Podemos olvidarnos de todo por hoy —sugirió, besando mi frente—. Pero no quiero que firmes ese acuerdo antes de que hablemos con Juan María —me recordó, según lo que habíamos conversado la noche anterior. 

—Te lo prometo. Antes de pactar con el diablo, voy a tratar de cuidarnos la espalda.




  "Sacude tus ojos cansados. El mundo te está esperando" (Oasis - Let there be love)


 

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