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miércoles, 8 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 54

Capítulo 54: La (tensa) calma




Jueves, 16 de abril de 2015.

Era muy, muy tarde... o muy temprano, dependiendo del punto de vista. El caso es que apenas estaba amaneciendo. No había dormido mucho. Casi nada, en realidad. Pero mis sentidos estaban completamente alerta, ávidos de más. Lo absorbía todo, hambrienta. Insaciable. Cada pequeño detalle, sin importar cuán insignificante pudiera parecer, era una oportundidad de vaciar el cofre de los recuerdos amargos y reemplazar el contenido por memorias más agradables... más placenteras. 

Todo detalle era digno de ser recordado, atesorado.

Las perezosas vueltas del ventilador de techo, el amanecer que asomaba por la ventana, mi mano acariciando su cabello, la deliciosa presión de su lengua entre mis piernas, provocando un caos de gemidos que ahogaba en mi almohada. El temblor de mis rodillas y sus dedos acariciando mi pantorrilla, dejando a su paso un calor que entibiaba más que el sol. La explosión colorida de un orgasmo que me elevó hasta el paraíso para luego dejarme caer sobre la cama, en un lío de piernas y brazos que no querían responder... Estaba cansada. Agotada.

Pero cuando su boca estuvo sobre la mía y me sentí en el sabor de su beso, la mente salió nuevamente disparada por la ventanta, cediendo las riendas al instinto y al deseo. Y me importaba un bledo no haber dormido en toda la noche. Tenía energías de sobra, al amor de mi vida entre mis brazos y el mundo y sus obligaciones podían esperar por algunos deliciosos momentos más.

Mis caderas iban al encuentro de sus embestidas como si no hubiera un mañana, ni siquiera un ahora, sólo una eternidad en la que estábamos suspendidos hasta que...

¡¿El teléfono?!

Por supuesto. ¡Por supuesto que trataría de arruinarme un momento así de perfecto!

—Mi amor, no —su voz me acarició el oído—. Ahora no...

Traté de entrar nuevamente en sintonía con nuestro tiempo juntos, pero la mente le ganó la batalla al instinto y el deseo perdió contra el miedo. Otra vez. Porque un llamado, tan temprano por la mañana, era indicio de problemas. Y con problemas me refería a Lisandro.

No había recibido noticias en semanas. Los llamados habían cesado, los envíos de flores también, y ni siquiera había puesto un "pero" a las pericias complementarias que pidió mi abogada, una de las cuales lo pondría delante de un psiquiatra. Su actitud me desconcertaba. Lisandro se estaba portando bien... demasiado bien, en mi opinión. Cualquiera en mi lugar, hubiera sentido alivio de que el proceso comenzara a jugarse en un terreno más cordial, o al menos en un marco mínimo de respeto. Yo, por el contrario, no sabía cómo sentirme.

Estaba tan acostumbrada a la constante sensación de alerta, a estar excesivamente atenta para poder anticipar el próximo golpe, que esta calma me resultaba tensa. Francamente, no esperaba que el sorpresivo encuentro con Elena surtiera efecto tan rápido; pero era obvio que salvar a su madre de un escándalo mayor era incentivo suficiente para que Lisandro al fin nos dejara en paz.

Pero, ¿a qué se debía un llamado tan temprano por la mañana? Esperé hasta que Mauro estuviera en la ducha, para no preocuparlo inútilmente, y le di una mirada al teléfono.

—¿Y vos qué querés? —pensé en voz alta, leyendo el mensaje en la pantalla. "Llamada perdida de Abogado Nro. Dos". No me había detenido a tomar los nombres de su escuadrón de abogados, me limité a agendarlos numerados del uno al cinco.

Molesta, borré el mensaje y seguí con mi rutina de cada mañana. No tenía intención alguna de devolver ese llamado, porque estaba fuera de lugar. Si tenían algo que comunicar, la persona a la que debían dirigirse era mi abogada.

Estaba terminando de preparar el desayuno para Alejo cuando Mauro apareció por el pasillo, listo para ir a la oficina de Pablo. No me atrevería a confesárselo, o al menos no por el momento,  pero me encantaba que sus camisas estuvieran colgadas en mi ropero.

—¿Cómo va, enano? —como ya era parte de su rutina privada, chocaron los cinco.

—Hola, Mauro —sonrió, Alejo. Se estaba adaptando rápido a la idea de verlo en casa, y creo que hasta lo disfrutaba.

—Buenos días, mi amor —su brazo se enroscó en mi cintura y su boca se pegó a mi nuca.

—Buenos días —murmuré en un bostezo imposible de ocultar.

—¿Cansada? —susurró en mi oído.

—Para nada —sonreí, haciéndome la tonta.

Mauro puso la pava para unos mates (que por razones obvias, cebaría yo) mientras yo terminaba de preparar la mochila de Alejo.

—Ya te dije que con dos noches a la semana no nos alcanzaba —dijo, metiéndose tremenda cucharada de dulce de leche en la boca—. Deberían ser tres... —balbuceó.

—¡Yo también quiero! —Alejo estiró una mano. Mauro cargó una cucharada de dulce igual de grande y se la dio sin un segundo de duda.

—Se van a empalagar... —bostecé una vez más y los dos asintieron, como si en verdad me fueran a hacer caso—. No tenemos un contrato firmado con sangre, Mauro. Lo de las dos noches era una sugerencia... Pero podemos flexibilizar.

—¿En serio? —cargó otra cuchara de dulce de leche y me la ofreció—. No sabés lo feliz que me hace escuchar eso. Ya sabés cómo me gusta tu flexibilidad.

—Se te está por hervir el agua... —tomé la cuchara y oculté la sonrisa. Sus comentarios seguían poniéndome colorada.

Estaba por empezar con el mate cuando mi celular volvió a sonar. Intercambiamos miradas con Mauro. Dos llamados, tan temprano por la mañana, eran indicio de problemas.

—Adela… —le dije antes de contestar—. Buenos días, Adela. ¿Cómo estás?

—Buenos días, Lucrecia. Perdón por llamar tan temprano... ¿Te desperté?

—No, no te preocupes. Estaba preparando a Alejo para el jardín. ¿Qué pasó? ¿Alguna novedad?

—De hecho, sí. Espero que estés sentada, porque no vas a poder creer lo que voy a decirte.

—Decime... —inmediatamente, sentí una presión en el pecho. Ya no sabía qué esperar de Lisandro.

—Me acaba de llamar uno de los abogados de tu ex —se quedó en silencio por un segundo largo mientras yo moría de la intriga—. Quiere arreglar, Lucrecia.

—¿Arreglar qué? —pregunté, confundida. Y también un poco asustada.

—Todo. Quiere arreglar todo, Lucrecia. Su abogado acaba de mandarme una copia de lo que ofrece y, te soy completamente honesta, no sé si tu marido está loco o mal asesorado, pero te lo da todo... y con todo, me refiero a todo. La casa, la pensión para Alejo y el divorcio. Todo, Lucrecia. Podemos consensuar una mediación, firmar el acuerdo y terminar con todo esto.

Sí, dicho de esa forma, se oía muy bonito. Pero...

—Mi demanda no es solamente civil, Adela. Es penal. ¿Qué pasa con la causa por violencia de género si firmamos eso? —pregunté, notando que la atención de Mauro ya no estaba en controlar el agua.

—Son fueros diferentes, Lucrecia. Resolvamos lo civil ahora que tenemos la oportunidad, y dejemos que lo penal tome su propio cauce. Se manejan tiempos diferentes... No tenemos que dejar pasar esta oportunidad. En cualquier momento, pueden entrar en sus cabales y retirar la oferta.

No podía ser tan fácil. Nada con Lisandro era fácil. Tenía que tratarse de alguna jugarreta extraña.

—¿Puedo ir al estudio? Quisiera ver la propuesta y después darte una respuesta.

—Obvio, Lucre. ¿A qué hora podés venir?

Acordamos encontrarnos en su estudio en dos horas y corté la llamada con un mal presentimiento instalándose en mi pecho.

—¿Qué pasó? —preguntó Mauro, pero yo no sabía cómo contestar a eso. Todavía lo estaba procesando.

—No tengo idea... ¿Nos fumamos un cigarrillo en el balcón?

Era mi modo de pedirle privacidad y él lo sabía; interpretaba mis mensajes a la perfección. Dejé a Alejo viendo dibujitos en el living y salimos al balcón.

—Quiere arreglar, Mauro —susurré, aún sin comprender lo que eso implicaba.

—Capté esa parte —encendió un cigarrillo y me lo pasó—. Lo que no entiendo es qué quiere arreglar. ¿A qué está jugando?

—Adela dice que quiere arreglar todo. Hasta el divorcio... —lo decía en voz alta, pero seguía sin poder creerlo. Mauro tampoco, su expresión lo decía todo—. Te juro que no salgo de mi asombro. No puede ser que Elena lo haya convencido tan fácil.

—¿Qué está haciendo, Lucre? Pensá... —se apoyó en la baranda del balcón y se cruzó de brazos—. Vos lo conocés mejor que nadie. ¿Qué está haciendo?

—Se está portando bien —hilé pensamientos—. Lisandro se porta bien cuando quiere conseguir algo. Pero no entiendo nada. ¿Qué consigue dándome todo?

—¿Reconquistarte? —aventuró, Mauro.

—Por favor, no me ofendas...

—Estoy tratando de pensar como él. ¿Acaso no pensaría así? ¿Que dándote todo podría recuperarte?

—No... —le di una pitada al cigarrillo y luego se lo devolví—. Lisandro sabe que a mí no me recupera más, lo tiene clarísimo. No es a mí a quien quiere conquistar —hilé pensamientos una vez más.

—¿Entonces, a quién?

En el momento que Mauro preguntó, la respuesta me llegó como una revelación.

—Al juez —contesté, atónita por el descubrimiento. Asustada en la misma medida—. Lisandro quiere conquistar al juez, Mauro. A Fonseca. Si se muestra como un tipo conciliador, capaz de darlo todo para arreglar este desastre, a quien conquista es a Fonseca. 

—Perfecto... pero, ¿y eso qué tiene que ver? Adela te dijo que son dos fueros diferentes, que no se influyen el uno al otro.

—Eso es mentira, Mauro. Si Lisandro demuestra que puede tener una conducta dócil y hasta honorable en otro proceso judicial, aunque sea en lo civil, eso va a sentar un precedente. ¿Con qué cara le voy a pedir al juez que mantenga la orden de alejamiento cuando Lisandro se comporta como un santo? Lo que pasó con Elena no lo asustó, Mauro... lo avivó. Se mantiene alejado para poder acercarse después.

—Es una suposición, Lucre. ¿Y si se asustó? Que hablaras con Elena lo puso al descubierto.

—Que no le dijera nada a Elena lo puso al descubierto, Mauro. Antes, Lisandro hubiera hecho cualquier cosa por su mamá... ¿No ves? Ahora, ya no le importa nada. ¡No le importa nada más que joderme la vida!

—Shh... —me abrazó en el mismo instante y me dejé envolver con su calor—. Vamos a hablar con Juan María, a contarle lo que pensás.

—No, no quiero hablar con nadie antes de conocer en detalle qué es lo que proponen sus abogados —inspiré profundo, tratando de serenarme—. No puedo presentarme ante Juan María a decirle que desconfío de mi marido porque quiere ser amable. Parece una locura... Necesito que me hagas un favor enorme, Mauro.

—Lo que sea —contestó sin dudar.

—¿Podés llevar a Alejo al jardín? No puedo esperar. Necesito hablar con Adela ya.



Muy a desgano, Mauro accedió a llevarse a Alejo. Sabía que quería acompañarme pero esto era algo que tenía que hacer sola.

Bajé del taxi un par de cuadras antes de llegar a destino y caminé un poco para despejar la mente. Era un abril inusualmente caluroso. Aun siendo temprano, sentía que había vivido una vida completa en sólo una mañana. Estaba agotada, sin haber dormido demasiado y confundida por la actitud de Lisandro, pero también decidida a descubrir cuál era su jueguito. Mi ventaja siempre había sido poder adelantarme a sus golpes, y esta vez no sería la excepción.

A metros de llegar al edificio en dónde Adela tenía su estudio, el semáforo me obligó a detener la macha.

Dicen que todo sucede por una razón. Bajarme un par de cuadras antes para despejar la mente, un semáforo en rojo obligándome a parar, alzar la cabeza en el momento justo.

Puede que no hubiera pegado un ojo en toda la noche, pero mis sentidos estaban completamente alerta. Lo reconocí por esa mirada fría, incluso más fría que su apretón de manos, hasta más fría que su actitud toda. Se despedía de Adela con una enorme sonrisa ocupándole la mitad de la cara, y con la misma actitud altanera de siempre, se subía al auto que esperaba por él frente a la vereda.

Andrés Fusco.

 



"Tú y yo nos ponemos difíciles, el uno contra el otro como si fuéramos a la guerra. Tú y yo nos ponemos brutales, seguimos tirando cosas y azotando las puertas. Tú y yo nos volvemos tan disfuncionales que dejamos de llevar la cuenta. Tú y yo nos enfermamos y sé que no podemos seguir haciendo esto..." (Maroon 5 - One more night)




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