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sábado, 4 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 50

Capítulo 50: Al desnudo.
 



Miércoles, 4 de marzo de 2015.

—No me aguanté, mamá —se cubrió la boca con una mano y susurró en mi oído.

El temblor de su voz me aflojó las rodillas y no pude evitar que mis lágrimas resbalaran. ¿Cuánto más tendría que soportar mi bebé? ¿Cuánto más tendríamos que soportar? Lo abracé con fuerza, con un deseo egoísta de aferrarme a él, de anclarme de alguna forma. Era injusto recurrir a mi hijo en busca de consuelo, pero su dolor era el mío y su corazón latía dentro de mi pecho. Éramos uno. En las buenas y en las malas, y hoy más que nunca.

—No importa, mi amor —acomodé sus rulos y rocé su nariz con la mía.

Quería confortarlo. Y también distraerlo...

La puerta estaba cerrada, pero la voz de Mauro retumbaba por todo el pasillo. A duras penas contenía las ganas de salir de la oficina y acudir en su ayuda, pero mi prioridad estaba entre mis brazos, acurrucado en busca de la seguridad que sólo su mamá podía darle. Estaba asustado. Lisandro había dejado caer la máscara frente a él, y mi hijo había sido testigo por primera vez de la aterradora y perversa naturaleza del monstruo que habitaba en su padre.

El escándalo en el pasillo cesó repentinamente e intercambiamos miradas con el fiscal. El buen hombre interpretó mi silenciosa súplica y caminó hacia la puerta, abriéndola apenas para espiar por el resquicio.

—Aguarde un momento, por favor. Tome asiento.

El Dr. Muñoz desapareció tras la puerta y liberé a Alejo de mi abrazo, para explorar su carita.

—Ahora vamos a buscar algo para cambiarte, ¿sí? —ofrecí, con una sonrisa que esperaba lo tranquilizara.

Me senté frente al escritorio y acomodé a Alejo sobre mi falda. Las palabras de Lisandro acechaban mi pensamiento, repitiéndose en un eco que me asustaba cada vez más.

"Esto no se queda acá, Lucrecia".

Una amenaza a todas luces. No, no una amenaza. Una promesa. Lisandro no amenazaba, atacaba sin titubear, sin piedad alguna ni por mí ni por su hijo. Tendría que atravesar un infierno ardiente antes de ver la luz al final del túnel. "Esto no se queda acá, Lucrecia", era sólo el inicio. Sólo esperaba ser lo suficientemente fuerte para salir viva de todo esto. Mi "situación" había cambiado por completo, y me aterraba. Estaba exponiéndolo, y yo sabía perfectamente cuál era la consecuencia de hacerlo quedar mal en público. Mi cuerpo portaba cicatrices que me lo recordaban a diario.

El Dr. Muñoz regresó pocos minutos después, tirando de su descuidada barba y con un gesto de preocupación que me disparó las pulsaciones.

—¿Qué pasó? —pregunté, sin estar del todo segura de querer saber la respuesta.

—Un altercado —se sentó en su asiento, tenso—. Ya está controlado, no se preocupe.

—¿Mauro está bien?

—Va a estar bien.

—¿Eso significa que no está bien ahora?

—Está controlado, Sra. Echagüe. Usted no se preocupe.

—Me pide un imposible...

—Mire, usted y yo tenemos asuntos más importantes que tratar ahora. Comprendo su preocupación por Mauro, porque él se preocupa por usted de igual manera. Lo tengo prendido del cuello desde hace tres meses, Sra. Echagüe. No necesito más que sumar uno más uno para que la cuenta de perfecta... La relación entre ustedes no es profesional. Estoy seguro de que Mauro no experimentó el mismo apego por el resto de sus clientes. Pero no creo que quiera que empecemos a hablar de este asunto en presencia de su hijo, ¿o me equivoco?

El Dr. Muñoz era un hombre directo, no se andaba con rodeos. Aunque sus palabras me hicieron sentir incómoda, agradecí su intervención con un asentimiento. Estaba en lo cierto... no quería hablar de mi condición de esposa infiel frente a Alejo.

—Mauro está con Pablo Gómez, él lo va a mantener apartado de mi cuello por unas horas... Hasta que usted complete su declaración. Le ofrezco dos opciones —apoyó los codos sobre el escritorio—. Alejo puede quedar al cuidado de las chicas de administración hasta que terminemos acá. O su cuñado puede hacerlo.

Lucho. ¿Lucho estaba acá? Los ojos se me cargaron de lágrimas de pensar en cuánto daño le había hecho con mi desaparición. Con la desaparición de Alejo. No me lo perdonaría jamás. Estaba segura. 

—Está del otro lado de la puerta y sé que estaría encantado de ayudarnos. Mauro no es el único que estuvo prendido de mi cuello, Sra. Echagüe. Luciano es igual de persistente, pero más... civilizado, por decirlo de alguna manera. ¿Qué le parece?

Asentí, otra vez. Porque las palabras se me amontonaban en la garganta y no podía darles salida.

—De acuerdo —alzó su pesada figura del asiento y fue hasta la puerta, asomándose hacia el pasillo— Pasá, Luciano.

Deslicé a Alejo hasta el suelo, dejándolo sobre sus propios pies. Todo mi cuerpo temblaba y lo último que quería era ponerlo más nervioso de lo que ya estaba. Estaba a segundos de reencontrarse con su tío después de mucho tiempo. Y yo estaba por descubrir la extensión del dolor que había causado a las personas que amaba. Mauro en primer lugar, y Luciano...

Entró cabizbajo, con los hombros apesadumbrados y los pasos cansados. Sus ojos grises, tan parecidos a los de Lisandro, no me miraban, pero desnudaban una tristeza que me rompió el corazón. No esperaba verlo así, jamás. Y mucho menos por mi culpa. Ese Luciano no se parecía en nada al Lucho alegre y despreocupado que había dejado tres meses atrás.

Era mi culpa. Todo era mi culpa. Todo lo que tocaba se convertía en mierda.

—¡Tíoooo! —Alejo disparó a su encuentro, con bracitos alzados y expectantes. Lucho terminó de rodillas en el suelo, recibiendo a mi hijo en un abrazo que me tocó hasta la fibra más íntima. ¿Cómo podía haber hecho lo que hice? ¿Cómo privar a mi hijo del amor de su tío? O a su tío del amor de Alejo.

—Te extrañé mucho —Lucho sollozó sobre los rulos de Alejo, contenido, siempre tan considerado con mi hijo.

—Me hice pis —dijo Alejo, bajando la voz y mirando de reojos al Dr. Muñoz, que se mantenía atento pero apartado.

—No pasa nada. Yo me hice pis un motón de veces —Lucho sonrió una sonrisa triste y forzada, una que desapareció en el preciso instante que sus ojos se toparon con los míos.

Se puso de pie, con una mano en el hombro de su sobrino. Me temblaban las rodillas, los labios y la consciencia; y ni siquiera sabía qué decir. Así que, por primera vez en mucho tiempo, dejé de lado la razón y permití que fuera el instinto el que hablara por mí.

—Perdoname... —sentí las lágrimas precipitándose por mis mejillas y rogué a Dios que tuviera piedad de mí, porque no podía perder a Luciano. Era mi hermano.

—¿Alguna vez me tomaste en serio? —preguntó, entrecerrando los ojos.

—Lucho... perdoname, por favor —repetí, liberando un sollozo que me brotó del alma y explotó en un llanto desconsolado. Le había prometido a mi hijo que no lloraría nunca más, pero no era capaz de cumplir con ninguna de mis promesas.

—Luli... —como mis ojos estaban pegados al suelo, vi sus pasos cansados deteniéndose frente a mí, a una distancia íntima. Su mano en mi mejilla me obligó a bucear en la profundidad de su tristeza, a sostenerle la mirada—. Ya te lo dije, muchas veces, pero vos seguís sin tomarme en serio —dijo con tensa calma—. A ver si esta vez me escuchás. Nunca te vas a poder librar de mí, Luli. Siempre vamos a estar juntos, porque te considero mi única hermana, ¿entendés? La única. No me importa cuántas cagadas te mandes, ¡y esta fue una cagada enorme!, pero yo voy a estar siempre. No te pienso dejar sola en esta, pero vos tampoco me dejes sólo... Nunca más vuelvas a hacerme una cosa así.

No podía creer lo que oía, y a la vez sí. Porque Lucho era infinitamente generoso, mucho más que cualquiera. Quería decirle muchas cosas, quería decirle todo... pero no me salían las palabras.

—Bueno... ¿no me vas a abrazar? Te extrañé como un loco.

Asentí, la única respuesta que mi estresado cerebro parecía permitirme sin titubeos, y mis brazos serpentearon en su cintura. Apoyé mi mejilla sobre su pecho y conté sus latidos, los atesoré, a cada uno de ellos, y elevé una plegaria. De agradecimiento, esta vez. La vida me había quitado mucho, me había zamarreado bastante, pero también me regaló a Luciano.

—Te quiero, Lucho... un montón.

—Bueno, empezá a demostrarlo —pasó sus manos por mi espalda—. Contá conmigo, Luli.

—Lo voy a intentar —eso era lo único que podía darle, mi mejor intento. Él lo valía. Pero no quería romper ni una promesa más. Basta de mentiras para mí. Basta de máscaras—. Te voy a contar todo, Lucho.

—Sé que sí... pero ahora, ocupate de vos. Me voy a llevar a Alejo a casa, te prometo que Camila y yo lo vamos a cuidar.

—No dejes que Lisandro se acerque —le pedí, asustada.

—Con nosotros está seguro, no voy a permitir que se acerque. Vos tranquila —besó mi frente y asentí.

—¿Mauro está bien?

—Sí, de lujo. Gómez le aplicó un sedante para que se calmara, porque estaba un poquito nervioso. No te preocupes que va a dormir como un bebé por un rato largo —sonrió, acomodando mi pelo—. Me gusta el nuevo look.

Luego de que Lucho se llevara a Alejo, el Dr. Muñoz me permitió un momento a solas en el baño de su oficina. Y eso era todo lo que tenía permitido. Le rogué que me dejara ver a Mauro, aunque sólo fuera un par de minutos, pero se negó. Me informó que, hasta nuevo aviso, él era la única persona con quien tenía permitido hablar.

Me miré al espejo, sin máscaras esta vez, y me sorprendió la desazón en mi expresión. Tenía los ojos hinchados y rojos de tanta angustia, las ojeras marcadas y la tristeza brotando de cada poro. Estaba a punto de desnudar mi verdad frente a un desconocido, de exponer mis heridas para que las analizara en detalle, de dejar que mirara a la cara a la mujer sometida en la que me había convertido con el paso de los años.

Me sentía tan avergonzada, tan frágil que apenas podía sostenerme en pie. Pero también decidida.

Sabía que si quería ganar la batalla, tendría que deponer las armas, despojarme de la armadura. Por irónico que fuera eso. Para derrotar a Lisandro, tendría que mostrar mis puntos débiles. Desnudar mi vulnerabilidad. Soltar mi orgullo y abrazar mi realidad. Una tarea que se presagiaba difícil.

—¿Se siente mejor? —preguntó el Dr. Muñoz.

—No —contesté con absoluta sinceridad. Me senté frente a su escritorio y suspiré, agotada.

—Entiendo, Sra. Echagüe. Sé que hacerla pasar por esto, en este momento, es sumamente estresante. Pero también es necesario. Su versión de los hechos es primordial para determinar los pasos a seguir. Lo que sucedió fue muy grave y usted se puso a sí misma en una posición extremadamente delicada.

Asentí, por supuesto.

—Le voy a pedir que no se guarde nada —agregó, reclinándose en el asiento y estirando su corbata.

—¿Por dónde empiezo? —pregunté, obedientemente.

—Empecemos por el principio. ¿Cómo conoció a Lisandro Echagüe?

Inspiré profundo y solté el aire muy despacio.

—En septiembre del 2010. Unas amigas y yo fuimos a celebrar el inicio de la primavera con una salida al shopping...



No sé en qué momento sucedió, pero lo que comenzó como un interrogatorio, el mero relato de una colección de hechos, terminó por convertirse en una confesión a corazón abierto. Una confesión de mis verdades más ocultas, las que me aprisionaban el alma y me envenenaban la sangre.

El eje de mi confesión era mi retorcida relación con Lisandro. 

Le di detalles a Juan María. Todos los detalles que conservaba grabados a fuego en mi memoria. Los vomité a todos, uno a uno. Confesé cuán deslumbrada estaba al conocer a Lisandro, lo insignificante que me sentía a su lado. La devoción que la Nona, la mujer más importante de mi vida, tenía para con él. La convicción de que él era todo y yo no era nada. El éxtasis experimentado al saberlo interesado en mí, la plenitud de sentirme el centro mismo de su existencia. La sensación de deuda, la certeza de tener que darlo todo para ser merecedora de su cariño. Se lo di todo... Cedí todo. Mi carrera, mis amigos, mi tiempo, mi atención, mi corazón y mi cuerpo. Se lo di todo y me quedé sin nada. Me convertí en su títere, él movía los hilos y yo bailaba al son que él deseaba. Pero era un títere que, a menudo, tiraba de los hilos en un intento de liberación. Mi naturaleza se imponía al sometimiento del que era víctima e intentaba llevar un compás diferente al de mi marido. Él siempre me regresaba al sendero de la rectitud, de su rectitud, ajustando los hilos cada vez más. 

Le hablé de la soledad, del desamparo, del miedo que sentí luego del primer golpe. De la vergüenza y la humillación. De la indiferencia de mi Nona. De mi intento de deshacerme del hilo que sabía me amarraría a la voluntad de Lisandro de una vez y para siempre... mi intento de deshacerme de Alejo. De la culpa y el arrepentimiento. De la herida profunda que el rechazo de la Nona me provocó. 

Le conté de la soledad y el silencio que rodeaba mi existencia. De la rutina exacta y el miedo constante. De las palabras medidas y las emociones calladas. De cada humillación, cada insulto, cada golpe, cada cicatriz. De la pérdida de mi segundo embarazo. Del veneno y la impotencia. Del deseo de venganza. Del odio a Elena. Del oculto resentimiento hacia Santiago. De los efímeros chispazos de alegría junto a Lucho.
Le dije de Mauro... De la sorpresa de su llegada. Del temor a perder los últimos vestigios de mi ya muy limitada libertad. De las charlas con sus intomables mates amargos de por medio y de su risa explosiva. De cómo me hacía reír. Del debate interno. De la lucha entre la razón y el instinto. De mis fallidos intentos por mantenerme alejada de él y de la irresistible necesidad de sentirme amada. Bien amada. De la culpa por no poder darle todo. De su generosa aceptación de la "nada" que yo le daba. De la esperanza. De las ganas de estar viva. De sobrevivir. De darle a mi hijo una realidad menos dolorosa.

Tres horas después, el asiento de Juan María estaba vacío... porque ocupaba la silla junto a la mía. Mi pecho estaba abierto y desgarrado, vulnerable, exponiendo las cicatrices que no podían verse en la piel. Mis manos entre las suyas. Mis ojos tan hinchados que casi no podía ver nada. Su mirada consternada y su respetuoso silencio, apenas interrumpido por algún pedido de aclaración. Una hoja arrugada sobre el escritorio, en la que anotaba fechas aproximadas, nombres de posibles testigos. 

Le importaba. A Juan María le importaba todo lo que le decía. 

Así que se lo dije todo... Todo lo que había pasado en esa cocina. La premeditación con que lo había preparado, la sangre, la "casual" aparición del podador como una vía de escape (jamás rebelaría detalles de ese "podador").

—Pensé que iba a morir —arrojé otro pañuelo descartable al cesto de basura y Juan María me dio uno nuevo—. Que me mataba...

—Te defendiste, Lucrecia. Cualquiera en tu lugar hubiera hecho lo mismo.

—Tenía miedo, Juan. Mucho miedo... Estoy cansada de tener tanto miedo —suspiré, agotada de tanto hablar—. No me va a dejar en paz nunca. Me va a hacer pasar un calvario, lo conozco. No va a parar hasta destruirme. 

Juan María tomó mi mano y le dio un apretón de apoyo. 

—No te voy a mentir —me miró directo a los ojos, serio—. Eso va a pasar. Tu marido va a intentar acercarse, y tal como pensás, es seguro que te presione con Alejo. Va a jugar sucio, son todos iguales estos hijos de puta. Pero vos tenés algo que él no.

—¿Y qué es?

—A mí —dijo con absoluta convicción—. Este es mi caso, mi responsabilidad. Y, dadas las circunstancias, es necesario poner una carátula diferente a la que tenía pensada... Tu marido ya era sospechoso, Lucrecia. Lo que vos me estás dando, es una declaración completa de cuan culpable es. Él no te va a destruir a vos, yo lo voy a destruir a él. Pero voy a necesitar tu ayuda. 

—Te dije todo lo que sé.

—No me podés contar toda una vida en una charla, y no estoy capacitado para comprender la complejidad de lo que me estás dando. Tengo gente que se encarga de eso... peritos, ¿me comprendés? Por eso te voy a pedir que vengas muchas veces más.

—¿Qué peritos?

—Médicos, psicólogos, psiquiatras...

—No —me cubrí la cara con las manos y oculté otra nueva ronda de lágrimas—. No me hagas esto, por favor. 

—Lucrecia... —puso una mano sobre mi hombro—. Los casos se construyen en base a pruebas. Necesito comprobar tus dichos. Hacer las pericias correspondientes, llamar a testigos, lo que sea necesario. Las pericias son para Lisandro también, no te creas que él se va a quedar tranquilo en su casa mientras vos pasás por todo esto. Sé que es difícil, creeme que lo sé. Veo mujeres en tu situación a diario... Pero no te rindas. Tenemos que dar pelea. Yo voy a pelear por vos, pero nada puedo hacer sin tu ayuda. 

—Esto no se va a terminar más —me moría de miedo, otra vez. ¡Siempre el miedo!

—Sí, se va a terminar. Pero primero tenemos que empezar. Nos tenemos que mover ya. Tengo al primer testigo a metros de acá y no voy a dejar pasar la oportunidad.

—No... Mauro ya tuvo demasiado por hoy. 

—Tiene informes del día a día en tu casa, Lucrecia. ¡Eso es oro! Ni siquiera tengo que hacer un pedido formal para llamarlo a declarar, le pido una ampliación y listo. Confirmo algunos datos con él y puedo empezar a gestionar una orden de restricción con el juez, pero tengo que moverme ya.

Siempre el miedo, y la vergüenza. Vergüenza de que Mauro conociera detalles que no había querido darle antes. Estaba cansada de tener miedo. Tan, tan cansada.

—Necesito verlo... —luego de horas de exponer mis cicatrices, ansiaba el consuelo que sólo encontraba en su abrazo—. Por favor, Juan María. Aunque sea un minuto.

Me miró a los ojos, tomándose su tiempo para analizar mi pedido, y por fin asintió.

—Un minuto, Lucrecia. ¡Uno! Y solamente verlo, no quiero que hables con él. Podés invalidar su testimonio.

—Un minuto y no le hablo —asentí. Haría lo que fuera, pero necesitaba verlo.

—Y, para que vayas advertida, lo que le dio Gómez no fue precisamente un sedante, aunque tuvo el mismo efecto. Dejá que te explique...







"No te dejes ir, todos lloran... Y todos sufren alguna vez" (R.E.M - Everybody hurts)


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