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lunes, 6 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 53

Capítulo 53: Lobo con piel de cordero.
 



Viernes, 13 de marzo de 2015.

—Cinco minutos, querido —le dije al chofer, mientras tomaba su mano para descender del auto. 

Me detuve frente a la reja y saqué la llave de la cartera. La ausencia de Lucrecia era evidente incluso antes de entrar a la propiedad. El césped se veía descuidado, las plantas daban pena, y un colchón de hojas podridas cubría la superficie de la pileta.

Hacía días que Lisandro no se aparecía por el estudio y estaba abandonando negocios y clientes que requerían de su seguimiento. El estado del patio era la menor de mis preocupacione; si no sacaba a mi hijo de su desidia, tendríamos problemas que no se solucionarían con una llamada al paisajista. 

La situación estaba tornándose intolerable y era preciso intervenir, cuanto antes. De hecho, debería haber intervenido años atrás. Un error que estaba pagando caro.

Desde la primera vez que la vi, supe que Lucrecia sería un problema. Era una criatura insolente, maleducada; nada más que una trepadora sin escrúpulos. Mi hijo, bajo el hechizo del enamoramiento, era incapaz de ver lo que se escondía detrás de su carita de nada y sus modos de princesa. Pero yo la veía con claridad, a mí no me engañaba. La princesa tenía aspiraciones de reinar. Tenía que admitir que su estrategia había sido impecable; clavó las garras tan hondo en el corazón de Lisandro que lo convirtió en su esclavo. Mi hijo besaba el piso que esa arrastrada pisaba.

Cuando le advertí que la chiquilla no encajaba en nuestra familia, que no formalizara una relación que estaba destinada al fracaso, Lisandro me enfrentó por primera y única vez en su vida. Mi mayor temor se estaba revelando como una realidad que hacía que el delicado equilibrio que me había llevado una vida construir, tambaleara bajo mis pies. Estaba perdiendo la lealtad de mi hijo; y si quería conservarla, tendría que aceptar a la arrastrada en el seno de mi familia. 

No pasó mucho tiempo para que mi predicción de una "relación destinada al fracaso" comenzara a evidenciar los primeros signos. La criatura no se adaptaba, no comprendía su rol en la familia, no se sometía al dominio de mi hijo. Mientras más rebelde se mostraba Lucrecia, más hondo se clavada en el pecho de Lisandro. La deseaba suya con un fervor que no era normal, pero la princesa no daba el brazo a torcer. 

Lucrecia no comprendía su rol. Era demasiado joven para entender el mundo. Demasiado inexperta como para que le entrara en la cabeza que este era un mundo de hombres. 

Y en un mundo de hombres, la mujer que los dominaba era reina. Una verdad que comprendí desde la cuna y que usé a mi favor. 

No necesitaba dominar el mundo, sólo era preciso dominar a los hombres que lo mantenían en movimiento. En mi pequeño mundo familiar, yo era reina. La lealtad de mis hombres estaba conmigo. Santiago era un trozo de plastilina que hasta un niño de preescolar podría modelar a su gusto, Lisandro era la fuerza indomable que bien direccionada lo lograría todo, y Luciano era... tolerable. 

Lucrecia era una amenaza para mi pequeño mundo familiar, porque la lealtad de mis hombres estaba inclinándose en su dirección. Lisandro sólo fue el primero en caer bajo el hechizo de esa bruja, pero no pasó mucho para que el resto de ellos cayeran también. Era un juguete nuevo, y todos se peleaban por jugar con ella. El idiota de mi marido moría de amor por su nuera... su rostro cambiaba con solo verla, y la muy arrastrada alimentaba ese amor sin siquiera darse cuenta. La conducta de Luciano me daba dolor de cabeza; encontraba en ella a un cómplice para amargarme la vida. Las lealtades tambaleaban y la situación se estaba tornando peligrosa. 

Lisandro estaba al borde del precipicio. Como todos los hombres, era incapaz de dominar sus instintos. Lo intentó todo para que Lucrecia bailara al son que le marcaba. Al principio se lo dio todo, con la esperanza de que se sometiera voluntariamente a su dominio. La cubrió de lujos, le dio un hogar, incluso un hijo... vivía y respiraba solamente porque Lucrecia existía. Pero su intento de domino se revirtió. Era Lucrecia quien sostenía sus riendas, quien lo mantenía sofocado en un puño de hierro, quien le impedía respirar y pensar con claridad. Lo estaba destruyendo.

Cuando Lisandro descubrió que darle todo no funcionaría, cambió de táctica. Se lo quitó todo. Incluso su libertad. Le advertí que empeoraría las cosas, pero mi hijo no entendía razones. La quería suya, aun contra su volundad. Y esa criatura tenía una voluntad de hierro, era inquebrantable. 

Lo supe desde la primera vez que la vi, Lucrecia sería un problema. Pero mi tolerancia había llegado a su límite y era momento de intervenir. Esta vez, Lisandro no me lo impediría. 

El panorama dentro de la casa era deplorable; una catástrofe nacida del abandono. No me quedaría sentada viendo como la vida de mi hijo se venía abajo frente a mis ojos. 

Sin detenerme a mirar el desastre de platos sin lavar y los restos de comida pudriéndose sobre la mesada, hurgué las alacenas hasta encontrar una jarra grande. Abrí la canilla y comencé a llenarla con agua mientras hacía una llamada. 

—Residencia Echagüe —contestó la empleada. 

—Soy yo, Elvira. Necesito que vengas a casa de Lisandro, urgente. Esto es un desastre —dije, sosteniendo el celular con mi hombro, mientras vaciaba una cubetera de hielos dentro de la jarra 

—Voy en camino, señora. 

—Urgente, Elvira —corté la llamada y colgué la cartera sobre la banqueta de la cocina. 

A pesar de ser casi las ocho de la mañana, la casa estaba oscura y silenciosa. Jarra en mano, subí las escaleras y fui directo hacia la habitación de Lisandro. La puerta estaba entreabierta, la empujé con la cadera y descubrí su silueta en la cama. Dormía como un muerto, con un brazo colgando del borde de la cama. 

Hacía un frío de locos dentro de la habitación, y era obvio que no había sido ventilada en mucho tiempo. Un problemita que requería de pronta solución. Apagué el split, prendí la luz y abrí las ventanas de par en par. 

—¿Qué pasa? —lo escuché rezongar. 

—Eso mismo me pregunto yo, querido —contesté sin mirarlo—. Son las ocho de la mañana, ¿no pensás ir a trabajar hoy? 

—No me siento bien, mamá —giró sobre la cama—. ¿Vos apagaste el split? Hace calor...

Me planté frente a la cama y le arrojé el contenido de la jarra sobre la cara. Se sentó de inmediato, abriendo y cerrando la boca de la sorpresa. 

—¿Ahora estás más fresco? —entorné la mirada— ¡Levantate, ya! —tiré de las sábanas y las hice un bollo antes de arrojarlas al pasillo. 

—¡Salí de mi habitación, mamá! ¡Dejame en paz!

Ignorando su pedido, fui hasta el baño y encendí la luz antes de abrir el grifo de la ducha. 

—¡Mamá! ¡Andate! —gritó desde la habitación— ¡Ya no soy un chico! ¡Dejá de romperme las pelotas!

—¡Entonces, dejá de comportarte como uno!! ¡¿Qué estás haciendo, Lisandro?! ¡¿Cómo podés ser tan patético?! ¡Mirá lo que sos! ¡Mirá esta casa!! ¡¿Que tenés en la cabeza, querido?!

—¡Dejame en paz!

En dos pasos llegué hasta él y me detuve a centímetros de su cara, para asegurarme de que prestara atención. 

—¿Le mandaste flores? —pregunté, entrecerrando los ojos. 

—Ese no es tu problema —contestó, desafiante. 

—¿Que no es mi problema? ¡Por supuesto que es mi problema! ¡¿Sabés cuánto me está costando que Fonseca no mande a la policía a buscarte por incumplir esa orden?!

—Es mi mujer —insistió.

Mi mano impactó de lleno en su mejilla y dejó una furiosa huella roja sobre su piel, la marca de mis dedos. Lisandro no se movió, ni siquiera pestañeó, pero sus ojos estaban fijos en los míos. 

—Hay que ser hombrecito para manejar a una mujer, querido. Vos no lo sos —quité la gota de sangre que bajaba de su nariz con mi pulgar y acaricié su mentón—. Ahora, te vas a dar un baño y te vas a ir a trabajar. Yo voy arreglar todo este desastre. 

No dijo una palabra, pero al menos había logrado que me prestara atención. 

—Elvira viene en un ratito —le di un beso en los labios y abandoné la habitación.



—Esto me va a llevar un poco más de cinco minutos, querido. ¿Querés ir a tomar un café? Te llamo cuando esté lista —le sugerí a mi chofer. Me agradaba ese muchacho, era silencioso y educado. 

—Espero por su llamado, señora. 

Afortunadamente, uno de los ocupantes del edificio me permitió la entrada. Le sonreí agradecida y subí los cincos pisos en un ascensor de dudosa estabilidad. Era increíble que mi nieto viviera en un lugar así, me daba escalofríos de sólo pensarlo. El departamento ni siquiera tenía timbre.

Le di tres golpecitos a la puerta y aguardé por la respuesta. Era obvio que estaban adentro. Las paredes eran lo suficientemente delgadas como para que se escucharan incluso sus murmullos. Y Alejo no era un nene silencioso, su voz me llegó como si estuviera en el departamento con ellos.

—Lucrecia, abrí la puerta... —le pedí, tratando de mantener a raya mi temperamento—. Sé que estás ahí. Escuché a Alejo. Abrime la puerta, por favor. 

Segundos después, la llave giró en la cerradura y mi nuera se materializó furiosa detrás de la puerta. Ojos fijos en los míos y actitud altanera. No se parecía en nada a la muchachita asustada de meses atrás. Resplandecía, tenía un espíritu inquebrantable, digno de admiración. Si no fuéramos enemigas declaradas, hasta me caería bien. 

Era casi como verse en el espejo. Al parecer, la princesa quería ser reina. 

—¿Qué hacés acá? —preguntó, en voz baja pero determinada.

—¡Abuelaaaaa!!! —al verme, Alejo corrió hasta la puerta y se abrazó a mis piernas. Era tan parecido a Luciano que ya sentía pena por él. 

—¿Cómo estás, querido? —me agaché para estar a su altura y le di un beso en cada mejilla. 

—Andá a buscar la mochila, Alejo. Que ya nos tenemos que ir —dijo Lucrecia, sin despegar sus ojos de los míos. Sin chistar, tan a sus pies como el resto de mis hombres, Alejo me sonrió y salió corriendo a cumplir con su deseo—. ¿Qué hacés acá, Elena? 

—Vengo a conversar, Lucrecia. Unos minutos, nada más. 

No se movía de la puerta, marcando su territorio como una experta. 

—Ahora no puedo, tengo cosas que hacer. Voy a llevar a Alejo al jardín y me esperan en la fiscalía. Seguramente, ya estarás al tanto de que Lisandro está incumpliendo con la orden de alejamiento. Y como no tiene permitido contactarse conmigo de ninguna forma, quiero que el mensaje que tengas de su parte, te lo guardes donde mejor te guste. No tengo tiempo para hablar con vos. 

—Querida, me hablás como si no me conocieras... Yo no mando mensajes ajenos. Siempre hablo por mí. 

—Tampoco me interesa lo que vos tengas para decir, la verdad. Nunca nos soportamos, no sé por qué tendríamos que empezar a fingir ahora. No tiene sentido, ¿no te parece?

—Eso es lo que más me gusta de vos. No tenés pelos en la lengua... Pero nos debemos una charla, querida. Y no hay mejor momento que el presente —me miró en silencio por un instante, y su duda era una oportunidad que no dejaría pasar—. Un café, nada más. 

—Esperame acá —cerró la puerta, como la maleducada que era, y me dejó de pie en pleno pasillo. 

Aguardé por unos insoportables cinco minutos antes de que la puerta volviera a abrirse. Lucrecia salió del departamento con Alejo de la mano y cerró la puerta con llave, sin decir una palabra. Comenzó a caminar por el pasillo y no tuve más remedio que seguirla. 

—Luciano va a llevar a Alejo, para que podamos charlar tranquilas —dijo, mientras entrábamos al ascensor. 

No me iba a dejar entrar a su departamento. Una chica inteligente, una princesa con aspiraciones de reina. Sonreí porque no me quedaba alternativa. 

Esperamos un par de minutos más antes de que Luciano estacionara el auto frente al edificio. Mi hijo ni siquiera se dignó a digirirme la palabra, mucho menos a saludarme. Estaba claro de qué lado estaba su lealtad. Se bajó del auto y Lucrecia lo alcanzó cerca de la puerta. Se abrazaron y vi a Luciano susurrándole al oído, pero Lucrecia lo tranquilizó con una sonrisa y una caricia en la mejilla. Era una mujer muy persuasiva. 

Una vez que el auto se hubo alejado lo suficiente, la sonrisa amable desapareció de los labios de mi nuera. Ya lo había dicho antes, fingir ya no tenía sentido. Estaba completamente de acuerdo con ella. 

—Hay una cafetería en la esquina —comenzó a caminar—. Cinco minutos, Elena. Es todo lo que te voy a dar. 

—Me sobra. Gracias por tu gentileza, querida —dije con ironía.

Nos ubicamos en una de las mesas de la esquina del local, alejada del resto de los clientes. Necesitábamos privacidad y ambas lo sabíamos. Pedimos un café y aguardamos hasta que llegara a la mesa en un duelo de miradas que anticipaba una contienda de lo más interesante. Lucrecia era una rival digna de admiración. 

—Te escucho —dijo, luego de endulzar su café con dos cucharadas de azúcar, en absoluta calma. Fingiendo, por supuesto. Estaba aterrada. 

—Vengo a pedirte en mi nombre, no en el de mi hijo, que seas un poco más considerada con este proceso. Es doloroso para todos. Pero privar a Lisandro de ver a Alejo no es desconsiderado, es una crueldad. Dejá que lo vea, por favor. Te lo pido de madre a madre —tomé un sorbo de café y lo pasé a duras penas, estaba espantoso. 

—No —dijo con simpleza—. ¿Eso es todo? Porque justo están por pasar un programa sobre cómo hacer tarjetas en macramé y no me lo quiero perder. Es importantísimo.

¡Desgraciada! ¡Se estaba riendo de mí! ¡Siempre supe que era un lobo con piel de cordero!

—Escuchame, querida —apoyé los codos sobre la mesa y me aproximé un poco más a ella, bajando la voz—. No te hagas la cocorita conmigo, porque te puede salir muy mal. Lisandro es mi hijo, Alejo es mi nieto y sabés tan bien como yo que si peleamos por la custodia, no hay nada que vos y ese guardaespaldas de cuarta que tenés lamiéndote el culo puedan hacer para impedirlo. ¿Estoy siendo clara?

Lucrecia se alejó y se apoyó sobre el respaldar del asiento, claramente molesta. 

—No te conocía ese lenguaje, Elena. No dejás de sorprenderme —pretendió demostrar firmeza, pero la taza de café temblaba entre sus dedos mientras se la llevaba a la boca. 

—Sé más considerada y te aseguro que voy a mantener a Lisandro bajo control. Pero mientras más te resistís, más descontrolado y peligroso se vuelve mi hijo. No me interesa ser tu enemiga en esto, prefiero ser tu aliada. No seas tonta... retirá la orden de alejamiento y te prometo que voy a hacer todo cuando esté en mis manos para que esto se resuelva de la manera más civilizada posible. Pero si te negás... bueno, ya te lo dije muchas veces. No me querés como enemiga. 

—Vos no sos capaz de controlar a Lisandro y las dos lo sabemos —dejó la taza sobre la mesa—. Te agradezco la oferta, pero ni loca permitiría que tu hijo se acerque al mío. Lisandro es una basura, igual que vos. Los dos lo usarían en mi contra, y mi hijo no es un objeto que pueda usarse. Gracias por la oferta, Elena. Pero no. Ni loca. Decile a Lisandro que si no se aleja de nosotros, esto solamente va a empeorar. Él sabe cuál va a ser la consecuencia si tira de la soga más de la cuenta... se va a cortar. Lo que me sorprende es que vos te arriesgues a tirar de la cuerda también. Si se corta, vas a ser la primera en caer.

Esta vez, fue mi taza la que tembló. ¿Yo iba a caer? ¿A qué se refería? No me gustaba que me tomaran por sorpresa. Y tampoco me gustaba la media sonrisa que apareció en el rostro de mi nuera. 

—Ahora sí que estoy sorprendida... —sonrió, abiertamente esta vez—. ¿Quién lo hubiera dicho? Parece que Lisandro te oculta cosas. 

Pestañeé, confundida. 

—Le pedí que te pasara un mensaje, Elena. ¿No lo hizo? 

No podía salir de mi asombro. Aun en terreno neutral, Lucrecia contaba con una ventaja que no había anticipado: la estupidez de mi hijo. ¿Qué era lo que me había ocultado?

—Ay, Elena... Bueno, menos mal que accedí a verte. El asunto es simple —apoyó los codos sobre la mesa y se aproximó. La princesa quería ponerse la corona de una vez—. Tengo en mi poder un documento de lo más interesante; un regalo de Santiago. El que "supuestamente" se perdió el día del robo, ¿te acordás? 

¡Hija de re mil puta! ¡Yegua!!!

—Está muy bien guardado en una caja de seguridad a nombre de... ay, pará... cierto, no tengo idea de a nombre de quién está esa caja, o en qué banco, ni siquiera sé si está en el país. Pero es mejor así. Por seguridad. Ni siquiera tengo que levantar el teléfono para que ese documento se exhiba. Si Lisandro me sigue molestando, el papel sale a la luz. Si Lisandro sigue molestando a mi hijo, el papel sale a la luz. Si vos me seguís molestando, el papel sale a la luz. Si algo me pasa a mí, a mi hijo o a Mauro... bueno, creo que ya quedó claro, ¿no?

Me levanté de la mesa, temblando de pies a cabeza. 

—¿Qué? ¿Ya te vas? Creo que nos quedan unos minutos más...

—¡Vos no vas a destruir a mi familia, ¿me escuchaste?! —le grité a la cara, sin importarme las miradas curiosas del resto del local. 

—Yo no tengo que hacer nada, Elena. Ya lo hiciste todo vos solita. 

Me di media vuelta, sin saber qué otra cosa decir, ciega de la bronca. 

—Elena... —me detuvo—. Esto también es por Santiago. 

Salí de la cafetería hecha una furia. 

—¡Traé el auto ya! —gruñí al teléfono. 



Bajé del auto azotando la puerta y trastabillé en mis tacos altos. La espera en el ascensor me pareció eterna, pero no tanto como el ligero recorrido hasta el décimo piso. 

—Buenos días, Sra. Echagüe —saludó la nueva secretaria. 

—No pases ninguna llamada —le advertí con un dedo en alto, caminando directamente hacia la oficina de Lisandro. 

La abrí sin llamar y lo encontré al teléfono. Se despidió rápido, sorprendido de verme allí, mientras yo recorría la oficina con la mirada. 

—Mamá, ¿qué pasa? —preguntó, levantándose de su asiento. 

Entonces, lo vi. Un pisapapeles blanco y alargado, lo suficientemente pesado. Lo tomé fuera de mis cabales y me precipité sobre él, golpeándolo en plena cara.

—¡¿Me querés tomar por idiota?! —grité.

Cayó sobre el asiento y descargué golpe tras golpe, uno tras otro, impulsada por el dolor de saber que la lealtad de mi hijo ya no estaba conmigo. 

—¡Sos un inútil!!! ¡Un inservible de mierda!!! —y lo golpeé otra vez, y otra vez, hasta que el pisapapeles dejó de ser inmaculadamente blanco y hasta que mi brazo ya no tuvo más fuerza. 

El corazón me latía en la garganta, todo mi cuerpo temblaba y sentía un fuego por dentro que no apagaría con nada. 

—¡Si no te alejás de esa hija de puta, te voy a matar!!! ¡¿Me escuchaste?! ¡Te voy a matar, Lisandro!!! ¡Dejala en paz! ¡Olvidate de ella y de ese hijo y hacé tu trabajo!

Le arrojé el pisapapeles, y sin detenerme a ver cuál era el daño, salí de la oficina. 





"Rezo que cuando me esté viniendo abajo estés dormida... Si alguna vez te hago daño, tu venganza será tan dulce... Porque soy un canalla y soy tu hijo" (Robbie Williams - Come undone)


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