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sábado, 4 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 51

Capítulo 51: Frágiles los dos.




Miércoles, 4 de marzo de 2015.

—Ya está, Mauro. Ya está hecho. 

No me gustó la forma en que lo dijo. No me gustó para nada. La puerta de dónde sea que estuviéramos se abrió y un cansadísimo Juan María hizo su ingreso.

—Qué bueno que ya estás despierto —dijo, sosteniéndose de la puerta—. Necesito una ampliación de tu declaración, Mauro.

—Podés decir que no. No estás obligado a nada —susurró Lucrecia, capturando mi atención.

—Lucrecia... ¿En qué quedamos? —Juan María le envió una mirada claramente reprobatoria y sacudió la cabeza en negativo— Mauro, ¿podés hablar ahora? Quiero confirmar unos datos, nada más. Después, te podés ir. 

—¿Estás bien? —puse una mano sobre la mejilla de Lucrecia, tratando de que me dijera lo que no podía con palabras. Juan María obviamente temía que invalidara mi declaración. 

Asintió, con una sonrisa triste, y besó la palma de mi mano. No me gustó. No me gustó para nada lo que vi en ella. 

—Perdoname —dijo en voz baja. Entorné la mirada, confundido— ¿Te duele? —preguntó en obvia referencia al golpe de Gómez. 

—Estoy bien.

—Mauro... —insistió, Juan María. 

—Sí, ya voy —le contesté a él, pero no podía desprenderme de Lucrecia y su carita de muñeca. Era una muñeca triste. Muy, muy triste. Y me rompió el corazón—. Ya vuelvo.

Asintió, otra vez. Pero algo estaba mal. Todo estaba mal, en realidad... y su expresión lo empeoraba todo. Deslicé la mano por su mejilla mientras me incorporaba y su mano me siguió en el recorrido, como si no quisiera soltarme, o dejarme ir. 

—Ya vuelvo —le aseguré. Esta vez, no asintió. Se cruzó de brazos, dándose cobijo a sí misma, y dejó escapar un largo suspiro. 

—Mauro, vamos.

—Dije que ya voy —me apresuré hacia la puerta y esquivé a Juan María para poder pasar. 

Lucrecia no quería que fuera con Juan María, o que ampliara la declaración, el mensaje era claro. Y aunque negarme a un pedido suyo fuera una blasfemia, esta vez cometería el pecado. Haría lo que fuera necesario para salvar a mi Diosa. Confiaba plenamente en el criterio profesional de Juan María y cumpliría a rajatabla cada uno de sus pedidos.  

Lo seguí obedientemente hasta la oficina, un poco mareado y frotándome la nariz, pero lo suficientemente consciente como para contestar a sus preguntas. 

—¿Y Alejo? —pregunté, apenas cerró la puerta. 

—Con Luciano —estaba siendo demasiado escueto. 

Estaba agotado. Miré mi reloj y me sorprendió descubrir que la siesta a la que me había inducido Gómez se había extendido por unas tres horas, si no me fallaban los cálculos. He ahí la razón del cansancio de Juan María y de la tristeza infinita en Lucrecia. Tres horas en las que habían hablado del hijo de puta al que debería haber molido a palos aún estando en la fiscalía. Se había atrevido a insultar a Lucrecia en mi cara y se lo iba a hacer pagar. No sabía cuándo, pero lo iba a pagar. 

Juan María se acomodó en su asiento y sus hombros cayeron, como si estuviera desmoronándose. Se sacó los lentes, se aflojó la corbata mal hecha y sus ojos se perdieron en algún punto lejano. 

Me mantuve en silencio, esperando a que se recompusiera, adivinando que la historia de Lucrecia lo había pulverizado. Sabiendo que la historia de Lucrecia me pulverizaría quizás más que a él si alguna vez llegara a escucharla. Me mataría, seguramente.

—Tengo una hija de su edad... —dijo, apoyando un codo sobre el escritorio y tomándose la cabeza—. Unos meses más chica. Se llama María de los Ángeles. 

—No sabía.

—Sí... —inspiró profundo—. Tengo unas ganas terribles de ir a casa y darle un abrazo, Mauro. 

Sí. La historia de Lucrecia lo había pulverizado. Se estaba tomando este caso como un asunto personal, el hecho de que la comparara con su hija era prueba suficiente.

—Bueno, a ver... —se reacomodó en el asiento y volvió a ponerse los lentes, tomando un papel arrugado que temblaba en su mano. Lo apoyó sobre el escritorio y lo alisó con torpeza—. La declaración es contundente, pero con eso no me alcanza. Necesito pruebas. 

—Bien. ¿Qué necesitás? 

—Lucrecia me habló de las fotos.

—Sí —mi mandíbula se ajustó tanto que estaba seguro de que tendría un dolor de cabeza espantoso al finalizar la conversación—. En Nochebuena, Echagüe los llevó a cenar y después a una embarcación que tiene en El Tigre. Pasaron la noche ahí, los tres. Me quedé en el auto hasta la madrugaba, creo que hasta las cinco y media. Era obvio que no iban a volver a dormir a la casa, así que me pegué la vuelta. Lisandro me mandó la primera foto a las siete de la mañana. No pararon de llegar hasta las seis de la tarde. Son treinta y dos en total. Están guardadas en un pendrive. 

—¿Qué contienen? —preguntó. 

Sí, tendría un dolor de cabeza terrible al finalizar la conversación.

—Vi la primera, las otras no. Hoy mismo te las hago llegar. 

—¿Que contiene la primera?

—Por favor, Juan María. No me hagas decirlo. Te las mando y que un perito las revise. Son explícitas, te lo garantizo. 

—Mauro...

—¡Por favor! —me levanté de la silla, ya sin poder contenerme. Esa imagen me perseguía como un fantasma.

—Mauro, confirmá y listo. 

Le di la espalda, para ocultar mi propia desazón.

—Lucrecia de rodillas frente a un hombre, practicándole sexo oral. Es un primer plano de ella, no te puedo confirmar la identidad del hombre. Asumo que es... —me tragué el gusto amargo de tener que nombrarlo—. Supongo que es Echagüe. Las fotos fueron enviadas desde su celular y habían pasado la noche juntos —suspiré y regresé a la silla. Esto era solo el comienzo y ya estaba pulverizado.

—Entonces, podés facilitarme esas fotos. 

—Ya te dije que sí.

—Bien.

—"Bien" es una palabra que no aplica, Juan María. 

Alzó la mirada del papel, pero no hizo comentario alguno. Saqué el paquete de cigarrillos de mi bolsillo y me llevé uno a la boca. 

—Está prohibido fumar acá.

Alcé la mirada, pero no hice comentario alguno. Encendí el cigarrillo y vacié un portalápices para usar como cenicero. Él tampoco hizo comentario sobre eso. 

—Las fotos son una buena prueba. 

—Y la grabación que te dio Gómez. Amenazaba con matarnos a Lucrecia y a mí. A ella primero... sus palabras, no las mías. 

—La escuché completa. Te estaba reclamando por tener una aventura con su esposa, Mauro. 

—¿Eso le da derecho a amenazar con matarla? —pregunté, indignado. 

—Estoy contextualizando. 

—Contextualizá bien... El tipo es un psicópata. Una amenaza de esa naturaleza, viniendo de un tipo como él, tiene que ser tomada en serio. 

—Es una prueba más.

—Es una amenaza de muerte. ¿Estás confirmando datos? Confirmá eso.

—No me digas cómo hacer mi trabajo.

Le di una calada larga al cigarrillo y tiré la ceniza en el portalápices. Me estaba comportando como un perfecto idiota, pero no podía más con mi frustración. Juan María tampoco. 

—Según tu recuento de tareas, no me acuerdo en qué fecha... —murmuró cansado—. Recuerdo haber leído que la llevaste a una visita al ginecólogo. ¿Es así?

—Así es —apagué el cigarrillo con mis dedos y lo arrojé dentro del tacho de basura, sobre un cúmulo de pañuelos descartables que seguramente enjugaron sus lágrimas—. El Dr. Amaya —recordé a la perfección. 

—¿Cómo estaba ese día? —preguntó, entrelazando las manos sobre el escritorio. Eso también lo recordaba a la perfección. 

—Alterada —contesté, sin titubear—. Desde temprano. Dijo que no se sentía bien... 

—¿Te dijo por qué?

—Sí, había dormido toda cruzada, y le dolía to...

La angustia me estranguló tan de repente que pensé que moriría ahogado. Juan María me miró directo a los ojos, y esta vez, fue él quien confirmó el dato. El rapto de furia por poco me pone de rodillas. 

—Decime, Mauro. Contame qué pasó ese día. ¿Cómo la viste?

Sentí un sudor frío recorriéndome la espalda, un temblor sacudiéndome el alma. 

—¿La violó...? ¡Ese hijo de puta! —suspiré, con un dolor tan grande y una vergüenza tan espantosa que quería morir. En ese preciso instante—. Estaba en la casa, Juan María. Estaba en la casa cuando ese hijo de puta la violó, estando bajo mi cuidado. Soy un fracaso... ¡Un fracaso!

Sentí su mano en mi hombro, pero no traía consuelo alguno, no obraba su magia. Bajo mis propias narices... Recordé cada detalle. El beso que le dio al entrar a la cocina, el "buenos días" aséptico que me indicó que algo no estaba bien. Su carita de muñeca no mentía, me pedía ayuda a gritos y no supe interpretarla. El vómito en plena calle, una sensación de asco propia de alguien que es forzado a hacer algo que no quiere. La discusión junto a la pileta... Me quería morir. En su momento de mayor vulnerabilidad, la había dejado sola. Lucrecia me había pedido ayuda y yo la había enfrentado por celos. Era un egoísta. Una basura. 

—Mauro...

—Estaba alterada —contesté como un autómata, tratando de distanciarme de lo sucedido. Había cometido más de un pecado contra mi Diosa—. La llevé al ginecólogo y cuando volvíamos reaccionó desproporcionadamente, por una pavada. ¿Cómo no me di cuenta?

—¿Qué más? Esto es lo último y te vas, te lo prometo.

—Vomitó, estaba tan nerviosa y tan alterada que era imposible de contener. Se bajó del auto, corrió una media cuadra y traté de detenerla. Se puso como loca, me acusó de querer manejarle la vida y... se confundió. Me dijo "Lisandro". 

—Te reclamó a vos por lo que su marido había hecho, Mauro. Por que con vos podía hacerlo, pero con él no. 

—Me reclamó porque el tipo la violó y yo no hice nada —le clavé la mirada. 

Inspiró profundo, anotó en su papel de mierda, y regresó a su asiento. 

—No te mortifiques, Mauro... Voy a pedir una orden de restricción en este mismo momento. El juez Fonseca no nos va a hacer esperar, confío en él. Echagüe está hasta las pelotas. Nos sobran pruebas. Mandame las fotos y yo me ocupo de citar al médico, le voy a pedir a Lucrecia que me firme una autorización por escrito para revelar la historia clínica sin problemas.

—¿Eso es todo? —pregunté, reprimiendo las ganas de salir corriendo de la oficina para tirarme abajo del primer camión que pasara por la calle. 

—Por ahora, sí. 

Me levanté de la silla a duras penas. No tenía fuerzas para nada, ni siquiera para respirar. Sentía que me ahogaba. 

—Te pido que, apenas sepas, me confirmes dónde va a estar Lucrecia. Voy a mandar a alguien que la cubra mientras gestionamos la orden. 

—Te lo confirmo ya —me detuve junto a la puerta—. Lucrecia y Alejo se van a quedar conmigo. Ya sabés mi dirección.

Quería salir de ahí de una vez, pero...

—Mauro, pará —Juan María se levantó de su asiento y se acercó hasta mí—. Sé que esto es difícil para vos. Te vi sufrir por ella todos estos meses, así que lo sé. Pero quiero que pienses que la peor parte se la llevó Lucrecia... Culparte no sirve de nada, hay que estar entero. Lo más entero posible, para mirar hacia adelante. Lucrecia habló mucho conmigo hoy, muchísimo. No todo lo que me contó fue malo, Mauro. Que aparecieras en su vida, la salvó de muchas formas... sus palabras, no las mías. Te necesita. Lucrecia y Alejo te necesitan. Antes, no podía pedir ayuda en voz alta. Ahora, ¡mirá dónde estamos! Se animó a denunciarlo, Mauro. Contá las ganancias y aprendé a vivir con las pérdidas. Lo de hoy, es una ganancia. Aunque duela. Hay muchas mujeres que no la cuentan... Lucrecia está viva. No te olvides de eso. 

Asentí, porque era lo único que podía hacer, y salí de la oficina.



Como el cobarde que era, me escondí en el baño. 

No podía enfrentarla. No podía mirarla a la cara después de lo que había hecho. Era un fracaso. Estaba tan cegado por mi deseo que no la había visto siquiera. La codiciaba, la quería a mi lado más que nada en el mundo, y la blasfemia más grande fue no ver lo que estaba frente a mis ojos. Mi deber era cuidarla y fallé. Le fallé como hombre y me sentía una mierda. 

Paseaba por el baño, de un lado para el otro, sin destino. Sin consuelo. Trataba de seguir el consejo de Juan María y mostrarme entero, pero era imposible. Estaba deshecho, pulverizado. El peso de todos los meses en que la vi sufrir y no hice un carajo me aplastó hasta dejarme reducido a nada. Mil veces podría haberla salvado. ¿Cuántas cosas habían pasado sin que me diera cuenta? ¿Cuántos dolores había soportado en mi presencia?

Mi Lucrecia con carita de muñeca. Una muñeca rota por mi culpa. 

—Mauro...

Detuve el paseo al escuchar el eco de su voz rebotando en las paredes del baño, golpeándome con su dulzura. 

—Te estaba buscando —se cubrió los brazos con las manos, mirando a cualquier cosa menos a mí—. ¿Estás bien?

Me preguntaba si estaba bien. A mí, cuando era ella la que había vivido apresada en una pesadilla. La vi tan frágil, más frágil que nunca antes. No pude evitar imaginar a ese monstruo forzando a ese cuerpo al que yo amaba con cada fibra de mi ser, intentando quebrar ese espíritu que se imponía por su valentía, atreviéndose a humillarla de las maneras más perversas. Pero ella me preguntaba a mí si estaba bien... porque era una Diosa. Poderosa aún en su fragilidad más extrema. 

—¿Te duele? —preguntó en obvia referencia al golpe que Gómez me había dado. 

Ni siquiera me acordaba del golpe. Era la distancia la que me dolía. Su fragilidad. Y mi fracaso. 

Me dolió cada paso que di hasta llegar a su lado, cada lágrima que resbalaba por sus mejillas. Me arrodillé frente a ella, porque era mi Diosa, y abracé su cuerpo que era mi templo. Apoyé una mejilla sobre su vientre y sentí su mano piadosa sobre mi cabeza, su caricia cálida y bondadosa. Mis lágrimas se precipitaron sin que pudiera contenerlas. Me sentía tan frágil como ella. Éramos uno incluso en nuestra fragilidad.

—Sí... —contesté a destiempo—. Me duele mucho, mi amor. Perdoname, Lucrecia. Perdoname por no haberte visto. Por todas las veces en que no hice nada... Soy un fracaso. 

Quitó su mano de mi cabeza, como si un rayo le hubiera atravesado el cuerpo, y alcé la mirada. Para mi completa sorpresa, me dio un empujón en el hombro con nada de dulzura y todo de enojo. Sus ojos estaban encendidos... ardía. Lucrecia ardía. Y yo estaba congelado, sin saber cómo reaccionar. 

Se arrodilló frente a mí y me obligó a sostenerle la mirada con manos demandantes sobre mi cara. 

—Nunca, Mauro —dijo con firmeza—. Nunca más vuelvas a hablar así del hombre que amo, ¡te lo prohíbo! ¿Me escuchás? ¡No sos un fracaso! ¿Cómo podés decir que no me viste? —la demanda de sus manos se transformó en una caricia reconfortante— Te equivocás, mi amor. Siempre me viste. Necesitaba que alguien me mirara con amor, y vos lo hiciste... Que me hiciera sentir valorada. Vos me miraste así. No sos un fracaso, Mauro. Todo lo contrario... Vos me salvaste, de miles de formas.






"No quiero cerrar los ojos, ya no quiero quedarme dormido..." (Aerosmith - I don´t want to miss a thing)




3 comentarios:

  1. Leer con lágrimas en los ojos. Eso fue este capítulo

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  2. Hermoso espero todos los días el nuevo capitulo

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  3. Ufff qué duro éste capítulo, no pude evitar las lágrimas..

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