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domingo, 5 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 52

Capítulo 52: Muy bonita en la heladera.




Viernes, 13 de marzo de 2015.

Abrí los ojos cerca de las siete y media, sin necesidad de alarma alguna, con la caricia del sol sobre mi cara. Era un día maravilloso. Me estiré a gusto y me tomé unos minutos más para dar vueltas en la cama; nada ni nadie me lo impedía. Sonreí por nada, abrazada a mi almohada, escuchando el monótono sonido de las aspas del ventilador de techo. 

—¡Mamiiii!! —Alejo empujó la puerta y corrió hasta la cama. Su rodilla impactó tan fuerte en mi cadera que estaba segura de que dejaría marca; pero de esas marcas que no dolían. Se acomodó sobre mi pecho y sus rulos me hicieron cosquillas en la cara. 

—Buenos días, mi amor... —le pellizqué la nariz.

—¿Ya es hora de desayunar? —sonrió. 

—Pueder ser... ¿por? ¿Estás apurado? ¿Qué querés desayunar? —pregunté, sabiendo de antemano cuál sería su respuesta. 

—¡Besitos!!

—¡Pero qué glotón!

Me comí sus cachetes a besos por un par de minutos, disfrutando de la dicha de poder hacer tanto ruido como quisiera. Éramos libres... tanto como podíamos. Aún nos quedaba un largo camino por delante, pero estábamos dando los primeros pasos. 

Gracias a la presión de Juan María y de Adela Altamirano, mi abogada, el juez Fonseca aprobó la orden de alejamiento en un tiempo record. Lisandro fue notificado en el estudio cuarenta y ocho horas después de mi declaración. Tenía prohibido acercarse físicamente, contactarme por cualquier medio o acudir a los lugares que yo frecuentara. El Juez ordenó que la restricción fuera extensiva a Alejo. Le dieron una copia del documento a Adela y usé un imán para pegarla en la heladera. 

¿Qué sucedió?

Lisandro llamó enfurecido a mi celular, gritándome que estaba loca si pensaba que lo iba a alejar de su hijo, que yo podía revolcarme con todos los tipos que quisiera (sus palabras, no las mías) pero que no iba a permitir que Alejo viviera con una puta. Sí, me dijo "puta". Otra vez. Le recordé que tenía prohibido contactarse conmigo y que, por favor, dejara de hacerlo. Su respuesta: "Eso está por verse".

La orden de alejamiento se veía muy bonita en mi heladera, pero no servía para nada. Éramos libres... tanto como podíamos y como Lisandro nos permitía. Mirar sobre el hombro cada vez que se sale a la calle, temiendo que el monstruo te salte a la yugular, no era precisamente mi definición de libertad. 

Y también estaba ese asuntito con Mauro... Hablar con la verdad no fue nada fácil.




Miércoles, 4 de marzo de 2015

Necesitaba ver a Alejo con urgencia, asegurarme de que estuviera a salvo y conmigo. Después de ultimar detalles con Juan María respecto a los pasos a seguir, Mauro y yo fuimos al departamento de Lucho y Camila. Cuando Alejo estuvo en mis brazos, volví a respirar con tranquilidad. 

Estábamos todos tan agotados que cuando Mauro anunció que nos quedaríamos con él, en su departamento, cabeceé un sí sin meditarlo un segundo. Lo quería cerca, lo más cerca que fuera posible, había pasado uno de los días más difíciles de mi vida y necesitaba el consuelo que sólo encontraba entre sus brazos. Él también me necesitaba, su día había sido igual de difícil. Y Alejo nos necesitaba a los dos. 

Éramos libres de estar juntos, los tres, sin escondernos. 

Llegar a su departamento fue de las experiencias más reconfortantes que viví jamás. Siempre me había generado curiosidad saber dónde vivía, cómo vivía, qué hacía cuando no estaba en mi casa. Mis fantasías se quedaron cortas... El departamento no era de Mauro, era Mauro. Una extensión de sí mismo, como vivir dentro de él. Simple y cálido, ordenado pero no tanto, relajado y pacífico. Era como Mauro. 

Estaba eufórico de tenernos ahí, era incapaz de ocultarlo. A pesar del difícil día que habíamos pasado, la sonrisa lo delataba. Yo también estaba feliz... en ese momento, era feliz. No quería pensar en nada más que en disfrutar de ese tiempo juntos. Después de tantas lágrimas, nos merecíamos ese momento de paz. 

Pedimos una pizza, miramos televisión (es decir, Alejo miró) y viví la dicha de apoyar mi cabeza sobre su hombro sin temor a que nada ni nadie me lastimara por eso. Lo disfruté como lo que era, un momento de paz que los dos necesitábamos. 

Pero también necesitábamos hablar. 

Alejo dormía como un tronco, en medio de nosotros, en la cama de Mauro. Reprimí las imágenes de una colorada entre esas mismas sábanas para no sufrir otro colapso emocional; ya había sufrido demasiado como para detenerme en ese detalle. Pero sí, le tenía unos celos rabiosos a esa mujer, aunque jamás lo admitiría en voz alta. Las luces estaban apagadas, pero la claridad que entraba por la ventana era suficiente para que nos miráramos a los ojos en silencio. Veía las miles de sensaciones y emociones que transmitía esa mirada y me conmovió que ese hombre me amara a mí. 

—Podría ser siempre así... —dijo acariciando mi brazo con un dedo que subía y bajaba distraído—. Alejo y vos, acá conmigo. Sería perfecto. 

Inspiré profundo y sonreí. 

—Sí. Sería perfecto —acordé, sin duda alguna, perdida en el café de sus ojos, en su dedo acariciando mi brazo—. Pero creo que no es necesario apresurar las cosas, Mauro.

Aun en la penumbra de la habitación, la desilusión brilló potente en sus ojos. Con la intención de reconfortarlo, tomé su mano y besé sus dedos. 

—¿No querés? —preguntó confundido, herido incluso. 

—No dije eso. Dije que sería perfecto, pero que creo que no es el momento. 

Me miró como si le estuviera hablando en chino, así que traté de explicarme mejor. 

—Te amo, Mauro... Muchísimo. Y justamente por eso, quiero cuidar lo que tenemos. No quiero volver a cometer los mismos errores. Necesito ordenar mi vida y la de Alejo antes de poder pensar en dar un paso más. Ya me salté muchos pasos en el pasado, ahora quiero recuperar todo eso que no tuve. Me encanta estar hoy con vos, dormir en tu cama. Pero... —una sonrisa involuntaria asomó en mi boca. Me emocionaba de sólo imaginar—. Quiero dormir en mi propia cama, Mauro. Por muy loco que te parezca, nunca tuve esa experiencia. Cuando era chica, dormía con mi abuela. Y de ahí... bueno, ya sabés. Me mudé a casa de Lisandro. Nunca tuve nada mío. Mi cocina, mi comedor, mi baño... Es posible que no lo entiendas, pero necesito tener mi espacio. 

—¿Cómo no te voy a entender? —acarició mi mejilla con una sonrisa que tenía mucho de forzada y poco de comprensiva. Pero estaba haciendo el intento, y por eso lo amé mucho más— Es que... me pone un poco inquieto pensarte sola. 

—No estoy sola. Te tengo a vos. 

—Sola en tu casa, Lucrecia. Con Lisandro dando vueltas por ahí.

Quise recordarle que su presencia no era garantía de que Lisandro no me lastimara, pero había tenido un día muy difícil como para volver a escuchar una verdad tan brutal. 

—Tengo que aprender a vivir sola, para después poder vivir con vos. Si es que no te cansás de mí antes de que llegue el momento, por supuesto. 

—¿Yo? ¿Cansarme de vos? Imposible. Te acabo de pedir que vengas a vivir conmigo... —sonrió, amargamente—. Nunca me voy a cansar de vos, Lucrecia. Pero tenés razón... No me parece justo quitarte tus espacios ahora que podés tenerlos. No quiero que lo sientas así. No quiero quitarte nada, al contrario. Quiero que algún día compartas tu espacio conmigo.

—Gracias, Mauro —acaricié su mejilla. 

—De nada... —dejó escapar un suspiro—. Tenés una forma muy dulce de decir las cosas, incluso cuando me decís que "no". 

—No te estoy diciendo que no. Te estoy diciendo "no ahora". Más adelante... 

—Bueno, sí. Tenés razón. "Más adelante" —se quedó pensativo por un instante—. ¿Y eso dónde nos deja ahora? 

—¿Como dónde nos deja? No entiendo —pregunté, confundida.

—Esto de ir “paso a paso”. ¿En qué fase del "paso a paso" estaríamos?

Sonreí como una tonta, como una adolescente, porque Mauro tenía una forma muy dulce de decir las cosas. 

—Yo creo que ya pasamos eso de "amigos con derecho", ¿no? ¿Vos qué pensás? —preguntó, serio. Este era un tema serio para él, pero yo quería reírme a carcajadas. 

—¿"Amigos con derecho"?, una forma interesante de plantearlo. 

—Pero... digo, eso ya expiró. Ya pasamos esa etapa, ¿no? Deberíamos estar un paso más adelante. Digo... Me parece, ¿vos qué pensás?

—Ya te dije lo que pienso, Mauro. ¿Por qué no decís lo que querés decir y listo?

—No sé... —fijó la mirada en el techo, nervioso. Nunca lo había visto así de nervioso—. Me da vergüenza —confesó. Creo que hasta podía escuchar los latidos acelerados de su corazón. Ese hombre era todo lo que había soñado alguna vez; no un príncipe azul, sino un hombre real, de carne y hueso, que tenía vergüenza y se ponía colorado.

Me hacés reír, Mauro. Y me hacés feliz. Es mucho más de lo que cualquiera logró en mucho tiempo. Nadie nos corre, vamos despacio. Cuando ya no tengas vergüenza, me lo pedís y yo te voy a decir que sí. 

—Es que nunca se lo pedí a nadie —dijo, todavía con la mirada en el techo. 

—A mí tampoco me lo pidió nadie... Nunca me pidieron nada, ni me consultaron nada. Me pusieron el rótulo, agaché la cabeza y listo. Me hace muy feliz que quieras pedírmelo, aunque te de vergüenza. 

—Soy un boludo, ¿no? —giró la cabeza para iluminarme con su mirada y sonrió—. Acabo de pedirte que vengas a vivir conmigo y no me animo a pedirte que seas mi novia, ¿no es una locura? 

—No a las dos cosas —contesté, seria. Porque este era un tema serio para él—. No sos un boludo y no me parece una locura. A veces, es más fácil dar el salto sin mirar, sin medir las consecuencias. Pero dar pasos siendo consciente de lo que estás por hacer, da un poco más de miedo. En mi opinión —sonreí—. Y sí, me encantaría ser tu novia. 



Todavía me reía sola cada vez que recordaba esa conversación. Mauro y yo éramos novios. ¡Eso sí me parecía una locura! Sobre todo considerando que yo era una mujer separada, con un hijo, y en una contienda con mi futuro ex marido que se presagiaba larga y difícil. Pero me reía sola, porque me encantaba ser la novia de Mauro.

Lisandro estaba obligado a cumplir con sus deberes de padre y mantener el nivel de vida de Alejo, pero obviamente, sus abogados (creo que eran como cinco) estaban poniendo trabas. ¿Me importaba? Por supuesto que no. Hice uso de una pequeña porción de mis “ahorritos”, para no levantar sospechas, y alquilé un departamento de dos habitaciones a dos cuadras del departamento de Mauro. Quería mi propio espacio, pero también lo quería cerca. Todavía me costaba un poco adaptarme al caos de microcentro pero era mucho mejor que el infierno en el que vivía en Belgrano.  

Mauro regresó a trabajar, por insistencia de Pablo (un santo). Tenía que regresar en algún momento, recuperar los espacios que él también había perdido. Pablo lo puso a hacer tareas de coordinación y lo mantenía fuera del campo, en la oficina. Gracias a Dios. Me ponía un poco nerviosa su trabajo, ahora más que nunca. Había visto lo cerca que esas balas habían estado de tocar el corazón que tanto amaba. 

Él también estaba nervioso. Más que nunca. No le dije nada de aquella primera llamada de Lisandro, pero a esa le siguieron muchos más. Muchas en presencia de Mauro. No contestaba, claro. Pero el teléfono no dejaba de sonar. Fuimos a hablar con Juan María de inmediato, a denunciar la violación de la orden de alejamiento. La respuesta que obtuvimos no fue del todo satisfactoria: "Lo voy a llamar y le voy a recordar bien las restricciones que se le ordenan". 

En fin, o Juan María no se explicó bien o a Lisandro le importaba un bledo, porque las llamadas continuaron. Me inclinaba a pensar en la segunda opción, a Lisandro le importaba un bledo. A escondidas de Mauro, empecé a escuchar sus mensajes de voz. Se parecían mucho a los que dejó la primera vez que intenté dejarlo. Furioso al principio, angustiados un poco después y suplicantes al finalizar. "Somos una familia", "te extraño", "no soy el mismo sin vos", "me mato si no volvés a casa", "te amo, linda". ¿En serio? Parecía una broma pesada. 

Después de las llamadas, empezaron a llegar las flores. ¡Eso sí que parecía una broma! Mauro le gritó de todo a Juan María, pero la respuesta que obtuvimos fue todavía peor: "No es una amenaza, te está mandando flores". Cuando le recordamos que eso violaba la orden de alejamiento, ya que Lisandro tenía prohibido contactarse conmigo de la forma que fuera, contestó: "Ya voy a ver qué se puede hacer". 

Sí, la orden de alejamiento quedaba muy bonita en mi heladera, pero no servía para nada. 

¡Alejo! ¿Ya estás, hijo? ¡Vas a llegar tarde al jardín! —le grité, terminando de acomodar la vianda dentro de su mochila.

¡Ya voy! —gritó desde la pieza. Tenía que llevar un juguete y todavía no se decidía. 

—Bueno, ¡dale!

Tres golpes en la puerta del departamento me sobresaltaron. No esperaba a nadie. Nadie había tocado el timbre del portero. Los tres golpes insistieron y Alejo se asomó desde el pasillo. 

—¿Quién es? —preguntó, curioso.

—Shh —le indiqué silencio con el dedo y me acerqué a la puerta, precavida. 

—Lucrecia, abrí la puerta...

Me quedé helada al escuchar su voz. 

—Sé que estás ahí. Escuché a Alejo. Abrime la puerta, por favor. 

No podía creerlo. No podía creer que hubiera tenido el descaro de presentarse en mi casa. Furiosa, acorté los pasos hasta la puerta y la abrí de un tirón. 

—¿Qué hacés acá? —pregunté entre dientes. 

—¡Abuelaaaaaa!!! —Alejo corrió hacia ella, con rulos rebotando por todos lados, y Elena sonrió su sonrisa más perversa.





"Necesito refugiarme en mi propia protección... Para estar conmigo misma y reunir claridad" (Fergie - Big girls don't cry)

 

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