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martes, 31 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 47

Capítulo 47: No es un adiós.




Martes, 3 de marzo de 2015.

Escuché su desesperación antes que a sus pasos precipitándose por el pasillo. Medio segundo después, se materializó en la habitación y empujó la puerta con tal ímpetu que rebotó contra la pared. Lo había visto alerta muchas veces, pero su expresión era una que no anticipé... miedo. 

Su miedo me dio miedo.

—¡Lucrecia! —dijo casi sin aliento, pálido como un espectro—. Me mandé una cagada terrible...

—¿Qué? —me sobresalté— ¿Qué pasó?

—Le di la patente de la camioneta al fiscal...

—¡¿Qué?!

—La camioneta... la que está afuera. Lucho y yo la vimos en un video de seguridad. Le di la patente al fiscal... Perdoname, estaba desesperado... Es que no teníamos...

Mauro seguía hablando, pero ya no lo escuchaba. ¿Para qué? Ya me había dado la información que necesitaba. Además, no podía concentrarme en su voz. Una oleada de frío y calor me atravesaba el pecho; la misma sensación que me asaltaba cada vez que Lisandro apuntada sus armas en mi dirección, cuando veía su mirada oscurecerse, o sus puños aterrizando en mi cuerpo sin piedad. Miedo... así se sentía el miedo para mí. Mi miedo tenía rostro. Pero detrás de la temible cara del monstruo, otra fisonomía se cruzó en mi pensamiento. Un rostro muy parecido al de Lisandro.

Camilo. Estaba preocupada por Camilo. Él había conseguido la camioneta. 

Me levanté de la cama y evadí a Mauro, que seguía disculpándose como si hubiera cometido un pecado capital.

—¡Por favor, Mauro! ¡Basta! —le grité.

Se quedó inmóvil en medio de la habitación. Enseguida me arrepentí de haber gritado, ¡pero no se callaba! Y no tenía tiempo para consolarlo, me temblaban las manos y tenía que encontrar mi celular.

—No me dejás pensar... —dije, apresurándome hasta el cajón de mi ropa interior, revoleando prendas por toda la habitación, hasta dar al fin con el confiable Nokia1100.

Nerviosa, me senté sobre la cama y me sacudí las manos antes de prender el aparato. Mauro estaba arrodillado frente a mí, ni siquiera supe cómo llegó ahí. Se veía descorazonado.

—Perdón por gritarte... —acaricié su mejilla con una mano mientras con la otra marcaba el número que conocía de memoria.

Contestó de inmediato.

—¿Luli? ¿Qué pasó? —sabía que mi llamado indicaba problemas. No hablar a menos que se tratara de una emergencia, ese era el acuerdo.

—Camilo... —cerré los ojos y tragué saliva con dificultad, muerta de miedo, elevando una plegaria silenciosa—. Me voy a entregar. Voy a denunciar a Lisandro.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?!

—Porque si no me entrego primero, me van a venir a buscar y todo va a ser peor... Cometí un error, Camilo. Me tendría que haber desecho de la camioneta y no lo hice; de alguna manera dieron con el número de patente —no pensaba dejar que Mauro expuesto, el error había sido mío.

—Lucrecia... —escuché un suspiro de derrota del otro lado de la línea. Camilo sabía tan bien como yo que estaba perdida— ¿Qué querés que haga? ¿Cómo te ayudo?

—¿Hay alguna forma de que vinculen la camioneta con vos? —pregunté, preocupada.

—Ya te lo dije, tengo amigos que no me atrevería a presentarte. La camioneta es robada... Es un rompecabezas de autopartes, ya ni siquiera se parece a la original. Imposible de rastrear. Los papeles son truchísimos.

—Mejor así... —me temblaba todo el cuerpo, pero Mauro estaba peor que yo—. No puedo pensar con claridad, Camilo. Estoy asustada. Dame una coartada...

—Fácil, ya la venía pensando... Lisandro te atacó, te asustaste, el "podador" se compadeció de vos y le tiraste unos mangos para que te sacara de la casa y para que te diera la camioneta. No conocés la identidad del podador, porque no le preguntás el nombre a todo el mundo. Se presentó en tu casa, te ofreció sus servicios y lo contrataste. Si te preguntan por qué no contactaste a la agencia de siempre, les decís que era 31 de diciembre, creíste que no podían mandar a nadie. Si no llegan al podador (y no van a llegar) la coartada es sólida.

—Te voy a proteger, Camilo... como sea. Perdón por haberte metido en todo esto.

—No hay forma de que me agarren. Estoy dando un paseíto por Bolivia, primera parada de mi viaje. Las chicas están bien, no pueden vincularlas. Ni siquiera estaban ahí.

Cerré los ojos y respiré aliviada.

—Gracias a Dios.

—No te preocupes por nosotros. Concentrate en vos. ¿Qué pensás hacer? Después de entregarte, digo.

Miré a Mauro... ¡lo quería matar! Pero también lo amaba, infinitamente. Quería matarlo, y abrazarlo, y pedirle perdón... porque él y Lucho no habían estado perdiendo el tiempo. Me habían buscado, todo este tiempo, y habían dado con la camioneta. ¿Cómo podía culparlos?

Confiaba en él. A pesar de todo, confiaba en Mauro con mi vida.

—Mauro sale para Capital con mi equipaje, ya. Lo va a mantener seguro hasta que lo necesite.

Él abrió la boca, seguramente para protestar, pero puse mi dedo sobre sus labios. Después de la "cagada" que se había mandado, no podría decirme que no.

—Sos consciente de que Lisandro va a estar ahí...

—Sí, Camilo. Ni me lo digas.

—¿Y Alejo? —la sola pregunta me provocaba taquicardia.

—No me lo saca nadie —respondí con firmeza. Eso estaba fuera de discusión.

—Bueno... asumo que Mauro está con vos, ¿no?

—Llegó ayer —y ya se mandó una cagada, estuve tentada de agregar.

—¿Me ponés en altavoz?

—Este teléfono no tiene —me levanté de la cama y me alejé de Mauro.

—A ver... yo sé que ese teléfono tiene altavoz. Necesito hablar con él. ¿Dónde querés que ponga tu equipaje? ¿En su casa? Es el primer lugar al que van a ir a buscar.

—Le paso la dirección de tu departamento y....

—Poneme en altavoz, Lucrecia. Quiero hablar con él. Soy tu amigo, te prometo que lo voy a tratar bien...

Caminé un poco por la habitación, considerando. ¿Era prudente poner a conversar a tu "chape" de secundaria con el amor de tu vida?

—Poneme en altavoz.

—¡Bueno! —revoleé los ojos, como si Camilo pudiera verme.

Apreté el dichoso botón y arrojé el teléfono sobre la cama, cerca de Mauro.

—Camilo, Mauro... Mauro, Camilo... —los presenté, cruzándome de brazos.

Mauro le clavó una mirada al teléfono, para nada feliz.

—¿Mauro?

—Sí... —contestó sin mucho entusiasmo.

—Antes que nada... por tu propio bien, espero que te estés portando bien con Lucrecia. Tiene pésimo gusto con los hombres. Creeme, yo lo sé.

—¡Camilo! —lo reprendí. Mauro apenas sonrió.

—¿Qué? Es la verdad... Bueno, dicho esto... Mauro, te voy a mandar la dirección de mi departamento a tu celular. Ya tengo tu número, lo guardaba por si acaso. Después borrás el mensaje. Mi vecina te va a dar la llave, se llama Ana Laura. Dejás el equipaje de Lucrecia donde quieras, ahí va a estar seguro.

—No me voy a mover de acá —informó Mauro, sin una pizca de duda—. No va a ir a ningún lado sola. Lisandro va a ser el primero que...

—Esa es mi decisión, no la tuya. Vos te vas ahora —insistí—. Alejo y yo nos vamos mañana.

—Tampoco es tu decisión, Lucrecia. Yo no me muevo de acá. Te prometí que íbamos a hacer esto juntos.

—Quiero que te vayas.

—No me voy a ir a ningún lado.

—¡Bueno, bueno! ¡Tiempo fuera! —interrumpió, Camilo. Mauro y yo sosteníamos un duelo de miradas y ninguno tenía intenciones de perder— Luli tiene razón, Mauro. Dejá que vaya sola. Te necesitamos afuera, ¿entendés?

—Nos vamos los tres juntos, dejamos las cosas en el departamento de tu "amigo" —gesticuló las comas, ¡lo hizo! Quise sonreír, era la primera vez que lo veía celoso. Pero la situación distaba mucho de ser graciosa—, y después yo te llevo a la fiscalía.

—Excepto que en el peaje nos detengan por la camioneta, ¡a los tres! ¿Cómo les explico que estás conmigo? —pregunté, sentándome en la cama.

—Vamos en mi auto —sugirió.

—¡Todavía mejor! —la voz de Camilo se alzó entre nosotros— Así Lisandro te acusa de secuestrar a su hijo y a su esposa... Sos el amante obsesionado, ¿no te acordás? Ya tuviste tu minuto de fama, Mauro. Si los ven a los tres juntos, comprometés más a Luli. Dejá que vaya sola.

Mauro se quedó callado, porque no había manera de arremeter contra el argumento de Camilo. ¿Yo? Satisfecha, había ganado la contienda.

—¿Siguen ahí?

—Sí —contestamos los dos al mismo tiempo.

—Es bueno escucharlos tan coordinaditos —casi pude escuchar la media sonrisa burlona en la boca de Camilo—. Bueno, muñeca... ¿algo más? ¿Se nos está pasando algo?

—Nada más. Cuidate, Camilo —le pedí—. Por favor, no hagas ninguna locura. 

—¿Locura, yo? Sos vos la que se va a entregar. Cuidate, muñeca. ¿Mauro, seguís ahí?

—Sí —contestó entre dientes.

—Cuidala, por favor. Hacé lo que te dice... sabe lo que hace. Confía en ella, que ella confía en vos.

—La voy a cuidar, por supuesto.

—Y, ¿Mauro?

—¿Qué?

—¿Sabías que le di a Lucrecia su primer be...?

Corté la llamada, porque no quería que escuchara esa parte, aunque supuse que algo sabía. Su expresión lo decía todo.

—Fue hace mucho, mucho, muchísimo tiempo —me arrodillé sobre la cama y pasé los brazos por su cuello—. Es mi mejor amigo. Cuento con él —acaricié su boca con un beso.

—Ya sé —acomodó un mechón de mi pelo que ahora insistía en caer sobre mi mejilla de lo corto que estaba—. Y le voy a agradecer toda la vida por ayudarte. Fui yo el que lo arruinó todo... y no sé cómo pedirte perdón, Lucrecia.

—No arruinaste nada, Mauro. Me buscaste y me encontraste, no esperaba menos de vos. Yo quería que me encontraras, me iba a dormir todas las noches y soñaba con eso, con verte de nuevo... —me acerqué un poco más al calor que desprendía su cuerpo, porque quería quedarme a vivir en su corazón y no salir nunca más—. No me pidas perdón. Mejor, besame. Y acariciame. Tocame. Haceme el amor hasta que me olvide incluso de mi nombre. Y después, besame otra vez...

—No me digas esas cosas que me hacés poner colorado —sonrió sobre mi boca. Mi cabeza tocó la almohada y mis piernas se abrieron para darle la bienvenida, porque también querían que él viviera dentro de mí—. Y no me hables como si nos estuviéramos despidiendo, Lucrecia —sus ojos me traspasaron el alma—. Nunca te despidas de mí... Esto no es un "adiós", ¿me escuchás? Es un "para siempre".

—No me estoy rindiendo —me llevé su remera con dos puños apretados, quería más de su piel a mi disposición—. Estoy peleando por mí... por los tres.

—Te quiero en mi vida, Lucrecia. Siempre te quise... desde el primer momento —su calidez de su boca recorrió mi clavícula y auguró en incendio—. Y ahora te quiero más todavía.

Su mano encontró un espacio entre mis jeans y buscó la humedad entre mis piernas. Me derretía con una sola caricia y él lo sabía, me conocía como nadie. Le había mostrado todo de mí, desde los destellos hasta las oscuridades más profundas, y él me aceptaba como era. Mauro me conocía. Sus labios conocían los puntos más sensibles de mi piel, sus manos me arrancaban gemidos musicales, y sentirlo dentro de mí era como darse una vuelta por el paraíso. Podía ser suave y cariñoso, y al mismo poderoso y dominante, y amaba cada una de sus facetas. Con él, podía ceder el control, porque en sus brazos me sentía más libre que en cualquier otro sitio. 




Miércoles, 4 de marzo de 2015.

Me quedé con su remera, porque era un regalo que no pensaba devolver, y porque quería conservar algo de él. Apoyada en el umbral de la puerta, me tragué la angustia de verlo besar los rulos de Alejo en la oscuridad de la habitación. Por más que insistiera en que no era así, esto se parecía bastante a un "adiós".

—No salgas, Lucrecia —dijo, besando mi mejilla.

—Quiero estar con vos hasta el último segundo, no me lo impidas. Esta vez, no.

Asintió, con una sonrisa tan triste que quise ponerme a llorar. Pero tenía que ser fuerte. Por los tres. Esto apenas comenzaba. Tomé el bolso que había dejado sobre la mesa.

—Mi equipaje, Mauro —se lo entregué. Era un bolso mediano, lo que había quedado luego de repartir el "botín" en partes iguales.

—Tus "ahorritos".

—Sí... —sonreí—. Y el documento está en un doble fondo. Ese es mi "seguro".

—¿Estás segura de que el departamento de Camilo es el lugar indicado?

—No... pero no quiero que lo tengas vos. Quiero que te saques ese bolso de encima lo antes posible, Mauro. Es un equipaje muy pesado. No quiero que soportes cargas que no te corresponden. Jamás te arriesgaría.

—Ya te dije que haría cualquier cosa por vos.

—Ya sé. Por eso te pido que hagas esto, por mí... Deshacete de la carga lo antes posible.

Cuando salimos de la casa, el sol apenas asomaba en el horizonte, no había vecinos curiosos a la vista. Caminamos hasta el auto y acomodamos el "equipaje" en el baúl.

—Lucrecia, si Lisandro...

—Lisandro no se va a acercar —le aseguré—. Voy a ir directo a la oficina de Juan María. No me puede hacer nada ahí, no se atrevería.

—Si se acerca, Lucrecia... —su brazo se enroscó en mi cintura y me pegó a su cuerpo, el calor de su boca me anticipó un beso. Quizás, el último—. Si se acerca a vos, lo mato.

—Dijiste que harías cualquier cosa por mí —acaricié su mejilla—. No te conviertas en alquien que no sos. Y no me hables como si esto fuera una despedida. Va a estar todo bien. Lo voy a denunciar, Mauro. Y te voy a necesitar como mi testigo.

—Y voy a estar, siempre.

Sus labios encontraron a los míos en un beso que prometía un "para siempre". Una promesa que quería creer con todas mis fuerzas.





"No hay otro lugar en el que debamos estar esta noche" (Bon Jovi - You want to make a memory)



lunes, 30 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 46

Capítulo 46: Un tropezón es caída.
 



Martes, 3 de marzo de 2015.

Todavía sin poder despertar del todo, estiré una mano sobre la cama y tanteé el desparramo de sábanas. No encontré nada más que un espacio vacío y frío. 

Asustado, abrí los ojos y me senté en la cama, temiendo que hubiera sido nada más que un sueño, temiendo despertar a una realidad sin ella. Desorientado, miré alrededor y respiré aliviado al reconocer que no estaba en mi departamento. Estaba en Lucila del Mar, en casa de Lucrecia, en su habitación y en su cama. Mi piel olía a vainilla y coco luego de haberla tenido en mis brazos toda la noche. No había sido un sueño... su colchón era el paraíso, y tenía una resistencia admirable. 

Alcé sábanas hasta dar con mi ropa y sonreí al notar el faltante. Si Lucrecia estaba usando mi remera, eso se iba directo al segundo puesto del ranking de cosas que me encantaban de ella, justo por debajo de "vos no sos el centro de mi mundo, yo soy el centro de mi mundo", que mantendría el primer puesto por toda la eternidad. ¿Hay algo más sensual que una mujer que hace respetar su lugar? Hasta ese momento, jamás lo hubiera imaginado. Pero sí. Lucrecia me puso en mi lugar con su carita de muñeca y su mirada dulce, con una entereza que me provocó admiración. Creí que no era posible, pero la amé mucho más después de eso. 

Me puso en mi lugar, y bien merecido lo tenía.

Me lastimó haber pensado en perderla y reaccioné mal, y estuve a un paso de perderla de todos modos. No quería a otro Lisandro en su vida, yo no quería ser otro Lisandro en su vida, y me lo hizo saber. Me encantó que lo hiciera. Pensé que me iba a mandar de paseo, lejos de ella, y sentí ganas de arrodillarme a sus pies y rogar misericordia. Haría lo que fuera, por patético que fuera. Ella era fuerte, pero yo no. Perderla me aterraba.

Necesitaba verla, aunque ya la hubiera tocado (repetidas veces y de muchas formas diferentes), aunque su aroma todavía estuviera en mi piel, y aunque la madrugada nos hubiera sorprendido haciendo el amor... Todavía se sentía irreal, necesitaba verla. 

Me puse los jeans y me levanté de la cama para salir a explorar; seguí el sonido de su voz y la chispeante sonrisa de Alejo. La puerta de la habitación del enano estaba entreabierta y alcancé a ver el espectáculo de sus piernas. Escuchaba su cuchicheo y la sonrisa de Alejo como respuesta, y me hubiera encantado abrir la puerta para disfrutar de esa escena, pero no lo hice. Era su momento con su hijo y no me sentí dueño de interrumpir.

Estaba poniendo la pava en la hornalla cuando la presentí aproximarse. Seguía siendo tan silenciosa como siempre, pero yo había aprendido a sentirla. Luego de meses sin tenerla cerca, su presencia era abrumadora, imposible de ignorar. Sus brazos rodearon mi cintura y su mejilla se pegó a mi espalda. 

—Me parece que vos tenés algo que me pertenece... —sonreí, girándome a verla. 

Sí, tenía algo que me pertenecía. ¡Gracias Dios por tan hermoso regalo! Guardaría esa imagen en mi memoria por siempre, ¡lo juro! El brillo en sus ojos, la sonrisa en sus labios y el pelo revuelto. Siempre había deseado saber cómo se veía recién levantada. Era un ángel. 

—¿Vos decís esto? —preguntó, tirando de la remera.

—No, te iba a decir que mi corazón, pero sí... mi remera también. Es tuya si la querés, te queda mejor a vos.

—No me digas esas cosas, que me pongo colorada —me abrazó y beso mi pecho—. Y sí, me la voy a quedar, porque me gusta mucho más que no la tengas puesta. 

Mi mandíbula por poco toca el suelo. ¿Quién lo hubiera dicho? ¡Mi Diosa tenía una veta de picardía que estaba sacando a relucir! Eso se iba derecho a mi ranking, por supuesto.

—No dejes que se te pase el agua —sonrió—. Me voy a cambiar y vuelvo. Nos espera un día difícil. 

—¿Por? —pregunté, disfrutando del espectáculo de sus piernas mientras caminaba por el pasillo. 

—¡Ya vas a ver! —dijo, antes de desaparecer tras la puerta de la habitación. 

¿Un día difícil? ¿Cuándo íbamos a tener un momento de paz? No imaginaba qué podría tornar difícil un día que se auguraba tan perfecto. Estábamos juntos, ¿qué podría salir mal? 

Escuché movimiento y vi a Alejo cruzando el pasillo. 

—¿Cómo va, enano? —pregunté, alzando un mano para saludarlo. 

Me miró como si mi sola presencia lo ofendiera y caminó derecho hacia la habitación de Lucrecia, cerrándola de un portazo.

—Ay...



Alejo estaba furioso; a la manera de un nene de su edad, claro. Me ignoraba. Si le hablaba, no me contestaba. Si trataba de acercarme a Lucrecia, encontraba la forma de interponerse, y luego me dedicaba una expresión con ojitos semicerrados y labios apretados. Ya me había sacado la lengua en dos oportunidades. 

Con su mamá, era todo sonrisas. No soltaba su mano, y si las manos de Lucrecia estaban ocupadas, se prendía de su pierna. La acaparaba. Ella parecía tomarlo con naturalidad, pero yo no sabía cómo actuar. No quería competir con Alejo por la atención de Lucrecia, porque era una batalla perdida de antemano. 

Me dolía que el enano estuviera tan enojado... lo comprendía, pero me dolía. No sabía qué hacer.

Al atardecer, con la playa libre de turistas, fuimos a caminar un rato. Me moría de ganas de tomar la mano de Lucrecia, una experiencia que nunca habíamos tenido permitida, pero Alejo la apartaba de mí ante el menor intento.

—Vamos a sentarnos un rato —Lucrecia entrelazó su brazo con el mío y Alejo se colgó de su pierna. 

—¡No, mami! ¡Vamos a juntar "pedritas"! —la detuvo, con mirada suplicante.

—No, andá vos. Yo te miro desde acá. 

—¡Nooooo!!! —lloriqueó.

—Vas solo o nos vamos a casa, Alejo. No quiero escándalos. Me voy a sentar con Mauro y te miramos desde acá —le dijo con firmeza. 

—¡Ufaa! —ofendidísimo, se dio media vuelta y sus pies levantaron arena de camino a la orilla. 

—¿Qué hago, Lucrecia? —pregunté, desorientado. 

—Primero, sentate —sonrió, tirando de mi mano para que la acompañara—. Después, hay que tener paciencia. Es muy chiquito y hay cosas que no entiende. Reacciona como puede. Ya hablé con él.

—¿Qué le dijiste? —pregunté, nervioso. 

—La verdad. Trato de decirle solamente lo que necesita saber. Contesto a sus preguntas —hablaba conmigo, pero su mirada jamás abandonaba a Alejo—. Esta mañana, me preguntó por qué habías dormido en mi habitación. 

—Ay —comencé a híper ventilar y un calor intenso me trepó a la cara— ¿Y?

—Le dije la verdad... que te quedaste en mi habitación porque yo te invité, porque te amo. Nada más. 

—Ay, Lucrecia. ¿Y qué te dijo? 

—Me preguntó por qué no lo invitaba a dormir a él y que si ya no lo quería más... Casi me rompe el corazón —suspiró, con una leve sonrisa—. Le contesté que lo amaba más que a nadie, porque también es la verdad, pero que vos me hacés feliz. Que él tiene su habitación y tu lugar en casa es en la mía —se quedó pensativa por unos segundos y supe que había algo más—. También me preguntó si su papá no me hacía feliz, si por eso había dejado de dormir conmigo. Tuve que contestarle con la verdad, que hacía mucho que ya no me hacía feliz.

Pasé un brazo sobre su hombro y besé su mejilla, porque no sabía qué otra cosa hacer, o qué decir. Su situación era delicada.

—No es la primera vez que pregunta por Lisandro... o por Lucho y Camila. Hasta por su abuela pregunta. Habla de Alicia y Mateo constantemente, me pregunta cuándo va a empezar el jardín —apoyó su cabeza en mi hombro, se oía tan cansada—. No sé cómo contestar a esas preguntas. Se me están acabando las excusas. Hace tres meses que "estamos de vacaciones". Es chiquito, pero muy inteligente. No sé cómo voy a seguir, Mauro. Estaba tan concentrada en buscar la salida, que ahora que ya estoy afuera, no sé para dónde ir. 

—Lucrecia, ¿querés mi opinión? —pregunté con cautela. 

—Por supuesto —contestó con seguridad. 

—Comprendo tus razones para irte, y me alegra que lo hayas hecho; no podían estar un minuto más en esa casa. Te fuiste para ser libre... pero, ¿te sentís libre? Ni siquiera podés usar tu nombre. ¿No te parece injusto? En mi opinión, tenés que volver. 

—¿Volver? —preguntó, obviamente desestimando el consejo—. Sí, genial. ¿Y qué les digo? No estoy muerta, era una bromita...

—Por supuesto que no, Lucrecia. Pero mientras más tiempo permanezcas escondida, más empeora tu situación. Decí la verdad, que te fuiste por miedo a Lisandro. Denuncialo, como corresponde. Tu causa la tiene un fiscal buenísimo, estoy seguro de que va a saber ayudarte. 

—Me van a querer sacar a Alejo —dijo, mirando a su hijo—. No puedo volver. 

—¿Y si te encuentran? ¿No sería peor? Volvé, decí que te asustaste... Es la única solución que se me ocurre. 

—Lisandro tiene mucho poder, los contactos adecuados. 

—Vos también —dije, con un dedo en su mejilla para capturar su mirada—. Vos también, Lucrecia. 

—¿Qué querés decir?

—¿Ese documento que tenés? ¿El que estaba en la caja fuerte de la oficina? 

Su mirada cambió ante la mención del robo y su carita de muñeca fue incapaz de mentirme. Era la primera vez que le preguntaba de frente su vinculación con ese hecho, y su silencio era la confirmación. 

—Hay mucha gente interesada en ese papelito. Fusco es uno de ellos, asumo que Lisandro también, y estoy casi seguro de que la muerte de Santiago se relaciona con eso. ¿Me equivoco?

Me miró por un segundo infinito, y luego negó lentamente con su cabeza. 

—No te equivocás —asumió en voz baja. 

—Bien... mejor así. Usá ese documento, Lucrecia. Si Lisandro se acerca, amenazalo. Vos tenés la ventaja en esto, no la dejes escapar. Esto no es recuperar tu vida. ¿Esconderte? ¿Esconder a Alejo? ¿Hasta cuándo? Tenés que volver. Vos sos la víctima, no te pongas del otro lado de la vereda. 

—Mauro, hice muchas cosas... que si llegaran a saberse...

—No me digas nada —la detuve—. Lo que sea que hayas hecho, lo hiciste bien. Fusco no tiene idea de cómo lo hiciste, o cómo probarlo, está nervioso por ese documento. 

—¿Y vos cómo sabés? —preguntó, completamente seria. 

—Ya sabés esa respuesta, Lucrecia. Fusco nos bajaba órdenes a Gómez y a mí, pero nunca encontramos nada. 

—¿Me espiabas? ¿A mis espaldas? ¿Vos pusiste el micrófono?

—¡¿Qué?! ¿Qué micrófono? —pregunté, confundido— ¡No! Yo no puse nada... ¿Qué micrófono?

—Olvidate, Mauro —quitó mi brazo de sus hombros. 

—No te estaba espiando, quería ayudarte. Fusco insistió en que quería ese documento para llegar a Santiago y a Lisandro. Creí que si lo ayudaba, te libraba de Lisandro. Me engañó, como a un boludo... Estaba tan desesperado por ayudarte, que hubiera hecho cualquier cosa. Pero Fusco también está desesperado, porque estoy seguro que es su nombre el que está en ese documento.

—Y el de Elena —confirmó, Lucrecia—. Eso es lo que asusta a Lisandro, que vinculen a Elena con los negocios de Santiago. 

—¡Esa harpía! —mastiqué entre dientes— Nos cruzamos en la oficina de Gómez, es una basura. 

—De tal palo, tal astilla...

—Tenés que volver, Lucrecia. Recuperá tu vida. No van a parar hasta encontrarte, creeme. 

Su mirada regresó a Alejo, que hacía un castillo de arena cerca de la orilla. Estaba asustada, estaba tan asustada como cuando vivía con Lisandro. Quizás más. 

—Si me lo quitan, me muero. No puedo permitir que Lisandro esté cerca de él. Lo va a usar para lastimarme a mí. Es su papá... si vuelvo, aunque estemos separados, va a querer verlo. Le van a dar un régimen de visitas, seguramente.

—Eso no lo decide él. Lo decide un juez. Denuncialo, Lucrecia. 

—¿Y después qué sigue? ¿Batalla legal por la custodia? ¿Botón de pánico cuando empiece a perseguirme? 

—No, lo que sigue a la denuncia es amenazar a Lisandro con exponer ese papel si no se hace a un lado. Eso es lo que sigue. Yo voy a estar con vos en cada paso que des... No te voy a dejar sola. Pero no podés seguir escondiéndote, esa no es la solución. 

—Me iba a matar, Mauro... —dijo, con lágrimas contenidas—. Ese día, si no lo frenaba, me iba a matar. 

La abracé, sintiendo tanto miedo ante la posibilidad de haberla perdido, tanto alivio de poder estrecharla en mis brazos, y tanta furia contra Lisandro. Lo mataría, con mis propias manos. 

—¿Qué pasó? —pregunté, llevándome sus lágrimas.

—Vos me salvaste, eso pasó —rozó mi boca con un beso—. Me estaba asfixiando y seguí tu consejo... No lo enfrenté. Esperé a que estuviera cerca y lo golpeé donde más le duele. Y le dolió, mucho. Vos me salvaste, Mauro. Un montón de veces.

—No estuve ahí, tendría que haber estado ahí...

—Estabas, siempre estás.

—Quiero estar siempre, mi amor. En las buenas y en las malas. Siempre —me acerqué para besarla, pero...

—¡Maaaaaamiiiiiiiii!!!! —el grito de Alejo nos interrumpió y Lucrecia sonrió sobre mis labios.

—Paciencia —me recordó, acariciando mi mejilla. Se levantó de mi lado y se sacudió la arena—. Gracias por el consejo, Mauro. Lo voy a pensar y después te digo.

Me quedé embobado, viéndola caminar hacia Alejo, y me sentí pleno por primera vez en mucho tiempo. Quizás había una esperanza para que Lucrecia de verdad recuperara su vida. Quería a Lucrecia, no a una Lucila construida desde el miedo. Ella no tenía por qué esconderse. Además... ¿cómo le pediría que se casara conmigo si no recuperaba su vida?

Lucrecia fue hasta el agua y, para mi sorpresa, Alejo corrió hacia mí. Me quedé inmóvil, a la espera de su siguiente movimiento. No parecía nada feliz, me miraba con ojitos entrecerrados y labios apretados. Sin dejar de mirarme, tomó un puñado de arena y me lo arrojó. O intentó hacerlo, el viento envolvió su improvisado proyectil y le dio directo en la cara. 

Y ya no lo aguanté más. No quería tener paciencia. 

—Vení, Alejo —tomé su mano y se resistió un poco, pero finalmente trastabilló hasta mí. Sacudí sus rulos, su remera, y le limpié la cara. Lo senté sobre mis piernas y lo abracé, porque lo adoraba y su enojo me lastimaba—. Tu mamá te quiere más que a nadie, ¿sabés? Es tuya... Pero yo también la quiero y te quiero a vos, un montón —dije, acomodando sus rulos. 

—Mi mamá es mía...

—Lo tengo clarísimo —sonreí—. Pero, ¿podemos compartirla un poquito? No quiero que estés enojado conmigo, enano. Sos mi amigo, ¿o no?

Alcé mi mano frente a él para hacer honor a nuestro pequeño ritual. Me miró por unos segundos, hasta que por fin cedió.

—Te la presto, pero un ratito —acordó, no del todo convencido—. Choque los cinco.



Las cosas se acomodaron un poco después de la charla con Alejo, pero todavía se mostraba un poco receloso. Pensé en dejarle espacios a solas con su mamá, tantos como pudiera compartiendo la misma casa. Después de la cena, salí afuera y encendí un cigarrillo, saludando con la mano a los vecinos metiches de Lucrecia. 

Era una noche preciosa, el cielo se veía completamente diferente sin tanta contaminación lumínica. Más oscuro, las estrellas más brillantes, la luna más majestuosa. Decidí dar una vuelta a la casa, sólo por curiosidad. Circulé la propiedad y cuando llegué a la parte de atrás, me quedé paralizado. 

Allí, estacionada a la vista de quien paseara por ahí, estaba la camioneta blanca del podador. Mi cabeza unió los puntitos de inmediato y la imagen se presentó completa. El podador se había hecho pasar por Lisandro, Lucrecia se había hecho pasar por el podador. Juan María buscaba al podador. 

Arrojé el cigarrillo en el suelo y entré corriendo a la casa. 

—¡Lucrecia! —la busqué por el pasillo y di con ella en la habitación—. Me mandé una cagada terrible... —dije, asustado como nunca. 

—¿Qué? ¿Qué pasó? —preguntó, alarmada. 

—Le di la patente de la camioneta al fiscal...

—¡¿Qué?!





"No hay duda de que estás en mi corazón ahora..." (Guns & Roses - Patience)




domingo, 29 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 45

Capítulo 45: El centro de mi mundo.




Lunes, 2 de marzo de 2015.

¡¿Por qué me hiciste esto?! —gritó, con una expresión que no le había visto jamás. 

Sus ojos eran puro fuego. ¡Estaba en llamas! La mecha estaba encendida, y si no hacía algo para detenerlo, explotaría. Nos lastimaríamos; y sería irreversible. Sí, lo había extrañado con locura, había soñado muchas veces con ese encuentro. Y sí, quería besarlo hasta quedarme sin aire. Pero, primero...

—Te voy a decir dos cosas, Mauro —aunque tuviera el corazón desbocado, intenté mostrarme lo más entera posible; porque le prometí a mi hijo que no lloraría más—. Primero, esa pregunta es bastante amplia y no la puedo responder acá. Nos tranquilizamos y después vamos a hablar todo lo que vos quieras. Segundo... —me acerqué a su oído, para que Alejo no escuchara—. Si no me soltás en este mismo instante, te voy a pedir que te vayas y no vuelvas más. 

Su expresión de enojo mutó a una de sorpresa tan rápidamente como si lo hubiera abofeteado, parecía recién salido de algún tipo de sueño. Estaba confundido, cansado y, obviamente, todo eso era mucho para él. Era mucho para cualquiera. También para mí. Aún así, no era excusa para que se convirtiera en alguien que no era. Mauro no era un monstruo y, gracias a Dios, me soltó de inmediato. 

—Perdón... —estaba tan apenado que sentí unas ganas terribles de abrazarlo. 

Pero no lo hice. Mi resistencia había mejorado mucho en los últimos meses. Asentí, tragándome las ganas de llorar, y tomé a Alejo de la mano.

—Vamos a casa y después hablamos tranquilos. Ya es hora de cenar. 

Comencé a caminar con mi hijo de la mano y sólo volví a respirar cuando escuché los pasos de Mauro detrás de los míos. No quería nada más que fundirme con él y quedarme a vivir en sus brazos... pero teníamos mucho que hablar. Muchas verdades que poner sobre la mesa. Muchos puntos que necesitaban ser aclarados. Muchos errores que no volvería a cometer con ningún hombre, ni siquiera con él. El amor no era incondicional, no podía contra todo; si queríamos permanecer juntos y bien, íbamos a tener que aprender a no lastimarnos. Los dos.

Luego de hablar, sería Mauro quien decidiera si quería quedarse o no. Mi decisión ya estaba tomada, desde hace mucho tiempo atrás. 

Lo quería en mi vida.



Apoyé el oído sobre la puerta del baño y escuché la caída del agua de la ducha. Lo extrañaba tanto... Por irreal que pareciera, lo extrañaba todavía más ahora que sólo una puerta nos separaba. Lo tenía a una caricia de distancia y no me atrevía a dar el paso. El instinto me empujaba hacia Mauro, pero la razón me decía que tenía que tomar mis recaudos. Siempre optaría por la razón.

—Después... —me prometí a mí misma.

Luego de cenar, mi hijo aprovechaba para echarse en el piso de la sala a ver televisión. Ni una preocupación perturbaba su mente. Ya no había monstruos debajo de la cama y Alejo era más Alejo que nunca, su mejor versión. 

—Hijo, ya vuelvo —le acaricié los rulos a la pasada y salí de la casa. 

Alquilábamos una casa de dos habitaciones, un poco venida abajo, pero alejada de la zona más turística. Allí, Alejo y yo pasábamos desapercibidos. Los turistas preferían alquilar en lugares con mejores accesos a la playa, y por esta zona sólo teníamos dos vecinos estables. La ventaja de los lugares tan pequeños como Lucila, era que siempre podías contar con tus vecinos. La desventaja, era que si tus vecinos no estaban alertados de una nueva presencia, curioseaban. Sobre todo si tus vecinos eran Luis y Catalina, una pareja de ancianos tan adorables como metiches. 

Como cada noche, los encontré curioseando. Se sentaban en la galería frente a su casa, vecina a la nuestra, y se dedicaban a tomar litros de té helado mientras tejían historias fantásticas sobre los pocos turistas que pasaban por la calle. 

—¡Lucila, querida!! ¡Creí que te habías olvidado de nosotros! —Catalina celebraba cada visita que le hacía como si fuera una fiesta, por breve que fuera. 

Pasaba a darles un beso de buenas noches todos los días y no quería que comenzaran a tejer historias fantásticas sobre la llegada de Mauro, así que decidí adelantarme y darles mi versión de los hechos. 

—Imposible olvidarme de ustedes —besé la arrugada mejilla de Catalina y estreché la mano de Luis. Era un hombre muy callado, y muy correcto. Catalina hablaba por los dos. 

Me senté en los escalones de la galería y acepté un sorbo del té que Catalina me ofreció de su vaso. Estaba espantoso, como cada noche. 

—Entonces... —me guiñó un ojo—. ¿Te vinieron a visitar?

—Sí, se llama Mauro y es... un viejo amigo, por decirlo de alguna manera. Por favor, no lo espantes. Me gustaría que se quede.

—¿Un amigo con derecho a roce? —preguntó con picardía.

—Eso está por verse, Catalina. Gracias por el té... —dejé el vaso sobre su mesita y me levanté del escalón—. Bueno, que descansen.

—Sí, es mejor que te vayas. Tu "viejo amigo" te está esperando.

Mauro había salido a buscarme. Rogué que no se acercara, porque Catalina lo retendría por el resto de la noche. Afortunadamente, alzó una mano desde el umbral de la puerta y saludó a la distancia. 

—Un lindo muchacho —comentó Catalina. Luis hizo una especie de sonido gutural; el pobre hombre era una planta. 

—Sí, es lindo... —acordé con una sonrisa. 

Descendí los escalones y caminé hasta la casa, pero Catalina me detuvo. 

—¡Lucila! —gritó, esforzando su voz— ¡Gozá, querida! ¡Que la vida es una sola!

Sonreí por su desparpajo, colorada como un tomate, y me acerqué a la puerta. Mauro parecía más calmado, más él, más irresistible que en mis mejores sueños.

—¿Más tranquilo? —acaricié su mejilla a la pasada. 

—Sí —contestó, siguiéndome hasta adentro. 

Era doloroso no acercarme más, pero necesitaba espacio. A él también le dolía.

—¿Lucila? —preguntó, confundido. 

—Lucrecia desapareció, Mauro —le expliqué, alzando a Alejo del suelo para llevarlo a la cama. Dormía como un tronco—. Quería que por lo menos me quedara "Luli". 

Mi explicación no pareció satisfacerlo del todo, pero era la verdad. Desvestí a mi hijo y le puse el pijama antes de meterlo bajo las sábanas. Mauro no se movió de la puerta en ningún momento. Era como si hubierámos regresado a la época en que lo consideraba un panóptico humano, controlando todo lo que sucedía alrededor. Estaba poniéndome extremadamente nerviosa. 

Que sueñes con los angelitos, mi amor —besé la frente de Alejo.

Al salir de la habitación tuve que ponerme de lado para pasar entre Mauro y la puerta, estaba en mi camino. A propósito, por supuesto. Su mano en mi cintura me detuvo y el calor se propagó como un incendio.

—¿Por qué me hacés esto, Lucrecia? Me estás lastimando, no sabés cuánto... 

Desvié a la mirada porque no quería encontrarme con su rostro, o su boca, a la que deseaba tan fervorosamente que me sentía morir. 

—A mí también me lastima. Pero tenemos que hablar, Mauro. Por favor... —accedí a mirarlo de frente—. Sabés tan bien como yo lo que va a pasar si nos acercamos. Ahora el tiempo es nuestro, nadie nos corre. Hablemos, por favor.

Inspiró profundo y asintió.

Nos sentamos frente a frente en el comedor, la mesa era una segura distancia entre nosotros. Sus ojos un extenso mar de preguntas y mi mente un torbellino de respuestas que no sabía cómo dar. Ninguno de los dos comenzaba a hablar y me ponía más nerviosa a cada segundo, hablar con la verdad verdadera no era algo que se nos diera tan bien. Pero si quería darle una oportunidad a lo que sentía por Mauro, tendría muchas cosas que aprender. 

—Entiendo que estés enojado —dije, tratando de responder a su pregunta inicial—. No había otra forma, Mauro. 

—No estoy enojado... Casi me muero. Hay una diferencia enorme entre estar enojado y sentirse morir, te lo aseguro —encendió un cigarrillo y se reclinó en la silla—. Creí que estabas muerta, Lucrecia. ¡No tenés idea de cómo me sentí! ¿Toda esa sangre en la cocina? ¿Podés ponerte un minuto en mi lugar? ¿No dimensionás mis sentimientos por vos? Te amo, ¿entendés? ¿Podés entender lo que es pensar que la persona que amás ya no existe?

—No había otra forma, Mauro —repetí. 

—¡Sos el centro de mi mundo, Lucrecia! ¿Entendés o no? Hiciste que mi mundo se viniera abajo... Y no estoy enojado, ¡me duele!

Le hice una seña para que me pasara el cigarrillo. Mis dedos apenas rozaron los suyos. Estaba desesperada por sus caricias, pero el espacio era necesario. Conservar mi espacio era necesario. 

—¿Cómo llegaste acá, Mauro? —pregunté, probando la primera dosis de nicotina en meses.

Me miró por un segundo interminable, comprendiendo el alcance de mi pregunta. 

—Es cierto, llegué porque me indicaste el camino. Pero si hubieras confiado en mí, si me hubieras dicho lo que planeabas...

—¿Y convertirte en cómplice? No, Mauro. Jamás te hubiera hecho algo así. Sos vos el que no dimensiona mis sentimientos. Seguís subestimándome.

—Te equivocás.

—No —le devolví el cigarrillo—. Confío en vos más que en cualquiera, desde el primer momento. Desde que te presentaste en mi puerta. Si te daba todos los detalles, si te involucraba en lo que planeaba hacer... podríamos haber caído los dos. 

—Hubiera pasado cualquier cosa por vos. ¡Con vos! Y me dejaste afuera, Lucrecia.

—¡Te necesitaba afuera! —admití—. Si las cosas salían mal, si Lisandro ganaba... ¿con quién se iba a quedar Alejo? Camilo lo iba a llevar con vos. ¿Ahora sos capaz de entender lo que siento? Te hubiera confiado la vida de mi hijo.

Mi confesión lo descolocó. Se quedó mudo, sin saber qué decir a continuación. Pero yo sí sabía lo que quería decir.

—Lamento mucho lo que tuviste que pasar estos últimos meses, pero no podía correr riesgos. Sí, lamento tu tristeza... pero no me arrepiento de lo que hice. Volvería a hacerlo si fuese necesario. No voy a pedirte perdón por querer salvar mi vida y la de Alejo. Y... es mejor que te quede claro ahora, antes de dar cualquier paso adelante —inspiré profundo, porque sabía que iba a lastimarlo. Pero no le mentiría, no en un tema tan delicado—. Te amo, Mauro... muchísimo. Pero vos no sos el centro de mi mundo... yo soy el centro de mi mundo. Si querés compartirlo conmigo, vamos a encontrar la forma; pero si lo que intentás es atraparme en tu gravedad, esto se termina acá. Ya pasé por esta situación una vez, ya fui el centro del mundo de otra persona, y no voy a cometer el mismo error. 

—¿Me estás comparando con Lisandro? —preguntó, horrorizado. 

—Te estás comportando como él y eso me asusta. Vos no sos así —lo miré directo a los ojos, siendo completamente honesta. Su comportamiento me había asustado, de verdad—. No te quiero perder, pero tampoco me quiero perder a mí. Tardé mucho tiempo en recuperarme. Dejame ser.

—Lucrecia...

Lo había sorprendido. Lo hacía mirarse en un espejo y el reflejo no le gustaba. Todos teníamos nuestros propios monstruos y era nuestra responsabilidad mantenerlos a raya. Lo amaba tanto que lo dejaría ir sin un segundo de duda, sólo para que fuera el Mauro de siempre. 

—Perdoname —dijo en un susurro estrangulado—. No me di cuenta... tenés razón, estoy actuando como un loco. Te extrañé tanto, te sufrí tanto, que... no supe cómo reaccionar. 

—No me pidas perdón —estiré una mano sobre la mesa y entrelacé mis dedos con los suyos. Lo necesitaba un poco más cerca—. No cambies, Mauro. Nunca... ni por mí, ni por nadie. Dejarías de ser el hombre que amo. 

Su boca besó mi mano y acaricié su mejilla. Sus ojos eran los mismos que me habían enamorado y la distancia era ya insoportable. 

—No sé si tenías planes para hoy... —sonreí—. Pero si querés, tengo un colchón que necesita una prueba de resistencia. 

—Ay, gracias a Dios —suspiró—. Creí que no me lo ibas a pedir nunca.

Crucé por encima de la mesa, porque no tenía tiempo para dar toda la vuelta, y me senté sobre sus piernas. El calor de sus manos envolvió mis mejillas y saboreé su calor antes que su beso. Mi cuerpo descendió sobre el suyo necesitándolo más cerca todavía. Porque lo había extrañado con locura, y lo deseaba con tal intensidad que temía dejar de existir si no lo sentía dentro de mí. 

—Lucrecia... Alejo —murmuró entre beso y beso, mientras me llevaba su remera en dos puños apretados.

—Duerme como un tronco —le recordé—. No me hagas esperar, Mauro. Te lo suplico —llevé su mano a mi pecho, olvidando mi timidez, porque necesitaba su caricia para sentirme más viva. Más yo. 

—Cuando vos quieras y como vos quieras, mi amor... Siempre. 

El recorrido hasta la habitación no me molestó en lo más mínimo. Hicimos varias paradas técnicas... El tiempo era nuestro y de nadie más. Nadie nos corría. No temíamos ser sorprendidos. No era necesario acallar gemidos ni ocultarnos en la oscuridad. 

No había golpes que ocultar ni cicatrices que esconder. Mauro conocía cada una de las mías. Encendí todas las luces, hubiera traído al sol de ser posible, para verlo en toda su plenitud. Para amar cada centímetro de su cuerpo con mis ojos, con mi boca, y sobre todo, con mi corazón. Sólo cuando éramos uno, cuando su carne era la mía y su corazón latía dentro de mi pecho, sentía que nuestro amor podría contra todo. 

Nos quedaba mucho por aprender, pero el tiempo era nuestro. Estábamos vivos y juntos. Más vivos y más juntos que nunca.






"Dime qué desea tu dulce corazón... Dime como quieres que esto sea" (Aerosmith - Lay it down)