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jueves, 9 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 55

Capítulo 55: Pareja.
 



Jueves, 16 de abril de 2015.

Estaba frustrado. ¡Espantosamente frustrado! Tenía tan mal humor que todo me caía mal, ¡todo! Dejé a Alejo en manos de la maestra y traté de ignorar las miradas indiscretas de las mamás del jardín; que no estaban siendo para nada disimuladas. Nunca fui un tipo tímido; en cualquier otro momento, no me hubiera molestado la atención femenina, pero esa mañana sí. La mayoría de ellas estaban casadas, pero claro... la mayoría también se había hecho la falsa idea de que a mí no me importaba el estado civil de las mujeres. ¡Grave error! ¡Me importaba y mucho! ¡Y me rompía muchísimo las pelotas que asumieran algo que no era! 

¡Tenía un humor de perros! ¿Por qué? Porque daba medio paso adelante y después treinta y siete pasos para atrás... Con Lucrecia, por supuesto.

Siendo completamente honesto, lo que estaba haciendo conmigo era insultante. No cabía mejor palabra que esa. Juro que estaba haciendo un esfuerzo diario por respetar su necesidad de conservar los espacios, pero ¿en serio? ¡Esto ya parecía una joda! Me estaba dejando afuera... ¡como siempre! Fuera del baño, fuera de sus planes, fuera de sus pensamientos, de sus emociones. De todo. 

Confiaba en mí, pero no contaba conmigo; que dado el caso era lo más insultante de todo. ¿"Un favor enorme"? ¿Su concepto de "un favor enorme" era que llevara a Alejo al jardín? Y no es que me molestara llevar al enano, lo que me dejaba por el piso era que Lucrecia quisiera hacer todo sola. Estaba llevando el asunto de conservar los espacios a un extremo que me lastimaba. ¿Cuál era el propósito de estar en pareja si no éramos una pareja en los aspectos más básicos? Quería que contara conmigo, que se apoyara en mí, ¿estaba tan mal querer eso? Después de todo, yo esperaba poder hacer lo mismo y no por eso me sentía menos. ¿Acaso la pareja no se trataba de eso? ¿De estar uno junto al otro?

Pero no... Lucrecia me necesitaba para llevar a Alejo al jardín. 

Llegué a la oficina, saludé a todo el mundo a la pasada y me sumergí en el trabajo para sentirme útil, tratando de mantener el contacto al mínimo. Solía ser muy malo en eso de esconder mis emociones. Y el silencio me estaba tornando más y más ansioso a cada minuto. Miraba el reloj a intervalos cada vez más cortos, a la espera de una llamada, un mensaje, señales de humo... lo que fuera, estaría bien. Pero habían pasado más de dos horas desde la reunión con Adela y todavía no tenía noticias. 

Pasado el mediodía, ya no aguanté más y le envié un mensaje de texto: ¿Todo bien? Su respuesta llegó una media hora después: Te cuento esta noche. ¿Venís?

Quería contestarle que no, porque me sentía como una quinceañera despechada y lo que hacía me lastimaba. Pero no quería rendirme... No ahora. No iba a dejarla sola. Y no porque Lisandro estuviera rondando desde las sombras, sino porque la amaba. Tan simple y tan complejo como eso. Sólo restaba descubrir si el amor era suficiente para que lo nuestro se convirtiera en una pareja.

Nos vemos esta noche, contesté a su mensaje.



—Cantame una canción —me pidió con esos ojos grandes y redondos, iguales a los de su mamá.

—No, enano... Vos no querés que yo te cante una canción, te lo aseguro. Además, no sé ninguna —le mentí. Con dos desafinados en nuestra pequeña familia, era más que suficiente. Me acosté a su lado y suspiré,  disfrutando del primer momento de paz luego de un día de pensamientos extraños. 

—¿Por qué? 

Alejo estaba en esa etapa. A la primera oportunidad, metía un "por qué". 

—Porque ya estoy viejo. No me acuerdo de ninguna —mi respuesta pareció complacer su curiosidad y no insistió, apoyó la cabeza en mi hombro y se quedó en silencio por un largo rato. Su silencio era gratificante, porque no escondía nada. Era un silencio honesto.

Cuando escuché el ritmo plácido de su respiración, moví su cabeza y lo acomodé en la almohada. Dormía como un tronco, nunca se enteraba de nada. 

Eran esas pequeñas cosas de la rutina diaria las que sostenían mi "casi" pareja con Lucrecia. Cenar los tres juntos, llevar a Alejo a dormir, amanecer abrazado a la calidez de su cuerpo. No quería rendirme, pero necesitaba que comencemos a dar pasos hacia adelante de manera constante, aunque fueran lentos y medidos; ya no quería sentirme afuera de nuestra relación. Tenía mucho más para ofrecer y deseaba fervientemente que mi Diosa lo aceptara. Que supiera que no estaba sola. 

La encontré en la cocina, terminando de lavar los platos de la cena. Sus movimientos eran mecánicos, casi inconscientes, sus pensamientos la estaban llevando muy lejos de mí, a las profundidades de su cabeza. No me había dicho una sola palabra acerca de la reunión con Adela y yo tampoco había preguntado. Ya se lo había dicho alguna vez, no quería arrebatarle sus espacios, quería que alguna vez se decidiera a compartirlos conmigo. 

Moví una silla del comedor y salió de su auto inducido trance. 

—¿Se durmió? —preguntó, con esa sonrisa que me derretía. 

—Como un tronco.

Se secó las manos con unas servilletas de papel y se acomodó el pelo detrás de la oreja. Otro acto inconsciente, estaba incómoda. 

—¿Qué tal tu día? 

—Tuve un día de mierda —contesté, brutalmente honesto. 

Se acercó hasta mí y me abrazó con la ternura de siempre. Lucrecia era mucho más honesta con su cuerpo que con sus palabras. Era generosa y se daba por completo, intuitiva y cariñosa, libre y sincera. Uno de los ítems favoritos de mi ranking. Inspiré su perfume a vainilla y coco, apoyé mi cabeza sobre la calidez de su pecho, y aprisioné su cuerpo en un abrazo. 

—¿Qué pasó? —preguntó, rozando sus uñas en mi nuca. 

No quería contestarle. Quería sacarle toda la ropa, pasar la noche entera sin dormir y demostrarle cuánto la amaba. Pero estaba siendo brutalmente honesto con ella, así que tuve que contestarle...

—No puedo seguir así, Lucre —susurré sobre su pecho, con unas manos intrusas que aún contra mi voluntad buscaron la piel de su espalda. La caricia en mi nuca acabó de forma abrupta y escuché cómo sus latidos se aceleraban. 

—¿Qué querés decir? —preguntó, en voz tan baja que apenas si pude oírla. 

La senté sobre mí y moví sus piernas para que me rodearan, para que me abrazara con cada centímetro de su ser, para sentirla cerca. Para que me sintiera cerca. Mis manos memorizaron su carita de muñeca y me perdí en esos ojos grandes y redondos, llenos de miedos y de dudas. 

—No puedo seguir así con vos, mi amor —le aclaré, con todo el dolor del mundo, pero con la certeza absoluta de que estaba haciendo lo correcto. 

Sus ojos se cargaron de lágrimas y acaricié su mejilla con el pulgar. 

—Preguntame por qué... —le pedí, mirándola a los ojos. 

—¿Por qué?

La sola pregunta me llenó de esperanzas. Al menos, le interesaba saber. Ya era un pequeño paso hacia adelante.

—Porque no tiene sentido que sigamos juntos si no podés estar conmigo —contesté, cada palabra doliendo más que la anterior. 

—Eso no es así. ¿Cómo podés pensar que no estoy con vos? Sos el único que sabe todo de mí, el único con quien me permito ser yo misma.

—No del todo, Lucre —persistí—. Te guardás muchas cosas, y me dejás afuera. 

Me miró como si le hubiera clavado un puñal en el pecho y trató de levantarse, pero mis manos en sus caderas la mantuvieran en su sitio. 

—No te vayas, quedate conmigo —acaricié su brazo, lo más tranquilo posible. Siempre temía tener un desacuerdo con ella, asustarla, pero yo no quería "pelear". Pelear no era mi estilo. Quería que me escuchara, escucharla—. Me preguntaste "por qué" y estoy tratando de contestarte, ¿me podés escuchar? 

—Me guardo cosas... es cierto. Pero sabés que lo hago porque no quiero involucrarte en todos mis quilombos, Mauro. 

—¿Ves? Ese es precisamente el problema... estoy con vos en las buenas, pero también en las malas. Quiero involucrarme en tus quilombos, y que vos te involucres en los míos. Esto de estar a medias, no va conmigo. No te pido que me des cada detalle de tu vida, ni que me pases un parte diario de lo que hacés; eso es tuyo. Tus espacios, ya lo entendí. Lo que te pido es poder estar con vos cuando me necesitás de verdad. No quiero que te guardes cosas importantes... Porque espero que cuando sea yo quien te necesite, puedas estar para mí de la misma forma. De eso se trata una pareja. Nadie me obliga a estar acá. Tengo veintiocho años, Lucrecia; ya no soy un pendejo. Sé lo que hago y por qué lo hago... La pregunta es, ¿vos querés estar conmigo o no? 

Se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja y esquivó mi mirada. 

—¿Sí o no? —acaricié sus mejilas y recuperé su atención. 

—Sí...

¡Ay, por Dios! Por un segundo, pensé que iba a contestar que no. Me regresó al alma al cuerpo, literal.

—Cuánto me alegra escuchar eso —mi boca buscó a la suya en un beso suave—. No tengas miedo de decirme nada, mi amor. Yo no tengo miedo de decirte nada... Lo que sea, lo podemos solucionar. Pero juntos. 

Asintió, pero no del todo segura. Su mirada transmitía un millón de secretos y esperaba que al menos me diera uno de ellos, una pequeña muestra de su confianza. 

—Decime, Lucre. No te lo guardes.

Inspiró profundo, tomándose su tiempo. Aguardé con paciencia, porque quería estar con ella en las buenas y en las malas, y esta era una de sus malas. Aprender a confiar era todo un desafío para Lucrecia. Luego de tantos años de contar sólo con ella misma, apoyarse en otra persona era una experiencia desconocida. 

—No sé cómo hacer esto —dijo en un susurro—. Me sale todo mal... 

—Sabés que no es así. Tenemos cosas que mejorar, ¡los dos!... Pero no nos sale todo mal. 

—Nunca quise esto para vos, Mauro. Pero, ahora es tarde... ¿cómo hago para cuidarte de todo lo que me rodea? Soy una bomba de tiempo. 

—Vos no me tenés que cuidar de nada —la miré directo a los ojos—. Estoy grandecito, Lucre. No se trata de lo que vos quieras o no quieras para mí. Este es mi vida y la comparto con quien yo quiera, esa es mi decisión. Y es cierto, sos una bomba de tiempo; y no me gustaría que explotes. Dejá que te ayude. Ya pasamos por un montón de cosas en estos últimos meses, más de lo que muchas parejas pasan en una vida, ¿no te alcanza para darte cuenta de que podemos? 

—Tengo miedo, Mauro —confesó. 

—Imagino que sí, lo entiendo. Estarías loca si no tuvieras miedo. 

—Tengo miedo de terminar muerta... 

Sus palabras fueron como un golpe en el medio de la cara, de esos que me daba Gómez. Me noqueaba por un segundo pero luego despertaba con la cabeza clara. Me quedé en silencio, a la espera de que me dijera lo que sentía. Lo necesitaba.

—Quiero convencerme de que no... Trato de ser normal, de tener una vida como la de todo el mundo. Tengo a Alejo, te tengo a vos, y me esfuerzo por ser feliz. En serio, lo hago. Pero tengo miedo, todos los días. Cuando llevo a Alejo al jardín, cuando voy al súper, cuando bajo a sacar la basura... Tiemblo de miedo cuando suena mi celular, y ni te cuento cuando escucho el timbre —estaba agotada. Agotada de tanto miedo—. Me va a matar, Mauro. Lisandro me va a matar. No sé cómo ni cuando, pero tengo la certeza de que lo va a hacer. A veces... —inspiró profundo y sus labios temblaron. Se estaba desarmando frente a mí pero la sostendría. No la dejaría caer.

—A veces, qué... —la alenté a seguir, porque ella necesitaba decirlo y yo escucharlo. 

—A veces, quisiera que me mate de una vez. Que se termine todo. 

Escondió su cara en la curva de mi cuello y lloró. Como nunca... mientras mis brazos la sostenían para no caer. Porque de eso se trataba la pareja. Lucrecia y yo éramos una pareja.

Creí que la había visto desarmarse el día de la muerte de Santiago, pero esto era diferente. No era Lucrecia llorando la muerte de un ser amado; esta vez, lloraba por temor a su propia muerte. Esto es lo que Lisandro había hecho con ella, lo que años de maltrato habían logrado. Lisandro no era un monstruo que acechaba en las sombras, era un monstruo que había entrado a fuerza de golpes en el interior mismo de Lucrecia y que la atemorizaba desde sus propios pensamientos. 

—No estás sola, mi amor. Yo estoy con vos —le dije al oído.

No tenía sentido insultarla pidiéndole que no tuviera miedo. Sólo podía estar ahí, sosteniéndola por todo el tiempo que necesitara. No sé por cuánto tiempo estuvimos así, pero el llanto fue cediendo hasta convertirse en una serie de suspiros cansados.

—Mauro... —la escuché susurrar después de mucho tiempo de silencio. 

—¿Qué?

—Esta mañana, no fui a la reunión con Adela —se incorporó un poco y se limpió las lágrimas con el dorso de las manos antes de mirarme a los ojos—. No fui porque vi a Fusco saliendo de su oficina.

¡HIJO DE RE MIL PUTA!!!!!! 




"Todo de mí, ama todo de ti. Todas tus curvas y todos tus bordes, todas tus perfectas imperfecciones. Dame todo de ti, que yo te daré todo de mí..." (John Legend - All of me)


 

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