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miércoles, 1 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 48

Capítulo 48: Acorralado/o



Miércoles, 4 de marzo de 2015.

Alejo cantaba a viva voz, meciendo los rulos y moviendo sus pies de un lado al otro al ritmo de Topa. Yo solía acompañarlo siempre, me sabía todas las canciones; y éramos un dueto lamentable. Pero, esa mañana, mi boca permanecía cerrada y mis ojos fijos en el camino. No podía cantar, apenas podía respirar, creo que ni siquiera pestañeaba. Me sentía como una polilla atraída por la luz; iba hacia una muerte segura, pero seguía batiendo las alas con desesperación.

Me concentraba no sólo en controlar mis maniobras y no chocar, sino en que nadie nos estuviera siguiendo; tarea por demás complicada, puesto que había muchos autos detrás de nosotros. Además, mi visión no era del todo buena; tres años atrás, mi ojo izquierdo chocó "accidentalmente" con el borde de una alacena de la cocina y jamás volvió a ser el mismo.  

Con cada kilómetro que avanzaba, mi estómago se retorcía más y más. El peaje no tardaría en aparecer al frente, y sería un momento clave. Solía haber policías apostados a la entrada y a la salida, haciendo controles de rutina, sobre todo en esta época del año. En nuestro viaje hacia Lucila del Mar, no había tenido miedo alguno. Pero ahora, en nuestro viaje de vuelta, el panorama era diferente. 

Estaban buscando la camioneta. 

Mi ojo derecho fue el primero en divisar los conos naranja, indicando el primer control. Mi corazón fue víctima de una repentina taquicardia, pero mi rostro no demostraba signo alguno de estrés. O eso esperaba. Puse las balizas y bajé la velocidad antes de colocarme unos lentes oscuros, que de nada servirían si me detenían. 

Presionaba el volante con tanta fuerza que me dolían los dedos. 

Dos patrulleros estaban estacionados sobre la banquina. Pasé despacio, como correspondía en estos casos, pero los tres policías estaban demasiado ocupados, apoyados sobre el vehículo e intercambiando carcajadas mientras miraban la pantalla de un celular. 

La tensión de mis hombros disminuyó un poco cuando pasamos el primer control, pero aún nos aguardaba un largo camino por delante. 

Esperamos por nuestro turno para pagar.

—Buenos días —saludé a la mujer dentro de la caseta. 

No me contestó, ni siquiera me miró. ¡Gracias a Dios! Puse sobre su mano extendida el billete que ya tenía preparado y aguardé por el cambio. 

—Adiós —me despedí. Tampoco me contestó. 

A la salida del peaje, tal como esperaba, estaba el segundo control. Repetí todo el proceso. A bajísima velocidad, y con las balizas puestas, batí las alas hacia la luz, directo hacia una muerte segura. En este control, estaban deteniendo a los vehículos. Había dos conductores enojados por la espera, con sus autos detenidos por quién sabe qué cosa, y dos de los tres policías estaban ocupados con ellos. El tercer policía estaba de pie en medio del camino. 

Al acercarme, tragué saliva con dificultad y ensayé una pequeña sonrisa en su dirección. A la distancia, el oficial me estudió con detenimiento. Estoy perdida, pensé de inmediato. 

Para mi sorpresa y alivio, luego de una cuidadosa inspección (a la distancia), el oficial me hizo una seña con la mano para que siguiera avanzando. Solté tanto aire y presión de mi pecho que por poco me desinflo. 

Quité las balizas pero ajusté el espejo retrovisor, todavía inquieta. El oficial había detenido al auto que venía detrás de mí, pero no estaba hablando con el conductor, su mirada seguía pegada a mi camioneta. Cuando lo vi caminar hacia la banquina, hasta sus compañeros, supe que esta parte del camino había llegado a su fin. 

—Hijo... —acaricié su oreja, con una sonrisa. 

—¿Qué? —preguntó, entrecerrando los ojitos para evitar que la luz del sol lo encandilara. 

—Vamos a cambiar de vehículo, porque esta camioneta está muy vieja. Los policías nos van a llevar a partir de ahora, ¿sabés? 

—Bueno —sonrió. 

Vi las luces del patrullero antes de oír las sirenas, y con fingida tranquilidad, puse las balizas una última vez y me detuve en la banquina. Me quedé sentada, a la espera de los oficiales, mientras Alejo seguía canturreando, ajeno a lo que sucedía a su alrededor. Por el espejo retrovisor, los vi caminar hacia la camioneta. 

Bajé la ventanilla y aguardé. 

—Buenos días, señorita —uno de ellos se asomó.

—Buenos días —me quité los lentes y los colgué de mi vestido—. Digame…

—Necesito su licencia de conducir y la tarjeta verde del vehículo, por favor. 

—No tengo licencia —contesté, con absoluta sinceridad. Jamás había hecho el trámite. Lisandro no lo hubiera permitido. 

—¿Perdón?

—No tengo licencia —repetí. 

El oficial me miró a los ojos, confundido. 

—Está prohibido conducir sin licencia.

—Ya sé —lo miré suplicante—. Fue una emergencia. Tenía que irme de mi casa.

—No puedo permitir que siga circulando, señorita. Emergencia o no emergencia. Permítame la tarjeta verde.

—Tampoco tengo.

Su confusión aumentó todavía más. Desvió la mirada de mí y la dirigió a Alejo, que seguía cantando y moviendo los pies de un lado al otro. 

—Señorita, este vehículo tiene un pedido de captura. Fue reportado como robado. Voy a tener que pedirle que descienda del vehículo, por favor. El nene también. 

—Hubiera empezado por ahí... —mastiqué entre dientes. 

Con el corazón a punto de salir eyectado de mi pecho, desabroché el cinturón de Alejo y lo cargué en mis brazos. Bajamos de la camioneta y nos alejamos hacia la parte trasera del vehículo.  

—Permitame su documento de identidad —pidió, ya no tan amable como al principio. 

—Está en mi cartera, en la camioneta. 

Con cara de poquísimos amigos, el tipo se dio media vuelta y metió la mitad del cuerpo dentro del vehículo para alcanzar mi cartera. Sin detenerse en cortesía alguna, hurgó dentro y sacó mi billetera. 

—¿Acá? —preguntó, agitando la billetera. 

Asentí con la cabeza y apreté a Alejo un poco más. 

—¿Qué pasa, mami? —preguntó, asustado.

—Nada, mi amor. Ya te dije —susurré en su oído—, estos señores nos van a llevar el resto del camino. 

—No me gustan —puso una mano sobre mi oído, para cubrir su secreto. 

Va a estar todo bien. Ya vas a ver —sonreí y besé su mejilla. 

El oficial sacó mi cédula y se quedó paralizado, creo que hasta empalideció. Confundido, acercó la cédula a su cara para una segunda inspección. 

—¿Usted es Lucrecia Echagüe? —preguntó, con la boca ligeramente abierta.  

—Lucrecia Ayala. Sí, de Echagüe —por ahora, agregué para mí misma.

—La están buscando. ¡A usted y a su hijo! —me explicó, como si yo tuviera cinco años. 

—Ya se lo dije, oficial. Fue una emergencia —reposicioné a Alejo sobre mi cadera; estaba pesadísimo—. Me tuve que ir de mi casa porque mi marido trató de matarme.

Alejo me miró raro... el policía, otro tanto. 

Saliendo de su estupor, dejó la cartera en la camioneta y caminó directo hacia mí. Permaneció en silencio por unos segundos, atónito, y su mirada me recordó mucho a la del taxista que me llevó a casa de la Nona luego aquel primer "incidente" con Lisandro. 

—Necesito ayuda —le pedí en voz baja. 

—¡Daniel! —gritó sin quitarme los ojos de encima, en referencia a su compañero— Andá a levantar los conos que ya nos vamos. La señora necesita ayuda.



Por compasión a mi hijo, pedí que no se hablara del tema dentro del patrullero. Ya era demasiado para Alejo. Sería demasiado para Alejo. No habíamos llegado a destino y todavía nos quedaba un largo camino por delante, y lo recorreríamos juntos. Daría mi mayor esfuerzo para que llegara sano y salvo a la vida que se merecía, lo haría todo por él. 

Afortunadamente, no toda la gente era mala. Mi desconfianza a menudo me llevaba a salir corriendo ante la aparición de desconocidos, todos me representaban una posible amenaza. Pero estos oficiales eran la excepción, y me animé a pensar que podría haber otras excepciones. Como Juan María Muñoz, por ejemplo. Mi instinto me empujaba a huir de él, pero Mauro confiaba en él, y yo confiaba en Mauro, así que me animaría a confiar en Juan María. 

Mauro... me preguntaba si había sorteado los controles. Ya ni siquiera me importaba mi "equipaje", sólo lo quería fuera de mi pesadilla personal.

—Ay, no... —protegí a Alejo con mi cuerpo, porque toda la entrada de la fiscalía estaba copada por periodistas. 

—¡La puta madre! ¿Cómo se enteran? —dijo uno de los oficiales.

—No frenes, seguí derecho. Vamos a entrar por la cochera —sugirió el oficial con mirada de "taxista"—. No se preocupe, señora. Por allá atrás no dejan pasar a nadie, va a estar todo bien. La prensa a veces se engancha a la señal de la radio, alguno debe haber escuchado de su aparición. 

Intentaba no estar preocupada, pero era imposible. Si la prensa lo sabía, Lisandro lo sabía. Y puede que no dejaran entrar a nadie por la puerta de atrás, pero Lisandro no era "nadie". No había puertas cerradas para él, mucho menos si Fusco lo respaldaba.

Al bajar del auto, en la semioscuridad de la cochera, ya nos esperaban dos personas. Antes de seguirlos, según sus indicaciones, me di la vuelta y busqué al policía "taxista". 

—Muchas gracias, no me voy a olvidar nunca de usted. 

—Para lo que necesite, señora. No tiene nada que agradecer. Cuidese usted y cuide al nene —agregó solemne. 

—El fiscal Muñoz la espera —me recordaron, tomándome del codo para guiarme. 

Luego de una última sonrisa de agradecimiento, sujeté mejor a Alejo y comenzamos a caminar por los pasillos del edificio. Todo el mundo detuvo lo que hacía para curiosear, el murmullo propio de una jornada laboral cesó de repente y el silencio fue implacable. Estaba en el centro de la escena una vez más, sin saber mis líneas y con un público expectante. Me sentía intimidada pero interpreté mi papel. Fingí una entereza que no tenía. 

Uno de mis acompañantes abrió la puerta de una oficina y me indicó que pasara. 

—El Fiscal Muñoz está con unas llamadas importantes, referidas a su caso. Apenas se desocupe, viene para acá. ¿Puedo ofrecerle algo? ¿Su hijo ya desayunó? Puedo traerles lo que quieran... —sugirió amablemente. Todos eran muy amables. No sé qué era lo que esperaba, pero me estaba sorprendiendo por el apoyo que encontraba, por pequeño que fuera.

—Se lo agradecía mucho. Mi hijo no desayunó —me senté en una silla frente al escritorio y acomodé a Alejo sobre mi regazo.

—Ningún problema, enseguida mando el desayuno. Para los dos.

—Muchas gracias —antes de que se fuera, lo detuve—. Perdón, pero no me devolvieron mi cartera y mi celular está ahí. ¿Podría recuperarlo? Tengo que hacer una llamada. 

—Veré qué puedo hacer —asintió, dejándome en claro que no vería mi celular en mucho tiempo. Mi celular, que no era mi Nokia1100, obviamente. Era el celular que había permanecido apagado y sin chip durante los últimos tres meses.



Cuarenta minutos después, seguíamos esperando. Los restos del desayuno estaban sobre el escritorio, rodeados de un desparramo de papeles tan grande que daba miedo. Toda la oficina era un desastre, en realidad. Hacia dónde quiera que mirara, había algo tirado. Confieso que me dieron ganas de ponerme a ordenar, solamente para hacer algo. La espera estaba consumiéndose lo último que me quedaba de cordura.

—Mami, quiero hacer pis —puchereó Alejo. 

—¿Podés aguantar un ratito? 

—No, tengo que ir... —me advirtió, con los labios apretados. 

—Bueno... —haría lo que fuera por él, incluso aventurarme a salir de la oficina del fiscal sin autorización. ¡Era una criatura! ¿Por qué nadie se compadecía de nosotros? ¿Qué era esta espera? ¿Una tortura?— Vamos, mi amor. Yo te llevo. 

Lo dejé sobre sus pies y juntó las rodillas. Ya no aguantaba más. Me sentí la peor madre del planeta. 

—Si no encontramos un baño, les regamos una maceta —sonreí. Alejo también. Lo tomé de la mano y caminamos hacia la puerta. 

Pero no tuve que abrirla. Lisandro lo hizo.

—Linda... —cerró la puerta tan rápido como la había abierto—. Linda, no lo puedo creer. Sos vos.

Di un paso para alejarme y puse a Alejo detrás de mí; él se prendió a mis rodillas con ambas manos, tembloroso. Mi hijo estaba asustado. No se lo perdonaría jamás. 

Lisandro me observaba de pies a cabeza, como si fuera un extraterrestre bajo examen. Lo vi detenerse en la longitud de mi vestido y mi cuerpo se sintió incómodo, el miedo era un reflejo en mí. 

Él me observaba, pero yo también a él. 

Parecía que los últimos tres meses habían sido pésimos para Lisandro. Había perdido unos cuantos kilos y lucía descuidado, hacía días que no se afeitaba, y daba justo la impresión que quería dar. La de un marido desesperado. Su rol, su papel, interpretado a la perfección para que todos cayeran en su pegajosa red. "Parecía" que los últimos tres meses habían sido pésimos para Lisandro, pero yo ya no me tragaba sus mentiras. Ya había visto estaba película muchas veces, y su actuación me resultaba patética. 

—No puedo creer que seas vos, mi amor... —se acercó los mismos pasos que yo retrocedí.

—No te acerques, Lisandro —le advertí, con voz temblorosa. 

Me miró como si no me reconociera, y era probable que no lo hiciera. No estaba acostumbrado a escuchar un "no" de mi parte. 

—No podés estar acá —agregué, poniendo una mano sobre el brazo de Alejo, para que supiera que lo estaba cubriendo. 

—¿Qué dijiste? —se acercó un paso más y Alejo chocó contra una de las sillas.

—Eso... —empujé a Alejo hasta dejarlo cerca del escritorio, esperando que se escondiera. Pero Lisandro no estaba prestándole atención, sólo tenía ojos para su presa—. Andate, Lisandro. No podés estar acá. 

—¿Qué no puedo estar acá? Soy tu esposo, Lucrecia. ¿O te olvidaste? Tu esposo... —entornó la mirada—. Al que dejaste. 

Dio dos pasos más y me alejé, hasta que mi espalda chocó con el borde de una biblioteca. Me dolió, pero conocía dolores peores. 

—Me ahorcaste, Lisandro —susurré despacio—. ¿No te acordás?

—¡Me engañaste, basura! —su mano golpeó mi hombro y mi espalda colisionó una vez más. Dos carpetas con papeles cayeron a mis pies—. Fue él, ¿no? ¡Fue él quien te ayudó! —descargó su mano sobre mi hombro una vez má y cerré los ojos del dolor. 

Temblaba. Todo mi cuerpo temblaba. Sentía su aliento de fuego a milímetros de mi cara, su mano presionando mi hombro para mantenerme acorralada, pero no podía hacer nada. Nada. Quería gritar, o llorar, había muchas personas que podrían escucharme y acudir en mi ayuda. Pero estaba acostumbrada a callar. "Calladita que el nene está durmiendo", me decía siempre. 

Que el nene está durmiendo, me decía...

Pero el nene no estaba durmiendo. No esta vez. Desvié la mirada del monstruo y me encontré con el rostro de mi hijo. Era como mirarse al espejo. Su expresión de terror, sus ojitos llorosos, sus labios temblorosos, una mancha de orina que oscurecía su pantalón... Mi hijo tenía miedo. No se lo perdonaría jamás. 

—Sos un imbécil, Lisandro —le clavé la mirada.

Me miró desconcertado, descolocado por un segundo, un instante que aprovecharía para acorralarlo a él.

—Un idiota —susurré cerca de su boca—. ¿Me vas a pegar? ¿Acá? ¿En la oficina del fiscal? ¿Con tu hijo presente? No sos un idiota... ¡sos un cobarde! No podés con tu propia frustración y te descargás conmigo. Me cansaste, Lisandro. No te soporto más.

Dio un paso hacia atrás, tambaleante. Sorprendido, quizás.

Pero enseguida se repuso.

Alzó las manos en señal de rendición, con una media sonrisa burlona. Sí... no me podía golpear en la fiscalía. Podría haber dejado que lo hiciera y me ahorraría la búsqueda de testigos, pero no permitiría jamás que mi hijo se convirtiera en testigo de esto. Antes, muerta. Le había prometido a mi hijo que no lloraría más. 

—¿Cómo te atrevés a hablarme así? Estás confundida, mi amor. Y asustada, lo entiendo. Pero, ¿después de todo lo que pasamos? ¿Creés que no te perdonaría? Somos una familia... —me extendió una mano. 

No la tomé, pero sí me acerqué. Tanto que mi boca tocó su oído. 

—Escuchame bien, Lisandro. Quiero que salgas de esta oficina y vayas directo a la casa de tu mamita. Decile de mi parte que tengo algo que le pertenece... A ella y a Andrés Fusco. 

La cara de Lisandro se descompuso, pasando del rojo al blanco en un abrir y cerrar de ojos. 

—¿Qué decís? —bajó la voz y su mano apresó mi muñeca. 

—Te estoy diciendo "no, mi amor". Ya no somos una familia. Si intentás acercarte a mí, o a mi hijo, Elena se hunde conmigo. ¿Me estás escuchando?

—¿Cómo conseguiste ese papel? —apretó los dientes y sus ojos de tormenta se encendieron. 

—Me lo dio tu papá. Santiago era un buen hombre, tenía los huevos que vos no tenés —le mentí, solamente para reivindicar a mi suegro y para que Elena muriera de bronca. 

—¡Estás mintiendo! ¡No tenés nada!

—Poneme a prueba, si te atreves...

La puerta se abrió una segunda vez y el hombre de cabello grasiento, lentes gruesos y corbata desalineada, hizo su heroico ingreso. El mismísimo Juan María Muñoz. Esta era su oficina.

—¡¿Qué hace usted acá, Echagüe?! ¡Le prohibí que entrara! ¡Fuera de esta oficina!

Lisandro no me quitaba la mirada de encima, como si el fiscal no hubiera entrado siquiera. 

—¿Vos creés que esto se termina acá, linda? —sonrió— Sabés que no. Nos conocemos muy bien vos y yo… Esto no se queda acá, Lucrecia. 

—¡Salga de la oficina ya o lo hago sacar a patadas! —gritó Muñoz. 

Mientras el monstruo abandonaba la oficina, me apresuré a alzar a Alejo. Mi hijo temblaba como una hoja. Yo también. Pero, aún con miedo, lo detuve.

—¡Lisandro!

Se dio media vuelta y me miró de pies a cabeza, con marcado desprecio. ¿Quería rebajarme? ¡Ni en sus sueños! Yo tenía más huevos que él. 

—Quiero el divorcio —dije, abrazando a mi hijo.






"Así que, adelante, grita. ¡Gritame! Estoy tan lejos... ¡No estaré rota otra vez! Tengo que respirar, no puedo seguir ahogándome" (Evanescence - Going Under)


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