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domingo, 2 de abril de 2017

GRACIAS!!!

Emocionada hasta las lágrimas...

Ese 5 de enero de 2017, mientras tomaba mate y masticaba bronca, el día que decidí que Lucrecia contaría su historia para quien quisiera conocerla y transitar con ella su dolor, jamás imaginé lo que sucedería.
Hoy, 1 de abril, mientras tomaba mate y leía a mis amigas con el mismo entusiasmo de siempre, me llegó una caricia inesperada.
Mi amiga y colega autora Marta D'arguello nos regaló, a todos los que formamos parte de esta aventura, un video que retrata lo que ha sido este recorrido. Es perfecto! Soñado! Inesperado! Emocionante! Desde el corazón, como todo lo que Marta hace.
Lo comparto... Ese 5 de enero masticaba bronca. Este 1 de abril, estoy llena de esperanzas. Insisto, nada de lo que sucede hoy sería posible sin el apoyo y el cariño constante. ¡Gracias infinitas!!!



miércoles, 8 de marzo de 2017

MUJER


Sos mi abuela, mi mamá, mi hermana, mi hija, mi prima y mi tía. Sos mi compañera de trabajo. Sos mi mejor amiga y mi más aguerrida rival. Sos el blanco más puro y el negro más oscuro. Los exquisitos grises y el multicolor del mundo. Sos dulce y ácida, con los pies bien plantados en el piso y los pensamientos dispersos por el universo. Sos susurro, palabra, grito, llanto y risa. Sos mano cálida y garra poderosa. Sos la fuerza que me mantiene en movimiento y quien detiene el enloquecido giro del planeta. 
Sos vida. 
Sos mujer.

FELIZ DÍA, MUJER!!! AYER. HOY. MAÑANA. SIEMPRE!!!!


miércoles, 22 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 65



Capítulo 65: Miércoles negro.



Miércoles, 19 de octubre de 2016.

El cielo estaba gris y una llovizna tenue pero constante se precipitaba sobre la ciudad. Salí al balcón y apoyé los brazos sobre la baranda, extendiendo las manos y atajando algunas gotas de lluvia. Era un día raro. Yo me sentía raro.  Estar en mi viejo departamento, con el Obelisco alzándose imponente hacia mi derecha, era doblemente raro.

Regresar a Capital nunca había estado en los planes. Rosario se había transformado en nuestro lugar en el mundo, en nuestro hogar; pero luego de lo que pasó con Lucrecia, no podíamos seguir ahí. Era como vivir dentro de una pesadilla que se repetía en un eco interminable. Los recuerdos eran en extremo dolorosos. Intolerables.

Lisandro desbarató nuestra vida en quince minutos de locura. Apenas quince minutos... Había transcurrido un año completo, pero los recuerdos permanecían intactos.

Perdonarme por no haber llegado a casa a tiempo, era algo en lo que todavía estaba trabajando. Mi cabeza estuvo en lugares muy oscuros después del episodio. La sensación de fracaso por poco me aplasta. Mi prioridad número uno era cuidar de mi familia y les fallé de la peor manera. Seguía fallando. Primero con mi mamá y después con Lucrecia... No podía salvar a nadie. Ni siquiera a mí mismo. Había hecho de la protección de otros una profesión, un estilo de vida, una forma de ver el mundo. Estaba siempre parado en la vereda segura, en la del control. Quince minutos le bastaron a Lisandro para tirarme a la cara una verdad imposible de digerir: el control no era más que una ilusión. Cuando de emociones humanas se trataba, no había control alguno.

Todo aquello en lo que creía se vino abajo como una estructura de naipes. No tenía cimientos para reconstruirme. Me tocó estar parado en la vereda del frente, en un lugar que no me resultaba nada cómodo. El lugar de la víctima.

Víctor había intentado convertirme en una víctima, haciéndome pasar un infierno durante la niñez y buena parte de la adolescencia. Pero lo que sentí al ver a Lucrecia rota en esa cocina, no se comparaba con nada. Podía esconderme de Víctor, enfrentarlo, conservar un precario control sobre esa situación. Pero no podía esconderme del dolor, ni enfrentar la sensación de indefensión al verla así. No tenía control alguno y eso me aterraba. No había nada que me sujetara a la cordura, ningún punto de referencia que me indicara el camino para salir del laberinto en el que me encontraba.

Mi prioridad número uno era proteger a mi familia y seguía fallando. Alejo me necesitaba más que nunca y mi cabeza no estaba en el lugar correcto. Mi pequeña familia tambaleaba otra vez y no sabía qué carajo hacer. Hasta que Pablo y Gloria fueron a instalarse con nosotros a Rosario para aclarar un poco el panorama... Y luego Lucho y Camila, que dejaron todo para acudir en nuestra ayuda. Diego se comunicaba conmigo a diario pero tenía menos estómago que yo para digerir el dolor. Cecilia, en cambio, era una guerrera. Cada vez que el trabajo se lo permitía, se tomaba un colectivo y traía a Clarita para que mimara a Alejo, y a Maxi para que peleara con él. Victoria y Electra también fueron de gran ayuda; hicieron de tripas corazón y no nos dejaron solos en ningún momento; gastaron buena parte de sus "ahorritos" en viajes y hoteles. Camilo interrumpió su paseo por el mundo y su ayuda fue invaluable para aportar el control que a mí me faltaba. Juan María llamó una vez, para disculparse por no haber podido hacer más por Lucrecia y para ponerse a disposición en caso de que lo necesitáramos. Él no pudo hacer frente a su impotencia y yo no pude con mi rabia. No lo llamé nunca más, ¿para qué? Era un inútil. Ya no lo necesitábamos.

Mi pequeña familia tenía una gran familia en la que apoyarse, un refugio en medio de tanta vulnerabilidad. Me tomé de ellos para salir del laberinto en el que me encontraba y me sentí más entero para ser el apoyo que Alejo necesitaba.

El enano era el más fuerte de todos. Había visto al monstruo a la cara y salió victorioso de la contienda; aunque con cicatrices, claro está. Recuperó la sonrisa y la frescura que lo caracterizaban, pero muchas veces lo descubría silencioso y pensativo, con la mirada puesta en un recuerdo que estaba marcado a fuego en su memoria: Lucrecia rota en el piso de la cocina. Ningún hijo debería ver a su mamá en ese estado. Me enfrentaba con una nueva frustración; nada podía hacer para borrar ese recuerdo. Me restaba abrazarlo y acompañarlo en su dolor. Porque su dolor también era el mío.

Mi pequeña familia tenía que aprender a convivir con lo que había sucedido. No lo superaríamos nunca, estaba seguro de eso, pero era preciso seguir adelante. Dejamos de atenernos a los planes absurdos y a la falsa ilusión de control y nos dejamos llevar por lo que sentíamos. Y sentíamos la necesidad de volver a casa, dónde estaba la gente que amábamos.

Así que, aquí estaba una vez más, donde todo había comenzado. En el balcón de mi viejo departamento, bajo un gris cielo porteño. Me sentí raro. Encendí un cigarrillo y me recargué en la baranda.

—¿Sigue lloviznando? —escuché su voz detrás de mí y asentí.

—Una llovizna molesta, nada más —contesté. 

—Parece que el clima no desalienta a nadie… —se apoyó en la baranda y miró hacia el Obelisco.

La imagen era impresionante. Emocionante... Los paraguas llegaban desde los cuatro puntos cardinales. Muchos eran negros, pero otros tantos descataban coloridos entre la marea oscura. No tenía idea de cuánta gente había, pero seguían llegando a un ritmo constante. Las banderas y los carteles se alzaban en busca de reconocimiento, en un ruego por que el mensaje llegara a quien quisiera escuchar. Mujeres, hombres y niños. Familias completas. Familias rotas. Cada uno con un motivo propio para estar allí, pero todos unidos por el mismo dolor. Un dolor que era el mismo que el nuestro. Que debería ser el de todos.

¿La consigna convocante? #NiUnaMenos.

Le di una pitada al cigarrillo, avergonzado por quienes no lo estaban. Había tantas víctimas congregadas como monstruos sueltos. Y las víctimas que ya no estaban, las que habían muerto en manos de tantos hijos de puta, dolían todavía más. ¿Qué estaba pasando con los hombres? ¿Por qué no podían ver la atrocidad y la cobardía de sus actos?

—Son muchas...

—Sí —suspiró largamente—. "Somos" muchas.

Sorprendido de escuchar semejante frase brotando de su boca, desvié la atención de la calle y la concentré en su mirada. Sus ojos conservaban la pesadez de años y años de silencio, de sometimiento, de maltrato, pero había cierta paz en ellos. Esa paz que deviene de la aceptación. Pasé un brazo sobre sus hombros y besé su cabeza.

—Estoy muy orgulloso de vos, mamá.

—Gracias, Maurito —besó mi mejilla—. Necesitaba escuchar eso. 

Lucrecia no había sufrido en vano... Yo no había podido hacer nada para sacar a mi mamá de la casa de Víctor, pero Lucrecia lo consiguió. Después de escuchar lo sucedido en Rosario, mamá metió toda su ropa en un bolso y llamó a mi celular. "Maurito, voy a dejar a tu papá. ¿Podrías prestarme tu departamento por un tiempo?", dijo con una firmeza que no le conocía. Mamá jamás regresó a casa de Víctor. Y Víctor jamás la buscó, gracias a Dios. Aún así, Diego y yo nos manteníamos alerta. Cecilia la visitaba a diario y, aunque ya no fueran suegra y nuera, eran buenas amigas. Clarita, Maxi y Alejo no podían estar más felices, tenían a una abuela que no se cansaba de consentirlos. 

—¿Tenemos tiempo para unos mates? —no tenía el celular encima para ver la hora.

—Creo que sí. Pero los preparo yo... —contestó, con una pizca de ironía.

—Si no me dan la oportunidad de practicar, no voy a aprender nunca.

—Si te doy la oportunidad de prácticar, nos vas a intoxicar a todos.

—¡Mamá!

—¿Qué? Es cierto, hijo. Tenés muchos talentos, pero cebar mate no es uno. Vas a tener que empezar a aceptarlo.

—Me hablás como si no me conocieras. ¿Alguna vez viste que me rindiera?

—Tenés razón... —me miró a los ojos con tal intensidad que me temblaron las rodillas—. No te rendís nunca —acarició mi mejilla con la ternura que sólo una madre podía lograr. Y yo me sentía raro ese día, así que necesitaba esa ternura—. Vamos adentro. Yo pongo la pava.

Mi viejo departamento no se parecía en nada a mi viejo departamento. Era la casa de mi mamá ahora. La dejé en la cocina y fui a explorar a la pieza. Alejo estaba muy misterioso ese día, igual de raro que yo. Trataba de darle su espacio, pero ya era la hora de la merienda.

Había crecido muchísimo, no solamente en altura sino también en inteligencia, en carácter. Era una luz, igual que Lucrecia. Pensé que adaptarse al primer grado, sobre todo después de todo lo que había sucedido, le resultaría difícil. Pero no. El inicio de la primaria lo reencontró con algunos de sus compañeros del jardín y eso obró como magia.

Espié un poco a través del resquicio de la puerta y lo descubrí tumbado sobre su estómago, sumamente concentrado en lo que hacía, y sospechosamente silencioso.

—Enano, ¿qué estás haciendo? —abrí la puerta y se sobresaltó.

—Nada... —se sentó de repente y escondió algo detrás, sonriendo con exagerada inocencia. La sonrisa hubiera bastado para delatarlo, pero fueron sus dedos cubiertos de pintura y el desparramo de témperas a su alrededor los que confirmaron mis sospechas. Había heredado el arte de su tío y la dulzura de su mamá. Una combinación poderosa.

Me apoyé en el marco de la puerta y crucé los brazos.

—¿Seguro?

—Es una sorpresa.

—Ya veo...

La indiferencia siempre era buena con Alejo. No tenía que insistir demasiado con él, era más impaciente que yo. E incapaz de guardar un secreto, igual que Lucho.

—Bueno, te la muestro y listo. ¡Pero no la toques! Todavía no se seca —me advirtió, serio.

—No toco nada, te lo prometo —alcé las manos y me acerqué.

—Ay... —pensó por un momento—. Tengo pintura —mostró las manos.

—Yo te ayudo. 

Se deslizó sobre el suelo para darme espacio y, al ver la sorpresa, se me calentaron los ojos. Estaba teniendo un día muy raro, pero ponerme a llorar frente a Alejo no era buena idea. Era un día raro para él también.

—¿Y? —preguntó, aguardando el veredicto.

Tomé los bordes de la remera con cuidado (porque todavía no estaba seca) y la levanté para apreciarla mejor. Sin dudas, mi hijo era un artista.

—Me encanta... —esperaba que mis ojos transmitieran lo que mis palabras no podían, porque tenía un nudo en la garganta.

—¿En serio? —sonrió complacido.

—En serio.

—El tío Lucho me ayudó con las letras, pero la pinté yo solo. Es que... toda esa gente lleva carteles que dicen #NiUnaMenos, pero yo quería uno con el nombre mamá. ¿Ves? —sus dedos pintados delinearon las letras en el aire, cerca de la obra de arte plasmada en el centro de su remera.  

#UnaLucrecia, entre un infinito de colores que solamente Alejo podría haber combinado con tanta perfección.

—¿”Una” Lucrecia? —pregunté.

—Capaz que hay otras —contestó con solemnidad.

Su sagacidad me sorprendía. Siempre me sorprendía.

—Es posible —asentí—. Si hubiera sabido lo que estabas haciendo, te hubiera pedido que me pintaras una.

Con esa sonrisa inocente que me derretía, apuntó el tatuaje en mi antebrazo izquierdo.

—Vos ya tenés el nombre de mamá, Mauro.

—Sí... es cierto —sonreí y le acaricié los rulos—. Está buenísima, enano. En serio —levanté la mano para que chocáramos los cinco, acorde a nuestro pequeño ritual, pero Alejo se quedó mirando mi mano con aire pensativo. Tenía los mismos ojos de su mamá, grandes y redondos. Transparentes como ningunos.

El nudo en mi garganta se ajustó un poco más cuando se acercó. Sus brazos se enroscaron en mi cuello con fuerza y sus rulos rebotaron sobre mi cara. Le devolví el abrazo igual de fuerte, porque estábamos teniendo un día raro y los dos lo necesitábamos.

—Te quiero mucho, Mauro —escuché cerca de mi oído.

—Yo te quiero más, hijo.

Dejamos la remera secándose cerca de un ventilador y lo llevé a merendar. Recibí un mate de mi mamá, robando una cucharada de dulce de leche antes de pasarle la tostada a Alejo. El celular vibró sobre la mesa y abrí el mensaje. Vamos retrasados. No nos esperen.

Los mensajes no dejaban de llegar al grupo de WhatsApp que compartíamos con la familia. Habíamos acordado encontrarnos en la puerta del edificio, para ir todos juntos, pero era miércoles y el mundo no se detenía, a pesar de la importancia de la convocatoria. Contesté el mensaje y le devolví el mate a mi mamá. 

—La tostada es para llevar, enano. Ya es hora de bajar.

—¡La remera no se secó! —dijo alarmado. 

—Es la humedad, mi amor. No creo que se seque —mamá le limpió un rastro de dulce de leche en la comisura de sus labios. 

—¿Puedo usarla igual? —preguntó, suplicante. ¿Cómo negarme a un pedido suyo? ¡Imposible!

—¡Obvio que sí! Pero apurate...

Alejo salió disparado para la pieza y yo aproveché para robarme otra cucharada de dulce de leche.



—¡Que buena quedó la remera, Alejo! —se agachó para verla. 

—¡No la toques, tío! Todavía no se secó —lo detuvo, alarmado. 

—No la toqué... quería verla más de cerca, nada más —Lucho me miró con un gesto de preocupación. Alejo solía ponerse más obsesivo cuando estaba nervioso. Y estaba nervioso. 

Había mucha gente alrededor. Mucho enojo e indignación, llanto y amargura, cánticos y gritos. Lo pegué a mis piernas y puse las manos sobre sus hombros, para que se sintiera más protegido. Automáticamente, encerró su mano sobre uno de mis dedos. 

—Está teniendo un día raro —le susurré a Lucho. 

—¿Y quién no? —Pablo puso una mano sobre mi hombro—. ¿Tenés un pucho, pibe? 

—Acá tenés —Lucho le dio uno. 

—No fumes, querido. Estamos todos muy pegados acá —lo reprendió Gloria. Pablo revoleó los ojos. Cuando Gloria se volvió para conversar con mi mamá y con Cecilia, lo encendió—. Vos cubrime, pibe —dijo en voz baja. 

—Siempre, señor —sonreí.

—¡Ay, por fin! ¿Llegamos tarde? —Victoria se colgó de mi cuello y apoyó su monumental escote en mi espalda.

—Victoria, ubicate —Electra entrelazó su brazo con ella y la mantuvo cerca. Seguía sin aceptar que el coqueteo era una segunda naturaleza para Vicky—. ¡Qué linda remera, Alejo! ¿A ver?

—¡No la toques! —ambas se retiraron ante la advertencia de Lucho y Alejo, al unísono. Eran tan parecidos que daba miedo. 

—Bueno, ¿estamos todos? —Camila se asomó para contar cabezas. 

—Camilo avisó que no los esperemos —contestó Clarita—. ¡Me encanta tu pelo! —dijo, acariciando un mechón de Electra. Era turquesa esta semana. 

Gloria, Cecilia y mamá se refugiaron bajo un mismo paraguas. Alcé a Alejo, que ya pesaba como una tonelada, y Lucho pasó un brazo sobre los hombros de Camila antes de abrir un paraguas sobre nuestras cabezas. Pablo abrió un tercer paraguas y protegió a Electra y a Victoria. Clarita sonrió, cerró los ojos y abrió los brazos en alto, recibiendo a la lluvia como si fuera una bendición. Y mi pequeña gran familia comenzó a caminar junto a otras y otros miles que pedían lo mismo que nosotros. Vida... nada más y nada menos. 

La lluvia comenzó a caer más copiosa, golpeando contra los paraguas y haciendo que nos amucháramos cada vez más. Pero nadie dejaba de caminar, nadie dejaba de confiar en que las cosas podían ser mejores. Porque sólo podíamos hacer eso, confiar. El control era nada más que una ilusión. Si de emociones humanas se trataba, sólo podíamos confiar y creer, soñar y desear. A pesar de las incertidumbres, de las dudas y de los miedos. Sólo nos quedaba confiar. 

Yo confiaba, creía, soñaba y deseaba. A pesar de todo.

Caminábamos junto a miles, pero cuando se recogió el pelo y ese lunar oscuro en su nuca hizo su popular despliegue de sensualidad, la reconocí de inmediato. 

—Tenelo un ratito, Lucho —sin apartar la mirada, temiendo perderla entre la multitud, dejé a Alejo en brazos de su tío y poco importó que la lluvia me empapara.

Aparté gente y apresuré el paso, desesperado por alcanzarla, porque estaba teniendo un día raro y necesitaba el alivio que sólo encontraba entre sus brazos.

Estaba de luto. Remera negra, calza del mismo color. Vestía de luto porque, aunque ella había sobrevivido, muchas mujeres sucumbían casi a diario bajo el puño de hierro de sus asesinos. A pocos metros de alcanzarla, tan perceptiva como siempre, se dio media vuelta y sus ojos buscaron entre la multitud. No tardó en encontrarme. A pesar de que la marcha seguía avanzando, apartó gente con la dulzura que la caracterizaba y llegó hasta mí. 

—Por fin, mi amor —mis brazos la recibieron como la bendición que era. El alivio tan ansiado vino de la mano del aroma a coco y vainilla que despedía su piel, del calor de su abrazo, de la certeza de que su corazón seguía latiendo. Había estado a punto de perderla, más de una vez, pero Lucrecia siempre me sorprendía.

—¡Hola! —se separó apenas de mí y sonrió—. Perdí a Camilo... nos separamos y no lo encuentro. 

—No importa. Ya va a aparecer.

Mis manos se posaron sobre sus mejillas y mis ojos bebieron centímetro a centímetro de su carita de muñeca. Sus ojos, grandes y redondos. El derecho, oscuro y profundo como un infinito; el izquierdo, tan grisáceo y nebuloso como el clima. Besé cada una de las pequeñas cicatrices pálidas que nacían en su sien y descendían por su mejilla, y su boca me recibió cálida y dulce. No me cansaría de besarla, jamás. 

—Te amo, Lucre —murmuré, sin poder despegarme de su boca. 

—Yo también... —acarició mi mejilla y atajó una lágrima delatora—. ¿Qué pasa, mi amor? —preguntó, preocupada—. ¿Estás bien? 

—Mejor que nunca —la abracé—. Mejor que nunca, mi amor. Pero estoy teniendo un día rarísimo... y estoy feliz de que estés viva, nada más. 

—¡Mamiiii!!! —el llamado de Alejo nos separó y ella lo recibió con los brazos abiertos— ¡Mirá, mami! Mirá lo que hice... —señaló su remera con orgullo—. ¿Te gusta?

Su reacción fue bastante parecida a la mía, pero ella dejó que su emoción se tradujera en lágrimas, porque ya no tenía miedo de mostrarse vulnerable. Ese era otro ítem en la larguísima lista de cosas que amaba de ella.

—Me encanta, hijo —besó su mejilla y lo apretó en un abrazo. Alejo no emitió queja alguna cuando tocó la remera.

—¡Por fin apareciste, “Highlander”! —gritó Lucho, sumándose al abrazo. 

Mi Diosa fue pasando de abrazo en abrazo, de beso en beso, y de corazón a corazón. Levanté a Alejo, pasé un brazo sobre los hombros de Lucrecia y seguimos caminando entre miles. Mi pequeña familia de tres seguiría caminando; con cicatrices y con heridas de guerra, pero más vivos que nunca.



Mauro tenía razón. Había sido un día rarísimo. Intenso como muchos otros, pero único en el abanico de emociones desplegado. Llevé a Alejo a la cama, más temprano de lo habitual, porque estaba exhausto. Me acosté a su lado y le susurré canciones al oído, saboreando cada invaluable segundo que la vida me regalaba a su lado. 

—Que descanses, mi amor —besé su frente y me levanté de la cama despacio, aún sabiendo que no había riesgo de que se despertara. 

Con la plata de la venta de la casa de Belgrano, compramos una casa menos ostentosa y más confortable en el mismo barrio. Queríamos que Alejo sintiera la estabilidad de un entorno que conocía. Y además, quedaba cerca del centro de rehabilitación en el que Camilo trabajaba.

Luego de que despertara en una fría cama de hospital, desorientada y sin poder creer que estaba viva, vino el lento y engorroso proceso de sanar a mi maltratado cuerpo.  

Según los paramédicos, estuve muerta dos minutos completos. No tuve ninguna experiencia extrasensorial, y tampoco vi el famoso túnel de luz.

El primer balazo me destrozó el bazo y tuvieron que practicarme una cirugía de emergencia para extirparlo. El segundo, impactó en mi pecho izquierdo. Más allá del daño estético, de milagro no tocó un órgano vital. El tercero atravesó mi antebrazo derecho, orificio de entrada y de salida. El cuarto ni siquiera me tocó, impactó en el último cajón de la cocina.

La ropa cubría la mayor parte de mis cicatrices, pero las de mi cara eran otro asunto. Perdí la visión de mi ojo y tenía muy poca sensibilidad en la porción izquierda de mi rostro. Mi médico insistió en que realizáramos una segunda cirugía, que llamó "reconstructiva" por no decir estética, pero me negué. Estaba viva... las cicatrices sólo eran un recordatorio de una etapa de mi vida que jamás superaría, pero que tampoco regresaría. Cada mañana al despertar, me miraba al espejo y agradecía a Dios por darme una segunda oportunidad. Una que aprovecharía al máximo.

Salí al patio y lo encontré fumando, pensativo y esplendoroso. Caminé hacia él y apoyé la mejilla en su espalda.

—¡La puta madre! —se llevó tremendo susto.

—Perdón —sonreí, tomando el cigarrillo de sus dedos.

—Es usted muy silenciosa, Srta. Ayala —sonrió su sonrisa cálida—. Un día de estos me vas a dar un ataque cardiaco. 

—O vos estabas muy distraído...

—Puede ser —asintió—. Pero tus habilidades de súper ninja son asombrosas, eso también es cierto —trató de distraerme.  

—¿Qué estabas pensando con tanta concentración?

—En vos... —contestó con la dulzura de siempre—. En nosotros, en realidad.

—¿Y qué pensabas?

—En que deberíamos tener cuatro hijos.

Me ahogué, ¡obviamente!, y le devolví el cigarrillo tosiendo como una deshauseada.

—Me alegra que te guste la idea —soltó una de sus risas nasales y explosivas.

—¡¿Cuatro?! —me tomé la garganta.

—Sí, cuatro... Así tenemos nuestro propio mini equipo de fútbol cinco. Ya estoy entrenando a Alejo para que sea el capitán —me estaba tomando el pelo, como siempre, pero lo hacía con mucha seriedad.

—¿Vos le estás enseñando a Alejo a jugar al fútbol? Estamos destinados al fracaso.

—¡Qué poca fe me tenés, mujer! Me ofende —se llevó una mano al pecho, indignadísimo.

—No vamos a tener cuatro hijos —me negué de plano.

—Entonces, tres... e incorporamos a Maxi en el equipo.

—¿Cerramos en dos? —propuse con solemnidad— Que Mateo se sume a Maxi y Alejo, así vas a tener tu propio equipo de fútbol cinco para llevar al fracaso. 

—Hecho —estrechó mi mano—. Empecemos ahora. ¿Qué te parece?

—Excelente idea.

Mi boca fue al encuentro de ese beso que había codiciado durante todo el día, de esos que me hacían temblar las rodillas y el alma. El preludio perfecto para una noche de insomnio y de caricias que eran más restauradoras que cualquier cirugía. Mauro resignificaba mis cicatrices y reescribía una historia nueva para mi cuerpo. Ya no tenía vergüenza de mostrarme desnuda, no con él. Desnudaba mi alma sin reserva alguna, porque confiaba en que no me lastimaría. Confiaba en él, desde el primer momento


—Espere un minuto. Mi marido ya lo recibe —me di media vuelta y empecé a caminar hacia la entrada.

—¿Sra. Echagüe? —escuché detrás de mí.

—¿Sí?

—La reja… ¿la va a dejar abierta? Ni siquiera le mostré mi identificación.

—Confío en usted —contesté sin una pizca de duda.


Si alguien volviera a preguntarme si creía en el amor a primera vista, le diría que no. Le contestaría que el amor se construye día a día y que nunca debe darse por sentado, que se alimenta de respeto y aceptación de las diferencias, que se nutre de besos, caricias y palabras de afecto, que se basa en la fe de que merecemos ser felices… y que un solo golpe alcanza para matarlo. 

Si alguien volviera a preguntarme si creía en el amor a primera vista, le diría que prefería creer en mí misma. 




#Fin...





El 19 de octubre de 2016, miles de personas se congregaron en el centro porteño bajo la consigna de #NiUnaMenos, en repudio a la violencia de género y en apoyo a víctimas y familiares.
Esta novela está dedicada a todos quienes se animan a alzar la voz por encima del grito de la violencia. 
 


"Si te caes, te levantas. Si te arrimas, te espero... Llegaremos a tiempo" (Rosana - Llegaremos a tiempo)



martes, 21 de febrero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 64

Capítulo 64: Irreparable.



Viernes, 16 de octubre de 2015.

 —¡Lucre!!! ¿Cómo estás? —una de las mamás del jardín me interceptó cerca de la puerta y me acercó un beso que nunca llegó a tocar mi mejilla.

—Todo bien, Virginia. ¿Vos? —sonreí con la mayor naturalidad posible.

—¡Feliz de que sea viernes! ¡Al fin! Pienso pasar todo el fin de semana en la pileta. 

—Excelente plan. La mejor forma de combatir el calor... —el clima siempre era un tema seguro. 

—¡La humedad, querida! ¡La humedad! ¡Insoportable!! ¿Y los mosquitos? Se están dando una panzada con nosotros.

Con cada palabra que salía de su boca, me sentía más y más deprimida. ¿Cómo sobrevivía con tanta negatividad encima? Por el bien de mi hijo, estaba tratando de integrarme al grupo de mamás, pero era dificilísimo... como remar en dulce de leche respostero con un par de escarbadientes.

—¡Ay! ¡Se me acaba de ocurrir una idea fantástica! Alejo y vos pueden venir a nuestra pileta este fin de semana, ¿qué te parece? ¡A Lautarito le encantaría!

Bikini. Frente a desconocidos. No, todavía no me sentía lista para eso. 

—Muchas gracias por la invitación, pero tenemos un compromiso este fin de semana. No va a poder ser. Estoy segura de que no faltará oportunidad —no decir que "no", pero tampoco apresurar un "sí". Eso también era seguro en una conversación cordial. 

Afortunadamente, las puertas se abrieron y un repiquetear de presurosos pasitos se precipitó hacia la vereda. 

—¡Maaaa!!! —gritó Alejo, con rulos rebotando para todos lados. Lo atajé en un abrazo y poco me importó que pesara una tonelada. 

—¿Cómo estás, mi amor? ¿Cómo te fue?

—Hicimos una "estulcura" de plastilina —sonrió orgulloso. 

—¿Una escultura? ¡Qué lindo! —lo dejé sobre sus propios pies y tomé su mano—. Nos vemos el lunes, Virginia —la saludé con una mano en alto.

—¿Podemos comprar plastilina para hacer una "estulcura" en casa? —Alejo tironeó de mi mano de camino al auto. 

—Podemos, claro. Pero a la tarde, ahora tenemos que volver a casa y cocinar algo rico. ¿Qué tenés ganas de comer? —abrí la puerta del asiento trasero y lo ubiqué en su sillita. 

—Mmmm... papas fritas con puré.

—Papa con papa —sonreí con ironía— ¿Por qué no me sorprende esa elección? Te propongo un trato. Puré "o" papas fritas, vos elegís... y yo elijo con qué lo acompañamos. 

—Bueno —se alzó de hombros, no del todo convencido. 

—Bien —terminé de abrocharle el cinturón de seguridad. 

De regreso a casa, luego de que Alejo hiciera un muy detallado relato hablado de su "estulcura", arruinamos canciones de María Elena Walsh a dúo. 

—Llegamos —le sonreí a través del espejo retrovisor. 

Estábamos en épocas extrañas y yo le tenía muchísimo miedo a las "entraderas". Mauro era quien sacaba el auto por las mañanas, antes de irse a la oficina, y al finalizar el día lo guardaba en la cochera. En mi opinión, toda precaución era poca. Estacioné donde siempre, justo frente a casa, y ayudé a Alejo a bajar. 

—¿Y? —me colgué su mochila al hombro y lo tomé de la mano para cruzar la calle—. ¿Ya te decidiste? ¿Puré o papas fritas?

—¡Papas fritas!! —pegó un saltito. 

—Papas fritas, entonces —solté su mano y saqué las llaves del bolsillo de mis jeans. 

—¡Papiiiiiii!!!

No fue el grito de mi hijo el que provocó que las llaves resbalaran de mis manos, fue el escalofrío que me recorrió el cuerpo. El sacudón del instinto. El miedo en estado puro. En mi opinión, toda precaución era poca... pero cometí un error. Un error que pagaría muy caro. Había soltado la mano de mi hijo. 

Sucedió en una milésima de segundo, pero lo experimenté como un oscuro infinito. 

Alejó estiró los bracitos en un entusiasta pedido de "upa" y un par de manos, cuya fuerza yo conocía demasiado bien, lo alzaron del suelo. Se aferró con brazos, piernas y corazón a su papá, con una alegría tal que me sentí morir. Él sostenía su cabecita sobre su hombro y le devolvía el abrazo con igual intensidad, meciéndolo de un lado al otro, mientras sus tormentosos ojos me atravesaban como un par de afilados cuchillos.

—¡Papi! ¡Viniste!!

—Por supuesto que sí, hijo —Lisandro besó su mejilla con medida delicadeza, con frialdad incluso, y mi corazón se disparó en incontrables pulsaciones—. ¿Cómo no iba a venir? Somos una familia, ¿no?

—¿Vas a almorzar con nosotros? Mami va a preparar papas fritas con puré —ofreció con alegría. 

—No... —la negativa temblorosa abandonó mis labios antes de que pudiera detenerla, y Lisandro presionó a Alejo sobre su pecho. Mi estómago dio un vuelco—. Mejor otro día, mi amor —le sonreí a mi hijo—. Mauro no tarda en llegar. Es mejor que te vayas, Lisandro.

Sonrió, con un millón de emociones contenidas en su expresión. Todas ellas oscuras. 

—Nunca fuiste capaz de mentirme a la cara, linda. Mauro nunca llega antes de las seis de la tarde.

La mínima llama de esperanza se extinguió, como si no hubiera existido siquiera.

—¿Entramos? 

—¡Sí!!! —festejó Alejo.

—Levantá la llave y abrí la puerta, linda —ordenó, sin molestarse en fingir cortesía.  

Yo estaba paralizada, sin saber qué hacer o qué decir, espiando de reojos hacia la calle en busca de alguien que pudiera ayudarme. 

—¡Levantá la llave! —me sobresalté cuando pateó el llavero en mi dirección—. Dale. 

Una mujer caminaba por la vereda justo en ese momento y supliqué ayuda con la mirada. Me miró un breve segundo, luego a Lisandro, y al pasar a nuestro lado, bajó la cabeza y siguió caminando. Se fue... Nos dejó solos. Estábamos solos. Alejo y yo estábamos solos, a merced del monstruo. 

Mi respiración se agitó y sentí el calor de las lágrimas acumulándose en mis ojos, pero no lloraría frente a Alejo. Le prometí que no volvería a llorar.

—¡Las llaves, Lucrecia! ¡Dale! —gritó Lisandro. Confundido y asustado en igual medida, mi hijo comenzó a pucherear. 

—Lo estás asustando... —susurré, contenida. 

—Apurate —apretó los dientes con fuerza. 

Sin despegar mis ojos de los suyos, me agaché y tanteé el suelo hasta encontrar el llavero. Las manos me temblaban tanto que tuve que hacer varios intentos antes de poder encajar la llave en la cerradura. 

—Entrá —me tomó del brazo apenas atravesamos la puerta y deslizó a Alejo hasta el suelo sin una pizca de delicadeza. 

—Mami... —las primeras lágrimas brotaron de los ojos de mi hijo y quise acercarme a consolarlo, pero Lisandro me lo impidió con otro sacudón a mi brazo. 

Mis pies casi no tocaban el piso mientras me tironeaba hacia el living. Yo espiaba sobre mi hombro, desesperada, viendo a Alejo seguirnos con pasitos cortos y lágrimas en las mejillas. 

—Por favor, Lisandro —rogué, por piedad a mi hijo—. Dejá que llame a su niñera. Que se lo lleve... por favor. 

—¿Me estás tomando el pelo? —presionó mi brazo— ¿Llamar a la niñera? ¿Para qué medio segundo después llame a ese hijo de puta con el que te revolcás? 

—¡Mamiiii!!   

—¡Callate la boca! 

Lisandro me arrojó sobre el sillón y me apresuré a tomar a Alejo entre mis brazos, protegiéndolo con mi cuerpo. Puse una mano sobre su cabeza y pegué mi boca a su frente. 

—Shh, mi amor —susurré despacio, tratando de detener el temblor de mi cuerpo, cerrando los ojos para no ver a Lisandro paseándose frente al sillón con las manos en la cabeza, tirando de su cabello como si quisiera arrancárselo de raíz—. Tranquilo... no llores que mamá está con vos —acaricié su espalda con fuerza y lo balanceé de un lado al otro. 

Lisandro se sentó sobre la mesita ratona frente a nosotros, tan cerca que su rodilla tocó la mía y dí un respingo. 

—Shh... —sus manos hicieron un escalofriante recorrido desde mis rodillas hasta mis caderas, arriba y abajo, cada vez más enérgicamente. No me importaba que me tocara; mi única preocupación era mi hijo—. Perdoname, linda. Es que hace tanto que no los veo... Los extrañé muchísimo —presionó mi rodilla y puso una mano sobre la cabeza de Alejo—. Perdoname, hijo. Va a estar todo bien. Ya vas a ver. 

Mientras sus manos seguían su recorrido por mis piernas, lo miré. Lo miré de verdad. Y me costó reconocerlo. Parecía no haberse afeitado en días, semanas tal vez, y profundas ojeras le ahuecaban la mirada. Nada quedaba del hombre imponente de meses atrás. Tenía la expresión vacía y el alma extinta. El Lobo había dejado de lado los disfraces y asomaba las garras sin miramientos. 

En ese instante, tuve la certeza absoluta de que la contienda sería a muerte. Él o yo. Y tenía pensado dar batalla, "hasta que la muerte nos separe". Pero antes...

—Por favor... —tragándome el orgullo, tomé una de sus manos y la acaricié—. Por favor, Lisandro. Dejá que lleve a Alejo a su habitación, para que vos y yo podamos charlar tranquilos. 

—No —negó con su cabeza. 

—Por favor. Voy a hacer lo que quieras —entrelacé mis dedos con los suyos—. Te lo ruego. 

Me miró a los ojos y sonrió. 

—A ver... —abrió los brazos.

—¿Qué? —pregunté, confundida y asustada en igual medida. 

—A ver cómo me rogás. Convenceme. 

No tendría piedad alguna, estaba decidido a todo. Sostenía a su hijo entre mis brazos, sangre de su sangre, lo único bueno y puro en su vida de oscuridad y, aún así, no se perdería la oportunidad de humillarme. A ese nivel de monstruosidad había descendido. 

—Estoy esperando —insistió. 

Alejo no movía ni una pestaña, la sabiduría del instinto dominando la escena. Estábamos frente a una fiera salvaje y cualquier movimiento en falso podía resultar fatal. Con movimientos lentos y estudiados, intentando transmitirle seguridad, lo despegué de mi cuerpo y le sequé las lágrimas con mis pulgares. Lo alcé con lentitud y lo senté en la esquina más alejada del sillón, indicándole silencio con un dedo. Siempre silencio. 

Me incorporé y acaricié su mejilla una vez más antes de girarme hacia Lisandro, que aguardaba con un entusiasmo que rozaba lo infantil. Había perdido la cabeza, era un hombre desquiciado.

La seguridad de mi hijo era prioridad, la lucha podía esperar. Rogaría, fingiría, mentiría, y haría cuanto fuera necesario para protegerlo.

Acerqué una rodilla hasta la mano de Lisandro y me tragué el sabor amargo de la vergüenza.

—Por favor... —susurré en voz baja. 

—¿En serio? —dijo con ironía— Ese es un intento patético, linda. Vas a tener que ser un poco más convincente. 

Inspiré profundo para no vomitar y, contra todo lo que me gritaba el instinto, usé mi rodilla para separar las suyas y me arrodillé entre sus piernas, mis manos sobre sus muslos. 

—Ahora nos estamos entendiendo —su pulgar acarició mi mentón y alzó una ceja, a la espera de mi próximo movimiento. 

—Por favor —intenté una vez más, acercándome un poco más mi boca y mis manos. 

—Mmm... no sé. No estoy del todo convencido. 

Tuve que contenerme para no enterrarle las uñas hasta los huesos, porque sacar a mi hijo de ahí era la prioridad. 

—Te lo ruego, Lisandro. Por favor... —mi boca hizo un peligroso recorrido hasta la suya y justo antes de que llegara a destino, apartó la cara y encerró mis mejillas con una mano poderosa. 

—¿Qué hacés? ¿Estás loca? —me miró con desdén— ¿Te creés que no sé lo que te metés a la boca? Me das asco, Lucrecia... —empujó mi cara y se levantó, apartándome con una rodilla. Alcancé a tomarme del sillón para no terminar en el suelo y Alejo comenzó a llorar otra vez. 

—Llevatelo de acá, haceme el favor... No lo aguanto más. 

Sin esperar un segundo, tomé a Alejo en brazos y Lisandro me siguió a medio latido de distancia, con el borde de mi remera en un puño. 

—Y nada de boludeces, ¿me escuchaste? —advirtió. 

Alejo lloraba a moco tendido, pero no tenía tiempo de consolarlo. Lo senté sobre la cama y exploré cada centímetro de su carita, para que me diera fuerzas para lo que se venía.

—Hace un tiempo, te pedí que no te olvidaras de que mamá hace todo por vos. ¿Te acordás? —acomodé sus rulos. 

—No —lloriqueó. 

—Bueno... entonces, te lo repito. Mamá hace todo por vos. Y vos tenés que hacer lo mismo por mí. ¿Me vas a ayudar? 

—Ajá —asintió, pasando el dorso de la mano sobre la nariz. Usé mis dedos para terminar de limpiarlo y sonreí.

—Así me gusta, siempre fuiste un nene muy obediente. Ahora, mamá va a cerrar la puerta y te vas a quedar acá adentro hasta que yo te diga, ¿me entendiste?

—Noooo —lloró todavía más. 

—¡Alejo! —dije con más firmeza—. Dijiste que me ibas a ayudar. Ayudame. No quiero que salgas de esta habitación por ningún motivo, hasta que yo venga a buscarte. ¿Está claro? Prometelo.

A desgano, asintió. 

—Lucrecia —escuché la voz de Lisandro, una clara advertencia. 

Me permití un último abrazo a mi hijo, una última caricia a sus mejillas de seda, un último beso en la calidez de su frente. 

—Vamos... —tiró de mi brazo y me arrastró hacia la puerta. 

—¡Mamiiiii!!! ¡Nooo!! —Alejo se bajó de la cama y corrió hasta nosotros, pero alcancé a cerrar la puerta justo a tiempo—. ¡Mamiiii!!! —gritaba del otro lado, desesperado. Apoyé la frente sobre la madera y sostuve el picaporte con todas mis fuerzas—. ¡Mamitaaaa!!!

—Alejo, lo prometiste —traté de moderar el temblor en mi voz—. Por favor, hijito. Ayudame. 

—¡Te quedas ahí o la mato, Alejo! ¿Me escuchaste? ¡La mato! —gritó Lisandro, golpeando la puerta con las palmas de las manos. 

—Basta. Basta, por favor —puse una mano sobre su pecho y lo alejé con toda la fuerza que pude—. Basta. Esto es entre vos y yo —le clavé la mirada. 

No sé qué fue lo que sucedió, pero le dio una última mirada a la puerta y su mano regresó a mi brazo. 

—Tenés razón —me arrastró nuevamente hacia el living—. Esto es entre vos y yo... —me arrojó en el sillón. 

Ring... Ring... Ring...

Lisandro se quedó paralizado al escuchar el celular. Yo no moví ni un músculo. 

—Entregamelo —estiró una mano. 

Sin dejar de mirarlo, saqué el celular de mi bolsillo y lo puse sobre su mano. Me lo arrebató con rudeza y miró la pantalla. 

—¡Qué sorpresa! Es tu noviecito... —sostuvo el celular frente a mis ojos y vi el nombre de Mauro en la pantalla—. Que se joda —arrojó el aparato al suelo y lo aplastó de un pisotón. 

La oportunidad que tanto ansiaba no tardaría en llegar. Lisandro no lo sabía, pero yo no tenía intención alguna de contestar a esa llamada. Mauro y yo teníamos nuestros propios códigos, una forma única de comunicarnos. No necesitaba nada más que ignorar una llamada para que Mauro captara el mensaje. "Vení ya".

—¿Por qué tenés esa cara de pelotuda? —preguntó Lisandro, confundido. 

Quince minutos. Ese era el tiempo que tardaría en subirse al auto y llegar a casa. Tendría que entretener a Lisandro sólo por quince minutos y todo acabaría. Esta vez, no detendría a Mauro. Dejaría que lo matara. 



Ring... Ring... Ring... Ring... Ring... El número con el que intenta comuni...

—La puta madre —sólo por si acaso, lo intenté una vez más.  

El número con el...

Rastreé las llaves del auto y salí corriendo de la oficina. 

—¡Marina! —grité al pasar frente a la recepción. 

—¿Qué paso? —preguntó, alerta. 

—Llamá a la policía y mandalos a mi casa. Es una emergencia. ¿Tenemos a alguien cerca de ahí?

—No. ¿Qué pasó? —insistió. 

—Hacé lo que te digo. ¡Pero ya!

No me detuve a esperar el ascensor, bajé las escaleras de dos en dos, con el corazón a punto de salir disparado de mi boca. En pocos segundos, estaba detrás del volante, saliendo de la semipenunbra de la cochera al sol del mediodía. 

Marqué el 911 y aguardé impaciente, esquivando autos como un desquiciado y sin prestar atención alguna a los bocinazos y a las puteadas. 

—¡Atiendan! —golpeé el volante con fuerza. 

Quince minutos. Ese era el tiempo que me llevaría llegar a casa. Arrojé el celular al asiento contiguo luego de dos inútiles intentos más y comenzó a sonar de inmediato. Miré de reojos y me apresuré a contestar. 

—¿Lograste comunicarte? —le pregunté a Marina. 

—Sí, dijeron que van a mandar a un patrullero. 

—¿Te dijeron en cuánto tiempo? 

—No... 

—Ok —corté la llamada y volví a concentrarme en manejar. 

La nueve de repuesto estaba en una de las alacenas de la cocina, detrás de la yerba, lista para ser disparada. Lucrecia sabía disparar, yo misma la había llevado al polígono. 

—Ya voy en camino, mi amor... Esperame.



Le di una mirada de reojos a la alacena de la cocina, sabiendo que la nueve de repuesto estaba detrás de la yerba, lista para ser disparada. Sólo tenía que quitarle el seguro y acabaría con él. 

—Lo arruinaste todo... —Lisandro se paseó frente a mí, errático y confundido, fuera de sí—. Me cagaste la vida, Lucrecia. 

Apoyé las manos sobre el sillón y permanecí en silencio. La cocina estaba a unos diez metros de distancia. Si me apresuraba, en veinte pasos podría llegar hasta la alacena. Habían pasado cuatro minutos... Mauro no tardaría en llegar. 

—¡¿Me estás escuchando?! —gritó, sobresaltándome—. Te di todo, Lucrecia. ¿Por qué me mentiste así? Dijiste que nunca me ibas a abandonar, que siempre me ibas a amar. ¿Te acordás? Lo prometiste —se arrodilló y se arrastró hacia mí, sus brazos serpenteando alrededor de mi cuerpo y su cabeza presionada sobre mis piernas. Yo seguía inmóvil—. ¡Me hiciste mierda! —sus dedos se enterraron en mis caderas y me aguanté el dolor— ¿Por qué? ¡Decime por qué, carajo! —un puño cerrado y pesado cayó sobre una de mis piernas y me hizo ver estrellitas de colores. 

Cinco minutos. Ya habían pasado cinco minutos. Descontaba segundos en mi mente. Una cuenta regresiva para salvar mi vida. Tenía mucho miedo. No quería morir, tenía muchas cosas por hacer aún. 

—¡Contestáme! —su mano se enredó en mi pelo, en la base de mi nuca, y cerré los ojos con fuerza— ¡Contestáme!! —sacudió mi cabeza. 

—¿Qué es lo que querés que te diga? —pregunté, al borde de las lágrimas pero sin darle el gusto de derramarlas. Lucharía con entereza, hasta que la muerte nos separe— ¿Qué es lo que podría decirte, Lisandro? Vos no querés escucharme. Vos querés lastimarme, nada más. Es lo que quisiste todo este tiempo. Lo único que querés de mí, es usarme como un trapo de piso... Humillarme. Eso es lo que querés —lo miré directo a los ojos—. Yo no te hice nada. Vos te cagaste la vida solito. 

El dorso de su mano impactó en mi labio inferior, con fuerza esta vez, y sentí el sabor metálico de la sangre inundando mi boca. Eso no hizo más que alimentar mi odio todavía más. Me volví a mirarlo, con la cabeza en alto y la voluntad intacta. 

—Sos una basura —susurró, cerca de mi boca.

—No... la basura sos vos —le clavé la mirada—. ¿Y sabés qué es lo más triste de todo, Lisandro? Que te amé. Te amé de verdad, profundamente. Y te lo hubiera dado todo. Lo único que tenías que hacer era amarme bien.

—¡Mentirosa! ¡Sos una mentirosa! ¡Vos nunca me quisiste! —se alejó de mí como si mi cercanía lo quemara. 

Seis minutos. Sólo nueve antes de que Mauro atravesara la puerta. 

—Fuiste vos, Lisandro. Destruiste lo nuestro, lo que podríamos haber sido. Mataste todo lo que sentía por vos. 

—¡A vos te voy a matar! ¿Me escuchaste? ¡A vos! —gritó desaforado.

Estaba a punto de seguir con su discurso delirante cuando comenzaron a oírse las sirenas a lo lejos. La policía. ¡Mauro había llamado a la policía! Lisandro empalideció hasta parecer un fantasma y se llevó las manos a la cabeza, confundido y asustado. Tan asustado como yo. 

Era mi oportunidad. 

Me impulsé del sillón y corrí desaforadamente hacia la cocina, llegué en menos de veinte pasos y arrojé todo el contenido de la alacena al piso. Cuando mis dedos acariciaron el frío metal del arma, aferré la empuñadura con fuerza y le quité el seguro. 

Cuando me di vuelta, Lisandro estaba justo detrás de mí. Una de las lámparas de la sala se precipitó sobre el costado izquierdo de mi cara y caí al piso, mareada y desorientada, sobre un desaparramo de vidrios rotos que se me clavaban en la mejilla. Escuchaba el sonido de las sirenas a los lejos, acercándose cada vez más, y sentía el frío de la nueve oculta bajo mi estómago. 

Apoyé una mano sobre el suelo y los vidrios se enterraron en mi palma. Casi no los sentí. ¿Cuántos minutos faltaban para que Mauro atravesara la puerta? Ya no lo recordaba. No podía pensar con claridad. Usé la otra mano para recuperar el arma, pero el pie de Lisandro impactó sobre mis costillas y me regresó al suelo.

Lucharía hasta el último suspiro, hasta que la muerte nos separe. Tomé su pie con una fuerza de la que no me creía capaz y terminó de espaldas junto a mí, con su cabeza rebotando violentamente sobre el suelo. Las sirenas se acercaban, Mauro se acercaba. Sólo tenía que resistir unos minutos más. 

Lisandro se tomó la cabeza en un gesto de dolor y tomé la empuñadura del arma con pulso tembloroso. No veía nada con el ojo izquierdo y estaba mareada, pero lo intenté de todas formas. La nueve tembló frente a mí y Lisandro se giró repentinamente. 

No tuve la fuerza para hacerlo. Quise, pero no pude. Mi dedo acarició en gatillo pero no fui capaz de jalarlo.

Todo sucedió tan rápido que no tuve tiempo de pestañear siquiera. El arma abandonó mi mano y apareció mágicamente en la mano de Lisandro. 

Sus ojos temblaron, pero su monstruo no dudó. 

Bang.

La explosión me obligó a cerrar los ojos y, cuando los abrí, vi el terror en los suyos. Seguí el recorrido de su mirada hasta mi vientre, donde una profusa mancha oscura se extendía sobre mi remera blanca. No sentí el impacto, pero supe que era mi sangre. 

Bang.

El segundo impacto me dio justo sobre el pecho izquierdo. Me dolió. Mucho. Tanto que escuché el grito antes de comprender que había brotado de mi boca. Me ahogaba. Me ahogaba en mi propia sangre.

Bang. 

Recosté la cabeza sobre el colchón de vidrios y cerré los ojos por un momento. Estaba tan cansada. Quería dormir hasta que el sol me despertara con una caricia en la mejilla, envuelta en el calor de los generosos brazos de Mauro. Untar una tostada con dulce de leche para Alejo y luego llevarlo al jardín; quizás, comprarle plastilina para que hiciéramos "estulcuras". Quería verlo crecer, enamorarse, convertirse en padre y acompañarlo en cada paso de su vida. Quería envejecer junto a Mauro. Tomar litro tras litro de sus espantosos mates amargos, que me hiciera reír hasta que me doliera la cara y que sostuviera mi mano hasta mi último suspiro.  

Bang. 

—Linda, perdón. ¡Perdoname! —sabía que estaba junto a mí, sentía sus manos sobre mi cuerpo, casi como si quisiera reparar el daño que había hecho. 

Pero el daño era irreparable. 

No quería morir, todavía me quedaban muchas cosas que hacer... Pero estaba muriendo. Sobre el suelo de la cocina, sobre un colchón de vidrios, con cuatro disparos ejecutados por quien fuera mi marido, estaba muriendo. 

Ya no sería estudiante universitaria, ni una mamá pulpo, ni una mujer que amaba y era amada en la misma medida. No era más que un amasijo de carne y sangre que el monstruo había masticado y escupido sin piedad.

Lucrecia Ayala no era más que otra víctima. 



La escena era una repetición exacta de la vivida pocos meses atrás. Tan sólo el diciembre pasado. Otro escenario, la misma escena. Un patrullero atravesado en medio de la calle, impidiendo el paso. Me bajé del auto y corrí.

—No puede pasar, señor —un policía puso una mano sobre mi pecho.

—¡Es mi casa! —me lo saqué de encima de un empujón, esperando poder llegar. Todavía tenía dos minutos de gracia. 

La escena parecía una repetición de la vivida pocos meses atrás, pero no lo era. Mis piernas se detuvieron por sí mismas, obedeciendo a alguna arcaica porción de mi cerebro. 

—¡Suelte el arma, ahora! —gritó uno de los policías, apuntando a Lisandro. 

Su camisa estaba cubierta de sangre, su cara estaba cubierta de sangre, y la nueve colgaba de su mano derecha. Lucía desorientado y confundido, mirando hacia todos lados. Di un paso hacia adelante sin proponérmelo y sus ojos se clavaron en los míos. Rompió en un llanto amargo, desconsolado, igual que aquella vez en la casa de huéspedes. 

—¡No quise hacerlo, Mauro! —gritó, fuera de sí, el arma temblando en su mano—. ¡Te juro que no quise!! —sin despegar mis ojos de los suyos, me llevé la mano a la espalda y tanteé la funda oculta bajo mi saco—. ¡Vos tenés la culpa! ¡Vos!!!! ¡Vos me la sacaste!!! ¡Te dije que la iba a matar! ¡Te lo dije! —liberé la nueve y apreté la empuñadura—. Primero a ella... y después a vos.

Todo sucedió tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de pestañear. Lisandro apuntó tembloroso hacia mí, saqué la nueve de su funda y...

Bang.

Bang.

Bang. 

Bang. 

El policía descargó cuatro disparos certeros sobre el pecho de Lisandro. Mientras caía de espaldas al suelo, yo corría hacia el interior de la casa, ignorando la voz de alto de los policías que habían acudido a la escena. 

Entré a la casa. A mi casa. Nuestra. La casa que tan amorosamente habíamos convertido en un hogar para nuestra pequeña familia de tres. El olor a pólvora y sangre me provocó náuseas, igual que el desparramo de cosas que encontré en el camino. 

Me asomé al living y seguí el rastro de lucha hasta la cocina. 

—Mami... 

Vi sus rulos antes que cualquier otra cosa, luego sus manitos tirando de su remera, sacudiéndola con delicadeza. 

—Mami... —retiró un mechón de pelo ensangrentado de su cara y acarició su mejilla. 

No sé cómo llegué hasta él, sólo sé que me arrodillé a su lado y lo levanté. 

—Hay vidrios en el piso, te vas a lastimar —sacudí sus pantalones con aire ausente y pasé un brazo sobre sus hombros, pegándolo a mi cuerpo, sin poder despegar los ojos de su carita de muñeca. No había sonrisa irónica para mí esta vez. El daño era irreparable. Lisandro la había roto.

—¿Te sabés alguna canción, Mauro? —preguntó, apoyando su cabeza en mi hombro.

—No, enano. No sé ninguna... —lo miré a los ojos, iguales a los de su mamá, y supe que era lo único que conservaría de ella. Abracé a Alejo. Abracé a mi hijo. Porque ahora sólo seríamos una familia de dos—. Perdoname, enano —mi voz tembló entre sus rulos.






"Lo perdimos todo... el amor se ha ido. Teníamos magia. Y esto es trágico" (Christina Aguilera - You lost me)