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jueves, 2 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 49

Capítulo 49: El perro guardián.




Miércoles, 4 de marzo de 2015.

No miré por el espejo retrovisor ni una sola vez, ni siquiera por precaución; me obligué a mantener los ojos en la ruta. No podía mirar atrás. La había dejado sola, otra vez, y las ganas de dar la vuelta y regresar a buscarla eran cada vez más difíciles de contener. Pero lo hice, porque Lucrecia me lo había pedido; y negarme a un pedido suyo era una blasfemia. 

Llegué en tiempo record, habiendo sorteado exitosamente los controles de rutina, que de madrugada solían ser escasos… por no decir nulos. Estacioné frente a la dirección que el "amigo" de Lucrecia (nótese el sarcasmo) había enviado a mi celular y miré mi reloj. Si todo marchaba según lo planeado, mi Diosa y el enano deberían estar por llegar. Rogaba que así fuera. 

Cargué el "equipaje" de Lucrecia, que no pesaba tanto como esperaba, y aprovechando la salida de un tipo descuidado, interpuse mi pie en la puerta y entré. Tenía que ser un trámite, dejar el paquete en el departamento de Camilo y correr a casa, atento a la llamada que Lucrecia haría al llegar al la fiscalía.

Toqué el timbre del departamento contiguo al de Camilo y aguardé con impaciencia. 

—¿Sí? —preguntó una voz del otro lado de la puerta. 

—Soy Mauro... Camilo me pidió que le trajera algo. ¿Sos Ana Laura? 

—Sí. Camilo llamó para avisar que venías —abrió la puerta solo lo suficiente para pasar las llaves por el resquicio. Una chica tímida, aparentemente. O paranoica—. Estas son las llaves.

—Gracias —las recibí y fui hacia la próxima puerta. 

—Tené cuidado —advirtió, de repente—. Que no se escape Penélope. 

—¿Quién es Penélope? —pregunté, alarmado.

—La gata... 

Detuve la llave a centímetros de la cerradura. ¿Un…? ¡¿Una gata?! ¡¿Traicionera y con garras afiladas?! Ahora, odiaba al "amigo" de Lucrecia todavía más. ¡¿Quién en su sano juicio tendría un animal así?! 

—No te preocupes, no la voy a dejar salir —me concentré en encajar la llave en la cerradura, y una vez adentro, me cubrí con el bolso (por las dudas). 

El departamento de Camilo era un desastre. Había montones de ropa apilados en los rincones, una fina capa de polvo cubriéndolo todo y una gata escondida quién sabe dónde, lista para saltarme al cuello. Si arrojara el bolso en medio del living nadie lo notaría entre tamaño desastre. ¿Cómo podía vivir en esas condiciones? Exploré un poco y encontré una especie de armario, un depósito de "cosas varias".

—Si fuera mi casa, este es el lugar donde guardaría un bolso... —le hice un espacio en el estante más alto y lo embutí con un empujón—.Ya está. Y sin gato a la vista.

Estaba listo para salir triunfal del chiquero de Camilo cuando la vibración sostenida del celular en mi bolsillo, me detuvo en mi lugar. Es muy temprano, pensé de inmediato. Lucrecia llevaba una velocidad de tortuga al volante, no era posible que hubiera llegado. No podía ser ella. Con el pulso agitado, saqué el aparato y vi el número en la pantalla. 

—Lucho... —contesté la llamada. 

—¿Te enteraste? —preguntó. Su voz sonanado demasiado dubitativa para mi gusto—. ¿Mauro? ¿Mauro, me estás escuchando? —Lucho insistió y yo caminé hasta el sillón de Camilo, sentándome entre dos montones de ropa. No podía recibir la noticia de pie.

—¿Qué pasó, Lucho? —sabía la respuesta, pero necesitaba escucharla. 

—Los encontraron, Mauro. Están bien... los dos —dijo con voz desafectada, casi en shock—. No entiendo nada, pero parece que los pararon en el peaje de General Conesa. Yo... no lo puedo creer...

Yo tampoco podía. Había tenido esperanzas, esperanzas de que llegara por sus propios medios y sin que nadie la esperara. Pero mis esperanzas se vinieron a pique en un nanosegundo. Ya no habría factor sorpresa. La estarían esperando. ¡Lisandro la estaría esperando! Apreté un puño por puro reflejo y ese animal del demonio, que había aparecido sin que lo notara, ronroneó antes de pasar una lengua áspera por mis nudillos. 

No me asustada. Ya no.

El único demonio que me asustaba era Lisandro Echagüe. 

—¿Cómo pudo hacer una cosa así? No lo entiendo... ¿Cómo no se comunicó para que supiéramos que estaba viva? —continuaba Luciano— Mauro... ¡Mauro!

—Te estoy escuchando, Lucho —contesté, tratando de hilar algún pensamiento coherente—. Tenemos que llegar a la fiscalía antes que tu hermano. En diez minutos, estoy en la puerta de tu departamento. Esperame abajo —me levanté del sillón y salí del departamento— ¿Entendiste? —cerré con llave.

—Sí, entendí... Lo que no entiendo es que hacés acá cuando dijiste que te ibas a tomar unos días de vacaciones. 

Detuve la mano a centímetros de tocar la puerta de Ana Laura y cerré los ojos con fuerza. ¡Otra cagada más!

—¿Qué me estás ocultando, Mauro? —su tono, totalmente acusador.

—Ahora no, Lucho —contesté, derrotado—. Te paso a buscar en diez minutos y charlamos tranquilos. Lucrecia y Alejo nos necesitan.



Los primeros cinco minutos dentro de mi auto estuvieron cargados de un silencio ensordecedor. Lucho estaba tan tenso que temí por mi seguridad; iba con los brazos cruzados y la mirada fija en el parabrisas, respirando excesivamente fuerte. En resumidas cuentas, estaba furioso. Y tenía toda la razón. 

—¿Por qué a vos? —preguntó, sin dirigirme la mirada. 

—No entiendo... —intenté evadirlo. 

—¿Por qué te lo dijo a vos, Mauro? —gruñó entre dientes. 

Hubiera preferido que siguiera mirando al frente, porque sus ojos estaban encendidos, incluso heridos. Y debo admitir que me dolió verlo tan enojado; después de pasar tantas tormentas juntos en los últimos meses, consideraba a Lucho como un amigo, casi un hermano. Diego no me entendía, pero Lucho sí. No sólo me entendía, luchaba codo a codo conmigo. Éramos compañeros de armas. Los dos teníamos el mismo dolor. Lo que me convertía en un traidor y un mal amigo, por haberle ocultado la verdad... Le sobraban motivos para estar enojado. 

—Porque te quiere mucho —contesté con absoluta honestidad—. Sos un hermano para ella y lo sabés. 

—¡Sí, ya veo! —ironizó— ¡Creí que estaba buscando dos cadáveres, Mauro! ¡El de ella y el de mi sobrino! ¿Así es como me quiere? 

—Te estaba cuidando, Lucho. A vos y a Camila. No quería involucrar a nadie...

—¡Pero a vos sí! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué a vos?! 

—Lucho... —puse una mano sobre su hombro y ejercí presión. Una mano en el hombro obraba milagros—. Perdoname, tenés razón. Todavía hay cosas que no entiendo y preguntas que solamente Lucrecia puede contestar. Lo que te pido es que apartemos esto y nos enfoquemos en el asunto que tenemos entre manos... 

—¡No sé qué asunto tenemos entre manos! ¡Ese es precisamente el problema!

Bueno, al parecer, la mano en el hombro no funcionaba en todos los casos. Era mejor soltar la bomba de una vez y aguantarse las esquirlas.

—Lucrecia va a denunciar a tu hermano —lo miré de reojos, midiendo su reacción. Abrió los ojos y su boca colgó un poco, sorprendido—. Ya sabés lo que va a pasar si Lisandro llega a la fiscalía antes que nosotros. Te necesito ahí, Lucho. 

Y ahí, en la fiscalía, ya era una locura. Una horda de periodistas se amuchaba en la entrada, así que opté por seguir avanzando y usar la cochera. Me dejarían pasar, había visitado a Juan María en muchas ocasiones. La mía era una cara conocida. 

—¿Lo va a denunciar? —preguntó incrédulo. Asentí, porque para mí también era difícil de creer— Lisandro se va a volver loco. Se va a querer llevar a Alejo, lo conozco como si fuera mi hermano —añadió, pálido como un papel. 

—No se va a llevar a nadie. No si yo se lo impido —presioné las manos sobre el volante. El guardia de la cochera ni siquiera lo dudó, levantó la barrera y nos dejó pasar—. No se va a acercar a Lucrecia. 

—Tarde... —susurró Lucho—. Llegamos tarde, Mauro.

Justo frente a nosotros, en un espacio designado sólo para personal, el auto de Lisandro auguraba problemas. 



Sentía que las piernas no me llevaban lo suficientemente rápido; así que, a pesar de la advertencia de "alto" del guardia de la entrada, corrí por los laberínticos pasillos. Corrí como nunca. Corrí como cuando quería ganarle a Lucrecia; solo que esta vez, quería ganarle a Lisandro. 

Lucho, que era un verdadero compañero de armas, se atravesó frente al guardia y le impidió el paso. No lo detendría por mucho tiempo, pero sí lo suficiente para que llegara hasta la oficina de Juan María, donde sabía que lo encontraría. Porque ahí tenían a Lucrecia y a Alejo. 

Metros. Nada más que algunos metros me separaban de ella. 

A un pasillo de alcanzar la meta, una mano pesada salió de la nada y me tomó del cuello.

—¡¿Qué hacés, querido?! —el impulso de la corrida combinado con la fuerza que imprimió a su mano, me depositaron con poca cortesía sobre la pared. Gómez presionó su antebrazo sobre mi cuello y me impidió el escape— ¡Basta, Mauro! —me golpeó la mejilla con una palma pesada, pero yo estaba ciego. Sólo tenía ojos para la puerta entreabierta de la oficina de Juan María, justo al final del pasillo. 

Gritaba. Juan María gritaba. 

—¡Salga de la oficina ya o lo hago sacar a patadas! —su voz retumbó como un trueno. Tomé el brazo de Gómez, pero el muy desgraciado tenía una fuerza impensada para un hombre de su edad. 

—¡Mauro, no seas boludo! —presionó— ¿Querés que te metan en cana? ¿Eh? ¡Estás en una fiscalía! ¡Enfocate o te enfoco de un sopapo, ¿me escuchás?!

No. No podía enfocarme. Solamente estaba enfocado en ella. 

—Quiero el divorcio —dijo, conservando imperturbable su vocecita de ángel.  El eco de su determinación viajó por el pasillo y me golpeó directo en la cara, dejándome fuera de juego. Si Gómez no me estuviera sosteniendo, seguramente hubiera acabado de rodillas.

Al escucharla tan entera, tan plantada sobre su altar, me rendí. Dejé de luchar contra el potente brazo de mi jefe.

—Quedate quieto, pibe —un último empujón de advertencia me mantuvo entre la espada y la pared. La espada era Gómez. Siempre ahí. Otro compañero de armas. 

Pero el peligro no había pasado. Apenas eran los primeros destellos de una tormenta que se presagiaba sombría.

Todo mi cuerpo se tensó al verlo salir de la oficina, cerrando la puerta tras de sí. Caminaba con ese aire arrogante que lo caracterizaba, pero yo lo conocía lo suficiente. Sabía que era nada más que una máscara. Nada más que un artilugio para ocultar cuan patético era en realidad. Estaba haciendo un esfuerzo por mostrarse entero, pero su actuación era poco convincente. 

Sin necesitar de mi ayuda, o la de nadie, Lucrecia lo había derrotado. Ella sola. Porque era una Diosa.

Lisandro alzó la cabeza del suelo y me traspasó con una mirada letal, sus puños estaban apretados. Sus puños... que se habían atrevido a lastimar a Lucrecia. 

—Quieto —dijo Gómez en voz baja, su mano se cerró sobre mi remera y volvió a empujarme sobre la pared—. Pensá en la piba. Después, yo mismo te ayudo a cagarlo a palos... Ahora, quieto ahí.

Lisandro se acercaba con una media sonrisa que quería borrarle de una patada en los dientes. 

—Gómez, qué sorpresa encontrarlo por acá —dijo a la pasada, sin sacarme los ojos de encima—. Mauro... de vos ya no me sorprende nada. 

—Siga caminando, Echagüe. O lo suelto —le advirtió Gómez— Y creame, a usted no le conviene que lo suelte. 

—Sí, imagino que no —se detuvo frente a nosotros, como una mano en el bolsillo, como si estuviera de paseo—. Me olvidaba de que sos el perro guardián de mi esposa, Mauro. Uno no tan bueno, aparentemente... Porque no la vas a poder proteger —me miró de arriba abajo—. A mí nunca me gustaron los perros. Tienen malas costumbres y me dan alergia. Las perras, mucho menos… me dan asco.

Vi todo negro. 

—¡Te voy a matar, hijo de puta!!! —traté de liberarme de la presa de Gómez, pero de la nada, dos pares de brazos más acudieron en su ayuda— ¡Te voy a hacer mierda, ¡¿me escuchás?!

—¡Mauro, callate! —Gómez detuvo mi brazo. 

—Tome nota, oficial. Este hombre me está amenazando —dijo con absoluta tranquilidad.

¡Cagón!! —grité, mientras se alejaba como el cobarde que era— ¡Sos un cagón!!! 

—Mauro, cortala. ¡Basta! ¡Se acabó!

Pero no, para mí nada se había acabado. Traté de sacármelos de encima...

—Te dije que te quedaras quieto —lo último que vi fue el puño de Gómez precipitándose sobre mi cara.



Sentía el calor de su mano sobre mi hombro, su caricia que reconocería entre miles. Porque era única. Cálida y dulce. Su aroma a vainilla y coco rodeándome como si fuera un capullo del que no quería salir nunca más. La perfecta suavidad de su regazo bajo mi mejilla. Era un sueño del que no quería despertar jamás. La rodeé con los brazos y me hundí todavía más en el calor que emanaba de su cuerpo.

Pero cantaba... cantaba en voz baja, y desafinaba tanto que era como escuchar el ruido de uñas sobre un pizarrón, o varias uñas sobre varios pizarrones en un salón con una acústica increíble.

Abrí los ojos y el dolor me obligó a cerrarlos otra vez.

—Shh... —su boca me acarició el oído—. Descansá, Mauro —suspiró.

Todo regresó a mí como un tsunami. Abrí los ojos y me senté en... ¿dónde estaba? Una camilla o algo así. No me importaba en lo más mínimo mi ubicación. Me importaba ella. Yo no era el centro de su mundo, pero Lucrecia era el centro del mío.

Busqué su carita de muñeca y me asustó lo que encontré en ella. Ojos rojos e hinchados, seguramente luego de muchas lágrimas derramadas, y una sonrisa tan triste que me rompió el corazón. Acaricié sus mejillas y traté de confortarla con un beso, aún sabiendo que no serviría de nada.

—Estoy bien —puso una mano sobre mi pecho—. Es... —buscó la palabra por un segundo— difícil.

—Por supuesto que sí... —tomé sus manos entre las mías y las besé. Siempre sería su fervoroso devoto—. ¿Qué pasó?

Lucrecia bajó la mirada y acarició el borde de su vestido, se veía agotaba, privada de fuerzas.

—Ya está, Mauro. Ya está hecho —contestó. 

No me gustó la forma en que lo dijo. No me gustó para nada. La puerta de dónde sea que estuviéramos se abrió y un cansadísimo Juan María hizo su ingreso.

—Qué bueno que ya estás despierto —dijo, sosteniéndose de la puerta—. Necesito una ampliación de tu declaración, Mauro.





"Las luces te guiarán a casa y encenderán tus huesos... y yo trataré de arreglarte"  (Coldplay - Fix you)


 

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